Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 3
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3: Capítulo 4: Presentaciones 3: Capítulo 4: Presentaciones El agarre de la caballero era como un cepo de hierro.
Por un instante, el único sonido en el taller fue el suave burbujeo del alambique y el chirrido solitario de Pepe el grillo, ajeno a la tensión que acababa de nacer.
Zain no intentó soltarse.
En su lugar, bajó la mirada desde la mano enguantada que aprisionaba su muñeca hasta los ojos de la mujer.
Eran de un color gris tormentoso, como un cielo invernal justo antes de una ventisca.
En ellos no había miedo ni confusión, solo una furia fría y una autoridad inquebrantable.
Zain se encontró con esa mirada, y una lenta sonrisa se dibujó en su rostro oculto bajo la capucha.
No era una sonrisa de burla, sino de genuina deleite.
Ella era exactamente tan fascinante como había esperado.
—No te atrevas —repitió ella, su voz ganando un ápice de fuerza.
Zain la miró fijamente por un momento más, una chispa de humor característica brillando en sus ojos.
Y entonces, hizo exactamente lo contrario a lo que le ordenaron.
Con su mano libre, en un movimiento fluido y deliberado, agarró el yelmo.
—Sabes, es terriblemente difícil mantener una conversación con un cubo de metal —dijo él, su tono ligero y conversacional.
Antes de que Elysia pudiera reaccionar a la audacia de sus palabras, él giró y levantó el casco.
Hubo unclicmetálico seguido de un susurro de aire.
La oscuridad protectora que envolvía la cabeza de Elysia desapareció.
Su cabello, de un rubio ceniza salpicado de polvo y sudor, se derramó sobre sus hombros y la manta como una cascada de plata pálida a la luz del taller.
Por un segundo, la mujer quedó en shock por la descarada insubordinación.
Luego, la furia se estalló.
Un gruñido gutural se escapó de sus labios.
Con una fuerza explosiva, tensó el brazo para retorcer la muñeca de Zain y, al mismo tiempo, intentó incorporarse para golpearlo con el hombro.
Era un movimiento de combate, diseñado para incapacitar y neutralizar.
Pero su cuerpo, a pesar de la magia curativa, la traicionó.
Una punzada blanca y cegadora en sus costillas le robó el aliento y la fuerza.
El poder de su agarre flaqueó y el impulso para levantarse murió antes de nacer.
Cayó de espaldas sobre la cama con un gemido ahogado, el rostro contraído por el dolor y la frustración.
Su mano, que un segundo antes era un grillete de acero, ahora temblaba sin fuerzas a un lado.
Zain no se había movido.
Sostenía el casco en una mano, observándola con una expresión que era una mezcla de calma y análisis.
—Te recomendaría que no intentaras eso de nuevo —dijo, su tono ahora desprovisto de sarcasmo y teñido de una seriedad práctica—.
Mi hechizo solo cerró las heridas.
No arregló lo que está roto.
Si te mueves así, solo conseguirás que todo sea mucho peor.
Dejó el yelmo a un lado, sobre una pila de libros.
Se cruzó de brazos, sin dejar de observarla.
—Ahora que tengo tu atención y podemos vernos las caras —dijo, su habitual humor regresando lentamente—, podemos proceder con las formalidades.
Elysia lo fulminó con la mirada, respirando con dificultad.
Estaba herida, humillada y en un lugar desconocido, a merced de un extraño encapuchado que la había curado solo para desafiarla.
Pero era una caballero.
La compostura, incluso frente al enemigo, era un pilar de su entrenamiento.
—Tú —dijo, su voz tensa y afilada—.
¿Quién eres?
¿Y dónde…
dónde estoy?
Zain hizo una leve reverencia, un gesto teatral que contrastaba con el caos del taller.
—Me llamo Zain.
Sanador, alquimista, investigador de anomalías interesantes y, por lo visto, tu anfitrión.
Y estás en mi taller, en el pueblo de Villaclara.
Ahora te toca a ti.
¿Quién es la misteriosa dama de metal que tiene la mala costumbre de caer del cielo?
—————— La pregunta de Zain quedó flotando en el aire, cargada de una extraña mezcla de exigencia y despreocupación.
Elysia, todavía recuperando el aliento, lo observó con una desconfianza gélida.
Este hombre, Zain, era un enigma.
Un sanador que la trataba con sarcasmo.
Un anfitrión que la desarmaba con provocaciones.
En lugar de esperar una respuesta, Zain se dio la vuelta y comenzó a Hurgar en el desorden de su propio taller.
Con un tarareo, apartó una pila de pergaminos de una silla de madera que parecía tener solo tres patas estables, la arrastró junto a la cama con un chirrido y se sentó.
No contento con eso, se estiró hacia su escritorio, tomó una pluma de cuervo, un tintero y una hoja de pergamino en blanco.
Colocó el papel sobre una gruesa antología de runas antiguas que usaban como portapapeles.
Todo el proceso tenía el aire de un académico preparándose para una entrevista.
La gravedad con la que se tomaba su “investigación” era tan evidente como el desorden que lo rodeaba.
Una vez que estuvo cómodamente instalado, con la pluma lista, levantó la vista hacia ella.
Y entonces, para sorpresa de Elysia, se llevó las manos a la capucha.
—Supongo que esto es un poco injusto —dijo, su voz aún amortiguada por la tela—.
Yo puedo verte, pero tú solo ves mi sombra.
Corrijamos eso.
Con un movimiento suave, echó la capucha hacia atrás.
Lo que hizo que Elysia contuviera la respiración.
Bajo la capucha había un hombre joven, o al menos eso aparentaba, quizás no mucho mayor que ella.
Su cabello era de un rubio tan pálido que casi parecía blanco bajo la luz mágica del taller.
Era un rostro de rasgos finos, casi aristocráticos.
Pero fueron sus ojos los que la perturbaron profundamente.
Eran de un color rojo apagado, casi sin vida, como dos brasas que hubieran perdido su fuego hace mucho tiempo.
Carecían por completo de la luz y la energía que bullían en su voz y en sus gestos.
Era una contradicción andante: un hombre con la personalidad de una chispa brillante y los ojos de un alma muerta.
Por primera vez, Elysia sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con sus heridas.
Este hombre no era normal.
Zain pareció no notar su reacción, o si lo hizo, no le dio importancia.
Mojó la punta de la pluma en el tintero con un chasquido audible.
—Bien, empecemos de nuevo —dijo, su mirada roja y vacía fija en ella—.
Soy Zaín.
Y tú eres…
Elysia tragó saliva, su mente de estratega trabajando a toda velocidad.
Estaba en desventaja, pero no estaba indefensa.
La información era un arma, y necesitaba obtenerla.
Para eso, tendría que dar algo a cambio.
Decidió jugar una de sus cartas.
Se irguió todo lo que el dolor le permitió, adoptando una postura de dignidad a pesar de estar acostada en una cama extraña.
—Elysia —dijo, su voz clara y firme—.
Soy Elysia, Caballero-Comandante de la Orden del Alba, al servicio del Rey Theron de Aethelgard.
Observó a Zain, esperando alguna reacción a su título o al nombre de su reino.
Él simplemente asintió y comenzó a escribir en el pergamino, su pluma arañando la superficie.
—Elysia…
Orden del Alba…
—murmuró mientras escribía—.
Interesante.
Elysia apretó los dientes.
—He respondido a tu pregunta, mago.
Ahora responde a la mía.
Dijiste que este lugar es Villaclara.
¿En qué provincia del reino de Aethelgard se encuentra?
Nunca he oído nombrar este, pueblo.
Zain detuvo su escritura.
La pluma quedó suspendida sobre el pergamino.
Levantó lentamente la vista, y por primera vez, Elysia vio una emoción en su rostro: una genuina y absoluta confusión.
Ladeó la cabeza, sus ojos rojos y muertos estudiándola como si fuera un texto en un idioma que no podía descifrar.
—¿Aethelgard?
—repitió, la palabra sonando, extraña en sus labios—.
¿Qué es eso?
——————————— Les gustó el capítulo?
REFLEXIONES DE LOS CREADORES El_Dramas Si llegaste hasta aquí quiere decir que te llamo la atención mi pequeña historia, me gustaría darte las gracias y un abrazo por leer
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