Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 24
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24: Capitulo 25: Un nuevo espectador 24: Capitulo 25: Un nuevo espectador Mientras Lina y Elysia caían en un incómodo silencio junto a la cama del mago dormido, unos golpes firmes en la puerta del taller los interrumpieron.
TOC, TOC.
Ambas mujeres se giraron.
Lina, al estar más cerca, se acercó y abrió la puerta.
Resultó ser Mael, el joven líder del grupo de aventureros.
Se había limpiado y su brazo estaba cuidadosamente bien cubierto y vendado.
Al ver a Lina, su rostro se iluminó con una sonrisa nerviosa y le dio una ligera y respetuosa reverencia.
—Señorita Lina.
Buenos días.
Espero no interrumpir.
—Mael, para nada.
Pasa —respondió ella amablemente.
Los ojos de Mael se desviaron más allá de Lina y encontraron a Elysia.
Su expresión se volvió aún más respetuosa, casi solemne.
—Señora Elysia —dijo, y le dio otra reverencia, esta vez más profunda—.
Vengo con un mensaje de Gunter, el herrero.
Ha pedido verte.
Dice que tiene noticias sobre el progreso de tu espada.
La mención de su espada hizo que Elysia se pusiera alerta.
Era su única arma, la extensión de su poder.
En ese instante, Lina vio una oportunidad de oro.
Una oportunidad para quedarse a solas con Zain y cuidarlo sin la presencia imponente y silenciosa de la caballero.
—¡Oh!
¡Noticias del herrero!
—exclamó Lina, su voz sonando mucho más emocionada de lo necesario—.
¡Pues no deberías hacerlo esperar, Elysia!
Gunter odia que lo hagan esperar.
¡Deberías darte prisa!
Antes de que Elysia pudiera protestar o siquiera pensar en ir a buscar su armadura, sintió una mano en su espalda.
Lina, con una fuerza sorprendente para su complexión, la estaba empujando suavemente pero con firmeza hacia la puerta donde esperaba Mael.
—¡Ve, ve!
—insistió Lina con una sonrisa radiante—.
Yo me aseguraré de que Zain no incendie nada más mientras duerme.
¡Estará bien!
Elysia, tomada completamente por sorpresa por la repentina urgencia de Lina, se encontró fuera del taller, en el umbral, junto a un Kael igualmente sorprendido.
La puerta se cerró detrás de ella con un suave clic, dejándola sola con el joven aventurero.
Estaba de pie en medio de un pueblo extraño, vestida con ropa de civil que todavía no sentía como suya, sin su armadura y sin su yelmo.
Se sentía expuesta, vulnerable de una manera que no había sentido desde que era una niña.
Mael, por su parte, se aclaró la garganta, sintiéndose increíblemente nervioso por estar a solas con la legendaria guerrera que los había salvado.
—Eh…
¿vamos, entonces?
—preguntó, señalando torpemente en dirección a la herrería.
Elysia lo miró, y luego miró la puerta cerrada del taller.
Por primera vez, sintió que había sido superada, no en una batalla de espadas, sino en una, ¿maniobra social?que no había visto venir.
———————— Lina se quedó apoyada contra la puerta cerrada, escuchando los pasos de Elysia y Mael alejarse por la calle.
Solo cuando el sonido se desvaneció por completo, soltó un largo suspiro que no se había dado cuenta de que estaba conteniendo.
Volvió su atención al taller.
La luz del sol iluminaba el espacio ahora ordenado y tranquilo.
Una pequeña y reticente sonrisa se dibujó en sus labios.
—Hay que admitirlo —murmuró para sí misma—.
Hizo un buen trabajo.
Con el taller finalmente para ella sola, se acercó a la silla junto a la cama y se sentó.
Observó a Zain dormir.
Su rostro, normalmente animado por el sarcasmo o la concentración, estaba relajado, casi infantil.
Su cabello pálido caía sobre la frente, y de vez en cuando, fruncía el ceño y murmuraba cosas que solo en sus sueños tenían sentido.
“…la constante alquímica…
no, no, las plumas de grifo son…
inestables…” Una risa suave y genuina escapó de los labios de Lina.
Y entonces, en la quietud de la habitación, con solo los sonidos del mago durmiente y el lejano murmullo del pueblo, empezó a hablar.
Sabía que él no podía oírla, pero tal vez por eso se sentía segura.
Necesitaba desahogarse, confesar los sentimientos confusos de los últimos días y los de esa mañana.
No era una confesión de amor romántico, sino algo más profundo.
Una confesión de recuerdos.
—Sabes, Zain…
—comenzó en voz baja, su mirada perdida en el recuerdo—.
A veces olvido cómo nos conocimos.
Cómo llegaste aquí.
La imagen apareció en su mente, tan clara como si hubiera sido ayer.
—————— Hace 4 años.
Una joven Lina de 16 años estaba tumbada en su cama, su cuerpo ardiendo con una fiebre que los sanadores locales no podían explicar.
Los dolores eran terribles, y cada respiración era un esfuerzo.
Sus padres, con los ojos hundidos por el miedo y la falta de sueño, habían llamado a todos los curanderos de los pueblos cercanos.
Ninguno le dio buenas noticias.
“Es la Plaga del Sauce”, decían unos.
“Una maldición”, susurraban otros.
Todos concluían lo mismo: “Esperen lo peor”.
La esperanza se había marchitado en la pequeña casa de la panadería.
Pero una noche, cuando la lluvia golpeaba las ventanas, hubo una llamada en la puerta.
Un joven extraño, desaliñado y empapado, estaba en el umbral.
Llevaba una túnica de viaje raída y una mochila que parecía a punto de estallar.
—He oído que tenéis un caso interesante de fiebre con patrón espiral —dijo, con una voz alegre y un poco sarcástica que no encajaba en absoluto con la sombría situación—.
¿Puedo echar un vistazo?
Con un pésimo sentido del humor y la energía de una pequeña explosión, entró en sus vidas.
Mientras otros veían a una niña moribunda, él veía un rompecabezas.
Se pasó días enteros a su lado, apenas durmiendo, llenando la habitación con el olor de extrañas hierbas y el brillo de su magia plateada.
Murmuraba teorías, probaba antídotos, le contaba chistes terribles para mantenerla despierta.
Lina se dio cuenta de algo en esos días febriles.
Se dio cuenta de que él, en un lugar donde otros no vieron salvación, nunca se rindió.
Nunca la vio como una causa perdida.
Vio un problema que resolver.
Y nunca la dejó ni se rindió hasta que, una mañana, la fiebre se rompió.
Y así luego de una semana completa, Lina despertó sin dolor y pudo ver al extraño chico que la ayudo, durmiendo sobre un pila de libros y completamente agotado.
Lina en ese momento solo pudo sonreír, y colocar una cálida manta sobre su salvador.
————— La sonrisa de Lina se volvió melancólica.
—Has sido mi héroe desde entonces, Zain.
Mi bicho raro.
Mi razón para seguir sonriendo.
Y ahora…
—miró hacia la puerta por la que se había ido Elysia—.
Ahora ha llegado una heroína de verdad.
Y es fuerte, y noble…
y está poniendo tu mundo patas arriba.
Y no sé si eso es bueno…
o si te alejará de nosotros.
De mí.
Acarició suavemente un mechón de pelo que caía sobre la frente de Zain, un gesto lleno de una historia y un afecto que solo ellos dos compartían.
—Solo…
no te olvides de nosotros, ¿Si?
—susurró al mago durmiente.
—————— —Solo…
no te olvides de nosotros, ¿Si?
—susurró Lina, su voz llena de una historia que solo ellos dos deberían compartir.
Pero la conmovedora escena no pasó desapercibida.
Pepe el grillo cantaba alegremente en su jaula de cristal, ajeno a todo.
Pero no era el único insecto en el taller.
En las sombras de las vigas del techo, una sombra diminuta se movía con un propósito antinatural.
Era otro pequeño insecto, no más grande que Pepe, pero de un negro mate que absorbía la luz.
No emitía ningún sonido.
Y donde debería estar su abdomen, había un único y brillante ojo de un rojo antinatural que se abría y cerraba, grabando metódicamente todo lo que ocurría debajo.
La información que grababa no se quedaba allí.
Viajaba.
No muy lejos del taller, en el tejado de una de las casas de enfrente, una figura oscura estaba agazapada, envuelta en una capa de viaje que la hacía casi invisible contra las tejas.
La figura sostenía en su mano enguantada una mariposa muy peculiar.
Sus alas no mostraban los colores de la naturaleza, sino que parpadeaban con una luz tenue y cambiante.
Y sobre ellas, como en un espejo distorsionado, se proyectaba, en vivo, la imagen de la escena dentro del taller: el rostro vulnerable de Lina, el mago dormido, su gesto de cariño.
Una risa baja y contenida escapó de los labios de la figura.
—Vínculos emocionales…
—dijo la voz, imposible de distinguir si era masculina o femenina, solo fría y profesional—.
Qué debilidad tan predecible.
La figura observó cómo Lina se levantaba y arropaba a Zain con una manta.
—Pero qué información tan interesante —continuó el susurro—.
El gran mago tiene un punto débil.
Una chica de pueblo.
Suena a una historia de romance, muy bonita.
Con un movimiento suave, la mariposa plegó sus alas.
La imagen se desvaneció.
—Mi empleador estará…
muy satisfecho.
La figura oscura guardó la mariposa en un pequeño compartimento de su capa, se levantó sin hacer ruido y, con la agilidad de una sombra, se deslizó por el tejado y desapareció, dejando atrás solo el bullicio normal de Villaclara.
La paz de la que disfrutaban nuestros héroes era una ilusión.
Porque alguien, en las sombras, estaba observando.
Y no estaban solos.
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