Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 36
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- Capítulo 36 - 36 Capitulo 37 Fuego e insectos
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36: Capitulo 37: Fuego e insectos 36: Capitulo 37: Fuego e insectos El calor era un monstruo viviente.
Rugía, crepitaba y se aferraba a ella, intentando derretir el acero de su armadura.
Elysia entró en la boca de las grandes llamas que consumían la herrería, un mundo de vigas que se derrumbaban y sombras danzantes.
El humo era un enemigo por derecho propio, espeso y asfixiante.
Pero ella no estaba indefensa.
Canalizó su Aura, no hacia su espada, sino hacia su interior.
La extendió como una segunda piel invisible bajo su armadura, usándola como un filtro para el humo y las cenizas que se colaban por las juntas de su casco.
El aire que respiraba seguía siendo caliente, pero limpio.
Era una técnica agotadora, pero necesaria para sobrevivir.
—¡Gunter!
—gritó, su voz metálica y ahogada por el rugido del fuego.
Se movió a través las llamas, apartando vigas en llamas con una fuerza que ningún humano normal poseería.
El taller, que el día anterior había sido un santuario de creación, era ahora una trampa mortal.
Lo encontró cerca del fondo, junto al gran yunque, que brillaba al rojo vivo por el calor.
El herrero estaba inconsciente, tirado en el suelo.
Incluso en la inconsciencia, se aferraba a un martillo de forja, su herramienta característica, y a un rollo de pergaminos medio quemados, probablemente los planos de su nuevos y revolucionarios metales.
Una viga de madera carbonizada había caído sobre sus piernas, atrapándolo.
Elysia se arrodilló a su lado.
Con un gruñido de esfuerzo, levantó la viga y la arrojó a un lado.
Examinó rápidamente a Gunter, buscando heridas.
Vio quemaduras en sus ropas y hollín en su rostro, sus piernas estaba rojas y con ampollas por las quemaduras, pero entonces, algo más llamó su atención.
En el robusto antebrazo del herrero, había dos pequeñas marcas de picadura, rodeadas de una inflamación de color púrpura oscuro que se destacaba incluso en la penumbra anaranjada.
Elysia frunció el ceño tras su yelmo.
Esto no era un accidente.
No eran quemaduras.
Era veneno.
El incendio no era la causa, era el encubrimiento.
Justo en ese momento, un sonido llegó a sus oídos, un sonido que no era el del fuego.
Ch-ch-ch-ch-ch…
Era el sonido de cientos de pequeñas patas, moviéndose con una rapidez antinatural.
El sonido de un ciempiés, pero amplificado, como si docenas de ellos estuvieran correteando a su alrededor.
El sonido no venía de una sola dirección.
Venía de todas partes.
De las paredes.
Del suelo.
Del techo.
Y entonces los vio.
De las grietas de las paredes de piedra, de los huecos del suelo de madera, emergían pequeñas criaturas.
Eran insectos, parecidos a ciempiés, de un color violeta enfermizo, del tamaño de su dedo.
Los mismos insectos que Zain había identificado como portadores de drogas de combate.
Pero estos no estaban solos.
Se movían en enjambre.
Y se dirigían hacia ella.
La única fuente de vida consciente que quedaba en el infierno en llamas.
La trampa no era solo el fuego.
Era lo que se escondía dentro.
El tiempo para el análisis se había acabado.
Elysia no dudó ni un instante.
Con un movimiento fluido, enfundó su espada y pasó un brazo por debajo de los hombros de Gunter, levantando al pesado herrero sobre su hombro como si fuera un saco ligero.
El hombre estaba inconsciente, un peso muerto, pero la fuerza de Elysia, aumentada por su Aura, lo hizo manejable.
En el instante en que lo levantó, el enjambre atacó.
Decenas de los ciempiés violetas se lanzaron contra ella desde todas direcciones, sus múltiples patas arañando el suelo de madera, un torrente de quitina y veneno.
Elysia reaccionó con una velocidad que era casi un reflejo.
Con Gunter asegurado en un hombro, su mano libre voló hacia la empuadura de su espada.
La desenvainó con un silbido agudo, la hoja gris y azul cobrando vida al instante, su brillo etéreo cortando la penumbra anaranjada del incendio.
Los primeros insectos saltaron, apuntando a su rostro y a las juntas de su armadura.
Pero nunca llegaron.
La espada de Elysia se convirtió en un borrón de luz azul.
No hizo grandes y amplios tajos; sus movimientos eran cortos, precisos, mortales.
Un giro de muñeca aquí, una estocada rápida allá.
Cada movimiento interceptaba a un insecto en el aire, partiéndolo en dos con un siseo de energía.
Un líquido púrpura salpicaba su armadura negra, pero ninguna de las criaturas lograba tocarla.
Era una danza mortal en medio de un infierno.
Sosteniendo a un hombre inconsciente con un brazo y empuñando una espada legendaria con el otro, Elysia se abrió paso a través del enjambre y de las llamas.
Vigas caían a su alrededor, el suelo gemía bajo sus pies, y el enjambre de insectos venenosos se lanzaba contra ella sin cesar.
Pero ella no se detuvo.
No vaciló.
Cada paso era deliberado.
Cada corte, perfecto.
Era la Caballero Negro, una fuerza de la naturaleza en sí misma.
Y no iba a dejar que ni el fuego ni los insectos le impidieran cumplir su deber.
Salió de la herrería como había entrado: una sombra de acero negro irrumpiendo en la luz.
Pero esta vez, no estaba sola.
Llevaba al hombre que había salvado sobre su hombro.
Aterrizó en la calle, fuera del alcance de las llamas, justo cuando una sección del techo detrás de ella colapsaba con un rugido ensordecedor.
El enjambre de insectos, como si fueran reacios a la luz del día, se detuvo en el umbral en llamas, un mar de ojos pequeños brillantes y patas que se retorcían, antes de dispersarse de nuevo en las grietas y las sombras del edificio moribundo.
Gunter estaba a salvo.
Pero la batalla estaba lejos de terminar.
——————— En el momento en que Elysia aterrizó en la calle, el caos organizado comenzó.
El grupo de aventureros, que había estado ayudando a mantener a raya a la multitud de curiosos, se acercó corriendo en cuanto la vieron salir.
—¡Por los dioses!
¡Está vivo!
—gritó Mael, viendo a Gunter.
Elysia no perdió tiempo en formalidades.
—¡Atrapalo!
—ordenó.
Con una fuerza controlada, lanzó suavemente el cuerpo inconsciente de Gunter hacia ellos.
Borin, el más grande y fuerte del grupo, dio un paso adelante y atrapó al herrero con un gruñido de esfuerzo.
—¡Llevenlo con Lina!
—continuó Elysia, su voz era la de una comandante en el fragor de la batalla—.
¡Tiene picaduras!
¡Necesitará el antídoto del mago!
Borin asintió y, con la ayuda de Lyra, comenzó a llevar a Gunter hacia donde Lina estaba organizando un puesto de primeros auxilios improvisado.
Pero Elysia no se relajó.
Su cuerpo permaneció tenso, su mirada fija no en el fuego, sino en el suelo.
Mientras estaba dentro, había sentido algo más que el calor y los insectos.
Una vibración.
Un temblor que no era causado por el derrumbe del edificio.
—¡Mael!
—llamó, y el joven líder se giró hacia ella, su rostro lleno de una nueva y absoluta confianza en sus órdenes—.
Evacua a los civiles.
Retira a todo el mundo de la plaza.
Ahora.
—¿Qué?
¿Por qué?
—preguntó Mael, confundido.
La mirada de Elysia se agudizó, sus ojos grises fijos en un punto en el centro de la calle empedrada, donde el suelo parecía vibrar sutilmente.
—Porque algo grande se está moviendo por debajo del suelo —dijo, su voz baja y grave—.
Y no es nada bueno.
Justo cuando terminó de hablar, las piedras del suelo frente a la herrería comenzaron a temblar violentamente.
Un sonido de rechinamiento, como de roca contra roca, surgió de las profundidades.
La gente del pueblo, que se había acercado para ver el rescate, gritó y retrocedió aterrorizada.
El suelo se agrietó.
Y desde la tierra, una criatura emergió.
No era un insecto.
Era un gusano de roca acorazado, del tamaño de dos caballos, sus placas de quitina del mismo color violeta enfermizo que los ciempiés.
De su boca, una mandíbula circular llena de dientes de taladro, goteaba el mismo líquido púrpura.
La madre del enjambre.
Los insectos solo habían sido la primera oleada.
La distracción.
Este…
este era el verdadero ataque.
Y acababa de salir a la luz en el corazón de un pueblo lleno de civiles indefensos.
————————— La aparición del monstruoso gusano de roca sumió la plaza en un pánico absoluto.
Los gritos de la gente se mezclaron con el rugido del fuego y el chirrido de la criatura.
Pero Mael ya no era el joven líder aterrorizado del día anterior.
Las palabras de Elysia y su demostración de poder le habían forjado una nueva determinación.
Obedeció sus órdenes sin dudarlo.
—¡Elora, conmigo!
—gritó, agarrando a la joven maga del brazo—.
¡Hay que sacar a la gente de aquí!
¡Hacia el ayuntamiento!
¡Vamos!
Juntos, comenzaron a organizar a los aterrorizados civiles, empujándolos, guiándolos, creando un camino de evacuación lejos del monstruo.
Mientras corría, Mael se volvió hacia los dos miembros restantes de su equipo.
—¡Borin, protege la retirada!
¡No dejes que esa cosa se acerque a los civiles!
—ordenó.
El corpulento guerrero, que ya se había asegurado de que Gunter estuviera a salvo, asintió con un rugido y plantó su escudo, listo para interceptar cualquier ataque.
—¡Lyra!
—llamó Kael finalmente, su voz llena de urgencia—.
¡Encuentra al mago!
¡Dile lo que está pasando!
¡Elysia necesitará su apoyo!
La exploradora no necesitó que se lo dijeran dos veces.
Con una agilidad que parecía desafiar la gravedad, saltó sobre un puesto de mercado volcado, corrió por la pared de un edificio y desapareció por los tejados, una sombra veloz dirigiéndose hacia el taller de Zain.
—————————— Desde su puesto de observación en la terraza de la posada, el espía observaba la escena desarrollarse, no con la satisfacción de antes, sino con calma.
Vio a los aventureros entrar en acción, evacuando a los civiles.
Vio al guerrero prepararse para una defensa suicida.
Y vio a la caballero de armadura negra, de pie, sola, entre el monstruo y el pueblo.
La mariposa en su hombro aleteaba, grabando cada detalle.
El espía sintió una extraña y desapasionada sensación de pena.
No por la gente que corría aterrorizada.
Eran irrelevantes.
No por los aventureros que luchaban valientemente contra una fuerza superior.
Eran prescindibles.
Sintió pena por la criatura.
El gusano corrupto era una máquina de matar formidable, un arma biológica capaz de arrasar un pequeño pelotón de soldados.
Pero el espía había visto lo que la mujer de abajo era capaz de hacer.
Había sentido su presencia, había sido testigo de su habilidad.
Para esa cosa que había salido de la tierra, esto no era una batalla.
Era una sentencia de muerte.
Y el espía iba a tener un asiento en primera fila para la ejecución.
——————————— El gusano de roca corrupto emitió un chirrido ensordecedor, una vibración que pareció sacudir los cimientos de los edificios circundantes.
Su cuerpo acorazado comenzó a temblar, y de las grietas entre sus placas de quitina, más de esos asquerosos ciempiés violetas comenzaron a emerger.
Parecía que iba a llamar a todo el enjambre, a desatar una plaga sobre el pueblo.
Elysia no iba a permitirlo.
No esperó.
No adoptó una postura defensiva.
Atacó.
Se lanzó hacia adelante, su armadura negra absorbiendo la luz, su nueva espada brillando con un resplandor azul.
Cubrió la distancia que la separaba de la criatura en un parpadeo, sus botas de acero apenas pareciendo tocar las piedras del suelo.
En cuanto cortó la distancia, saltó.
Usando unl de los escombros levantadas como trampolín, se impulsó en el aire, girando su cuerpo para dar un tajo descendente con toda su fuerza.
El objetivo era la “cabeza” de la criatura, justo detrás de la mandíbula giratoria.
La hoja, imbuida de su Aura, conectó.
¡¡¡KRRRR-SHINK!!!
El sonido fue como el de un rayo golpeando una montaña.
Chispas de energía azul y fragmentos de quitina violeta saltaron por los aires.
El corte fue limpio, preciso, un golpe que habría decapitado a la bestia del río diez veces.
Pero no fue lo suficientemente profundo.
La coraza del gusano era de un nivel de resistencia completamente diferente.
El ataque de Elysia dejó un profundo surco humeante en la placa, una herida grave, sin duda, pero no un golpe mortal.
El gusano rugió de dolor y furia.
Azotó su cuerpo masivo, obligando a Elysia a saltar hacia atrás para evitar ser aplastada.
Aterrizó con agilidad, a varios metros de distancia, su espada todavía vibrando por el impacto.
Miró la herida que había infligido.
El líquido púrpura brotaba de ella, pero la criatura seguía en pie, más enfurecida que nunca.
Elysia comprendió al instante.
Un simple corte no sería suficiente.
Esta cosa era un verdadero monstruo acorazado.
Un tanque viviente.
Necesitaría algo más que habilidad.
Necesitaría más poder.
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