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Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 2

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  4. Capítulo 2 - 2 Capítulo 3 Villaclara y un Taller Poco Ordenado
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2: Capítulo 3: Villaclara y un Taller Poco Ordenado 2: Capítulo 3: Villaclara y un Taller Poco Ordenado Con la caballero inconsciente y sorprendentemente ligera sobre su hombro, Zain salió del Bosque de Albasusurro y tomó el sendero de tierra que conducía a Villaclara.

El pueblo, un conjunto pintoresco de casas de paredes encaladas y tejados de terracota, descansaba pacíficamente en un pequeño valle.

Era un lugar tranquilo, casi pastoral, un agudo contraste con la violencia que la mujer sobre su hombro acababa de experimentar.

Mientras Zain caminaba por las calles de guijarros, se convirtió en un espectáculo andante.

Los habitantes de Villaclara lo conocían bien, y las reacciones eran, como siempre, variadas.

La anciana Elara, a quien Zain le había preparado un ungüento para su artritis, le ofreció un respetuoso asentimiento desde su porche.

Gunter, el herrero, cuya desconfianza hacia todo lo arcano era legendaria, frunció el ceño y escupió en el suelo mientras Zain pasaba.

Un par de niños dejaron de perseguir una gallina para señalarlo con una mezcla de miedo y fascinación.

La atención alcanzó su punto máximo cuando atravesó la plaza central.

El murmullo de la vida cotidiana se apagó, reemplazado por un silencio curioso.

Todos los ojos se posaron en la extraña carga que el mago llevaba: un “hombre de metal”, como susurraban algunos, con una armadura destrozada de un diseño nunca antes visto.

Zain los ignoró a todos.

Estaba acostumbrado a ser el bicho raro del pueblo, el útil pero impredecible mago cuyo conocimiento de la medicina y otras artes menos comprendidas lo convertían en una figura de necesidad y sospecha.

Con la mirada fija al frente, se dirigió a una calle lateral y se detuvo ante su hogar: una estructura de dos pisos un tanto ladeada, con una chimenea que, en ese momento, tosía un perezoso humo de color lavanda.

Abrió la puerta de madera oscura con un empujón de su cadera y entró.

—Ya estoy en casa —anunció al aire.

La única respuesta fue el silencio, seguido un segundo después por el alegre chirrido de un grillo.

El interior era un caos organizado que reflejaba perfectamente la mente de su dueño.

Montañas de libros se apilaban en precario equilibrio sobre casi todas las superficies.

Mapas estelares y diagramas anatómicos de criaturas fantásticas cubrían las paredes.

Un alambique de cobre burbujeaba suavemente sobre un quemador mágico en una esquina, mientras que del techo colgaban manojos de hierbas secas junto a modelos de sistemas planetarios que giraban lentamente.

El aire olía a una extraña mezcla de hierbas secas, ozono de algún experimento reciente y el reconfortante aroma a papel viejo.

Zain atravesó el desorden con una familiaridad experta y depositó con cuidado a Elysia en la única superficie relativamente despejada: una cama sencilla en un rincón, cubierta con una manta de lana limpia.

El contraste entre la armadura brutal y la humilde cama era casi cómico.

—Bueno, Pepe, parece que tenemos una invitada —dijo Zain en dirección a una pequeña vitrina sobre su escritorio, de donde provenía el chirrido.

Dentro, un grillo particularmente grande se frotaba las patas—.

Espero que sepa apreciar la hospitalidad.

Su tono alegre se desvaneció mientras observaba a la mujer.

Ahora venía la parte difícil.

Curar sus heridas significaba quitarle esa armadura.

Y por la complejidad de las placas, las correas y las hebillas, sospechaba que eso sería un rompecabezas casi tan grande como el de su repentina aparición.

Su tono alegre se desvaneció mientras observaba a la mujer inconsciente en su cama.

La tarea que tenía por delante era delicada.

Quitarle la armadura sería un proceso largo y ruidoso, y no quería agravar las heridas que, a juzgar por el estado del metal, debían ser graves.

Primero, tenía que estabilizarla.

—De acuerdo, sin presiones —se dijo Zain en un susurro, adoptando una postura más profesional.

Se acercó al lado de la cama, el suelo crujiendo suavemente bajo sus botas.

Se detuvo un momento, concentrándose.

Luego, juntó sus manos frente a él, formando un triángulo con sus pulgares e índices.

Apuntó con este marco hacia el pecho de Elysia y comenzó a murmurar.

Las palabras eran de una lengua antigua, guturales y suaves a la vez, y parecían vibrar en el aire cargado de olores del taller.

Mientras cantaba el sortilegio, una suave luz esmeralda comenzó a brillar en el centro del triángulo que formaban sus manos.

No era un rayo violento, sino una niebla cálida y translúcida que se derramó desde sus dedos y fluyó hacia el caballero.

La niebla mágica no se detuvo en la superficie de la armadura; se filtró a través de las grietas, las juntas y las abolladuras, buscando la carne herida que había debajo.

Zain observó con atención cómo la luz verde envolvía a la mujer.

Bajo el acero, el lento flujo de sangre que se filtraba por las correas rotas se detuvo.

Los cortes más profundos, aquellos que habrían requerido suturas y días de curación, comenzaron a tejerse, la piel uniéndose lentamente a un ritmo antinatural.

El hechizo no era una panacea.

No borró los moretones oscuros que manchaban su piel visible, ni reparó los huesos que él sospechaba que estaban rotos.

No era una cura milagrosa que la dejaría como nueva.

Era más bien un acto de estabilización, un sello mágico que cerraba las heridas abiertas y detenía el sangrado, dándole a su cuerpo una oportunidad para empezar a sanar sin el peligro inmediato de la muerte.

La luz esmeralda parpadeó una última vez y se desvaneció.

Zain bajó las manos, soltando un largo suspiro que denotaba la concentración y energía que había invertido.

—Bien —dijo, más para sí mismo que para Pepe el grillo—.

Eso debería evitar que te desangres en mi cama.

Las manchas de sangre son terriblemente difíciles de quitar de la lana.

Ahora que el peligro inmediato había pasado, podía centrarse en el siguiente problema.

La miró, la cabeza ladeada.

—Y ahora, al verdadero rompecabezas…

¿cómo diablos te quito esta lata?

Se frotó las manos, preparándose para la engorrosa tarea.

Empezaría por el yelmo, parecía lo más lógico.

Con cuidado, deslizó sus dedos bajo el borde del casco para encontrar el mecanismo de liberación…

———————— El mundo de Elysia era una mezcla ahogada de dolor y oscuridad.

Flotaba en un limbo, consciente de forma intermitente.

Recordaba la caída, el impacto, la voz sarcástica.

Luego, la sensación de ser transportada, un vaivén irregular que su cuerpo protestaba con punzadas agudas de agonía.

¿Era un demonio?

¿Un carroñero del campo de batalla?

Su instinto de caballero le gritaba que luchara, pero sus músculos eran escoria inútil, traidores a su voluntad.

De repente, el movimiento cesó.

Sintió cómo su cuerpo, encerrado en su caparazón de acero, era depositado sobre algo…

suave.

Blando.

Una cama.

La contradicción la golpeó con más fuerza que cualquier golpe físico.

Los demonios no ofrecían camas.

Los carroñeros no mostraban tal cuidado.

La fatiga era una marea que amenazaba con arrastrarla de nuevo a la inconsciencia, pero se aferró a un hilo de lucidez.

Oyó la voz de nuevo, hablando con un…

¿grillo?

La confusión era un nuevo tormento.

Mantuvo los ojos cerrados, la respiración controlada.

Observar.

Evaluar.

Sobrevivir.

Entonces sintió algo nuevo.

Un calor que no era el de su propia fiebre.

Una energía que se filtraba a través de su armadura, una niebla cosquilleante que buscaba sus heridas.

La sensación era extraña, ajena a la luz sagrada a la que estaba acostumbrada, pero innegablemente curativa.

El dolor punzante de sus costillas rotas y los cortes profundos se atenuó, retrocediendo de un rugido ensordecedor a un dolor sordo y manejable.

Era magia.

Una magia que no conocía.

El extraño la había curado.

O al menos, la había estabilizado.

¿Por qué?

¿Qué ganaba con ello?

La desconfianza, forjada en años de guerra, luchaba contra la evidencia.

No actuó al principio.

Esperó, escuchando el murmullo del extraño para sí mismo.

“Y ahora, al verdadero rompecabezas…

¿cómo diablos te quito esta lata?”.

La lata.

La ofensa fue una pequeña chispa que reavivó el fuego en su interior.

Pero fue su siguiente acción lo que la hizo reaccionar.

Sintió los dedos del extraño, sorprendentemente gentiles, deslizarse bajo el borde de su yelmo.

No.

Ese casco era más que una pieza de protección.

Era su identidad como caballero de la Orden del Alba.

Era el último vestigio de su honor, de su mundo.

Quitarlo era un acto de profanación.

Con una oleada de adrenalina nacida de la indignación, Elysia obligó a su cuerpo a obedecer.

Toda la fuerza que le quedaba, potenciada por el alivio del hechizo curativo, se concentró en su brazo derecho.

En el instante en que los dedos de Zain encontraron el pestillo del yelmo, la mano enguantada de Elysia se disparó y se cerró sobre su muñeca.

El agarre fue como un cepo de hierro.

Zain se congeló, un respingo de pura sorpresa recorriendo su cuerpo.

Miró hacia abajo, atónito.

La “paciente” inconsciente lo sostenía con una fuerza que desmentía por completo su estado anterior.

Lentamente, alzó la vista hacia el yelmo.

La cabeza del caballero se había girado hacia él.

A través de la visera abierta, vio que sus ojos ya no estaban cerrados.

Estaban abiertos de par en par, y ardían con una furia helada y una determinación inquebrantable.

Su voz, aunque un susurro áspero y bajo por la falta de uso, no dejó lugar a dudas.

Era una orden.

—No te atrevas.

(¡La confrontación ha comenzado)

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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