Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 31

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Crónicas de un mundo Roto
  4. Capítulo 31 - 31 Capitulo 32 Noche de juegos 1
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

31: Capitulo 32: Noche de juegos (1) 31: Capitulo 32: Noche de juegos (1) La noche había caído por completo sobre Villaclara.

Dentro del taller, el único sonido era el suave rasgueo de una pluma sobre un pergamino y el rítmico y metódico roce de un paño sobre el acero.

En su escritorio, rodeado por el habitual santuario de libros y artefactos, Zain se encontraba realizando un informe más detallado.

La siesta forzada parecía haber revitalizado su mente.

Escribía con una energía febril, no sobre la corrupción ni sobre antídotos, sino sobre los descubrimientos de la nueva espada de Elysia y su arte marcial de otro mundo.

“…el estilo de combate no se basa en la fuerza bruta, sino en la eficiencia biomecánica.

Los golpes apuntan a los centros nerviosos y a los puntos de equilibrio, lo que sugiere un profundo conocimiento de la anatomía.

La técnica no busca abrumar, sino desmantelar.

Es un arte de una sofisticación aterradora…” Mientras tanto, en el otro lado de la habitación, Elysia estaba sentada en el suelo, con las piezas de su armadura negra dispuestas a su alrededor.

Con un paño suave, pulía cada pieza, su rostro una máscara de tranquila concentración.

La armadura ya estaba en mucho mejor estado gracias a los esfuerzos de Gunter y Zain.

Las grietas habían sido selladas, las abolladuras, suavizadas.

El metal oscuro brillaba bajo la luz de la lámpara mágica, pareciendo beber la luz misma.

Después de la armadura, le tocaría a su nueva y renacida espada.

El ambiente en el taller era pacífico, casi doméstico.

Un extraño equilibrio se había establecido entre ellos.

Él, perdido en su mundo de análisis y teoría.

Ella, en su ritual de preparación y disciplina.

Después de un largo rato, Zain dejó la pluma.

Se estiró, sus articulaciones protestando con un crujido.

Sus ojos se posaron en Elysia.

La había estado observando de reojo durante la última hora.

—Sabes —dijo, rompiendo el cómodo silencio—, ese nivel de concentración es admirable.

Podrías pasar horas en completo silencio.

Me recuerda a algunos de mis antiguos colegas de la Academia.

Aunque ellos solían murmurar sobre runas, no sobre pulir acero.

Elysia no levantó la vista de su trabajo.

—El mantenimiento del equipo es tan vital como el entrenamiento del cuerpo —respondió ella, su voz tranquila—.

Una armadura descuidada es una invitación a la muerte.

Zain la observó por un momento más, una idea formándose en su mente.

Una idea que no tenía nada que ver con la investigación.

—En mi mundo —dijo lentamente—, la concentración también se entrena.

Pero a veces, usamos métodos…

diferentes.

Se levantó y se dirigió a un viejo cofre de madera que no había abierto en años.

Rebuscó en su interior, apartando extraños artefactos y pergaminos olvidados, hasta que encontró lo que buscaba.

Regresó a la mesa con una pequeña caja de madera pulida.

La abrió.

Dentro, sobre un lecho de terciopelo descolorido, había un juego de piezas de madera tallada, blancas y negras, y un tablero plegable.

—¿Conoces el Ajedrez de Reyes?

—preguntó.

Elysia levantó la vista, su curiosidad finalmente despertada.

Miró el tablero, las piezas talladas que representaban reyes, caballeros y peones.

—No —respondió ella—.

En mi mundo, los juegos de estrategia se juegan con mapas y marcadores de unidades.

Para prepararse para la guerra.

—Este también es un juego de guerra —dijo Zain, desplegando el tablero sobre la mesa—.

Pero es…

más elegante.

No se trata solo de números y formaciones.

Se trata de previsión, de sacrificio y de ver diez movimientos por delante.

La miró, una extraña y genuina sonrisa en su rostro.

—Te enseñaré.

Considéralo…

un ejercicio de entrenamiento táctico.

Elysia miró el tablero.

Luego miró a Zain.

Por primera vez, él no la estaba estudiando como a un espécimen.

La estaba invitando a jugar.

Dejó a un lado su paño de pulir y se levantó.

Se acercó a la mesa y se sentó frente a él.

Frente al tablero, sus ojos grises examinando el campo de batalla en miniatura.

Las sesenta y cuatro casillas, alternando entre madera clara y oscura, eran un mundo de orden y posibilidades.

Zain, con una paciencia que rara vez mostraba fuera de sus experimentos, comenzó a colocar las piezas en su respectivo orden en cada extremo del tablero.

Sus delgados dedos movían las figuras talladas con una familiaridad experta.

—El objetivo es simple —comenzó Zain, su tono volviéndose el de un maestro explicando una lección fundamental—.

Capturar al rey del oponente.

No necesariamente matarlo, sino dejarlo sin escapatoria.

A eso lo llamamos “jaque mate”.

Colocó la última pieza, un peón negro, en su lugar.

—Cada pieza se mueve de una manera única.

Representan los diferentes elementos de un ejército.

O de la vida misma, si eres un filósofo con demasiado tiempo libre.

Señaló a la fila de ocho pequeñas piezas en el frente.

—Estos son los peones.

El alma del juego.

Son débiles, solo pueden moverse un paso hacia adelante —hizo una pausa, moviendo un peón blanco para demostrarlo—, pero en su primer movimiento, pueden avanzar dos.

Atacan en diagonal.

Son la infantería, la gente común.

Sacrificables, pero con un gran potencial.

Si un peón logra cruzar todo el tablero y llegar a la última fila, puede convertirse en cualquier otra pieza.

Una reina, incluso.

Es la historia del campesino que se convierte en héroe.

Elysia asintió lentamente, absorbiendo la información.

La idea de que lo más débil pudiera convertirse en lo más fuerte era…

interesante.

Zain luego señaló a las piezas en las esquinas.

—Las torres.

Se mueven en líneas rectas, horizontal o verticalmente, a través de cualquier número de casillas desocupadas.

Son la fuerza bruta, los muros de tu fortaleza.

Continuó con los caballos, con su movimiento en “L”, describiéndolos como “la táctica inesperada, el flanqueo que nadie ve venir”.

Luego los alfiles, que se movían en diagonal, “los asesinos silenciosos que atacan desde lejos”.

Finalmente, llegó a las dos piezas más importantes.

—La reina —dijo, sosteniendo la elegante figura—.

La pieza más poderosa del tablero.

Puede moverse como una torre y un alfil combinados.

Es tu mayor arma, tu general de campo.

Perderla suele ser el principio del fin.

Y luego, levantó la pieza más alta, coronada con una cruz.

—Y el rey.

Es la pieza más importante, pero también una de las más débiles.

Solo puede moverse un paso en cualquier dirección.

No es un gran guerrero.

Es un objetivo.

Si lo pierdes, pierdes el juego.

Todo lo demás —señaló a todas las demás piezas—, existe para protegerlo.

Terminó su explicación y miró a Elysia, esperando preguntas.

Elysia no dijo nada durante un largo momento.

Su mirada recorrió el tablero, procesando las reglas, las interacciones, las infinitas posibilidades que surgían de esas simples limitaciones.

—Entiendo —dijo finalmente, su voz tranquila.

Zain arqueó una ceja.

—¿Así de simple?

Hay estrategias, aperturas, defensas…

—Entiendo el principio —lo interrumpió ella suavemente—.

Cada pieza tiene un rol.

El poder de una no reside solo en su movimiento, sino en cómo apoya a las demás.

Es un sistema de deberes interconectados.

Zain se quedó impresionado.

Había captado la esencia filosófica del juego en menos de un minuto.

—Bien —dijo, una sonrisa formándose en su rostro—.

Tú llevas las blancas.

El blanco siempre mueve primero.

Elysia miró el tablero.

Su mano se cernió sobre las piezas.

Luego, con una decisión firme, tomó un peón, el que estaba frente a su rey, y lo movió dos casillas hacia adelante.

Un movimiento clásico.

Una apertura sólida.

El peón blanco se asentó en el centro del tablero, una solitaria declaración de intenciones.

Zain asintió, aprobando la jugada.

Su propia mano se movió con una rapidez casual, reflejando el movimiento de Elysia con su propio peón.

Era una apertura estándar, la Danza de los Peones.

Luego Elysia movió otro peon, solo una casilla.

Zain fue el siguiente en mover.

Desarrolló uno de sus caballos, saltando sobre su línea de peones y amenazando el centro.

Levantó la vista, esperando que Elysia se tomara un momento para considerar la nueva amenaza.

Pero la mano de Elysia ya se estaba moviendo.

Casi al instante, y más rápido de lo que él esperaba, ella movió otro peón, uno que defendía la casilla que su caballo atacaba.

Su movimiento no fue vacilante.

Fue decisivo, casi instintivo.

Luego, se recostó, sus manos se entrelazaron sobre la mesa, y esperó su turno.

Zain parpadeó, un poco sorprendido por su velocidad.

Pensó que tal vez ella se lo tomaba demasiado en serio.

Que, como principiante, estaba moviendo piezas sin considerar plenamente las consecuencias a largo plazo.

Pero no podía estar más equivocado.

En la mente de Elysia, el tablero de madera pulida y las piezas talladas habían desaparecido.

Para ella, esto no era un juego.

Vio el tablero como si fuera el campo de batalla de su mundo.

Las casillas eran los valles y colinas de Aethelgard.

Las piezas blancas eran su Orden del Alba, los fieles soldados bajo su mando.

Los peones eran la infantería, la primera línea de defensa, los valientes que se sacrificaban para abrir un camino.

Los caballos eran sus flancos de caballería.

Las torres, los muros de su fortaleza.

Y en el centro de todo, estaba el rey.

Su rey.

Después de todo, había luchado toda su vida por un rey y por un reino.

Cada movimiento que hacía no era una simple jugada; era una maniobra táctica.

Mover el peón no era solo defender una casilla; era reforzar una línea defensiva.

Cada pieza tenía un propósito, un deber.

Cada sacrificio potencial debía sopesarse contra el bien mayor: la supervivencia del rey.

Zain, ajeno a la guerra épica que se desarrollaba en la mente de su oponente, hizo su siguiente movimiento, desarrollando su otro caballo.

La mano de Elysia se disparó de nuevo, moviendo su propio caballo para enfrentarse al de él.

El ritmo del juego se volvió rápido, casi como una danza.

Zain movía una pieza, y antes de que pudiera levantar completamente la mano, la de Elysia ya estaba en movimiento, respondiendo, contrarrestando, defendiendo.

Zain empezó a darse cuenta de que no estaba jugando contra una principiante que movía piezas al azar.

Estaba jugando contra una estratega nata.

Y por primera vez esa noche, el mago sonriente comenzó a fruncir el ceño, concentrándose de verdad.

La partida se había puesto seria.

——————————— Diez minutos después, el tablero había dejado de ser un campo ordenado y se había convertido en un caos de escaramuzas y retiradas.

Y Zain estaba perdiendo.

Había perdido casi la mitad de sus fichas.

Un caballo había sido atrapado en una trampa de peones de la que no pudo escapar.

Un alfil había sido intercambiado por una de las torres de Elysia, un sacrificio que, en retrospectiva, Zain se dio cuenta de que había sido un error garrafal.

Su reina había sido forzada a una posición defensiva, acosada constantemente por las piezas restantes de Elysia.

Jugaba contra una muralla.

La defensa de Elysia era impenetrable.

Cada ataque que él lanzaba era recibido no con una contraofensiva imprudente, sino con una reestructuración de su línea defensiva.

Sacrificaba una pieza menor, un peón, sin dudarlo, si eso significaba proteger a una pieza más valiosa o cerrar una ruta de ataque.

Era frustrante.

Era como lanzar piedras contra un muro de fortaleza; algunas astillas saltaban, pero la estructura permanecía intacta.

Ella también había perdido varias fichas.

Una de sus torres había caído, y uno de sus alfiles.

Pero Zain se dio cuenta de algo inquietante: cada una de las pérdidas de Elysia había tenido un propósito.

Había sacrificado su torre para sacar a la reina de Zain del centro del tablero.

Había perdido su alfil para eliminar al caballo más agresivo de Zain.

Sus pérdidas eran inversiones tácticas.

Las de Zain…

eran simplemente pérdidas.

Zain se recostó en su silla, sus dedos tamborileando sobre la mesa.

Su habitual confianza se había evaporado.

Este no era un juego contra un aficionado; era una lección de estrategia militar.

Él jugaba con creatividad, buscando ataques brillantes y combinaciones elegantes.

Ella jugaba con una lógica de hierro.

Una lógica de guerra de desgaste.

Miró el rostro de Elysia.

Seguía serena, concentrada, sus ojos grises moviéndose por el tablero, evaluando cada posibilidad no como un juego, sino como un escenario de vida o muerte.

Zain se dio cuenta de que había subestimado fundamentalmente a su oponente.

Él le había enseñado las reglas.

Ella le estaba enseñando a hacer la guerra.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo