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Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 37

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  4. Capítulo 37 - 37 Capitulo 38 Magia de Combate
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37: Capitulo 38: Magia de Combate 37: Capitulo 38: Magia de Combate Mientras la plaza de Villaclara se convertía en el campo de batalla de Elysia, una lucha muy diferente pero igualmente desesperada se desarrollaba en los campos tranquilos a las afueras del pueblo.

Fuertes temblores sacudían la tierra.

¡BOOM!

¡BOOM!

¡BOOM!

Golpes pesados y mortales agrietaban y rompían el suelo.

Eran los puños de los Hermanos del Dolor.

Convertidos en bestias irracionales por las drogas de combate, golpeaban el suelo donde Zain había estado un segundo antes, levantando trozos de tierra del tamaño de lápidas.

Se habían vuelto más fuertes, pero también más lentos y predecibles.

El verdadero problema era Cassian.

—¡Quédate quieto, maldita sea!

—rugía, su voz llena de rabia distorsionada.

Zain esquivaba a duras penas, no los ataques de los gigantes, sino los rayos de energía ámbar que Cassian disparaba sin cesar desde su guantelete.

Cada vez que tenía un segundo para respirar, tenía que lanzar un rápido hechizo defensivo, una barrera hexagonal plateada que se materializaba justo a tiempo para bloquear los ataques a distancia.

La barrera se agrietaba y rompía con cada impacto, obligándolo a gastar una valiosa energía para crear una nueva.

Estaba jugando a la defensiva, una táctica que odiaba.

El poder de Cassian, amplificado por la droga, era crudo y abrumador.

Zain, por otro lado, estaba tratando de contenerse.

No quería matar a estos tontos.

Incapacitarlos sin herirlos de gravedad mientras esquivaba ataques energéticos era un ejercicio de multitarea increíblemente agotador.

—¿Qué pasa, mago?

—se burló Cassian, con una risa maníaca—.

¿Se te acabaron los trucos?

Zain se deslizó bajo el torpe barrido de Grol y levantó un muro de piedra para bloquear otro rayo de Cassian.

La roca se hizo añicos, enviando fragmentos por todas partes.

Esto no es sostenible, pensó Zain.

La droga les da una resistencia antinatural.

Pueden seguir así durante horas.

Yo no.

En su mente buscó una solución.

La fuerza bruta no era una opción.

La evasión era solo una solución temporal.

Necesitaba cambiar las reglas a su favor.

Se detuvo por un instante, dejando que uno de los hermanos se acercara.

En el último segundo, en lugar de esquivar, Zain se agachó y plantó la palma de su mano en el suelo.

—Vinculum Terrae —susurró.

El suelo bajo los pies del hermano se convirtió en una trampa de enredaderas de tierra y raíces que se enroscaron en sus piernas, inmovilizándolo.

El gigante rugió de frustración, tratando de liberarse.

Un problema menos.

Temporalmente.

Se giró justo a tiempo para ver a su otro hermano y a Cassian atacando al mismo tiempo.

Un puño del tamaño de un yunque y un rayo de energía ámbar.

No podía esquivar ambos.

No le quedaba otra opción.

La expresión de Zain se endureció.

El sanador, el investigador, desapareció.

Era hora de usar la magia de combate.

Y la magia de combate de Zain no se parecía a nada que se enseñara en las academias.

—————————— El puño del gigante y el rayo de energía se cernían sobre él.

El tiempo pareció ralentizarse.

Y en esa fracción de segundo, un recuerdo, uno que había mantenido enterrado bajo capas de investigación y sarcasmo, emergió con una claridad dolorosa.

———————— El suelo de la arena de entrenamiento de la Academia estaba frío y duro.

Un joven Zain, de no más de diecisiete años, estaba arrodillado sobre una rodilla, golpeado y jadeando por aire.

Su túnica de estudiante estaba rota y manchada de sangre.

A su alrededor, varios golems de entrenamiento de piedra yacían hechos pedazos, no desactivados, sino aniquilados, con trozos de roca fundida aún brillando al rojo vivo.

Frente a él, se erguía una figura alta, un hombre cuyo rostro estaba perpetuamente cubierto por las sombras del pasado, un recuerdo que la mente de Zain se negaba a enfocar del todo.

Era su mentor.

—¡Mírate!

—le gritaba el hombre, su voz un trueno de decepción y furia—.

¡Patético!

¡Podrías haberlos destruido a todos en un solo instante!

¡Tienes un talento para la Destrucción que no he visto en un siglo!

¡Un poder en bruto que podría rivalizar con el de los mismos Pilares!

El mentor señaló los restos de un golem que Zain había derrotado no con fuego, sino atrapándolo en una compleja jaula de enredaderas de cristal.

—¿Y en qué lo desperdicias?

—continuó el grito—.

¡En Abjuración!

¡En Transmutación!

¡En tus estúpidas teorías sobre la manipulación espacial!

¡Tonterías!

¡Juguetes!

La magia es poder, muchacho.

¡Y el poder es la capacidad de destruir a tus enemigos!

¿Por qué te enfocas en otras magias cuando podrías ser un dios de la destrucción?

El joven Zain levantó la vista, sus ojos rojos llenos no de miedo, sino de un desafío silencioso.

—Porque…

—dijo, su voz entrecortada por el dolor—…

la destrucción es…

demasiado fácil.

La sombra de su mentor se cernió sobre él, una presencia abrumadora.

—Esa filosofía te matará algún día, muchacho —dijo el hombre, su voz bajando a un susurro peligroso—.

O peor aún.

Hará que maten a alguien a quien intentas proteger.

————————————— El recuerdo se desvaneció.

El puño y el rayo estaban a punto de impactar.

O peor aún.

Hará que maten a alguien a quien intentas proteger.

La mente Zain era confusa pero…

Su expresión se endureció.

Su mentor tenía razón en una cosa.

A veces, los juguetes no eran suficientes.

—De acuerdo —susurró para sí mismo—.

A la antigua usanza, entonces.

Levantó la mano libre, no para crear una barrera, sino para formar un puño.

Y el aire a su alrededor comenzó a arder.

El aire ardió.

Detonó.

Una explosión de fuego plateado estalló hacia afuera desde Zain, como una ola, como un escudo esférico y rugiente.

No era el fuego anaranjado de la combustión normal, sino una llama blanca y plateada, tan brillante que dolía a la vista, que ardía con una pureza radiante.

La explosión no fue diseñada para quemar, sino para empujar.

El pulso de energía pura golpeó a Grol y a Cassian, lanzándolos hacia atrás varios metros, interrumpiendo sus ataques y dándole a Zain el espacio que necesitaba.

La llamarada plateada se replegó tan rápido como había aparecido, arremolinándose alrededor de Zain antes de ser absorbida por su cuerpo.

Cassian y los brutos, ahora aturdidos, miraron hacia el centro del cráter humeante que se había formado.

Y vieron a Zain emerger de las últimas llamas que lo rodean.

Seguía siendo él, pero todo había cambiado.

El aire a su alrededor crepitaba con un poder palpable.

Pequeñas chispas plateadas danzaban en las puntas de su cabello pálido.

Pero lo más característico fueron sus ojos.

Esos ojos rojos, normalmente apagados y sin vida, ahora estaban vivos.

Y en el centro de cada iris, donde antes solo había vacío, ahora había dos “X” perfectas.

No eran pupilas.

Eran símbolos, marcas de poder que brillaban con la luz intensa y melancólica de una estrella moribunda.

Zain levantó la cabeza.

La expresión de su rostro ya no era la de un estudioso ni la de un sanador.

Cassian sintió un miedo que nunca antes había conocido.

El miedo instintivo de una presa frente a un depredador de un orden superior.

La droga de combate que rugía en sus venas de repente pareció un juego de niños.

—Destrucción…

—dijo Zain, su voz ahora con un doble eco, como si dos personas hablaran al mismo tiempo—.

Mi talento menos favorito.

Levantó una mano, y una pequeña esfera de fuego plateado, del tamaño de una canica, se materializó sobre su palma, girando y silbando como una estrella en miniatura.

—Es tan…

poco elegante —continuó, su mirada de X fijándose en uno de los hermanos—.

Sin sutileza.

Sin creatividad.

Con un movimiento de su dedo, la pequeña esfera de fuego salió disparada.

No voló rápido.

Se movió con una calma deliberada.

Grol, en su estado de furia, corrió para interceptarla, probablemente pensando que podría aplastarla.

La esfera lo tocó.

Y en lugar de una explosión, Grol simplemente…

se detuvo.

El fuego plateado se extendió por su cuerpo, no quemándolo, sino envolviéndolo en una red de luz.

Se quedó congelado en medio de la carrera, convertido en una estatua de plata brillante, su expresión de rabia inmortalizada.

Zain se volvió hacia Burk, que había logrado liberarse de las enredaderas de tierra.

—Tan…

—dijo, creando otra esfera plateada— …definitivo.

La segunda esfera salió disparada.

Burk, viendo lo que le había pasado a su hermano, intentó esquivarla, pero la esfera lo siguió, girando en el aire antes de impactar en su pecho.

Y él también quedó congelado, una segunda estatua plateada en el campo de batalla.

Ahora, solo quedaba Cassian.

Estaba de pie, temblando, el poder de la droga de combate completamente inútil frente a esto.

Zain lo miró, sus ojos de estrella moribunda llenos de decepción.

Zain comenzó a caminar lentamente hacia el aterrorizado Cassian, el suelo crujiendo bajo sus botas.

—¿Ves?

—dijo, la doble voz resonando en el campo silencioso—.

Sin drama.

Sin lucha.

Solo…

una conclusión.

Aburrido.

Hizo una pausa, y una sombra de su habitual sonrisa sarcástica cruzó su rostro, una visión extraña y aterradora con sus nuevos ojos.

—Pero, por supuesto —continuó, el sarcasmo goteando en su tono—, alguien tan dramático como tú no sería capaz de conformarse con un final tan simple.

Mereces algo más…

memorable.

Creó una tercera esfera de fuego plateado.

Era más grande.

Más brillante.

Pulsaba con un poder inestable.

Y con un movimiento casual, la lanzó directamente hacia Cassian.

Cassian gritó.

Un grito agudo y aterrorizado, mientras la esfera de aniquilación plateada volaba hacia él.

Cerró los ojos, preparándose para el fin.

La esfera lo golpeó.

Y no pasó nada.

No hubo explosión.

No hubo congelación.

La esfera simplemente se disipó sobre su piel como una pompa de jabón, dejando solo un rastro de chispas plateadas que se desvanecieron.

Cassian abrió los ojos, temblando, confundido.

Estaba vivo.

Estaba ileso.

Zain se detuvo frente a él, su expresión ahora la de un profesor decepcionado.

—Como dije, la Destrucción pura es aburrida —continuó su explicación, como si estuvieran en una clase—.

No tiene finura.

Pero tiene una única cualidad redentora, si eres lo suficientemente bueno.

Levantó una mano, y las estatuas plateadas de Grol y Burk comenzaron a desmoronarse.

No en cenizas, sino en un polvo fino.

El fuego plateado no había destruido sus cuerpos.

Había destruido otra cosa.

—Lo único bueno que tiene es que puedes controlar qué quieres destruir —terminó Zain, su mirada de X fijándose en Cassian con una intensidad clínica—.

Y en este caso…

Cassian de repente sintió un ardor terrible en sus venas.

El poder antinatural que lo había hinchado comenzó a retroceder, a ser quemado desde adentro.

Gritó, esta vez de un dolor purificador, y cayó de rodillas.

El insecto violeta en su interior fue incinerado, reducido a la nada.

—…lo que quería destruir —concluyó Zain, observando cómo el brillo de furia abandonaba los ojos de Cassian, reemplazado por un agotamiento total—, eran las drogas dentro de tu sistema.

Y el de ellos.

Los hermanos, ahora liberados de su prisión plateada, se desplomaron en el suelo, inconscientes pero vivos, sus cuerpos volviendo a la normalidad.

Zain se inclinó sobre Cassian, que ahora jadeaba en el suelo, el poder artificial completamente purgado de su cuerpo, dejándolo débil y tembloroso.

—Te lo advertí —dijo Zain, su voz volviendo lentamente a la normalidad, las X en sus ojos comenzando a desvanecerse—.

Nunca juegues con un mago.

Te superaremos en inteligencia.

Te superaremos en estrategia.

Y si nos obligas…

Se agachó hasta que sus rostros estuvieron a centímetros de distancia, sus ojos rojos, ahora casi normales de nuevo, fijos en los de Cassian.

—…siempre te superaremos en poder.

Zain se levantó, se dio la vuelta y comenzó a caminar de regreso a Villaclara, dejando a los tres hombres derrotados en medio del campo.

La clase había terminado, y su mente ya estaba de vuelta en el problema más urgente: el incendio y Elysia.

Pero Cassian no había aprendido la lección.

Temblando en el suelo, débil y purgado, observó al mago alejarse.

La rabia.

La ira.

El miedo.

La humillación total.

Todo hervía dentro de él, una poción tóxica que envenenaba su razón.

La lógica le decía que se quedara quieto, que sobreviviera.

Pero su orgullo herido gritaba venganza.

Con el último gramo de su fuerza, levantó lentamente el brazo.

El guantelete, su última arma, su última pizca de poder, comenzó a brillar débilmente, apuntando a la espalda de Zain.

Pero antes de que pudiera hacer algo, un pequeño zumbido verde pasó volando junto a su oreja.

¡THWACK!

Algo pequeño, pero increíblemente duro y rápido, lo golpeó justo en la sien.

Fué un golpe poderoso, pero fue preciso y totalmente inesperado.

Los ojos de Cassian se pusieron en blanco.

Su dedo soltó el gatillo del guantelete, que se apagó con un gemido.

Y sin un solo sonido, se desplomó de cara contra el suelo, completamente noqueado.

A unos metros de distancia, Pepe el grillo aterrizó suavemente en una brizna de hierba.

Se frotó las patas delanteras con un aire de satisfacción, como si se estuviera limpiando el polvo.

Luego, con un alegre chirrido, saltó y voló para alcanzar el hombro de su compañero, que ni siquiera se había girado para mirar.

Zain siguió caminando, sin romper el paso.

—Buen trabajo, Pepe —dijo en voz baja.

El grillo chirrió en respuesta, un sonido que casi podría interpretarse como “y eso que fui suave”.

El último acto de desafío de Cassian no había sido digno de la atención del mago.

Había sido delegado a la mascota.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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