Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 38
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38: Capitulo 39: La heroína 38: Capitulo 39: La heroína Desde su puesto de observación en la terraza, el espía lo había visto todo.
Mientras la batalla de Elysia contra el gusano de roca se desarrollaba en la plaza de abajo, la mariposa en su hombro había estado retransmitiendo en silencio los acontecimientos del campo.
Vio la transformación de Zain.
Vio la inútil lucha de Cassian.
Vio la derrota total y absoluta.
Cuando la imagen final mostró a un pequeño grillo noqueando a su antiguo empleador, el espía no se sorprendió.
Simplemente cerró los ojos y suspiró, un sonido de resignación profesional.
—Aficionados —murmuró para sí mismo.
Cassian había fracasado en su parte del plan.
Era predecible.
El espía había cobrado su pago por adelantado, como siempre hacía cuando trataba con clientes impulsivos y emocionalmente inestables.
No tenía ninguna razón para quedarse más tiempo.
Su contrato estaba, de todas formas, terminado.
Se dio la vuelta, listo para desaparecer de Villaclara tan silenciosamente como había llegado.
Su misión aquí había terminado, pero el trabajo nunca terminaba.
Mientras caminaba hacia la escalera trasera, sacó un pequeño cuaderno de su túnica.
—Sin duda —dijo para sí mismo, su voz un susurro comercial—, el mercado negro pagará muy bien por toda la información que he recolectado.
La información era un tesoro.
Un mago de poder desconocido, capaz de manipular el espacio y de usar una forma de magia de destrucción nunca antes vista, escondido en un pueblo olvidado.
Una guerrera de otro mundo con un arma y una armadura de un metal imposible.
El potencial de esta información era inmenso.
Podría venderse a la Academia, al Imperio, a la Federación, a cualquier número de gremios o facciones poderosas.
El caos que había ayudado a crear en Villaclara no era solo el final de un trabajo.
Era el comienzo de una subasta muy lucrativa.
Justo cuando estaba a punto de bajar las escaleras, un rugido desde la plaza de abajo llamó su atención.
Se detuvo y miró una última vez.
Vio a la Caballero Negro, Elysia, de pie frente al gusano corrupto.
La criatura estaba herida, furiosa, y ella…
ella estaba esperando.
Por un momento, el espía profesional se desvaneció, y solo quedó un observador fascinado.
Había visto a magos legendarios y a guerreros famosos.
Pero nunca había visto a nadie como ella.
Se dio cuenta de que lo que estaba a punto de presenciar no sería solo una pelea.
Sería una historia.
Una que los bardos cantarían durante años.
Y decidió quedarse un minuto más.
Solo para ver cómo terminaba el primer capítulo de la leyenda.
—————————————— El gusano corrupto, herido pero no vencido, se retorció de furia.
Su mandíbula giratoria se abrió de par en par, pero en lugar de lanzarse a morder, un sonido nauseabundo, como el de un líquido a presión, surgió de sus profundidades.
Comenzó a lanzar un líquido viscoso y espeso de un color negro verdoso.
No era un simple ataque; rociaba el área indiscriminadamente, apuntando no a Elysia, sino a los edificios y a los pocos civiles que, paralizados por el miedo, no habían logrado evacuar a tiempo.
Donde el líquido tóxico tocaba la madera, esta humeaba y se ennegrecía.
Donde salpicaba la piedra, esta chisporroteaba como si le hubieran echado ácido.
Era un ataque diseñado para causar el máximo caos y destrucción.
Elysia vio a una pequeña familia acurrucada detrás de un puesto de mercado volcado, justo en la trayectoria del siguiente escupitajo de la bestia.
No había tiempo para llevarlos a un lugar seguro.
Así que trajo el lugar seguro hacia ellos.
Sin perder un instante, cambió su postura.
Clavó las botas en el suelo empedrado, canalizando su Aura no solo en su espada, sino en todo su cuerpo.
Su espada brilló con una luz azul cegadora.
En lugar de atacar a la criatura, atacó el suelo.
Con una serie de movimientos increíblemente rápidos y potentes, su espada cortó el suelo de piedra frente a ella.
Eran cortes profundos, precisos.
Con un rugido de esfuerzo que resonó metálico dentro de su casco, usó su espada como palanca y levantó un enorme trozo del suelo empedrado, lanzándolo al aire.
El trozo enorme de piedra, suspendido por un instante por la pura fuerza de su acción, se estrello y formaron una barrera improvisada, un muro de escombros de más de dos metros de altura, justo entre la criatura y los civiles.
El chorro de ácido viscoso golpeó el muro de piedra con un siseo ensordecedor, la roca humeando y agrietándose, pero resistiendo.
La familia estaba a salvo.
Borin, que observaba desde la distancia, se quedó con la boca abierto.
No había usado magia.
Había usado la fuerza bruta de una manera tan precisa y controlada que parecía un hechizo de tierra.
Pero la maniobra había dejado a Elysia expuesta.
Mientras se recuperaba del esfuerzo, el gusano, ignorando a los civiles ahora protegidos, se giró y se lanzó directamente hacia ella, su verdadero objetivo.
Ella había salvado a los inocentes.
Ahora, tenía que salvarse a sí misma.
Pero no fue lo suficientemente rápida.
El gusano corrupto, moviéndose con una velocidad que desmentía su tamaño, la embistió.
Elysia apenas tuvo tiempo de poner la espada en cruz frente a su pecho.
El impacto fue duro.
Sólido.
Fue como ser golpeado por un ariete.
El gusano golpeó directamente a Elysia, la fuerza de la colisión resonó en toda la plaza con un estruendo de acero contra acero.
Solo la fuerza bruta y abrumadora de un monstruo acorazado.
Elysia fue levantada del suelo.
Salió volando hacia atrás, una bala de acero negro incontrolable, y se estrelló contra la pared de un edificio cercano.
El impacto fue devastador.
La pared de madera y yeso se hizo añicos, y ella atravesó el muro, desapareciendo en una nube de polvo, astillas y cristales rotos.
Un silencio de horror cayó sobre la plaza.
—¡ELYSIA!
—el grito de Mael en medio del pánico de todos.
El gusano se detuvo, chirriando en señal de triunfo.
Se giró lentamente, sus múltiples ojos rojos fijos en el agujero humeante que había creado en el edificio.
Esperaba el silencio de la muerte.
Desde la terraza, el espía ladeó la cabeza, un atisbo de sorpresa en su postura.
¿Había calculado mal?
¿Era posible que la caballero, después de todo, pudiera ser derrotada por la simple fuerza bruta?
Dentro de la tienda destrozada, todo era un caos de estanterías rotas y vidrios de colores esparcidos por el suelo.
Lentamente, de entre los escombros, una figura comenzó a levantarse.
Elysia se puso de pie, su armadura abollada y cubierta de polvo.
Un delgado hilo de sangre se deslizaba por debajo de su visor.
El impacto había sido brutal; sentía que varias de sus costillas, recién curadas, se habían vuelto a fracturar.
Pero estaba de pie.
Levantó la cabeza y miró a través del agujero en la pared al monstruo que la esperaba.
La rabia que había sentido antes, la furia fría contra la corrupción, ahora se había convertido en algo más.
Lentamente, levantó su espada.
Las líneas azules de la hoja comenzaron a brillar, no con el pulso tranquilo de antes, sino con una luz inestable y furiosa, como un rayo atrapado en el metal.
Había intentado ser una protectora.
Había intentado ser una estratega.
Ahora, solo quedaba ser una destructora.
Y ella sabe cómo destruir cosas más grandes que ella.
———————————— El gusano, impaciente, comenzó a moverse hacia el edificio en ruinas, listo para terminar el trabajo.
Pero se detuvo.
Una nueva sensación emanaba del agujero en la pared.
Un poder que no era solo físico.
Era…
Dentro de la tienda destrozada, Elysia se irguió.
Se llevó el puño libre al peto de su armadura, justo sobre el grabado del grifo, un saludo formal y solemne.
Y entonces, comenzó su juramento.
Su voz, resonando con un poder metálico, salió del edificio en ruinas, clara y fuerte por encima del rugido del fuego y el chirrido del monstruo.
Era un juramento que le habían enseñado desde que era una novicia.
Un juramento que cada caballero de la Orden del Alba recitaba antes de una batalla desesperada.
—Luz que da la vida, guíame en la luz del día,—comenzó, y una tenue aura dorada, un color que nadie en este mundo le había visto usar, comenzó a mezclarse con el azul de su espada—.
Madre de toda Creación, a tu juicio me entrego.
El juramento veneraba a la Diosa de la Luz, la dadora de vida.
Pero no se detuvo ahí.
—Muerte que reclama a todos, guíame en la noche,—continuó, y su aura se intensificó, el dorado y el azul arremolinándose a su alrededor—.
Padre de todo Final, tu paz abrazo.
Era un juramento que veneraba a la dualidad: a la Diosa de la Luz y al Dios Protector de la Muerte.
No era una súplica de poder.
Era una aceptación.
Una declaración de que un caballero caminaba por la delgada línea entre la vida y la muerte, sin temer a ninguna de las dos.
Este juramento no solo traía paz a la hora de pelear contra la muerte y los demonios.
También traía poder.
El aura arremolinada a su alrededor se contrajo, siendo absorbida por su cuerpo y su espada.
La luz azul de la hoja se volvió más brillante, más intensa, y ahora estaba moteada con chispas de oro puro.
Lentamente, Elysia salió del agujero en la pared, sus pasos pesados y deliberados.
El hilo de sangre se había detenido.
El dolor de sus costillas rotas había sido relegado a un segundo plano.
—Soy la espada en la luz.
Soy el escudo en la noche.—Su voz era ahora un trueno contenido—.
Soy el final de la corrupción.
Soy la voluntad de la Orden del Alba.
Levantó la espada, apuntando al gusano.
—Y en nombre de la vida y de la muerte, —concluyó, su voz alcanzando un crescendo de poder absoluto—, ¡no pasarás!
La Caballero Negro había desaparecido.
En su lugar, estaba la Caballero de la Luz y la Sombra.
Y el monstruo, por primera vez, sintió algo que no era instinto ni hambre.
Sintió miedo.
En el momento en que Elysia completó su juramento, un cambio notable recorrió su ser, un cambio que todos los presentes presenciaron con un asombro que silenció sus miedos.
La armadura de Elysia, antes negra como la obsidiana, se transformó.
El color oscuro pareció desprenderse de ella como cenizas, revelando un brillo interior.
En segundos, su armadura se volvió de un plateado resplandeciente, con filigranas de un blanco perlado que brillaban con la luz del amanecer y del fuego.
Era la armadura de un paladín, un campeón de los dioses.
Pero no terminó ahí.
Elysia levantó su espada con ambas manos, la hoja ahora un torbellino de energía azul y dorada.
La sostuvo en alto por un instante, una luz de poder en medio del caos.
Y luego, la bajó en un corte limpio al aire.
No apuntó al monstruo.
Simplemente cortó el espacio vacío frente a ella.
Por un segundo, todo se detuvo.
El rugido del fuego.
Los gritos de la gente.
El chirrido de la bestia.
Incluso el viento.
Un silencio absoluto y antinatural cayó sobre la plaza.
El gusano, que estaba esperando un ataque, se quedó inmóvil.
Y entonces, una fina línea de luz dorada apareció, extendiéndose desde la punta de la espada de Elysia, a través del aire, a través de la criatura y más allá.
No hubo explosión.
No hubo un sonido de corte.
Simplemente, el gusano fue cortado a la mitad.
Las dos mitades de su cuerpo acorazado se deslizaron hacia los lados y cayeron con un estruendo ensordecedor, revelando que el corte había sido tan perfecto y limpio como si lo hubiera hecho el propio dios de la muerte.
Pero el corte no se había detenido en la bestia.
La línea de luz había continuado.
Y los dos edificios vacíos detrás de donde había estado el monstruo —la tienda de telas y el almacén del molinero— también tenían ahora una perfecta línea diagonal que los atravesaba.
Lentamente, con un gemido de madera y piedra, la mitad superior de ambos edificios se deslizó y se derrumbó en una nube de polvo y escombros.
La batalla había terminado.
Elysia bajó la espada, su respiración formando una nube de vapor en el aire frío.
El brillo sagrado se desvaneció, y su armadura volvió lentamente a su funcional y temible color negro.
Se quedó de pie, sola, en medio de la destrucción.
Había salvado al pueblo.
Desde la terraza, el espía, que lo había visto todo, dio un paso atrás, su calma profesional completamente rota.
Se dio la vuelta y, por primera vez, huyó.
No por un contrato fallido, sino por un terror puro.
La historia que los bardos cantarían no sería solo la de una heroína.
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