Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 Capítulo 5 Enfrentando lo Nuevo
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4: Capítulo 5: Enfrentando lo Nuevo 4: Capítulo 5: Enfrentando lo Nuevo La pregunta resonó en el taller, más devastadora que cualquier grito de guerra.
¿Qué es Aethelgard?
Por un instante, el mundo de Elysia se inclinó sobre su eje.
Pero años de disciplina forjada en el fuego de la batalla tomaron el control.
Reprimió la oleada de pánico helado que amenazaba con ahogarla y ancló su mente.
Mantuvo la compostura, una máscara de calma calculada descendiendo sobre sus facciones.
Estudió el rostro de Zain.
Sus ojos rojos y muertos, la ligera inclinación de su cabeza, su expresión de genuina curiosidad…
No había ni una pizca de engaño en él.
Y eso era lo más aterrador de todo.
—No te burles de mí, mago —dijo Elysia, su voz baja y cargada de una autoridad gélida—.
Aethelgard es el baluarte de la humanidad.
El reino del Rey Theron, el portador de la Luz.
Su estandarte del Grifo Real es conocido desde las Estepas del Norte hasta las Costas del Sur.
Zain la escuchaba con una atención fascinada, como un erudito que descubre un texto perdido.
Reanudó su escritura, la pluma arañando el pergamino con rapidez.
—Fascinante…
—murmuró, sin levantar la vista—.
Describe esa bandera.
¿El grifo es rampante o pasante?
¿De qué color es el campo?
La pregunta la descolocó.
Era tan específica, tan…
académica.
—El campo es azul real, el grifo es de plata, rampante —respondió casi por reflejo, antes de sacudir la cabeza, enfadada consigo misma por seguirle el juego—.
¡Basta de estas estupideces!
Me niego a creer que un hombre supuestamente instruido sea tan ignorante.
Zain levantó la vista, la pluma en pausa.
La diversión había vuelto a sus labios, pero sus ojos seguían siendo dos pozos vacíos.
—Mi querida Caballero-Comandante, no es ignorancia, es la realidad.
—Señaló con la pluma los libros y pergaminos que los rodeaban—.
Este es mi campo de estudio: el mundo, su historia, su geografía, su magia.
Y te aseguro, en mis veintiséis años de vida, nunca he leído ni oído las palabras “Aethelgard” o “Rey Theron”.
El aire se volvió pesado.
Cada palabra de Zain era un martillazo contra los cimientos del mundo de Elysia.
—Mientes —susurró ella, aunque la acusación sonó hueca incluso para sus propios oídos.
—No tengo ninguna razón para hacerlo —replicó él con calma—.
De hecho, tienes el potencial de ser el descubrimiento más importante de este siglo.
Una persona de…
otro lugar.
Las implicaciones son monumentales.
—Volvió a mirar sus notas—.
Ahora, este “Señor de los Demonios”, ¿como dijiste que se llama?, Valak.
La energía que dejó en ti era…
anómala.
Caótica, pero estructurada.
Describe el ataque.
Elysia apretó la mandíbula hasta que le dolió.
Él estaba cambiando de tema, pero la pregunta golpeó cerca de casa, recordándole la esfera de negrura absoluta, la sensación de ser desgarrada.
—No voy a satisfacer más tu curiosidad hasta que tú satisfagas la mía —declaró, volviendo a tomar el control—.
Quieres pruebas de mi historia.
Pues yo exijo pruebas de la tuya.
Muéstrame un mapa.
Un mapa de este continente.
Ahora.
Una amplia sonrisa iluminó el rostro de Zain.
Era la sonrisa de un académico al que acaban de proponer un experimento decisivo.
—Una petición excelente.
La evidencia empírica por encima del dogma.
Me gusta tu estilo, Comandante.
Dejó la pluma a un lado y se levantó.
Se dirigió no a una estantería, sino a un gran cofre de madera oscura que descansaba en un rincón, cubierto de polvo.
Se arrodilló y levantó la pesada tapa.
Elysia observaba cada movimiento, su corazón latiendo con fuerza contra sus costillas heridas.
Esta era la prueba.
O él era un mentiroso y un necio, o todo lo que ella conocía se había desvanecido.
Zain sacó del cofre un largo cilindro de cuero y lo llevó de vuelta a la mesa.
Con un movimiento deliberado, desenrolló el contenido sobre su pila de libros.
Era un mapa.
Grande, dibujado a mano sobre un pergamino grueso y amarillento, con una caligrafía exquisita y colores vibrantes.
Y no había nada en él que Elysia reconociera.
*** Elysia se inclinó sobre el mapa, el dolor de sus costillas era un eco lejano comparado con el terror que ascendía por su garganta.
Sus ojos, entrenados para reconocer cada colina y río de su tierra natal, barrieron la superficie del pergamino una y otra vez.
Las formas de los continentes eran extrañas, como fragmentos de un espejo roto.
Los océanos tenían nombres que nunca había oído: el Mar Silente, el Velo de la Emperatriz.
Los reinos y ciudades eran una letanía de lo desconocido: el vasto Imperio Solariano al este, la Federación de Ciudades Libres de Kith al oeste, el Archipiélago de los Susurros al sur.
No había Risco del Grifo.
No había Montes Espina del Dragón.
No había Mar Esmeralda.
No había Aethelgard.
Fue entonces cuando sintió que se ahogaba.
No en agua, sino en un mar de miedo y absoluta irrealidad.
El aire del taller se volvió denso, pesado, imposible de respirar.
Cada gramo de fuerza que había reunido la abandonó de golpe.
Todo su cuerpo empezó a doler de nuevo, un dolor profundo y febril que nacía no solo de sus heridas, sino de la fractura de su propia alma.
El mundo se balanceó y tuvo que apoyarse en la silla de Zain para no caer.
Cansada, con un agotamiento que iba más allá de lo físico, se dio la vuelta y se dejó caer sobre la cama.
Se recostó con un suspiro tembloroso, la mirada perdida en el techo cubierto de telarañas y modelos planetarios.
Su mente, ya sin defensas, se fragmentó.
Los sonidos del taller se desvanecieron, reemplazados por los ecos de su último instante en su mundo.
Vio el rostro burlón de Valak, la luz moribunda en los ojos de Sir Gideon, la insignia rota del Grifo Real en el polvo.
El olor a ceniza y a sangre llenó sus fosas nasales.
Y mientras las visiones de su última batalla la asaltaban, las palabras brotaron de sus labios, una réplica con voz casi rota de su nueva y monstruosa situación.
—Fallé…
—susurró al techo, su voz un hilo tembloroso de desesperación—.
Creí que me había enviado al olvido…
pero esto…
esto es peor.
Las lágrimas que no había derramado en el campo de batalla, las lágrimas de un caballero que nunca debe mostrar debilidad, finalmente se abrieron paso.
Rodaron por sus sienes, trazando caminos limpios sobre la mugre de su rostro.
—No me mató…
—continuó, su voz quebrándose por completo—.
Me borró.
Mi hogar…
mi gente…
mi lucha…
ya no existen.
Zain permaneció en silencio.
Observó cómo la formidable Caballero-Comandante se rompía frente a él.
La “anomalía interesante” se había transformado en una persona rota, una superviviente de una catástrofe que él ni siquiera podía empezar a comprender.
Lentamente, con un cuidado que contrastaba con su habitual brusquedad, enrolló el mapa y lo volvió a guardar en el cilindro de cuero.
Quitó la prueba de la vista, un pequeño e inútil gesto de compasión.
Por primera vez desde que se encontraron, el mago investigador no sabía qué escribir, qué preguntar ni qué decir.
Simplemente se quedó allí, en el silencio roto por los sollozos ahogados de una mujer que había perdido su mundo.
La verdadera investigación, se dio cuenta, acababa de comenzar.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES El_Dramas intentaré subir capítulos más seguido uno cada 3 días:)
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