Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 23
- Inicio
- Todas las novelas
- Crónicas de un mundo Roto
- Capítulo 23 - 23 capitulo 24 Consecuencias del no dormir
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
23: capitulo 24: Consecuencias del no dormir 23: capitulo 24: Consecuencias del no dormir La luz del sol se filtraba por la ventana del taller, dibujando largos rectángulos dorados sobre el suelo de madera.
Por primera vez desde su llegada a este mundo, Elysia había dormido profundamente, un sueño sin pesadillas de batallas perdidas ni de caídas interminables.
Despertó con la normalidad de una rutina largamente practicada.
Se sentó en el borde de la cama y, antes de que los pensamientos sobre su situación pudieran abrumarla, comenzó un ritual.
Cerró los ojos y respiró hondo, no para canalizar su Aura, sino para calmarla.
Era un ejercicio de meditación que le habían enseñado de niña, una forma de anclar su espíritu y encontrar un centro de calma, un ritual que se había vuelto indispensable para poder relajarse al dormir tan lejos de sus tierras natales.
Después, se levantó.
Su armadura negra estaba cuidadosamente colocada en un rincón, las piezas recién reparadas por Gunter y Zain brillando débilmente.
Pero no se dirigió hacia ella.
En su lugar, tomó la ropa nueva que Lina, con su característica generosidad, le había regalado después de su paseo por la plaza.
No era la túnica práctica de Zain, sino un atuendo propio de una chica de pueblo: una sencilla blusa de lino color crema y una falda larga de un robusto tejido marrón.
Era ropa simple, cómoda, diseñada para el trabajo y la vida, no para la guerra.
Se vistió, la tela suave y extraña contra su piel acostumbrada al lino áspero de su ropa interior militar y al frío del acero.
Se sintió…
vulnerable.
Pero también ligera.
Había un espejo de cuerpo entero en una esquina del taller, probablemente usado por Zain para algún experimento con la reflexión.
Estaba manchado y polvoriento, pero Elysia se paró frente a él.
Y por un momento, no vio a la Caballero-Comandante de Aethelgard.
No vio a la cazadora de la armadura negra.
Vio a una chica alta, de cabello rubio ceniza, vestida con ropa de pueblo.
Vio a alguien que podría ser una granjera, una artesana, una viajera.
Vio a una mujer normal.
Una sonrisa casi imperceptible, una mezcla de extrañeza y una paz que no había sentido en mucho tiempo, tocó sus labios.
La ilusión se rompió con un estruendo ensordecedor proveniente del piso de arriba.
¡¡¡BOOOOM!!!
El techo se sacudió, y una lluvia de polvo y pequeñas astillas cayó a su alrededor.
Fue seguido por una tos violenta y el sonido de alguien tropezando y cayendo por las escaleras con una serie de golpes sordos y maldiciones ahogadas.
Zain aterrizó en el suelo de la planta baja en una pila desgarbada de túnica y extremidades, con la cara cubierta de hollín y el pelo aún más revuelto de lo normal.
Un pequeño hilo de humo de color púrpura emanaba de la punta de su nariz.
Se quedó allí, tumbado en el suelo, y levantó un pulgar tembloroso en dirección a Elysia.
—Estoy bien —dijo con la voz ronca, antes de que sus ojos se pusieran en blanco y se desmayara.
Las consecuencias de no dormir durante dos días y de jugar con la metalurgia de otro mundo finalmente lo habían alcanzado.
Elysia se quedó mirando la escena: el mago desmayado, el olor a humo raro y a algo ligeramente quemado, y el polvo que aún se asentaba lentamente en el aire.
Por un momento, una parte muy pequeña y mezquina de ella dudó.
Él era, después de todo, un desastre andante y una fuente constante de caos desde su punto de vista.
Pero su honor y su orgullo ganaron la partida.
Este hombre, por muy raro e invasivo que fuera, la había salvado de morir en el bosque.
La había curado.
Le había ofrecido refugio.
Abandonarlo en el suelo, cubierto de hollín, no era una opción para un caballero de Aethelgard.
Soltó un suspiro de resignación, el sonido de alguien que acepta una responsabilidad inevitable.
Se acercó a la pila desgarbada que era Zain y, con prácticamente nada de esfuerzo, lo levantó del suelo.
Lo cogió en brazos, al estilo nupcial, con la misma facilidad con la que una persona normal levantaría un saco de harina.
Su fuerza de guerrera, acostumbrada al peso de su armadura y al fragor de la batalla, hizo que el cuerpo larguirucho del mago pareciera insignificante.
El movimiento brusco pareció sacar a Zain de su desmayo.
Abrió los ojos, aturdido, y se encontró mirando hacia arriba, al rostro serio de Elysia.
Su cerebro, aún nublado por la explosión y el agotamiento, tardó un segundo en procesar la situación.
—¿Eh?
—logró articular, completamente confundido—.
¿Qué estás haciendo?
El protocolo de emergencia indica que el sujeto debe permanecer inmóvil para evaluar posibles lesiones en la columna…
Elysia ignoró su balbuceo técnico y comenzó a caminar con paso firme hacia la cama.
—Tú —dijo ella, su voz no era una sugerencia, sino casi una orden, la voz de una comandante dirigiéndose a un soldado novato—, vas a descansar.
Depositó a Zain en la cama que ella misma había estado usando.
Él se quedó allí, parpadeando, la sorpresa superando momentáneamente su agotamiento.
—Pero…
mis notas sobre la resonancia del metal…
el experimento estaba en un punto crucial…
—protestó débilmente.
Elysia se cruzó de brazos, su figura imponente proyectando una sombra sobre él.
—El experimento puede esperar.
Un sanador que no puede mantenerse en pie no es de ninguna utilidad —declaró ella.
Su tono era final, no dejaba lugar a la discusión—.
Cierra los ojos.
Duerme.
Zain la miró.
Vio la determinación en sus ojos grises, la misma que había visto cuando se enfrentó a la bestia.
Se dio cuenta de que discutir era inútil.
Y, sinceramente, la cama se sentía increíblemente cómoda.
—Bien—murmuró, su voz ya apagándose—.
Solo…
cinco minutos…
Cerró los ojos, y en menos de diez segundos, su respiración se volvió profunda y regular.
El mago más brillante y problemático de Villaclara finalmente había sucumbido al agotamiento.
Elysia se quedó allí por un momento, observando al hombre que, de una manera extraña, se había convertido en su responsabilidad.
Se dio cuenta de que, por primera vez, él estaba completamente vulnerable.
Y ella, por primera vez en este mundo, estaba completamente a cargo.
Por más de un minuto, la única respuesta al profundo silencio fue el alegre chirrido de Pepe el grillo desde su pequeño hogar de cristal.
Elysia se quedó de pie junto a la cama, inmóvil.
Se quedó pensando en qué hacer.
Su mundo, durante toda su vida, había estado definido por órdenes.
“Defiende este muro”.
“Carga contra ese flanco”.
“Protege al Rey”.
Siempre había habido un superior, un plan, un objetivo claro.
Ahora, por primera vez, no había nadie que le diera órdenes.
El mago, su única fuente de información y su anfitrión en esta realidad, estaba inconsciente.
Estaba sola, en una casa que no era suya, en un pueblo que apenas conocía, en un mundo que no entendía.
Podría simplemente sentarse y esperar a que él despertara.
Era la opción más segura.
Podría volver a su armadura, su caparazón familiar, y montar guardia.
Era la opción más instintiva.
Pero mientras observaba el taller, ahora iluminado por el sol de media mañana, una nueva idea comenzó a formarse.
Vio el polvo en las estanterías, los frascos vacíos esparcidos por el suelo, las herramientas alquímicas dejadas al azar.
La explosión de arriba había añadido una nueva capa de hollín y desorden a todo.
El lugar era un caos.
Era el hogar de un genio, sin duda, pero de un genio que claramente no tenía tiempo ni interés en las mundanidades de la vida diaria.
Él la había cuidado a su extraña manera.
Le había dado un techo, la había curado.
Una extraña sensación, una que no tenía nada que ver con el deber o el honor de un caballero, comenzó a tomar forma en su pecho.
Era algo más simple.
Algo parecido a la reciprocidad.
Miró al mago dormido.
Luego miró el desorden.
Con un suspiro que era mitad resignación y mitad una nueva y extraña determinación, Elysia se arremangó las mangas de su nueva blusa.
La Caballero-Comandante de Aethelgard, la cazadora de la armadura negra, iba a hacer algo que nunca había hecho en su vida.
Iba a limpiar la casa o mejor dicho el taller de un mago excéntrico.
——————— Como era su costumbre casi todas las mañanas, Lina subía la calle hacia el taller de Zain.
Era una rutina que había adoptado desde que se dio cuenta de que el mago era propenso a olvidar comidas, sueño y, ocasionalmente, las leyes básicas de la autoconservación.
Justo cuando salía de la panadería, había oído una pequeña explosión proveniente de la dirección del taller.
No se alarmó; estaba acostumbrada.
Simplemente suspiró, negó con la cabeza y aceleró un poco el paso.
Llevaba una cesta de mimbre, esta vez llena de un surtido de bayas frescas, una pera y un trozo de pan de miel, envuelto cuidadosamente en un paño.
Era su ofrenda de paz matutina para el caótico mago.
Cuando llegó frente a la familiar puerta de madera oscura, golpeó suavemente.
Toc, toc, toc.
Esperó, escuchando.
Normalmente, después de un momento, oiría a Zain gritar un “¡Pasa!” distraído desde adentro.
Pero esta vez, solo hubo silencio.
Frunció el ceño, un poco preocupada.
La explosión había sonado un poco más fuerte de lo habitual.
Volvió a golpear, esta vez con más firmeza.
TOC, TOC.
—¿Zain?
¿Estás bien ahí dentro?
¡He oído un ruido!
De nuevo, silencio.
Ahora, la preocupación comenzó a superar a la costumbre.
¿Y si esta vez se había hecho daño de verdad?
¿Y si se había desmayado, como el día que intento…
Mejor olvidemos eso.
Con el corazón latiéndole un poco más rápido, Lina giró el pomo de la puerta.
Para su sorpresa, no estaba cerrado con llave.
Empujó la puerta y esta se abrió con un suave crujido.
—¿Zain?
—llamó, asomando la cabeza—.
Voy a entrar, ¿de acuerdo?
Entró en el taller, esperando encontrarse con el habitual desorden, quizás una nueva mancha de quemado en el suelo o un poco de humo.
Pero la escena que la recibió la dejó completamente paralizada en el umbral, con la cesta de frutas casi cayéndosele de las manos.
El taller que recibió a Lina no era el que ella conocía.
El habitual y glorioso caos de la vida de Zain —los libros apilados al azar, los pergaminos a medio desenrollar, las manchas de pociones en el suelo— había sido…
domado.
Los libros estaban ahora apilados en torres estables, ordenados por un sistema que ella no entendía pero que claramente existía.
Las superficies habían sido limpiadas de polvo.
Había un camino despejado en el suelo, libre de frascos rodantes y herramientas olvidadas.
El aire olía menos a caos y más a cera de limón.
Y en medio de todo, estaba Elysia.
Llevaba la ropa sencilla que Lina le había regalado, con el cabello recogido en una trenza funcional.
Estaba de rodillas, fregando una mancha alquímica particularmente obstinada del suelo de madera con la misma intensa concentración que había usado para pulir su armadura.
No había ni rastro de la imponente guerrera; solo una mujer alta y hermosa, absorta en una tarea doméstica.
Lina se quedó helada.
La escena era…
casi hogareña.
Era como ver a una esposa dedicada, limpiando la casa mientras su esposo no está.
La imagen era tan poderosa, tan inesperadamente íntima para ella, que le dio un vuelco el corazón.
Y por alguna razón que no pudo, o no quiso, entender, esa idea la hizo enojar.
No fue una rabia caliente ni un enfado ruidoso.
Fue un fuego frío y silencioso que se encendió en su pecho.
Durante años, ella había sido la que se aseguraba de que Zain no viviera en una completa inmundicia.
Ella era la que le traía comida para que no se muriera de hambre, la que le regañaba con cariño por sus explosiones, la que representaba su único vínculo con una vida normal.
Y ahora, esta mujer…
esta heroína de otro mundo, no solo lo había ayudado y había luchado a su lado, sino que se estaba apoderando de su…
de su desastre.
Estaba ordenando el caos que, en cierto modo, Lina siempre había considerado suyo para cuidar.
Pero por fuera, nada de esto se mostró.
Elysia, sintiendo su presencia, levantó la vista del suelo, su expresión neutra y alerta.
Al ver a Lina, su rostro se suavizó ligeramente.
En ese momento, la cálida y familiar sonrisa de Lina apareció en su rostro, tan brillante y sin esfuerzo como siempre, ocultando por completo la pequeña tormenta que se gestaba en su interior.
—Vaya —dijo, su voz tan alegre como de costumbre—.
Has estado ocupada.
Elysia, se levantó del suelo, secándose las manos en un trapo que había encontrado.
Observó a Lina, que estaba de pie en el umbral con la cesta de frutas en la mano y una sonrisa en el rostro.
Era una imagen ya familiar, pero Elysia, con su percepción de guerrera, sintió un leve cambio en la atmósfera que no pudo identificar del todo.
Con un leve asentimiento, habló con su habitual tono directo y práctico.
—El lugar estaba…
desatendido.
Y el mago está descansando.
La respuesta sonó como un informe de situación, la única forma en que sabía comunicarse sobre asuntos prácticos.
Lina soltó una risita, un sonido que para un oído no entrenado parecería perfectamente normal, pero que era un poco más forzado de lo habitual.
—¡”Desatendido” es una forma amable de decirlo!
—respondió, entrando completamente en la habitación—.
Normalmente parece que una biblioteca ha explotado aquí dentro.
¿Y “descansando”?
¿Zain?
Eso sí que es una noticia.
Su mirada recorrió el taller, sus ojos muy abiertos al notar la increíble diferencia.
Se detuvo en la pila de armadura negra, ahora pulcra y colocada en un rincón como una escultura.
La palabra “descansando” le confirmaba que algo había pasado, y que Elysia había estado aquí para presenciarlo.
—Hubo…
un percance con sus experimentos —explicó Elysia, sin ver ninguna razón para ocultar la verdad—.
Está en una estado de agotamiento severo.
Lo deje dormido en la cama.
La sonrisa de Lina se tensó un poco mientras se acercaba a la mesa, ahora limpia, para dejar la cesta.
—Así que…
¿te quedaste a cuidar de él?
—preguntó, su voz todavía alegre, pero con un matiz de interrogación que era como una sonda—.
Eso es muy amable de tu parte.
La pregunta confundió a Elysia.
No había pensado en su acción como “amabilidad”.
—Él me ofreció refugio —respondió, su lógica marcial tomando el control—.
Es una cuestión de reciprocidad.
Un soldado cuida de sus camaradas.
La palabra “camaradas” flotó en el aire, tan impersonal y formal que desarmó por completo la irritación interna de Lina.
¿Cómo podía sentirse celosa de una lógica tan fría?
—Supongo que tienes razón —dijo Lina, su sonrisa volviéndose un poco más genuina, aunque todavía con una pizca de reserva—.
Aunque no estoy segura de que Zain se considere un “soldado”.
En ese momento, un gemido suave provino de la cama donde dormía Zain.
Ambas mujeres se giraron instintivamente.
El mago se estaba moviendo, murmurando algo incomprensible sobre “variables no controladas” en sueños.
Al verlo, el instinto de cuidadora de Lina se activó, suavizando el resto de su tensión interna.
—Pobre tonto —susurró, su preocupación por Zain superando sus sentimientos encontrados hacia Elysia—.
Realmente se excedió esta vez.
Se acercó a la cama, mirando al mago dormido con una mezcla de afecto y exasperación.
Luego levantó la vista hacia Elysia, que se había mantenido en silencio a su lado.
—Gracias —dijo Lina en voz baja, casi para sí misma—.
Por…
cuidar de él.
Y por…
todo lo demás.
Era una tregua.
Una admisión de que, a pesar de sus confusos sentimientos, estaba agradecida.
Era la primera vez que se dirigía a Elysia no como una curiosidad o una heroína, sino como a otra persona que también se preocupaba, a su manera, por Zain.
Elysia simplemente asintió de nuevo, una respuesta corta y silenciosa.
—El deber es el deber —dijo finalmente.
Para Elysia, era la única respuesta que tenía sentido.
Pero para Lina, esa simple frase solo sirvió para subrayar la enorme brecha que existía entre ellas, dos mujeres muy diferentes unidas por el caos que rodeaba a un mago muy, muy extraño.
Y las dos tenían pensamientos muy diferentes respecto a el.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com