Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 40
- Inicio
- Todas las novelas
- Crónicas de un mundo Roto
- Capítulo 40 - 40 Capitulo 41 La caída del pequeño villano
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
40: Capitulo 41: La caída del pequeño villano 40: Capitulo 41: La caída del pequeño villano Hace tres años.
El sol brillaba sobre Villaclara, y Cassian, con diecinueve años y en la cúspide de su arrogancia juvenil, desfilaba por la plaza del pueblo.
Vestía sus mejores ropas, importadas de la capital, y su sonrisa era un arma que usaba con una habilidad experta.
Como siempre, atraía las miradas de admiración de las chicas y los celos mal disimulados de los hombres.
Le encantaba ser el centro de atención.
Era su derecho de nacimiento, o eso creía.
Su tío, el terrateniente local que lo había criado, no pensaba lo mismo, y a menudo lo regañaba por su “frivolidad y falta de sustancia”.
Pero a Cassian no le importaba.
Hasta una tarde particularmente lluviosa.
Una tormenta de verano había estallado de repente, convirtiendo las calles en ríos de lodo.
Cassian, atrapado lejos de su mansión, se refugió bajo un gran roble en las afueras del pueblo, maldiciendo al cielo por arruinar su costosa camisa de seda.
Estaba de un humor terrible.
Y entonces la vio.
Lina, corría bajo la lluvia, sosteniendo una pesada cesta de pan cubierta con un paño.
Estaba completamente empapada, su cabello castaño pegado a su rostro y su sencillo vestido de pueblo, a su cuerpo.
Pero no estaba maldiciendo.
Estaba sonriendo.
Una sonrisa genuina y radiante, como si la lluvia fuera el mejor regalo del mundo.
Se detuvo bajo el mismo árbol para recuperar el aliento, y sus ojos se encontraron con los de él.
—Vaya que lluvia más bonita, ¿No crees?
—dijo ella con una risa, como si compartieran un un momento divertido.
Cassian, por primera vez en su vida, se quedó sin palabras.
Había conocido a docenas de chicas, hijas de nobles y comerciantes, que se reían de sus chistes y admiraban sus ropas.
Pero ninguna lo había mirado así.
Ella no lo veía como “Cassian el noble”, sino como “el otro chico tonto atrapado bajo la lluvia”.
La vio a ella: empapada, sencilla, con una cesta de pan en las manos y una sonrisa que parecía iluminar el sombrío día.
Y en ese momento, Cassian se enamoró por primera vez.
No de su estatus ni de su belleza calculada, sino de la pureza de esa sonrisa.
Fue un amor que rápidamente se convirtió en obsesión.
Y esa obsesión, tres años después, lo había llevado a este momento.
—————————————————— En el almacén polvoriento, Cassian se despertó.
Le dolía todo el cuerpo, un dolor profundo y punzante, el efecto secundario de las drogas de combate abandonando su sistema.
Abrió los ojos y lo primero que vio fue al espía, de pie junto a la única ventana, mirando hacia afuera.
—¿Qué…
qué pasó?
—graznó Cassian.
—Fracasaste —respondió el espía sin volverse—.
Tu ataque al pueblo fue un fracaso.
El mago sigue vivo.
Y la caballero…
ahora es una heroína.
La noticia fue como un golpe físico.
Cassian se incorporó, ignorando el dolor.
—No…
¡Imposible!
—Te lo advertí —dijo el espía—.
No entiendes con qué estás tratando.
Cassian miró sus propias manos temblorosas.
Lo había perdido todo.
Su reputación.
Su plan.
Y, lo más importante, cualquier posibilidad, por pequeña que fuera, de volver a ver esa sonrisa dirigida a él.
El amor que lo había inspirado se había podrido, convirtiéndose en un odio que lo consumía todo.
—Esto no ha terminado —susurró, su voz llena de una nueva y terrible resolución—.
Si no puedo tenerla…
Fue interrumpido por el sonido de la tranca de la puerta del almacén siendo levantada.
Ambos se giraron, tensos.
La puerta se abrió lentamente, revelando la silueta de un hombre.
No era el mago, o la caballero Negro.
Era un hombre mayor, de rostro severo y ropas elegantes pero prácticas.
Sus ojos eran fríos y calculadores.
Y estaban fijos, con una decepción glacial, en su sobrino.
—Cassian —dijo el hombre, el terrateniente de Villaclara—.
Tenemos que hablar sobre tus recientes acciones.
Y sobre la vergüenza que me has traído.
—Tío…
Tiberius La aparición del Tío Tiberius en el umbral del almacén cambió por completo la atmósfera.
El espía no se asustó.
De hecho, su postura se relajó ligeramente, casi imperceptiblemente.
Conocía muy bien a este hombre.
Tiberius no era un noble impulsivo como su sobrino.
Era un hombre de negocios, pragmático y discreto.
Era el tipo de cliente con el que el espía prefería tratar: predecible, lógico y que siempre pagaba a tiempo.
Su presencia no era una amenaza; era la conclusión lógica de un trabajo fallido.
Pero Cassian…
Cassian también lo conocía.
Y eso lo asustó más que cualquier caballero de otro mundo o mago misterioso.
El terror que sintió no fue el de la sorpresa o el de la violencia inminente.
Fue el miedo profundo y arraigado de un niño que está a punto de enfrentar la ira fría de la única autoridad que ha conocido en su vida.
Se encogió, la bravuconería y el odio desapareciendo de su rostro, reemplazados por una palidez enfermiza.
Tiberius entró en el almacén, sus botas de cuero pulido apenas haciendo ruido en el suelo polvoriento.
Sus ojos no se detuvieron en el espía; era una herramienta, y las herramientas no le interesaban.
Su mirada se clavó en su sobrino.
—Qué desastre, Cassian —dijo Tiberius, su voz tranquila, desprovista de ira, lo que la hacía aún más aterradora—.
No solo has fracasado en tu pequeño y patético cortejo, sino que lo has hecho de la forma más pública y destructiva posible.
¿Un incendio?
¿Bestias corruptas?
¿En mis tierras?
Se detuvo frente a Cassian, que no se atrevía a mirarlo a los ojos.
—Durante años he tolerado tu arrogancia.
Tu vanidad.
Tu falta de propósito.
Esperaba que maduraras, que te convirtieras en un hombre digno de llevar nuestro nombre.
En cambio, te has convertido en…
esto.
Un niño llorón que quema el pueblo cuando no consigue el juguete que quiere.
Se volvió hacia el espía.
—Tu contrato con mi sobrino ha terminado.
Ahora tienes uno nuevo, conmigo.
El espía asintió.
—Especifica los términos.
—Limpia este desastre —dijo Tiberius, su voz cortante—.
Los matones que contrató, los rumores que esparció.
Haz que todo desaparezca.
Quiero que el pueblo olvide que esto ha sucedido.
Y luego, quiero un informe completo y detallado sobre el mago y la caballero.
Todo.
Su origen, su poder, sus debilidades.
Y quiero que me lo entregues a mí, y solo a mí.
—El precio será considerable —respondió el espía.
—El precio no es un problema —replicó Tiberius, volviendo su mirada helada a Cassian—.
La vergüenza, sin embargo, sí lo es.
Se agachó hasta que su rostro estuvo a la altura del de su sobrino.
—Tú y yo nos vamos —dijo en voz baja—.
Tendrás mucho tiempo para reflexionar sobre tus fracasos.
Y te aseguro, Cassian, que aprenderás lo que significa la disciplina.
El pequeño villano de Villaclara había caído.
———————————————— En cuanto el Tío Tiberius terminó su sentencia, hizo un gesto con la mano hacia la puerta.
Dos guardias, muy diferentes a los del pueblo, entraron.
Iban vestidos con una armadura de placas de acero oscuro y llevaban espadas largas en la cintura.
Eran sus hombres personales, soldados profesionales.
Sin decir una palabra, agarraron a un Cassian que ya no se resistía y se lo llevaron, sacándolo del almacén y de la vista pública.
La caída del pequeño villano había sido silenciosa y absoluta.
Ahora, Tiberius y el espía estaban solos en el polvoriento almacén.
El se volteo hacia la figura encapuchada, sacando una pesada bolsa de oro de su túnica y colocándola sobre una caja.
—Tu pago inicial.
El resto, cuando entregues el informe.
El espía asintió, recogiendo la bolsa.
El trato estaba cerrado.
Pero mientras guardaba el oro, la curiosidad profesional superó a su habitual reserva.
Había un detalle, una variable en toda la ecuación que no encajaba con la lógica de un simple capricho de noble.
—Una pregunta, si me lo permites, Lord Tiberius —dijo el espía, su voz volviendo a su tono neutro—.
Por simple claridad operativa.
Tiberius arqueó una ceja, sorprendido pero dispuesto a escuchar.
—¿Por qué?
—preguntó el espía—.
La chica es bonita, sí.
Pero no es de cuna noble.
No hay una alianza política que ganar.
¿Por qué su sobrino estaba tan obsesionado con ella?
¿Y por qué tanto odio hacia un simple mago de pueblo?
Tiberius miró por la ventana sucia, su mirada perdiéndose en los tejados de Villaclara.
Un suspiro, una rara muestra de algo que casi podría llamarse cansancio, escapó de sus labios.
—Porque mi sobrino es un tonto.
Y los tontos no se enamoran de las personas.
Se enamoran de las ideas —dijo, su voz teñida de un desdén frío—.
Hace años, vio a esa chica, a Lina, en su estado más simple y natural.
Y en su mente vacía, la convirtió en un símbolo.
El símbolo de la pureza, de la vida sencilla que él, con toda su riqueza, no podía tener.
Ella no era una persona para él.
Era un trofeo.
Luego, su mirada se endureció.
—Y el mago…
—continuó—.
Zain no era un rival en el amor.
Era un rival en la existencia.
Zain es un genio.
Un hombre de sustancia, por muy excéntrico que sea.
Y su mera presencia en el mismo pueblo, siendo amigo de la chica que Cassian codiciaba, era un recordatorio constante para mi sobrino de todo lo que él no es: inteligente, respetado por mérito propio, autosuficiente.
Tiberius finalmente se volvió para mirar al espía, sus ojos fríos como el hielo.
—Cassian no odiaba a Zain porque quisiera a Lina.
Odiaba a Zain porque, en el fondo, se odiaba a sí mismo.
Y ahora, su estupidez nos ha traído dos singularidades de poder incalculable a nuestra puerta.
El espía asintió, las piezas del rompecabezas finalmente encajando.
La obsesión de Cassian no era un misterio de amor, sino un simple y patético caso de inseguridad y ego herido.
—Entendido —dijo el espía—.
Mi informe será exhaustivo.
Con eso, se dio la vuelta y, sin hacer ruido, se deslizó fuera del almacén, dejando a Tiberius solo con sus pensamientos y con los nuevos y peligrosos “problemas” que ahora eran suyos para manejar.
—————————————————— Tiberius salió del almacén, su rostro una máscara de calma controlada.
Caminó por las calles laterales, su paso firme y deliberado, hasta llegar a un carruaje que lo esperaba al final de una calle discreta.
Por fuera, el carruaje era simple, pintado de un color oscuro y sin ningún escudo de armas visible.
Estaba diseñado para no llamar la atención, para mezclarse con los carros de los mercaderes.
Pero cuando el cochero le abrió la puerta, el interior reveló la verdad.
Estaba lujosamente tapizado en terciopelo oscuro, con cojines de seda y detalles de madera pulida.
Era cómodo y opulento, como se esperaría de la nobleza.
Tiberius subió y cerró la puerta.
El carruaje comenzó a moverse con un suave balanceo.
Una vez que estuvieron en camino, lejos de miradas indiscretas, Tiberius sacó un objeto de un compartimento oculto.
Era una pequeña bola de cristal, lisa y perfectamente esférica, que descansaba sobre una base de plata.
Colocó la bola en el asiento frente a él y puso la punta de sus dedos sobre ella.
Murmuró una sola palabra.
El cristal, que había estado oscuro, comenzó a brillar con una luz blanca y arremolinada.
Lentamente, la niebla en su interior se disipó, revelando el rostro sombrío de otra persona.
Era una mujer, de rasgos afilados y cabello oscuro recogido en un moño severo.
Llevaba el uniforme de un oficial de alto rango, y detrás de ella, se podía ver el estandarte de un águila imperial.
El estandarte del Imperio Solariano.
—Lord Tiberius —dijo la mujer, su voz nítida y profesional a través del cristal—.
Su informe llega con retraso.
—Mis disculpas, Capitana —respondió Valerius, su tono respetuoso pero no servil—.
Han surgido…
complicaciones.
Unas que requieren nuestra atención inmediata.
La capitana arqueó una ceja.
—¿Complicaciones?
—Mi sobrino, en su infinita estupidez, ha provocado a dos anomalías de poder incalculable que han aparecido en mi territorio —dijo Tiberius, su voz volviéndose grave—.
Una guerrera con un arte de combate y un equipo desconocido.
Y un mago.
Uno cuyo poder, Capitana, se desconoce su verdadero valor.
Un destello de interés genuino apareció en los ojos de la mujer.
—Continúe, Lord Tiberius —dijo ella, inclinándose hacia el cristal.
El pequeño villano de Villaclara había sido contenido.
Pero su caída acababa de poner en movimiento piezas de un juego mucho más grande y mucho más peligroso.
Las sombras que se cernían sobre el pequeño pueblo no eran locales.
Eran las sombras de un Imperio.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com