Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 32
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- Capítulo 32 - 32 Capitulo 33 Noche de juegos 2
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32: Capitulo 33: Noche de juegos (2) 32: Capitulo 33: Noche de juegos (2) El silencio en el taller solo era roto por el suave crepitar de una lámpara mágica.
Zain miró el tablero, su frente arrugada en una profunda concentración.
Su reina estaba atrapada, su rey, expuesto.
Cada movimiento que se le ocurría llevaba a un callejón sin salida, a una trampa cuidadosamente tendida.
Finalmente, levantó la vista del campo de batalla perdido y miró a Elysia.
Una extraña mueca, que casi parecía una sonrisa forzada, se dibujó en sus labios.
Su voz, cuando habló, estaba teñida de una irritación que no podía ocultar del todo, la irritación de un genio que ha sido superado en su propio juego.
—Tu defensa…
es impecable —dijo—.
Absolutamente, exasperantemente impecable.
Elysia levantó la vista del tablero, su expresión tan neutra como siempre.
Para ella, no era una estrategia, era un deber.
—Simplemente protejo a mi rey —respondió, su voz tranquila.
Zain soltó una risa corta y sin humor.
—¡”Simplemente”!
No hay nada de “simple” en ello.
Cada sacrificio que haces, cada peón que entregas…
tiene un precio.
Y yo lo he estado pagando.
Has convertido el centro del tablero en un matadero.
Su frustración era palpable, pero debajo de ella, había una fascinación creciente.
Estaba analizando su propia derrota.
—En una guerra, las pérdidas son inevitables —dijo Elysia, y sus palabras cayeron en el silencioso taller con un peso inesperado—.
Un comandante que no está dispuesto a sacrificar a un soldado para salvar a un regimiento, es un comandante que perderá el reino.
Zain se quedó en silencio, procesando la frase.
Para él, era una metáfora del juego.
Para ella, se dio cuenta, era un recuerdo.
Con un suspiro que fue mitad admiración, mitad rendición, admitió la verdad.
—Me has enseñado una lección, Caballero-Comandante.
No estaba jugando contra una principiante.
Hizo un movimiento con su rey, un último y desesperado intento de escapar de la red que se cerraba a su alrededor.
Elysia miró el tablero.
Su mano se movió con una finalidad tranquila.
Levantó a su reina.
—Estaba jugando contra un mago que piensa que la vida es un rompecabezas —dijo ella suavemente.
Colocó a su reina en la casilla final.
La pieza dominaba el tablero, cortando todas las rutas de escape del rey de Zain.
Su posición era absoluta, su victoria, total.
—Jaque mate —anunció.
El eco de la palabra “Jaque mate” se asentó en el silencioso taller.
Zain miró el tablero, luego el rostro sereno de Elysia.
No había rastro de triunfo en él, solo la calma de una conclusión inevitable.
Una lenta sonrisa, esta vez genuina y desprovista de irritación, se extendió por su rostro.
—No estabas jugando —dijo, su voz una mezcla de derrota y profundo respeto—.
Estabas comandando.
Aceptó su derrota.
Con un gesto que sorprendió a Elysia, extendió su mano sobre el tablero para un apretón sincero.
Elysia miró la mano extendida por un momento.
Luego, la aceptó.
Su agarre era firme.
—Gracias —dijo ella, sin arrogancia en su voz—.
Por el juego.
El momento fue un tratado de paz silencioso.
Un reconocimiento mutuo que iba más allá de las palabras.
Zain retiró su mano y se levantó, su mente ya volviendo a su modo por defecto.
La energía del juego lo había revitalizado, y su cerebro bullía con nuevas teorías y correlaciones que necesitaba documentar.
—Fascinante —murmuró para sí mismo, dirigiéndose a su escritorio—.
La aplicación de la estrategia de desgaste en un sistema cerrado…
tengo que anotar esto.
Pero fue detenido.
Una mano se posó suavemente en su brazo.
Era Elysia.
Se había levantado y le bloqueaba el camino.
—¿A dónde vas?
—preguntó ella.
Zain parpadeó, sacado de sus pensamientos.
—¿A mi informe, por supuesto.
Acabas de proporcionarme una docena de nuevos puntos de datos sobre la psicología táctica de…
—No —lo interrumpió ella, su tono tranquilo pero innegociable.
Le había prometido a Lina que se aseguraría de que se comportara como un “humano normal”.
Y la promesa de un caballero es un juramento.
—Le prometí a Lina que me aseguraría de que descansaras —dijo—.
Un cuerpo agotado produce un trabajo deficiente.
Esa lógica la entiendes, ¿verdad?
Zain la miró, a punto de protestar.
Pero vio la determinación en sus ojos grises, la misma que había visto cuando anunció “Jaque mate”.
Era una autoridad tranquila e inquebrantable.
Su voz se suavizó, pero se convirtió casi en una orden.
—Cenarás.
Hay guiso de ayer en la olla.
Y luego, te irás a dormir.
A tu propia cama.
Arriba.
Zain abrió la boca.
Luego la cerró.
Sabía, con la misma certeza con la que había sabido que su rey estaba perdido, que era una batalla que no podía ganar.
Con un suspiro que era una mezcla de frustración y un extraño alivio, el mago asintió.
—Sí, Comandante —dijo, el título saliendo de sus labios con una nueva y sincera ironía.
Esta noche, el mago no ganaría.
Y, por alguna razón, no le importaba en absoluto.
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