Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 27
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27: capitulo 28: Como paso eso?
27: capitulo 28: Como paso eso?
Mientras Elysia caminaba por el mercado, sintiendo el cambio en la atmósfera del pueblo, dos pares de ojos la observaban desde la oscuridad.
En un callejón oscuro, Cassian y la figura misteriosa de la mariposa estaban de pie, ocultos en las sombras.
La mariposa de alas parpadeantes estaba posada en el hombro del espía, proyectando una imagen silenciosa y distorsionada de Elysia caminando entre los puestos.
—Mira cómo la miran —siseó Cassian con una satisfacción cruel—.
Mis hombres han hecho un buen trabajo.
Ya no es una “heroína”.
Es una extraña.
Una amenaza.
Pero la satisfacción no duró mucho.
Observó a Elysia, imperturbable, su mano descansando casualmente sobre el pomo de su nueva espada, y su impaciencia creció.
Los susurros y las miradas de reojo no eran suficientes.
Necesitaba algo más dramático.
Algo que la humillara públicamente.
Se volvió hacia la figura encapuchada a su lado.
—Tu información fue útil, pero esto es demasiado lento —dijo, su tono petulante—.
¿Cuándo llegará ese tipo que contrataste?
El que supuestamente haría llorar a una mujer.
La figura encapuchada se giró lentamente, la mariposa batiendo sus alas en silencio.
—”Hacerla llorar” es una simplificación burda de sus talentos —respondió el espía, su voz tan neutra como siempre—.
Y él ya está aquí.
La mirada de Cassian recorrió la plaza, buscando a algún mercenario de aspecto rudo o a un matón musculoso.
No vio a nadie que encajara.
—¿Dónde?
No veo a nadie.
—No estás buscando a la persona correcta —dijo el espía—.
No contraté a un bruto.
Los brutos son predecibles y fáciles de rastrear.
Contraté a un especialista.
Un provocador, no esperes mucho es lo mejor que conseguí en este lugar.
Justo en ese momento, un hombre tropezó y cayó justo en el camino de Elysia, derramando una cesta de manzanas por todo el suelo.
Era un hombre de aspecto normal, quizás un granjero o mercader, con ropa sencilla y una expresión de torpeza.
—¡Oh, mis disculpas, señora!
—dijo, comenzando a recoger las manzanas—.
¡Qué torpe soy!
Elysia se detuvo y se inclinó para ayudarlo, un gesto simple de cortesía.
—Observa —susurró el espía.
Cuando Elysia le entregó una de las manzanas al hombre, este la tomó, pero su otra mano, moviéndose con una velocidad casi imperceptible, se deslizó y desató la bolsa de monedas que colgaba de su cinturón y una persona que paso cerca cercano.
Dejó caer la bolsa en su propia cesta vacía con un movimiento fluido y desapareció entre la multitud antes de que nadie se diera cuenta.
Excepto la víctima.
El mercader se dio una palmada en el cinturón y gritó: —¡Mi bolsa!
¡Ladrón!
¡Alguien me ha robado!
Su dedo, buscando desesperadamente a un culpable, se posó en la única persona extraña y fuera de lugar que estaba cerca del lugar del crimen.
La única persona que llevaba una espada.
—¡Fuiste tú!
—gritó el mercader, señalando directamente a Elysia—.
¡La extraña!
¡Me has robado!
De repente, todas las miradas de la plaza, ya llenas de sospecha, se clavaron en ella.
La trampa había sido tendida.
Y Elysia, completamente inocente, estaba en el centro.
La acusación resonó en la plaza, y el bullicio se convirtió en un silencio hostil.
Todas las miradas se clavaron en Elysia.
Desde el callejón, Cassian sonrió.
La trampa era perfecta.
La extraña, acorralada.
Pero Elysia no estaba acorralada.
Estaba evaluando.
Sus ojos de experta nunca la habían traicionado.
Lo había visto todo.
Vio la forma en la que el hombre cayó y se dió cuenta que la caída fue fingida, el movimiento increíblemente rápido y preciso de sus dedos, la forma en que su cuerpo se posicionó para ocultar el robo de su dinero.
Vio el truco tan fácil y supo, un segundo poco después de que ocurriera, que vendría la acusación que la dejo en medio de todo.
Era una táctica de distracción y de incriminación tan vieja como la guerra misma.
No sintió pánico.
Sintió una fría y analítica curiosidad.
¿Cuál era el objetivo final de esta elaborada farsa?
Así que decidió seguir el juego.
Solo por ahora.
Elysia, estaba vestida con la ropa de una chica de pueblo, una blusa y una falda.
Esto cambiaba la percepción de la multitud.
No veían a un imponente guerrero de acero negro, sino a una mujer alta y desconocida.
La gente no le temía tanto; la juzgaban.
—¡Es ella!
¡Registradla!
—gritó el mercader, envalentonado por el apoyo silencioso de la multitud que se estaba formando a su alrededor.
Dos guardias del pueblo, hombres de mediana edad con una armadura de cuero que no ajustaba bien y lanzas que habían visto mejores días, se abrieron paso entre la gente.
Se acercaron a Elysia con una mezcla de deber y nerviosismo.
—Señora…
—comenzó uno de ellos, claramente incómodo—.
Ha habido una acusación.
Tendremos que pedirle que…
Elysia levantó una mano, un gesto tranquilo y firme que silenció al guardia.
No mostró miedo ni ira.
Su rostro era una máscara de calma.
—No tengo la bolsa de ese hombre —dijo, su voz clara y constante, dirigiéndose no solo a los guardias, sino a toda la multitud que la observaba—.
Y no me resistiré a un registro.
Levantó los brazos lentamente a los lados, un gesto de sumisión que era, en realidad, un acto de control total.
Estaba dejando que la situación se desarrollara, dándole a sus enemigos la cuerda suficiente para que se ahorcaran solos.
Mientras uno de los guardias comenzaba a registrarla torpemente, Elysia no lo miraba a él.
Sus ojos grises barrieron la multitud.
No buscaba al ladrón, ya sabía que se había ido.
Buscaba al observador.
Al que había orquestado todo.
Y sus ojos se encontraron, por una fracción de segundo, con los de un joven apuesto y bien vestido que la miraba desde la distancia con una sonrisa de triunfo.
Ahí estás, pensó Elysia.
El juego había comenzado.
Y ella acababa de identificar a su oponente.
—————— Desde la seguridad del callejón, Cassian sonreía triunfante.
Conocía el desenlace porque él lo había planeado o mejor dicho su espía, pero el pago por esto así que era su plan.
Los guardias, aunque no eran cómplices directos, habían sido sutilmente “informados” por sus hombres sobre la “posibilidad” de encontrar problemas con la extraña.
Y uno de ellos, el más nervioso, tenía una pequeña bolsa de monedas idéntica, oculta en su propia ropa, lista para “descubrirla” en Elysia y cerrar el caso.
Era un plan simple, pero efectivo para humillarla públicamente.
Pero a su lado, la figura encapuchada se tensó.
El espía no estaba mirando a los guardias ni a la multitud.
Estaba observando a la mujer.
Y por una fracción de segundo, justo antes de que ella desviara la mirada, sus ojos se encontraron.
El espía sintió un escalofrío helado recorrerle la espalda, una sensación que no había experimentado en años de trabajo en las sombras.
No fue la mirada de una víctima confundida o de una guerrera enfadada.
Fue la mirada de un depredador que acaba de identificar a otro en su territorio.
Una mirada que decía, con una claridad aterradora: “Te veo”.
La mirada no debería haber estado mirando en su dirección.
Estaban demasiado lejos, ocultos en la penumbra.
Ninguna persona normal podría haberlos distinguido.
Pero ella lo había hecho.
—Se ha dado cuenta —susurró el espía, su voz perdiendo por primera vez su tono neutro y adquiriendo un matiz de genuina sorpresa y…
¿Miedo?
—¿Qué?
¿De qué hablas?
—dijo Cassian, distraído por el espectáculo—.
Está a punto de ser humillada.
Mira, ya están terminando.
En la plaza, el guardia terminó el registro.
Como era de esperar, no encontró nada.
Se volvió hacia el mercader, confundido.
—No lleva nada, señor.
El mercader se quedó boquiabierto.
—¡Imposible!
¡Debió haberla tirado!
¡La vi!
La multitud empezó a murmurar, ahora confundida.
La certeza del crimen comenzaba a desmoronarse.
Elysia bajó los brazos lentamente.
—Ya que hemos establecido mi inocencia —dijo, su voz tranquila pero llevando un peso que hizo que todos se callaran—, quizás deberíamos preguntarnos a dónde fue realmente la bolsa.
Su mirada se desplazó hacia el lugar en dónde el mercader seguía hablando con el guardia, Luego, se movió deliberadamente hacia el callejón donde se escondían Cassian y el espía.
No señaló.
No acusó.
Simplemente miró.
Cassian sintió un nudo de pánico en el estómago.
¿Cómo podía saberlo?
El espía, sin embargo, entendió al instante.
Esto ya no era un simple juego de incriminación.
Se había convertido en una batalla de voluntades.
La mujer no estaba jugando a la defensiva.
Estaba contraatacando.
—Tu plan ha fallado —dijo el espía con una finalidad fría—.
Ella es más inteligente de lo que calculaste.
Sin esperar la respuesta de un Cassian furioso y confundido, la figura encapuchada se dio la vuelta y se fundió en las sombras más profundas del callejón, desapareciendo como si nunca hubiera estado allí.
La extraña no solo era inteligente.
Era peligrosa.
Y está pequeña trampa acababa de volverse mucho más interesante.
¿Cómo paso eso?, pensó.
——————— Momentos antes Mientras la multitud murmuraba y el mercader protestaba, el guardia nervioso se preparaba para su jugada final.
Su mano temblorosa se movió hacia su propio bolsillo, donde la bolsa falsa estaba lista para ser “descubierta” en Elysia.
Pero, ¿cómo hizo Elysia para que el guardia no lograra su trampa?
Fácil.
Durante el registro improvisado, mientras la mano torpe del guardia le palpaba la cintura, Elysia se movió unos pocos centímetros.
Para un observador normal, parecía un simple reajuste de su postura.
Pero en ese instante, sus dedos, entrenados para desarmar a enemigos en un abrir y cerrar de ojos, se movieron con una velocidad y elegancia casi invisibles.
Con la destreza de un carterista experto gracias al entrenamiento que recibió por parte de las fuerzas especiales de inteligencia y espionaje en su mundo, interceptó la mano del guardia justo cuando tocaba la bolsa oculta y la colocaba en el bolsillo de Elysia, la extrajo de su bolsillo sin que él sintiera nada más que un leve roce, y la ocultó en su propia manga.
Todo ocurrió en menos de un segundo.
El guardia, ajeno a todo, continuó su falso registro, solo para descubrir con pánico que la bolsa que se suponía que debía “encontrar” ya no estaba donde debía.
Fue entonces cuando Elysia bajó los brazos.
Su mano, ahora sosteniendo la pequeña bolsa de monedas, se movió con una gracia casual.
¿Dónde la puso?
La puso en el cinturón del propio mercader que la estaba acusando.
En el momento en que el hombre gritaba “¡Debió haberla tirado!”, Elysia, en cuanto vio al hombre dar un pasó a su lado, con un movimiento tan sutil que fue como una brisa, deslizó la correa de la bolsa falsa en el cinturón vacío del hombre, justo al lado de donde había estado la original.
Nadie lo vio.
Nadie se dio cuenta.
Ahora, con la trampa completamente desarmada y revertida, Elysia se volvió.
Miró al granjero ladrón que se escondía bajo un rostro bien actuado, y luego al guardia nervioso.
Una sonrisa apareció en su rostro.
Era una sonrisa común, casi tierna, pero la mirada en sus ojos grises era tan afilada y asesina que ambos hombres sintieron un sudor frío recorrerles la espalda.
—Bueno —dijo Elysia, su voz dulce como la miel pero con un trasfondo de acero—.
Ya que yo estoy limpia…
Su dedo índice se levantó y señaló elegantemente al mercader que seguía gritando.
—…¿estáis seguros de que habéis revisado bien a la “víctima”?
A veces, en el pánico, uno puede olvidar dónde guarda las cosas.
El guardia nervioso, desesperado por desviar la atención de su propio fracaso, vio esto como una salida.
Se acercó al mercader.
—Señor, por favor, solo para estar seguros…
Y al palpar el cinturón del hombre, sus dedos se encontraron con una bolsa de monedas.
Una bolsa idéntica a la que había desaparecido.
El mercader se quedó en silencio, con la cara pálida.
La multitud estalló en murmullos confusos y risas.
El ladrón acusado se había convertido en un tonto que había perdido su propia bolsa.
Desde el callejón, Cassian observaba, su rostro una máscara de incredulidad y furia.
Su plan no solo había fallado.
Había sido ridiculizado.
Y la mujer a la que había intentado humillar ahora parecía una heroína astuta e intocable, todo sin levantar un solo dedo con ira.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES El_Dramas No me gustó mucho como quedó, pero espero les guste este capítulo.
🙂
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