Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 39
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39: Capitulo 40: Esperanza 39: Capitulo 40: Esperanza Lyra corría por los tejados de Villaclara, sus pies ligeros apenas haciendo ruido sobre las tejas.
Su misión era clara: encontrar al mago.
El taller era el objetivo lógico.
Aterrizó con la agilidad de un gato en el callejón junto a la extraña casa de Zain, pero se detuvo en seco.
Las persianas de metal estaban bajadas, sellando el lugar.
La puerta, cerrada.
No había rastro de él.
Un nudo de preocupación se formó en su estómago.
¿Le había pasado algo?
¿Había sido el mago el primer objetivo?
Sin tiempo que perder, cambió de rumbo, volviendo por donde había venido, dirigiéndose de nuevo hacia el caos de la plaza.
Quizás Zain ya había salido y ella no lo había visto.
Fue entonces cuando lo vio.
En una de las calles laterales que conducían a la plaza, una figura corría a toda prisa.
Era Zain.
Parecía ileso, pero su rostro estaba sombrío y su ropa, cubierta de polvo y trozos de hierba.
Lyra no gritó.
Con precisión, saltó desde el borde de un tejado, usando el toldo de un puesto como rampa, y aterrizó suavemente en el suelo, justo en el camino de Zain, obligándolo a detenerse bruscamente.
—¡Zain!
—dijo, su voz un susurro urgente—.
¿Dónde estabas?
—Complicaciones —respondió él, sin aliento, sus ojos fijos en la columna de humo que se veía sobre los edificios—.
¿Qué ha pasado?
¿Las personas?
¿Estan heridas?
—No.
Sí.
No lo sé —tartamudeó Lyra, su habitual calma rota por la magnitud de lo que había presenciado—.
El gusano…
está neutralizado.
Elysia lo manejó.
Zain pareció aliviado por un instante.
— ¿Gusano?, ¿Bien.
Cuántos heridos?
—Solo Gunter, nadie más.
Zain, tienes que entender…
—Lyra luchó por encontrar las palabras—.
Fue una pelea imposible.
Zain la miró, confundido.
—¿Qué quieres decir?
—Ella…
Hizo algo.
Un juramento acreo.
Y su armadura…
cambió de color.
Se volvió…
como la luz del sol.
Y la espada…
—Lyra tragó saliva, el recuerdo todavía vívido en su mente—.
Cortó el aire.
Simplemente cortó el aire frente a ella.
Y el monstruo…
y los edificios de detrás…
simplemente…
se partieron por la mitad, lo ví todo desde lo alto de uno de los edificios mientras te buscaba.
El cerebro de Zain intentó procesar la información.
—¿Un corte sónico?
¿Una onda de choque de maná concentrado?
Eso requeriría un nivel de energía…
—¡No!
—lo interrumpió Lyra, agarrándolo del brazo para que entendiera—.
¡Fue como si un dios hubiera pasado su dedo por el pueblo!
¡Tienes que verlo!
Zain, arrastrado por la urgencia de Lyra, corrió junto a ella.
Dieron la vuelta a la última esquina y llegaron a la plaza.
Y se detuvo.
La escena era de una destrucción silenciosa y sobrecogedora.
En el centro de la plaza, yacían las dos mitades perfectamente cortadas del gusano corrupto.
Más allá, los dos edificios se habían derrumbado limpiamente por la mitad, como una casa de muñecas partida por un niño gigante.
El fuego de la herrería, privado de su combustible principal, comenzaba a menguar.
Pero no fue la destrucción lo que capturó la atención de Zain.
Fue la gente.
No corrían ni gritaban.
Estaban de pie, en un silencio absoluto, mirando no a los escombros, sino a la figura que estaba en el centro de todo.
Elysia, de nuevo con su armadura negra, estaba de pie, con la espada envainada.
Estaba ayudando a Mael y a Borin a levantar una viga para liberar un carro atrapado.
Y las miradas de los aldeanos, de los aventureros, de todos…
ya no eran de sospecha ni de miedo.
Eran de pura veneración.
Zain se dio cuenta de que se había perdido algo fundamental.
Mientras él luchaba contra las sombras en los campos, Elysia había luchado contra un monstruo a la vista de todos.
Él había mantenido sus secretos a salvo.
Ella se acababa de convertir en una leyenda.
——————————————— Una plaza llena de gente, sumida en un silencio de asombro, observando a la mujer que había desatado un poder divino y que ahora levantaba escombros como una simple trabajadora.
Fue entonces cuando un grito rompió su asombro.
—¡ZAIN!
¡POR AQUÍ!
Fue Lina.
Estaba arrodillada junto a Gunter, cerca de donde el grupo de evacuados se había reunido.
El herrero seguía inconsciente, pero su respiración era agitada.
El grito sacó a Zain de su estupor.
La leyenda podía esperar.
El paciente, no.
Corrió a través de la plaza, Lyra pisándole los talones.
La multitud se apartó a su paso, sus ojos pasando de la guerrera legendaria al mago que conocían, una nueva capa de respeto en su mirada.
—¿Cuál es su estado?
—preguntó Zain, arrodillándose junto a Lina y Gunter.
—¡Está ardiendo!
—respondió Lina, su rostro pálido de preocupación—.
La fiebre.
Y su respiración es cada vez peor.
¡Las picaduras!
¡Se están hinchando!
Zain examinó el brazo de Gunter.
Las marcas de las picaduras de los ciempiés violetas eran ahora el centro de una fea hinchazón de color púrpura oscuro, y finas venas negras se extendían desde ellas, un patrón muy similar al de la corrupción.
—No es el mismo veneno que el del gusano —dijo Zain, su mente trabajando a toda velocidad—.
Es un neurotóxico.
Ataca los nervios, el sistema respiratorio.
El antídoto que creé no funcionará.
Lina lo miró, el pánico volviendo a sus ojos.
—¿Entonces qué hacemos?
Zain abrió su maletín.
Su rostro era una máscara de concentración.
—Lo que siempre hacemos —dijo, sacando viales, un mortero y una aguja de plata—.
Improvisamos.
Se dirigió a Elysia, que se había acercado al oír el grito de Lina.
—Necesito una muestra —dijo Zain, señalando a uno de los ciempiés muertos que había quedado aplastado en la calle—.
La quitina, las glándulas venenosas.
Lo que quede.
¡Rápido!
Elysia no necesitó más explicaciones.
Se movió con rapidez, usando la punta de una daga para recoger los restos de uno de los insectos y traerlos.
Bajo la atenta mirada de todos, comenzó la verdadera celebración.
No una de vítores y aplausos, sino una de acción comunitaria.
Zain comenzó a machacar los restos del insecto, mezclándolos con fluidos de sus viales, creando una nueva cura sobre la marcha.
Lina y Elora siguieron sus instrucciones, preparando compresas frías y limpiando las heridas.
Mael y Borin organizaron a los aldeanos, formando cadenas de cubos de agua, no para apagar el gran incendio, sino para controlar las brasas y evitar que se extendieran.
Y Elysia, la heroína, la diosa de la guerra, se arrodilló junto a Zain, actuando como su asistente de campo.
Sostenía los viales, le pasaba las herramientas, su mano firme y su rostro sereno, una presencia de calma y fuerza en medio del caos ahora silencioso.
El sol se elevaba más alto en el cielo, iluminando una escena de destrucción, sí.
Pero también iluminaba a un pueblo que, enfrentado a la catástrofe, no se había roto.
Gracias a sus nuevos y extraños guardianes, estaban comenzando a reconstruir.
———————————————— El tiempo pareció detenerse mientras Zain, llenaba una jeringa de plata con el antídoto recién creado, un líquido turbio de color verdoso.
Con cuidado, lo inyectó en el brazo de Gunter, directamente en el centro de la hinchazón.
Todos contuvieron la respiración.
Lina se mordía el labio, Mael y los demás se inclinaron para ver mejor.
Por un largo momento, no pasó nada.
La respiración de Gunter seguía siendo superficial, su rostro, pálido.
Y entonces, ocurrió.
Las venas negras que se extendían por su brazo parecieron retroceder, como si fueran absorbidas de nuevo hacia el punto de la inyección.
El tono púrpura de la hinchazón comenzó a aclararse.
Gunter tosió.
Fue una tos pequeña al principio, pero luego se convirtió en un espasmo violento y profundo.
Tosió fuerte, una, dos veces, y luego, con una gran bocanada de aire, sus ojos se abrieron de golpe.
Miró a su alrededor, desorientado.
Vio las caras preocupadas de Lina, de los aventureros y de Elysia, todas inclinadas sobre él.
Y finalmente, vio el rostro de Zain, que lo observaba con una sonrisa simple.
Gunter parpadeó.
Su mente, todavía nublada por el veneno y la inconsciencia, luchó por procesar la escena.
Lo último que recordaba era el calor, el humo, y luego…
nada.
Ahora estaba rodeado de gente, y la cara de Zain estaba muy, muy cerca.
Con la voz ronca, pronunció sus primeras palabras.
Un comentario que estaba tan increíblemente fuera de lugar que dejó a todos sin habla.
—Por favor…
—graznó Gunter—.
Díganme que Zain no me besó.
Un silencio absoluto y atónito se apoderó del grupo.
Y entonces, Lina soltó una carcajada.
Fue una risa ahogada al principio, pero luego se convirtió en una carcajada genuina, llena de alivio y pura incredulidad.
La risa fue contagiosa.
Mael soltó una risita, que intentó disimular con una tos.
Borin dejó escapar un bufido que sonó como una baca.
Incluso Elysia sintió que las comisuras de sus labios se contraían en la sombra de su casco.
Zain, por su parte, simplemente puso los ojos en blanco, una expresión de exasperación en su rostro.
—Bienvenido de nuevo, Gunter —dijo, su tono completamente seco—.
Me alegro de ver que el neurotóxico no ha afectado a tu encantadora personalidad.
La leyenda de la diosa de la guerra, por un momento, fue olvidada.
En su lugar, solo había un grupo de personas riendo en medio de los escombros, unidas por el alivio y el humor absurdo de un herrero gruñón.
La reconstrucción de Villaclara había comenzado.
Y había comenzado con una risa.
———————————————— Más tarde, cuando el caos inicial se había calmado, Gunter se puso de pie, todavía débil pero increíblemente terco.
Apoyado en el hombro de Elysia, que actuaba como un sólido soporte de acero negro, se paró frente a los restos humeantes de lo que había sido su vida.
La herrería estaba en ruinas.
El techo se había derrumbado, las paredes estaban carbonizadas y el interior era un amasijo irreconocible de madera quemada y metal derretido.
Su hogar.
Su taller.
Todo se había ido.
—No fue la fragua —dijo Gunter en voz baja, su mirada perdida en los escombros—.
La revisé antes de cerrar.
Siempre lo hago.
Se preguntó en voz alta cómo pudo haber pasado todo esto.
El fuego, la explosión…
no tenía sentido.
Elysia no dijo nada.
Sabía que no había sido un accidente.
Sabía de los insectos, sabía del ataque.
Pero ahora no era el momento de hablar de conspiraciones y enemigos ocultos.
Ahora era el momento de la calma.
Mientras Gunter miraba sus ruinas en silencio, algo nuevo comenzó a suceder a su alrededor.
Los aldeanos, liderados por un Mael sorprendentemente autoritario, comenzaron a organizarse.
Los hombres trajeron cubos para apagar las últimas brasas.
Las mujeres comenzaron a clasificar lo poco que se podía salvar de la destrucción.
Borin y Elora, usando su fuerza y su magia de reparación menor, comenzaron a asegurar las vigas inestables para evitar más derrumbes.
Lina estaba en el centro de todo, su voz clara y constante dirigiendo los esfuerzos, repartiendo agua a los trabajadores y ofreciendo palabras de aliento.
Gunter observó la escena, atónito.
Vio a sus vecinos, a los aventureros que apenas conocía, a la hija del panadero, todos trabajando juntos, sin que nadie se lo pidiera, para empezar a reparar su vida rota.
—Mira eso —murmuró, más para sí mismo que para Elysia—.
Los muy idiotas…
Su voz se quebró.
El rudo y gruñón herrero, que había sobrevivido a un infierno, se apoyó un poco más en el hombro de la caballero, sus ojos brillando con lágrimas que se negaba a derramar.
Elysia permaneció en silencio a su lado, sosteniéndolo.
No ofreció palabras de consuelo.
Simplemente, estuvo allí, una presencia firme y inquebrantable en medio de la pérdida.
Vio a la comunidad unida.
Vio a los aventureros encontrando un propósito.
Vio a Lina liderando con una sonrisa.
Y entendió algo fundamental sobre este nuevo y extraño mundo.
En Aethelgard, cuando una fortaleza caía, sus defensores morían solos.
Aquí, cuando una casa se derrumbaba, sus vecinos venían a ayudar a reconstruirla.
Y por primera vez, en mucho tiempo, la Caballero Negro sintió algo parecido a la esperanza.
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