Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 25
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25: Capitulo 26: Nueva espada 25: Capitulo 26: Nueva espada El camino a la herrería era relativamente corto, pero el silencio que se extendió entre Elysia y Mael lo hizo parecer una eternidad.
El joven Mael se encontraba en un punto de su vida en dónde no sabía qué hacer.
Había perdido el rumbo.
Su plan había sido simple: guiar a su grupo a Villaclara, encontrar un sanador, salvar a Elora y luego volver a sus aventuras.
Pero el plan se había desintegrado.
El sanador resultó ser un posible archimago encubierto y su salvación había venido en la forma de una guerrera cuya sola presencia parecía aplastar la poca confianza que se tenía así mismo.
Ahora caminaba junto a ella, sintiéndose menos como un líder y más como un escudero nervioso.
No tenía un plan o una ruta de escape directa, y todo por la abrumadora presencia de quien estaba a su lado.
No era un aura mágica que pudiera sentir, sino una de pura y aplastante competencia.
Mientras tanto, Elysia, envuelta en su propio silencio, observaba al joven.
Veía su postura tensa, la forma en que sus manos se movían nerviosamente hacia el pomo de su estoque y se apartaban.
Veía la incertidumbre en sus ojos.
Era una visión que le producía una extraña y profunda nostalgia.
Le recordaba a los jóvenes reclutas de su hogar.
Chicos y chicas llenos de bravuconería y sueños de gloria, que se pavoneaban por el patio de entrenamiento hasta su primer encuentro con un demonio real.
Entonces, toda esa arrogancia se desvanecía, dejando al descubierto el mismo miedo, la misma incertidumbre que veía ahora en Mael.
Ella había sido su comandante.
Sabía cómo templar ese miedo, cómo convertirlo en coraje.
Fue su deber como comandante, un instinto grabado a fuego, el que finalmente rompió el silencio.
—No estés nervioso, luchaste bien —dijo ella, su voz tranquila y uniforme, desprovista de emoción pero llena de una honestidad.
Mael se detuvo en seco, tan sorprendido que casi tropieza consigo mismo.
La miró, sus ojos muy abiertos.
Esperaba silencio, quizás indiferencia.
No esperaba…
un elogio.
—¿Qué?
—logró decir.
—Contra la bestia —aclaró Elysia, sin detener su paso—.
Te enfrentaste a una amenaza superior con valentía para proteger a los tuyos.
No flaqueaste.
Es la marca de un buen guerrero.
El cumplido, viniendo de ella, la mujer que había terminado la pelea con un solo golpe, fue más valioso que cualquier medalla.
A Mael se le subieron los colores al rostro.
—Yo…
nosotros…
fuimos derrotados —tartamudeó, sintiéndose tonto.
—Ser derrotado no es una vergüenza, mientras aún estés vivo—respondió Elysia, su mirada fija en el camino—.
La vergüenza es no levantarse para luchar de nuevo.
Mael se quedó en silencio, absorbiendo esas palabras.
Eran simples, directas, pero tenían el peso de una verdad forjada en mil batallas.
Por primera vez desde que la conoció, no la vio como un monstruo de poder aterrador.
La vio como una líder.
Llegaron a la puerta de la herrería, el sonido del martillo de Gunter resonando desde el interior.
Mael se sintió un poco más alto, su paso un poco más seguro.
El miedo no se había ido, pero ahora estaba acompañado por una nueva y ardiente determinación de ser digno del respeto de esa mujer.
Mael, sintiéndose un poco más seguro de sí mismo, llamó a la puerta de la herrería.
TOC, TOC.
La puerta no se abrió.
Fue arrancada hacia adentro.
Se abrió de golpe con un estruendo que hizo que Mael retrocediera de un salto.
En el umbral, recortado contra el resplandor de la fragua, estaba Gunter.
El hombre estaba cubierto de sudor y hollín, sus ojos enrojecidos no por la ira, sino por el agotamiento y la falta de sueño.
Parecía un hombre que había luchado contra un demonio y había ganado, pero por poco.
Estaba al borde del colapso, pero sus ojos brillaban con la emoción febril de un descubrimiento que lo había cambiado todo.
Por un momento, su mirada pasó por encima de Elysia, buscando algo más.
—¿Dónde está el mago?
—preguntó, su voz ronca y urgente—.
¡Zain!
¡Necesito a Zain!
¡Lo hemos logrado, pero no puedo estabilizar la matriz rúnica sin su canalización!
¡Tiene que verlo!
Buscaba a su nuevo y extraño socio, el único otro hombre en el mundo que podía entender la magnitud de lo que habían hecho.
—El mago está descansando —respondió Elysia, su voz tranquila cortando la excitación maníaca de Gunter.
Gunter la miró, su entusiasmo flaqueando un poco al no encontrar a Zain.
Pareció notar por primera vez que ella estaba allí.
—Ah.
Eres tú.
Bien.
Entra.
Esto te concierne, después de todo.
Elysia entró en el taller, seguida de cerca por un Mael muy curioso.
El lugar era un desastre de herramientas descartadas, trozos de metal de prueba y diagramas dibujados con tiza por todo el suelo.
En el centro de todo, sobre el gran yunque, descansaba algo cubierto por un paño de cuero.
Gunter se acercó al yunque, su agotamiento reemplazado por un orgullo abrumador.
—Fue…
imposible.
Y fascinante —dijo, más para sí mismo que para ellos—.
Tu metal.
No se puede forjar.
No se puede fundir.
Pero obedece a la energía.
El mago la llamó “resonancia simpática”.
Una tontería de mago, si me preguntas.
Pero funciona.
Con un gesto dramático, tiró del paño.
Sobre el yunque no estaba la hoja rota de Elysia.
En su lugar, había una espada completamente nueva.
La empuñadura era la misma, la de su mandoble original.
Pero desde ella, se extendía una hoja completa, larga y perfectamente formada.
No era de un solo color.
Era de un gris oscuro y turbulento, como un cielo de tormenta atrapado en el metal.
Y a lo largo de toda la hoja, incrustadas en el propio metal, corrían finas líneas de un azul pálido que parecían pulsar con una luz interior, incluso en la penumbra del taller.
—No la reparamos —dijo Gunter, su voz llena de asombro por su propia creación—.
La convencimos para que volviera a crecer.
Elysia se quedó sin aliento.
Se acercó y extendió una mano, sin atreverse a tocarla todavía.
Podía sentirlo.
Podía sentir su propia Aura resonando en la hoja, no como un canal, sino como una parte integral de la espada misma.
Era su poder.
Hecho acero.
Su mirada fija en la hoja que parecía contener una tormenta.
Lentamente, extendió una mano temblorosa, sin atreverse a tocarla todavía.
Y entonces, en cuanto su mano se acercó, la espada reaccionó.
Las finas líneas azules incrustadas en el metal gris oscuro comenzaron a brillar, pulsando con una luz suave y constante.
El brillo se intensificó, proyectando un resplandor azul pálido sobre el rostro asombrado de Elysia.
Un suave zumbido, casi inaudible, llenó el aire de la herrería, un sonido que no era de este mundo.
Ni Gunter ni Mael sabían qué estaba pasando.
Dieron un paso atrás, tomados por sorpresa y desconfianza.
Para ellos, era una demostración de magia incomprensible.
Pero Elysia sí lo sabía.
Eso era su Aura.
Era su propia fuerza vital, su voluntad, llamándola.
El metal no solo estaba “vinculado” a ella; ahora era una parte de ella, forjado y renacido a través de una combinación de la ciencia de este mundo y la esencia del suyo.
Con una valentía que superaba cualquier temor o duda, cerró la distancia y tomó la espada.
En el instante en que sus dedos se cerraron sobre la empuñadura, la luz azul estalló, envolviendo la hoja en una llama fría y serena.
El zumbido se convirtió en un canto claro y resonante.
No sintió el peso del metal, sino una ligereza, una familiaridad que era como volver a casa.
La espada se sentía como una extensión de su propio brazo, de su propia alma.
Sin duda, la reconocía como su única dueña.
El brillo se atenuó, volviendo al suave pulso de las líneas azules.
Elysia levantó la espada, su movimiento era fluido, natural.
La hoja cortó el aire con un silbido silencioso y mortal.
Gunter la miraba, su agotamiento olvidado, reemplazado por la satisfacción pura de un artesano que ha creado su obra maestra.
Mael la observaba con un asombro que rayaba en la veneración.
Ya no veía a una simple guerrera, por muy poderosa que fuera.
Veía a una leyenda viviente, empuñando un arma de mitos.
Elysia bajó la espada, sus ojos grises fijos en el metal turbulento.
Su viejo mandoble había sido un símbolo de su deber a un reino perdido.
Esta nueva espada…
era un símbolo de sí misma.
De la guerrera que había sido y de la cazadora en la que se había convertido.
Por primera vez desde que cayó en este mundo, no solo tenía un propósito.
Tenía un arma digna de él.
El brillo de la espada finalmente se atenuó, volviendo al suave y rítmico pulso de las líneas azules en su interior.
Elysia bajó el arma, pero su mano no soltó la empuñadura.
Se sentía demasiado bien, demasiado correcta.
Se volvió hacia el herrero, su mirada llena de un respeto que rara vez otorgaba.
—¿Cómo?
—preguntó, su voz apenas un susurro—.
¿Cuál fue el método que usaron?
Mael, que había estado observando en silencio y con asombro, se acercó un poco más.
Él también quería escuchar esto.
La creación de un arma legendaria no era algo que se viera todos los días.
Gunter se secó el sudor de la frente con el dorso de un brazo musculoso, una sonrisa cansada pero orgullosa en su rostro.
—Fue idea del mago, la mayor parte —admitió, señalando los diagramas de tiza en el suelo—.
Yo solo le dije que sus teorías eran basura hasta que una de ellas funcionó.
Señaló el fragmento original de la espada de Elysia, ahora completo.
—Tu metal es mas un parásito de energía o asi le lo llamo Zain.
No le gusta el calor, lo absorbe.
No le gusta la fuerza, la desvía.
Pero la energía pura…
tu tipo de energía…
le encanta.
Es como su comida.
Señaló un pequeño crisol de cerámica que estaba sobre una mesa.
—Tomamos los fragmentos más pequeños, los que se desprendieron, y los pusimos ahí.
El mago no usó fuego.
Usó un hechizo de Transmutación muy preciso.
No estaba tratando de fundir el metal.
Lo estaba…
Despertando.
Inundándolo con su propia magia hasta que se volvió inestable.
Mael lo miraba a el y a la hoja, sin entender la mitad de las palabras.
—El metal no se derritió —continuó Gunter, sus ojos brillando al recordar el proceso—.
Se disolvió.
Se convirtió en un líquido espeso, como mercurio brillante.
Lo vertimos en un molde que hice, con la empuñadura original en un extremo y el trozo más grande de la hoja rota en el otro.
Hizo una pausa, mirando a Elysia.
—Y aquí es donde entraste tú.
El mago dijo que el metal necesitaba una “matriz de resonancia”.
Una plantilla.
Dijo que necesitaba recordar su forma.
Mientras el metal estaba líquido, Zain me hizo colocar el molde sobre el peto de tu armadura, justo sobre el grabado del grifo.
Luego, me hizo canalizar mi propia energía…
bueno, mi intención, mi voluntad de herrero, en el molde.
Se rio, un sonido ronco, recordando los últimos días de pura teoría.
—Me sentí como un idiota.
Un viejo herrero susurrándole a un trozo de metal líquido.
Pero entonces…
ocurrió.
El metal líquido pareció…
sentir tu escencia residual en la armadura.
Y comenzó a crecer.
Se extendió por el molde, siguiendo un patrón invisible, y se unió a los trozos rotos, no como una soldadura, sino como un hueso que se cura.
Gunter miró la espada en la mano de Elysia con una mezcla de orgullo paternal y asombro científico.
—No forjamos una nueva hoja, muchacha.
Le dimos al metal los ingredientes que necesitaba y el recuerdo de lo que era.
Y él…
hizo el resto del trabajo por sí mismo.
Se auto-reparó.
La revelación dejó a Elysia y a Mael en silencio.
No era solo un arma.
Era una simbiosis de la ciencia de un mundo y la esencia de otro.
Una prueba tangible de que, a pesar de sus diferencias, estos dos mundos podían, de hecho, crear algo nuevo y extraordinario juntos.
Elysia escuchaba la increíble historia de la creación de su nueva espada, su mente luchando por comprender la fusión de la artesanía y la arcana teoría.
Ella era una guerrera, no un herrero ni un erudito.
Entendía el peso de un arma, el equilibrio, el filo.
No entendía la “resonancia simpática” ni las “matrices moleculares”.
Gunter, sin embargo, la miraba con los ojos brillantes de un artesano que ha encontrado el enigma de su vida.
Su mente no estaba en cómo usar la espada, sino en su origen.
—Es la creación más perfecta que he visto en mi vida —dijo Gunter, su voz llena de una reverencia que rozaba lo religioso—.
El equilibrio es imposible, la composición…
es de otro mundo.
Dime, muchacha —se inclinó un poco, su mirada intensa—, ¿quién?
¿Qué gran maestro forjó este metal?
¿Qué genio ancestral descubrió sus secretos?
La pregunta tomó a Elysia completamente por sorpresa.
Su mente se quedó en blanco.
Había llevado esa armadura y esa espada durante años, pero nunca se había preguntado sobre su creación.
Eran simplemente…
suyas.
La recompensa por su dedicación.
Miró la espada en su mano, como si buscara una respuesta en el metal turbulento.
—No lo sé —respondió ella, su voz apenas un susurro.
La honestidad en su tono era inconfundible.
Gunter y Mael la miraron, confundidos.
—Solo…
me la entregaron —continuó Elysia, su mirada perdida en el recuerdo—.
Fue una recompensa.
Un regalo del Rey Theron, el día en que finalicé mi entrenamiento y fui nombrada Caballero de la Orden del Alba.
La escena volvió a ella: el gran salón del trono, el Rey Theron de pie ante ella, la Reina Seraphina a su lado con una sonrisa serena.
Un sirviente había traído la armadura y la espada sobre un cojín de terciopelo.
Brillaban con una luz plateada que parecía venir de su interior.
Para ella, en ese momento, eran simplemente un símbolo de su nuevo estatus, las mejores herramientas para la mejor guerrera.
Nunca pensó en preguntar de dónde venían.
—Simplemente acepté el honor —concluyó, su voz teñida de una nueva y extraña sensación de ignorancia sobre su propio pasado.
Gobernó el silencio en la herrería.
Gunter y Mael habían esperado la historia de un legendario herrero runico o de un antiguo hechizero jugando a ser dios.
No esperaban una respuesta tan simple y, a la vez, tan misteriosa.
El arma más extraordinaria que habían visto no había sido encargada ni buscada.
Había sido un regalo.
Y el misterio de su origen se volvía aún más profundo, tanto para ellos como para ella.
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