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Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 34

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  4. Capítulo 34 - 34 capitulo 35 Trampa2
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34: capitulo 35: Trampa(2) 34: capitulo 35: Trampa(2) Mientras Elysia luchaba contra las llamas en la herrería, Zain se movía con una rapidez y eficiencia que contradecían su habitual torpeza.

El sueño forzado lo había dejado claro de mente y lleno de una energía.

Sabía que una explosión de esa magnitud en el centro del pueblo significaría heridos.

Con una velocidad increíble, se puso su túnica de viaje sobre la ropa.

Su maletín de sanador, que había dejado en la mesa, estaba abierto de nuevo.

Lo llenó con viales de pociones curativas, rollos de vendas esterilizadas con un toque de magia, ungüentos para quemaduras y sus herramientas de diagnóstico.

—Elysia es fuerte, pero no es inmune al humo ni a los derrumbes o al fuego…

creo—murmuró para sí mismo, su mente ya trabajando en los posibles escenarios—.

Necesitaré estabilizadores de pulmón y…

Estaba listo.

Con el maletín en la mano, se dispuso a salir para unirse a ella, para proporcionar el apoyo que solo él podía dar.

Corrió hacia la puerta.

La abrió de un tirón.

Y una fuerza invisible lo golpeó en el pecho.

No fue un golpe físico.

Fue un pulso de energía cinética pura, un disparo de aire comprimido que lo empujó brutalmente hacia atrás.

El ataque fue tan inesperado y tan potente que sus pies se despegaron del suelo.

Salió volando hacia atrás, chocando violentamente contra la mesa central del taller, la misma donde habían jugado al ajedrez la noche anterior.

La mesa se hizo añicos bajo el impacto, y Zain aterrizó en un revoltijo de madera rota, libros y pergaminos esparcidos.

El aire le fue arrancado de los pulmones.

El mundo le dio vueltas, su visión se llenó de puntos negros.

Se quedó allí, aturdido, tratando de respirar, tratando de entender qué acababa de pasar.

Lentamente, levantó la vista hacia la puerta abierta.

Dos figuras entraron en su taller.

No eran aldeanos pidiendo ayuda.

Eran los Hermanos del Dolor, Grol y Burk, los matones que Elysia había neutralizado anteriormente.

Pero ahora, no había rastro de la derrota en sus rostros.

Sus ojos brillaban con una luz rojiza antinatural, y en sus labios había una sonrisa cruel y vacía.

Y detrás de ellos, entrando con la calma de un hombre que acaba de ganar el juego, estaba Cassian.

—Hola, mago —dijo Cassian, su voz goteando veneno y triunfo—.

Parece que tu guardaespaldas está…

ocupada en otro sitio.

Qué pena.

Zain se dio cuenta del error fatal que cometió.

El incendio no era un accidente.

Era la distracción.

La mente de Zain, incluso en estado de shock, comenzó a trabajar.

Observó algo raro.

Cassian no estaba con las manos vacías.

En su mano derecha, sostenía un pequeño artefacto de metal y cristal, algo que no había tenido antes.

Parecía un guantelete único y dorado, con una lente en el centro que todavía zumbaba débilmente con energía cinética.

Seguramente, eso fue lo que lanzó el golpe inesperado.

Una arma anti-magos.

Pero los hermanos también tenían algo raro.

Sus movimientos eran rígidos, sus sonrisas vacías.

No parecían hombres que hubieran recibido una lección.

Parecían…

marionetas.

Y entonces, Zain lo notó.

Vio unos pequeños insectos de color negro mate posados en los cuellos de Grol y Burk, justo sobre la arteria carótida.

Y cada insecto tenía un único y brillante ojo rojo que parecía mirar directamente a través de Zain.

Comprendió al instante.

La corrupción que retorcía a los animales…

esta era una versión controlada, refinada.

No era un veneno, era un dispositivo de control.

Los hermanos no estaban actuando por lealtad o por dinero.

Estaban siendo obligados.

—¿Te gustan mis nuevos juguetes, mago?

—dijo Cassian, siguiendo la mirada de Zain—.

Un regalo de mi socio comercial.

Mucho más fiables que los matones a sueldo.

Estos no sienten dolor.

No sienten miedo.

Solo obedecen.

Dio una orden.

—Sujetenlo.

Grol y Burk se movieron al unísono, sus movimientos pesados pero implacables.

Se acercaron a Zain, que todavía estaba en el suelo, rodeado de los restos de su mesa.

Zain sabía que no podía luchar contra ellos físicamente.

Su poder no residía en la fuerza.

Residía en su mente, en sus hechizos.

Comenzó a murmurar las palabras de un encantamiento, juntando los dedos para trazar una runa en el aire.

Pero Cassian estaba preparado.

—Ah, ah, ah —dijo, levantando el guantelete arcano—.

Mi socio también me advirtió sobre tus trucos de magia.

El cristal del guantelete brilló con una luz ámbar.

Y Zain sintió que el aire a su alrededor se volvía espeso, pesado, como la miel.

La magia ambiental, el “río” del que extraía su poder, de repente se volvió lento, casi estancado.

Su hechizo se desvaneció antes de poder formarse.

—Un amortiguador de campo mágico—dijo Cassian, recitando claramente un término que no entendía pero que le habían dicho que usara—.

No puedes usar tus trucos aquí, mago.

Grol y Burk llegaron hasta él.

Dos pares de manos increíblemente fuertes lo agarraron, levantándolo del suelo como si fuera un muñeco de trapo.

Estaba indefenso.

El cerebro sin sus armas.

El mago sin su magia.

—Ahora —dijo Cassian, acercándose a él, su rostro una máscara de triunfo y odio—.

Vamos a tener una pequeña charla sobre por qué necesitas mantenerte alejado de Lina.

Y cuando terminemos, no quedará mucho de este pequeño y sucio taller.

O de ti.

Desarmado y con pocas ideas, Zain dejó a Cassian hablar, permitiendo que el joven noble se regodeara en su aparente victoria.

Su mente, sin embargo, no estaba derrotada.

Estaba corriendo, pensando, buscando una salida, una variable que Cassian no hubiera considerado.

—Toda esa inteligencia, todo ese conocimiento…

¿y para qué?

—se burlaba Cassian—.

Para terminar en el suelo de tu propio taller, a merced de los hombres que tu “heroína” no pudo detener.

La mirada de Zain pasó por encima de Cassian, de los gigantes sin mente que lo sujetaban.

El amortiguador de campo mágico era efectivo; el aire era como melaza para su poder, haciendo imposible cualquier hechizo complejo.

No podía ganar por la fuerza.

No podía ganar con la magia convencional.

Entonces, su mirada se posó en la única cosa del taller que parecía fuera de lugar en su impotencia.

Posiblemente su única salvación.

Pepe, el grillo.

El pequeño insecto chirriaba furiosamente en su jaula de cristal.

No eran los sonidos alegres de siempre.

Eran chirridos agudos, insistentes, casi metálicos.

Saltaba violentamente, golpeando las paredes de su casa de cristal, tratando de salir.

Cassian y sus matones lo ignoraron.

Era solo un bicho ruidoso.

Pero Zain lo vio.

Entendió.

Pepe no estaba molesto por los intrusos.

Estaba respondiendo a la situación.

Estaba esperando la señal.

—Se acabaron los juegos, mago —dijo Cassian, acercando su rostro al de Zain.

Zain lo miró, y una calma gélida se apoderó de él.

—Tienes razón —respondió Zain, su voz tranquila y clara—.

El juego ha terminado.

Era la frase correcta.

La palabra clave.

El comando de activación.

En respuesta a la palabra “juego”, el chirrido de Pepe cambió.

Dejó de ser un sonido caótico.

En su lugar, emitió un solo chirrido, largo, puro y increíblemente alto.

Una frecuencia sónica precisa que el oído humano apenas podía registrar, pero que resonó en la estructura misma del taller.

Y todo cambió.

¡CLANG!

¡CLANG!

¡CLANG!

Persianas de metal ocultas en los marcos de las ventanas y la puerta cayeron de golpe, sellando la habitación y sumergiéndola en una oscuridad casi total.

El único resplandor provenía de las docenas de círculos rúnicos grabados en el suelo y las paredes, que ahora brillaban con una intensa luz plateada.

El cristal del guantelete de Cassian parpadeó erráticamente y se apagó con un siseo.

El aire…

el aire volvió a ser ligero.

El amortiguador de campo mágico había sido neutralizado por un sistema superior.

Grol y Burk, momentáneamente cegados por el cambio de luz, aflojaron su agarre.

Fue un error.

Con un destello de energía plateada, Zain se liberó, deslizándose hacia atrás, lejos de sus captores.

Se puso de pie en el centro de su red de runas brillantes.

Ya no parecía un víctima.

Ya no parecía el mago desaliñado.

En sus ojos rojos, que ahora parecían reflejar la luz de las runas, había una calma depredadora.

—Bienvenido a mi taller, Cassian —dijo Zain, una sonrisa peligrosa jugando en sus labios—.

Las reglas de la casa dicen que la seguridad siempre tiene la última palabra.

——————— La voz de Zain resonó en la habitación sellada, ahora iluminada únicamente por el laberinto de runas plateadas que brillaban en el suelo.

Cassian miró a su alrededor, su triunfo convertido en un pánico creciente.

El taller ya no parecía el desordenado hogar de un bicho raro; se sentía como el interior de una jaula de poder.

En ese momento, la jaula de cristal que contenía a Pepe el grillo se desvaneció en una lluvia de luz.

Pepe, ahora libre, dio un solo y poderoso salto.

No aterrizó en el suelo, sino directamente en el hombro de Zain, sus pequeñas patas asegurándose en la tela de la túnica.

Y entonces, la mascota dejó de ser una mascota.

El insecto comenzó a brillar con una intensa luz dorada, un sol en miniatura que eclipsó el resplandor plateado de las runas.

El exoesqueleto de Pepe pareció volverse translúcido, revelando no los órganos de un insecto, sino un núcleo de energía pura y arremolinada.

Cassian y sus matones se cubrieron los ojos, cegados por la luz.

—¿¡Qué…

qué es esa cosa!?

—gritó Cassian.

Zain sonrió, acariciando suavemente al brillante insecto en su hombro.

—Pepe no es una mascota —dijo, su voz tranquila resonando con un poder que nunca antes había revelado—.

Su especie es muy rara sabés, está es conocida como cosmo.

Un regulador de la realidad.

La luz dorada que emanaba de Pepe se expandió, y casi toda la realidad del taller empezó a cambiar.

Las paredes de madera parecieron ondular.

Los libros y estanterías se volvieron transparentes, como fantasmas.

El suelo bajo sus pies dejó de sentirse sólido.

—El espacio es…

maleable —continuó Zain, su voz sonando como la de un profesor dando su conferencia más emocionante—.

Un concepto que la Academia consideraba demasiado peligroso para explorar.

Pero yo…

yo nunca estuve de acuerdo.

Una luz dorada lo envolvió todo, una inundación de poder que silenció los gritos de pánico de Cassian.

En un parpadeo, se fueron.

————————— El sol brillaba sobre un campo abierto a las afueras de Villaclara, a más de un kilómetro del pueblo.

Con un destello de luz dorada que se desvaneció tan rápido como apareció, cuatro figuras cayeron al suelo desde unos pocos centímetros de altura.

Cassian y los Hermanos del Dolor aterrizaron en un montón, tosiendo y parpadeando, completamente desorientados.

Los insectos de control en el cuello de los matones chisporrotearon y cayeron, convertidos en cenizas, su conexión rota.

Zain aterrizó de pie, con una calma impecable.

Pepe, en su hombro, había vuelto a su apariencia normal de grillo, chirriando alegremente como si nada hubiera pasado.

—Teletransportación de corto alcance —dijo Zain, más para sí mismo que para los demás—.

El consumo de energía fue…

considerable, pero eficiente.

Miró a los tres hombres que se levantaban torpemente del suelo, sus rostros una mezcla de terror y absoluta incredulidad.

—Mi taller no es un campo de batalla —dijo Zain, su tono ahora completamente desprovisto de sarcasmo.

Era la voz fría y autoritaria de alguien que ha estado ocultando su verdadero poder durante mucho tiempo—.

Considerad esto un acto de clemencia.

La próxima vez, no seré tan amable.

Se dio la vuelta, listo para regresar al pueblo.

El verdadero problema no era Cassian.

El verdadero problema era el incendio en la herrería.

Y Elysia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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