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Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 41

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  4. Capítulo 41 - 41 Capitulo 42 El imperio Solariano
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41: Capitulo 42: El imperio Solariano 41: Capitulo 42: El imperio Solariano El aire en la oficina olía a papel, cera para sellar y al clásico olor del deber.

No había adornos innecesarios.

Las paredes estaban cubiertas de mapas militares, los estantes, abarrotados de archivos y documentos clasificados.

Cada objeto en la habitación tenía un propósito.

Era un lugar de trabajo, no de confort.

En el centro de la habitación, detrás de un imponente escritorio de madera oscura, una mujer de cabello negro recogido en un moño severo se reclinó en su silla.

Era la Capitana Karina.

Terminó su conversación y, con un gesto brusco, apagó la luz arremolinada de la bola de cristal.

La imagen de Lord Tiberius se desvaneció fondo por finalizado su informe, dejando solo el reflejo de su propio rostro, serio y calculador.

“Dos singularidades de poder incalculable…” El informe de Tiberius resonaban en su mente.

Normalmente, desestimaría un informe tan dramático de un noble provincial.

Pero Tiberius era diferente.

No era propenso a la exageración.

Si él lo consideraba una amenaza, entonces era una amenaza.

Se quedó en silencio por un momento, sus dedos tamborileando un ritmo silencioso sobre la superficie pulida del escritorio.

Sus ojos se posaron en un mapa de los Territorios Intermedios, su mirada encontrando el pequeño e insignificante punto que marcaba a Villaclara.

Un lugar que, hasta hace diez minutos, no sabía que existía.

Tomó una decisión.

Esto requería un enfoque más sutil que enviar un pelotón.

Necesitaba ojos y oídos en el terreno.

Alguien discreto, eficiente y, sobre todo, leal al Imperio.

Presionó un pequeño comunicador rúnico en su escritorio.

—Teniente Graves —dijo, su voz nítida y autoritaria—.

A mi oficina.

De inmediato.

Menos de un minuto después, la puerta se abrió y un hombre entró, cerrándola silenciosamente detrás de él.

Era alto y de complexión delgada, con cabello corto y oscuro y unos ojos grises que no revelaban nada.

No llevaba la armadura pesada de un soldado, sino un uniforme de cuero oscuro.

Era un miembro del Cuerpo de Inteligencia Imperial.

—Capitana —dijo, saludando con un movimiento corto y preciso.

—Teniente —respondió ella, yendo directamente al grano—.

Tenemos una situación delicada en los Territorios Intermedios.

Un pequeño pueblo llamado Villaclara.

Le resumió el informe de Tiberius: la aparición de una guerrera de origen desconocido con habilidades de combate que superan los límites conocidos, y la presencia de un mago de poder no clasificado que se esconde bajo la apariencia de un sanador local.

—Lord Tiberius tiene a su propio agente en el lugar, pero su discreción podría estar comprometida —continuó la Capitana Karina—.

Necesito una segunda opinión.

Una evaluación independiente y leal.

Se puso de pie y caminó hacia la ventana, que daba a un patio de entrenamiento donde los reclutas imperiales se movían con una precisión perfecta.

—Quiero que vayas a Villaclara —dijo, sin voltearse—.

Adopta una tapadera.

Mercader, viajero, no me importa.

Sé discreto.

No te enfrentes a ellos.

Solo observa.

Se giró para encararlo, sus ojos fijos en los de él.

—Quiero saber todo sobre ellos, Teniente.

Su poder, sus alianzas, sus debilidades.

Y, lo más importante…

—hizo una pausa—, quiero saber si pueden ser…

útiles para el Imperio.

El Teniente Graves simplemente asintió.

—Entendido, Capitana.

—Bien.

Parte de inmediato.

Este asunto tiene la más alta prioridad.

Y, Graves…

—¿Sí, Capitana?

—Ten cuidado —dijo ella, su voz bajando un tono, una rara muestra de algo parecido a la preocupación—.

Si el informe de Tiberius es correcto, no estás tratando con simples piedras en un sendero.

Estás tratando con algo nuevo.

El teniente asintió de nuevo, se dio la vuelta y salió de la oficina tan silenciosamente como había entrado.

La Capitana Karina volvió a su escritorio.

En el mapa, colocó una pequeña ficha negra, un marcador de unidad de reconocimiento, justo encima del punto de Villaclara.

El Imperio Solariano acababa de hacer su primer movimiento.

—————————————————— El Teniente Graves no fue a los cuarteles principales.

No necesitaba soldados de asalto ni legionarios.

Para una misión de esta naturaleza, requería un conjunto de habilidades mucho más específico.

Un toque más fino.

Bajó por una serie de escaleras de piedra hasta los niveles inferiores de la fortaleza, un lugar que la mayoría de los soldados evitaban.

Los pasillos aquí eran más oscuros, más silenciosos.

Este era el dominio del Cuerpo de Inteligencia y sus…

activos especiales.

Se detuvo frente a una puerta de acero reforzado y la abrió.

Dentro, una sala de entrenamiento especializada estaba en uso.

Y dentro, estaba su equipo.

La Unidad Cero.

Un escuadrón de cuatro personas, cada una con una personalidad increíblemente problemática, pero con un conjunto de habilidades tan raras y útiles que el Imperio toleraba su existencia.

El primero que lo vio fue “Furtivo”, nombre real Silas.

Estaba en una esquina de la habitación, inmóvil.

Un segundo después, simplemente…

no estaba allí.

Reapareció junto a Graves, moviéndose sin hacer un solo ruido.

Era un hombre pequeño y delgado, con ojos que lo veían todo y una sonrisa que nunca llegaba a ellos.

Un ilusionista y un infiltrado de un talento casi sobrenatural, pero un cleptómano incorregible al que no se le podía dejar cerca de nada brillante.

—¿Nueva misión, Teniente?

¿Hay algo…

valioso que necesite ser “adquirido”?

—preguntó en un susurro.

—Prepara tu equipo, Silas.

Nos vamos —respondió Graves, ignorando la pregunta.

Al otro lado de la sala, el sonido de la fuerza bruta.

“Ariete”, nombre real Petra, una mujer corpulenta con brazos como pistones y una trenza de cabello rojo fuego, estaba destrozando metódicamente un muro de piedra con sus puños desnudos.

Cada golpe dejaba una abolladura.

Era una “Rompemagia”, una de las pocas personas en el mundo nacida con la extraña habilidad de anular la magia con su propia fuerza vital.

Podía atravesar una barrera mágica como si fuera papel.

Su problema era una completa falta de disciplina y un amor por la destrucción que a menudo causaba daños colaterales masivos.

—¡Aburrido!

—rugió, viendo a Graves—.

¡Necesito algo que golpee de vuelta!

—Tendrás tu oportunidad, Petra —dijo Graves con calma.

Sentado en una mesa cercana, estaba “El Erudito”, nombre real Marcus.

Era un hombre mayor, de cabello canoso y gafas, que examinaba un artefacto antiguo con una lupa, ajeno al caos que lo rodeaba.

Era el historiador y analista de artefactos más brillante del Imperio, capaz de descifrar lenguas muertas y entender tecnología Pre-Fractura.

También era insoportablemente arrogante, consideraba a todos los que lo rodeaban como idiotas y tenía una tendencia a “olvidar” informar sobre descubrimientos que consideraba demasiado interesantes para compartir.

—Espero que nuestro destino sea un lugar con una biblioteca decente —dijo sin levantar la vista—.

Estoy cansado de lidiar con bárbaros.

La última miembro estaba en el centro de la habitación, meditando.

“Empatía”, nombre real Elia.

Era una joven de aspecto frágil, con los ojos cerrados.

Era una telépata, capaz de sentir las emociones y, con suficiente concentración, los pensamientos superficiales de quienes la rodeaban.

Una herramienta invaluable para los interrogatorios.

El problema era que era demasiado empática; las emociones fuertes de los demás la abrumaban, haciéndola inestable y propensa a crisis nerviosas si no se la manejaba con cuidado.

Abrió los ojos lentamente.

—El humor de la Capitana era…

severo.

Esto es importante.

Y peligroso.

Graves se paró en el centro de la sala, su presencia tranquila atrayendo la atención de todos.

—Tenemos una misión en Villaclara —anunció, su voz cortando el aire—.

Vigilancia y evaluación.

Dos objetivos de alto poder.

Tapadera: una caravana de mercaderes que busca artefactos raros.

Miró a cada uno de ellos, reconociendo sus defectos y sus talentos.

El ladrón, la bruta, el arrogante y la inestable.

—La Capitana quiere que seamos discretos —dijo, su mirada deteniéndose por un momento en Petra—.

Eso significa que no habrá explosiones.

No habrá robos.

Y no habrá crisis emocionales.

¿Entendido?

Un coro de asentimientos poco entusiastas fue su respuesta.

—Partimos en una hora —concluyó Graves—.

Preparaos.

La Unidad Cero, con los individuos más problemático del Imperio, cuya taza de fracasos era del cero porciento al mando del teniente Graves, se ponía en marcha.

————————————————— Mientras la Unidad Cero se preparaba para su misión en las oscuras profundidades de la fortaleza, una escena muy diferente se desarrollaba en el pináculo del poder imperial.

Al otro lado de la capital, en una terraza bañada por el sol dentro del Palacio Real, el aire estaba perfumado con el aroma de flores exóticas y té de jazmín.

Un joven de aspecto hermoso y varonil, vestido con sedas finas que no ocultaban una complexión atlética, se echó hacia atrás en su silla de mimbre y soltó una carcajada.

Era una risa genuina, encantadora, que hizo que un par de sirvientas cercanas se sonrojaran.

—Oh, esto es delicioso —dijo, dejando el informe que acababa de leer sobre la mesa de mármol—.

Absolutamente delicioso.

A su lado, sentada con una calma y una elegancia que contrastaban con la exuberancia de su hermano, estaba una joven que era su viva imagen.

Tenía el mismo cabello oscuro y los mismos ojos violetas, un rasgo distintivo de la línea real.

Tomaba su té con una calma serena, observándolo por encima del borde de su taza de porcelana.

—Encuentras divertida la incompetencia de nuestros nobles provinciales, hermano —dijo ella, su voz tan suave y tranquila como su comportamiento.

—¡No es la incompetencia, mi querida Livia!

—respondió el joven, tomando de nuevo el informe—.

¡Es el drama!

Lord Tiberius, siempre tan estirado y correcto, ¿teniendo que lidiar con su sobrino idiota que desata el caos por una chica de pueblo?

¡Es mejor que cualquier obra de teatro!

Su hermana, la Princesa Livia, dejó la taza con un suave tintineo.

—¿Y no te preocupa en absoluto la parte del informe sobre “singularidades de poder incalculable”?

El joven príncipe, el Príncipe Adrian, se encogió de hombros, su expresión volviéndose un poco más seria, pero todavía teñida de diversión.

—La Capitana Karina ya se está encargando de ello.

Ha enviado a su pequeño equipo de bichos raros.

Siempre tan predecible.

—Hizo una pausa, su mirada perdiéndose en los extensos, jardines del palacio—.

Una guerrera misteriosa y un mago poderoso escondido…

Suena como el comienzo de una buena balada.

O de un terrible dolor de cabeza para nuestro Imperio.

Se inclinó hacia adelante, una sonrisa astuta jugando en sus labios.

—En cualquier caso —dijo, bajando la voz—, será mucho más interesante que quedarse aquí escuchando a los consejeros discutir sobre los impuestos del grano.

La Princesa Livia lo miró, sus ojos violetas revelando una inteligencia mucho más profunda de lo que su calma sugería.

—Ten cuidado, Adrian —le advirtió suavemente—.

A veces, los dolores de cabeza más terribles comienzan como las baladas más entretenidas.

El Príncipe Adrian simplemente sonrió y tomó un sorbo de su propio té.

Para el resto del Imperio, los acontecimientos de Villaclara eran un asunto de seguridad nacional.

Para los que estaban en la cima, por ahora, solo era un nuevo y fascinante juego que observar desde la distancia.

Y el príncipe estaba ansioso por ver el siguiente movimiento.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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