Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 28
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- Capítulo 28 - 28 Capitulo 29 Frustración
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28: Capitulo 29: Frustración 28: Capitulo 29: Frustración Un torbellino de túnica elegante y furia impotente se movía a paso rápido por los callejones más estrechos y oscuros de Villaclara.
Era Cassian, su hermoso rostro contraído en una máscara de rabia.
Detrás de él, moviéndose como una sombra pegada a la pared, iba el espía.
—¡Espera!
—siseó Cassian, deteniéndose y girándose para encarar a la figura encapuchada—.
¿Por qué huimos?
¡Deberíamos estar planeando el siguiente paso!
¡Esto es inaceptable!
¡Ella se burló de mí!
El espía no se detuvo.
Agarró a Cassian por el brazo con una fuerza sorprendente y lo arrastró hacia la oscuridad de otro callejón.
—Cállate —dijo el espía, su voz perdiendo toda su neutralidad y volviéndose un susurro afilado y urgente—.
No es momento para tus berrinches de niño rico.
Cassian intentó soltarse, ofendido.
—¿Berrinches?
¿No entiendes que esa…
cosa…
acaba de humillarme?
¡Necesitamos actuar!
—No —respondió el espía, empujándolo contra una pared de piedra húmeda—.
Necesitamos desaparecer.
Tú no lo entiendes, ¿verdad?
El espía se inclinó, y aunque Cassian no podía ver el rostro bajo la capucha, podía sentir la intensidad de su mirada.
—Tu plan no solo fracasó.
Fue revertido.
Fue un juego de manos tan perfecto que nadie, ni siquiera el guardia al que le robó, se dio cuenta.
Eso no es la habilidad de un “matón”.
Eso es la destreza de un maestro asesino o un espía de la más alta categoría.
Cassian se quedó en silencio, la confianza comenzando a flaquear ante la seriedad del espía.
—Y eso no es lo peor —continuó el susurro helado—.
Ella lo sabe.
Sabe que estábamos allí.
Sabe que lo planeamos.
Su última mirada no fue a la multitud.
Fue al callejón en dónde estabamos.
A nosotros.
El espía lo sabía.
La forma en que la mirada de Elysia los había encontrado, la forma en que había sonreído mientras desmantelaba su trampa…
no había sido una coincidencia.
No estaba reaccionando.
Estaba enviando un mensaje.
Por eso escapaban.
Porque esto ya no era un juego de humillación social.
Se había convertido en una cacería.
Y por primera vez en su exitosa carrera, el espía sentía que él no era el cazador.
Era la presa.
Y estaban huyendo antes de que la verdadera depredadora decidiera que ya había tenido suficiente de jugar.
Justo cuando el espía terminaba su advertencia, dos sombras se materializaron en la entrada del callejón, bloqueando su única salida.
Un par de figuras corpulentas, tan anchas como la puerta de un granero, se acercaron a ellos.
Uno tenía la cabeza rapada y un tatuaje de una calavera en el cuello; el otro, una cicatriz desagradable que le cruzaba un ojo.
Eran los bien conocidos, al menos en los círculos turbios, “Hermanos del Dolor”, o al menos, así se llamaban a sí mismos.
Eran matones a sueldo, el tipo de músculo que se contrata cuando la sutileza falla.
Y habían sido contratados por Cassian como su “plan B”, en caso de tener que usar la fuerza bruta.
—¿Huir, pequeño fantasma?
—dijo el de la cabeza rapada, su voz un retumbo grave.
Se llamaba Grol.
—Suena como si hubieras visto un fantasma de verdad —añadió el de la cicatriz, conocido como Burk, mientras se tronaba los nudillos, el sonido resonando como piedras rompiéndose.
Los hermanos se rieron, un sonido desagradable que no contenía ni una pizca de humor.
Cassian, al ver a sus matones, recuperó instantáneamente su arrogancia.
Se soltó del agarre del espía y se recompuso la camisa.
—¡Ah, Grol, Burk!
¡Llegáis justo a tiempo!
—dijo con una sonrisa triunfante, como si todo fuera parte de su plan—.
Nuestro pequeño amigo aquí se ha asustado un poco.
El espía no se movió.
Su cabeza encapuchada se giró lentamente para observar a los dos gigantes.
—No saben en lo que se están metiendo —dijo el espía, su voz volviendo a su calma gélida—.
La mujer a la que este tonto quiere que intimiden…
no es un objetivo.
Es un desastre natural.
Grol se rio de nuevo, más fuerte esta vez.
—¿Una mujer?
¿Tenemos que tener miedo de una mujer?
La hemos estado observando.
Alta, sí.
Pero sin armadura.
Solo es carne y hueso.
—Nos pagaron para romper huesos —añadió Burk, mostrando una sonrisa que dejaba ver varios dientes de menos—.
Y los huesos de una mujer se rompen igual que los de un hombre.
Cassian se hinchó de orgullo.
—¡Exacto!
¡Id ahora!
¡Encontradla!
¡Dadla una lección que no olvide!
¡Aseguraos de que todo el pueblo la vea humillada y llorando!
El espía suspiró, un sonido casi imperceptible de resignación.
Se apartó, pegándose a la pared.
—He cumplido mi contrato de vigilancia.
Vuestro acuerdo de “persuasión física” no me concierne —dijo, su tono final—.
Pero les daré un consejo gratis.
Los hermanos lo miraron con desdén.
—Si valoran su capacidad para caminar y respirar al mismo tiempo —dijo el espía con una calma aterradora—, no hagan enfadar a esa mujer.
Burk y Grol se echaron a reír, ignorando por completo la advertencia.
Se dieron la vuelta y salieron del callejón, dirigiéndose hacia la plaza, listos para ganarse su paga.
Cassian los observó irse con una sonrisa de victoria.
El espía simplemente negó con la cabeza en la oscuridad.
Había brutos que no entendían la diferencia entre un perro guardián y un dragón dormido.
Y estos dos estaban a punto de descubrirla de la peor manera posible.
Cassian, henchido de una arrogancia recuperada, se giró hacia el espía con una sonrisa de suficiencia.
—¿Ves?
A veces, la fuerza bruta es la solución más elegante.
Ahora, si me disculpas, iré a buscar un buen lugar para observar el…
El espía no escucho las palabras de Cassian.
El una figura siempre en calma y en control, de repente se quedó completamente rígido.
Fue entonces cuando el espía sintió una mano en su hombro.
No fue un agarre fuerte.
Fue un toque ligero, casi casual.
Pero para él, cuyos sentidos estaban afinados para detectar el más mínimo peligro, fue como si una víbora de hielo le hubiera mordido.
El miedo lo paralizó, un veneno helado que se extendió por sus venas y detuvo su corazón por un instante.
No la había oído llegar.
No había sentido su presencia.
Simplemente…
apareció.
El aire en el callejón pareció volverse más frío, más denso.
El sonido distante de la plaza se desvaneció.
Lentamente, con un terror que no había sentido desde su entrenamiento más brutal, el espía volteó levemente la cabeza hacia atrás.
Y la vio.
Era la mujer.
La que había visto en la oscuridad.
La que lo había mirado a los ojos hace unos momentos desde el otro lado de la plaza.
Estaba de pie detrás de él, tan silenciosa como la muerte, su rostro una máscara de calma impasible.
No llevaba armadura, pero su presencia era más pesada e intimidante que cualquier placa de acero.
Sus ojos grises, límpidos y sin emoción, no estaban mirando a Cassian.
Estaban fijos en él.
Cassian, finalmente dándose cuenta de la quietud antinatural de su espía, se dio la vuelta.
Su sonrisa se borró de su rostro como si la hubieran abofeteado.
Se quedó boquiabierto, retrocediendo un paso, con los ojos muy abiertos por el terror.
Elysia no le prestó la más mínima atención.
Su foco estaba enteramente en la figura encapuchada.
—Tú —dijo Elysia, su voz no era más que un susurro, pero cortó el silencio del callejón como un cuchillo—.
Tienes un talento inusual.
La discreción.
El movimiento.
Me recuerdas a los exploradores de la Guardia Sombría de mi tierra.
Sus dedos, todavía en el hombro del espía, aplicaron una presión casi imperceptible.
—Ellos también eran muy buenos escondiéndose.
Pero cometían un error.
Creían que porque estaban en las sombras, nadie podía verlos.
—La mirada de Elysia se agudizó, volviéndose tan dura como un diamante—.
Olvidaban que en la oscuridad es donde los depredadores cazan mejor.
El espía no podía moverse.
No podía respirar.
Por primera vez en su vida, era él quien estaba atrapado, superado y completamente a merced de otro.
—Dime —continuó Elysia, su voz bajando aún más, volviéndose peligrosamente suave—.
¿Quién te paga por observarme?
El miedo que envolvía al espía era una cosa física, un hielo en sus venas.
Pero debajo del miedo, había algo más: una profunda y amarga frustración.
Había sido totalmente destruido en su propia área de especialización.
El sigilo, la observación, el arte de ser invisible…
todo había sido inútil contra ella.
Era como un maestro espadachín desarmado por un niño.
Un profesional sabe cuándo una operación ha fracasado de forma catastrófica.
Y un profesional, por encima de todo, sobrevive.
Con un ápice de autocontrol, el espía levantó lentamente una mano temblorosa y señaló.
No dijo una palabra.
Solo señaló.
El dedo enguantado apuntaba directamente a Cassian.
Elysia siguió la dirección del dedo.
Sus ojos grises, que habían estado fijos en el espía, se desplazaron hacia el apuesto joven que ahora estaba flanqueado por sus dos enormes matones.
Cassian, al ver que la atención se centraba en él y que sus matones se pusieran a su lado, luego de que vieran que su objetivo los encontró a ellos, Cassian malinterpretó por completo la situación.
Creyó que el espía lo estaba designando como el nuevo objetivo, como si le pasara la batuta.
Su miedo se evaporó, reemplazado por una oleada de arrogancia.
Ahora estaba rodeado por los Hermanos del Dolor.
Ahora tenía el poder.
Comenzó su monólogo.
—Así que finalmente te das cuenta de quién manda aquí —dijo Cassian, dando un paso al frente, su voz llena de un desprecio triunfante—.
¿Creías que podías venir a mi pueblo, humillarme y salirte con la tuya?
Grol y Burk, los dos gigantes, dieron un paso adelante también, sus sombras cubriendo a Elysia.
Se tronaron los nudillos, una sonrisa cruel en sus rostros.
—Debo admitir que eres astuta —continuó Cassian, pavoneándose—.
Ese pequeño truco en la plaza fue ingenioso.
Pero los trucos se acaban.
Y ahora estás sola en un callejón oscuro, enfrentándote a la realidad.
Y la realidad, mi querida “heroína”, es que aquí, la fuerza es lo único que importa.
Señaló a Grol y a Burk.
—Estos caballeros se asegurarán de que aprendas una lección sobre el respeto.
Quizás cuando terminen contigo, no te sentirás con tantas ganas de sonreír.
Mientras Cassian hablaba, la mano de Elysia, que todavía estaba en el hombro del espía, lo soltó.
El espía no se movió, su cuerpo todavía paralizado, observando lo que estaba a punto de suceder.
Elysia ni siquiera miró a Cassian.
Su atención estaba fija en los dos matones que se acercaban.
Inclinó ligeramente la cabeza, como si estuviera considerando algo.
—¿Fuerza?
—dijo, su voz tranquila resonando en el estrecho callejón—.
Tienes razón.
Y por primera vez desde que la habían acorralado, una emoción cruzó el rostro de Elysia.
No era miedo.
Era aburrimiento.
—Vengan entonces—.
La palabra final fue una sentencia.
Burk, el hermano con la cicatriz, interpretó su calma como arrogancia.
Rugió y dio el primer paso.
Levantó un puño del tamaño de un jamón y lo lanzó directo al rostro de Elysia, un golpe diseñado para romper huesos y terminar la pelea antes de que comenzara.
Elysia vio el puño acercarse, sus movimientos tan lentos y predecibles para ella como los de un caracol.
Y entonces, hizo algo completamente inesperado.
Con un movimiento fluido de su muñeca, desenfundó su nueva espada y, en lugar de bloquear o atacar, la arrojó al aire.
La hoja gris y azul giró, subiendo muy arriba, su brillo captando la luz del sol sobre los tejados.
El movimiento fue tan extraño, tan ilógico, que desorientó a los hermanos por una fracción de segundo.
¿Por qué una guerrera tiraría su única arma?
Esa fracción de segundo fue todo lo que Elysia necesitó.
Para Cassian y el espía, que observaban desde atrás, todo se movió en cámara lenta.
En el instante en que la espada dejó su mano, Elysia empezó su ataque.
Se agachó, no hacia atrás, sino hacia adelante, esquivando el puño de Burk por milímetros.
Su cuerpo se deslizó por debajo del brazo extendido del gigante, y su primera acción no fue un golpe.
Fue un toque.
Con la punta de sus dedos, golpeó dos puntos precisos en el costado de Burk: uno justo debajo de la axila y otro en el nervio del codo.
No usó la fuerza, sino una precisión quirúrgica.
Burk sintió una sacudida eléctrica recorrer todo su brazo, que se quedó entumecido y colgando inútilmente a su lado.
Antes de que Grol pudiera reaccionar, Elysia ya estaba girando.
Su pie se enganchó detrás del tobillo de Burk, desequilibrándolo.
Al mismo tiempo, su palma abierta golpeó la base de su cráneo.
No fue un golpe mortal, sino uno incapacitante.
Los ojos de Burk se pusieron en blanco y el gigante se desplomó en el suelo como un saco de patatas, inconsciente antes de tocar el suelo.
Todo había durado menos de dos segundos.
Grol la miró, su rostro una máscara de shock e incredulidad.
Abrió la boca para gritar, pero el sonido nunca salió.
Elysia ya estaba sobre él.
Usó el cuerpo de su hermano caído como un escalón, lanzándose hacia arriba.
Su mano se cerró sobre la cara de Grol, sus dedos apretando los puntos de presión de su mandíbula, silenciándolo.
Su otra mano golpeó su plexo solar, robándole todo el aire de los pulmones.
Grol se dobló hacia adelante, ahogándose, y Elysia usó su propio impulso para dirigir su cabeza directamente contra la pared de piedra del callejón.
CRACK.
El sonido fue seco y definitivo.
Grol se deslizó por la pared y cayó al suelo junto a su hermano, igualmente inmóvil.
La violencia fue brutal, silenciosa y terriblemente eficiente.
Justo en ese momento, la espada, que había alcanzado el punto más alto de su trayectoria, comenzó a caer, girando de nuevo hacia el callejón.
Elysia, con la misma calma con la que había comenzado, levantó la mano.
La empuñadura de la espada cayó perfectamente en su palma, como si estuviera destinada a estar allí.
El suave clic de su mano cerrándose sobre la empuñadura fue el único sonido en el callejón ahora silencioso.
Envainó la espada.
Luego, se giró lentamente para encarar a un Cassian que la miraba con un terror tan absoluto que no podía ni gritar.
La exhibición de fuerza había terminado.
Y no se había parecido a nada que él pudiera haberan aver imaginado.
La punta de la espada envainada de Elysia apuntaba suavemente hacia el suelo.
Se giró para encarar a un Cassian que la miraba con un terror tan absoluto que no podía ni gritar.
Fue el espía quien actuó.
Recuperado de la parálisis inicial, su instinto de supervivencia se apoderó de él.
Lanzó su pesada capa de viaje hacia adelante con un movimiento de muñeca.
Pero la capa no cayó al suelo.
En el aire, pareció desintegrarse.
De ella, una densa y ruidosa nube de moscas negras salió en todas direcciones, un enjambre antinatural que llenó el estrecho callejón, bloqueando la visión de Elysia con un zumbido ensordecedor.
Fue una distracción perfecta, diseñada no para herir, sino para cegar y confundir.
Elysia, por instinto, levantó un brazo para protegerse la cara.
Cuando las moscas se dispersaron tan rápido como habían aparecido, un segundo después, ella bajó el brazo.
El callejón estaba casi vacío.
Tanto Cassian como el espía no estaban.
Solo quedaban los dos matones inconscientes en el suelo, como prueba de que la confrontación había sido real.
Elysia miró el espacio vacío.
No había rastro de ellos.
Una retirada profesional.
—Interesante —murmuró para sí misma.
———————— En el interior de un pequeño y polvoriento almacén al otro lado del pueblo, el espía cerró la puerta con un golpe seco, asegurando la tranca.
La única luz provenía de las grietas de las paredes y de un tragaluz sucio.
Cassian, que había sido arrastrado hasta allí, finalmente estalló.
—¡Inútiles!
¡Esos dos matones eran completamente inútiles!
—gritó, su voz una mezcla de frustración y miedo—.
¡Y tú!
¡Huiste!
¡Me pagaron una fortuna y huiste!
—Silencio —ordenó el espía, su voz fría y afilada como un trozo de hielo.
Se quitó la capucha, revelando un rostro andrógino y pálido, con unos ojos oscuros y atentos que ahora brillaban con una emoción que Cassian no había visto antes: un miedo e ira reprimida.
—No “huimos” —corrigió el espía, su tono bajo y serio—.
Ejecutamos una retirada táctica de un enfrentamiento que no podíamos ganar.
—¡¿Como No podíamos ganar?!
¡Eran dos contra una!
¡Y ella es solo una mujer!
—Esa “mujer” —dijo el espía, dando un paso hacia Cassian, su calma mucho más aterradora que la ira del joven noble—, neutralizó a dos brutos entrenados que le doblaban el peso en menos de cinco segundos.
Sin su arma.
Sin sudar.
¿Te diste cuenta de sus movimientos?
Cassian se quedó en silencio.
—No había ira en sus movimientos.
No había pánico.
Solo…
eficiencia.
Cada golpe, un punto de presión.
Cada movimiento, diseñado para incapacitar con el mínimo esfuerzo.
No los venció.
Los desmanteló.
El espía se dio la vuelta, mirando hacia la puerta como si esperara que Elysia la derribara en cualquier momento.
—El contrato original ha cambiado.
Ya no se trata de tu pequeña venganza por una chica de pueblo.
La misión ahora es la supervivencia.
Porque esa mujer no es una mercenaria.
No sé qué es.
Pero ahora nos ha visto.
Y te aseguro que nos estará buscando.
Cassian se dejó caer sobre una caja, el rostro pálido.
La realidad de la situación finalmente lo estaba golpeando.
No había contratado a matones para asustar a una rival.
Había provocado a un monstruo.
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