Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 42

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Crónicas de un mundo Roto
  4. Capítulo 42 - 42 Capitulo 43 Fragmento de lo divino 1
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

42: Capitulo 43: Fragmento de lo divino (1) 42: Capitulo 43: Fragmento de lo divino (1) La luz del sol se desvanecía, pintando el cielo de Villaclara con tonos cálidos.

El aire de la noche olía a madera aserrada y a tierra húmeda, los olores de un pueblo en plena reconstrucción.

En la posada “El Jabalí Risueño”, el ambiente era tranquilo, poblado por aldeanos cansados que tomaban una cerveza después de un duro día de trabajo.

La puerta se abrió y tres miembros del grupo de aventureros entraron, sus cuerpos doloridos por el esfuerzo físico.

Borin se estiró, sus enormes músculos protestando.

Lyra se quitó la capucha, revelando su rostro serio y su cabello oscuro recogido en una coleta.

Elora parecía la más cansada de todas, no acostumbrada al trabajo manual.

Se sentaron en su mesa habitual, y Borin pidió una ronda de jarras con un gesto de la mano.

Solo faltaba su líder, Mael.

Elora miró la silla vacía, una arruga de preocupación en su frente.

—¿Dónde está Mael?

—le preguntó a Borin—.

No lo he visto desde media tarde.

Borin tomó un largo trago de su cerveza antes de responder, limpiándose la espuma de la barba con el dorso de la mano.

—Dijo que necesitaba despejar la cabeza —gruñó—.

Se fue hacia el claro del bosque donde entrenan los guardias.

Dijo que iba a entrenar.

Elora frunció el ceño.

—¿Entrenar?

Pero si apenas puede levantar los brazos después de acarrear vigas todo el día.

—Eso le dije —respondió Borin, encogiéndose de hombros—.

Pero estaba…

diferente.

Murmuraba algo sobre “no ser lo suficientemente fuerte”.

Sobre “ser digno”.

Ya sabes cómo se pone.

Lyra, que había estado observando en silencio, habló por primera vez, su voz baja y perceptiva.

—No es sobre la fuerza física —dijo, mirando hacia la ventana, en dirección al bosque—.

Es por ella.

Por Elysia.

Desde la batalla, la mira como si fuera la encarnación de una leyenda.

Elora asintió lentamente, entendiendo.

Mael no estaba entrenando su cuerpo.

Estaba luchando con su propia insuficiencia, comparándose con un ideal que parecía inalcanzable.

—Espero que no haga ninguna tontería —dijo Elora en voz baja, más para sí misma que para los demás.

——————————————————— Mientras tanto, en el claro de entrenamiento a las afueras del pueblo, Mael no estaba blandiendo su estoque.

El arma yacía en la hierba a su lado.

Estaba arrodillado.

La luz de la luna se filtraba a través de los árboles, iluminando su rostro, que era una mezcla de frustración, agotamiento y una desesperada esperanza.

Tenía los ojos cerrados, sus manos juntas en un puño frente a él.

Estaba intentando recordar.

Las palabras que ella había gritado en el fragor de la batalla.

El juramento que había transformado la oscuridad en luz.

—Luz que da la vida…

guíame…—susurró al aire silencioso del bosque.

No sabía lo que estaba haciendo.

No sabía si funcionaría.

Solo sabía que tenía que intentarlo.

Tenía que encontrar una fuerza que no viniera de sus músculos, sino de la fe que esa mujer le había inspirado.

Y en la soledad del bosque, el joven aventurero comenzó a rezar a una diosa que no conocía.

Mael intentó recrear las palabras de Elysia, pero su memoria, nublada por el pánico y el asombro de la batalla, solo pudo aferrarse a fragmentos.

—Luz que da la vida…

guíame…—murmuró, su voz quebrada—.

Yo…

no soy un escudo.

No soy una espada…

El resto fue improvisado, una oración que sonaba más a un lamento desesperado por ser tan débil.

—Vi tu poder…

tu fuerza…

—continuó, sus palabras un susurro avergonzado—.

Y yo…

no soy nada.

Soy débil.

No pude proteger a mi gente.

Si hay algo ahí fuera…

si tú, la Luz que ella sirve, puedes oírme…

enséñame.

Dame la fuerza para proteger.

Por favor.

Inclinó la cabeza, la frustración y el autodesprecio pesando sobre él.

Esperó.

Y durante un largo momento, no pasó nada.

El único sonido era el del viento susurrando entre los árboles.

La única luz, la de la luna plateada.

Sintió una punzada de estupidez.

¿Qué esperaba?

¿Un milagro?

Cerró los ojos con fuerza, una lágrima de pura frustración escapándose de uno de ellos.

Se sentía como un tonto.

Pero cuando los volvió a abrir, ya no estaba en el campo de entrenamiento.

El olor a tierra húmeda había desaparecido.

El aire ahora era cálido, sereno, y olía a flores de verano y a incienso.

El suelo bajo sus rodillas ya no era hierba, sino mármol blanco y liso que parecía irradiar una luz suave.

Estaba en otro lugar.

Un lugar lleno de una luz dorada y amable que no provenía de ninguna fuente visible, sino del aire mismo.

Se encontraba en una especie de santuario circular, rodeado de pilares blancos que se elevaban hacia un techo abovedado que parecía contener una galaxia de estrellas danzantes.

El silencio aquí no era vacío, sino pacífico, lleno de una música que no se oía, sino que se sentía.

En el centro de todo, Mael vio a alguien.

Era una figura, de espaldas a él, envuelta en túnicas blancas y doradas que parecían tejidas con la propia luz del sol.

No podía distinguir si era hombre o mujer, joven o viejo.

Era simplemente…

una presencia.

Y desprendía una calidez tan buena, tan incondicionalmente amorosa, que el frío de la duda y el miedo en el corazón de Mael simplemente se derritió.

No sentía miedo.

Solo una abrumadora sensación de haber llegado a casa.

La figura se giró lentamente, y aunque su rostro era un borrón de luz brillante, Mael pudo sentir su sonrisa.

Y entonces, una voz resonó, no en sus oídos, sino directamente en su mente.

Era una voz que sonaba como mil campanas doradas y como el susurro de una madre a su hijo.

“Pequeño.

¿Por qué lloras en la oscuridad cuando anhelas la luz?” ——————————————————— Al otro lado de Villaclara, mientras Mael se encontraba en un plano divino, una escena mucho más terrenal y tranquila se desarrollaba.

Una joven de aspecto cansado, pero con una suave sonrisa en su rostro, paseaba por el pequeño cementerio del pueblo.

Estaba en la ladera de una colina, un lugar pacífico desde donde se podía ver el brillo de las luces del pueblo.

En sus manos, llevaba un pequeño ramo de flores silvestres y una hogaza de pan recién horneado, todavía caliente, envuelta en un paño.

Era Lina.

Se detuvo frente a dos lápidas de piedra sencillas, desgastadas por los años.

Pertenecían a sus abuelos.

Era una costumbre suya, venir aquí cuando el mundo se sentía demasiado ruidoso, cuando necesitaba poner sus pensamientos en orden.

Con cuidado, colocó las flores en un pequeño jarrón de terracota y partió el pan en dos, dejando un trozo sobre cada lápida.

Era su forma de compartir, de mantenerlos presentes en su vida.

Se sentó en la hierba, abrazando sus rodillas.

Y entonces, como si estuviera charlando con ellos tomando el té, Lina comenzó a contar sus pequeñas aventuras de los últimos días.

—Hola, abuela.

Hola, abuelo —comenzó en voz baja, su voz una mezcla de afecto y agotamiento—.

No van a creer la semana que he tenido, primero el taller de Gunter se incendio y luego un gusano gigante salió del suelo.

Les habló de todo.

De la llegada de la extraña y noble caballero, Elysia.

De cómo había salvado al hijo de Gregor, de cómo había luchado contra el monstruo.

Les habló del misterioso Zain quien siempre suele ser el centro de estas charlas, de su humor y de su bondad, de cómo se había desmayado y de cómo Elysia había limpiado su desastre del taller, y del como su corazón pudo haber malinterpretado algunas cosas.

—…y luego estaba Cassian.

Sí, otra vez —dijo con un suspiro, poniendo los ojos en blanco—.

Sigue igual de tonto.

Pero esta vez…

fue diferente.

Dio miedo.

Por suerte, los nuevos amigos de Zain y Elysia estaban allí.

Son buenas personas, creo.

Un poco raros, pero valientes.

Miró las lápidas, la sonrisa desvaneciéndose un poco, reemplazada por una vulnerabilidad que rara vez mostraba.

—Es solo que…

todo está cambiando tan rápido.

Hay un poder en el pueblo que nunca antes había sentido.

Es emocionante, pero también…

da un poco de miedo.

Elysia habla de la luz…

pero también de la muerte.

Como si fueran dos caras de la misma moneda.

—Hizo una pausa, recordando el juramento—.

Padre de todo Final, tu paz abrazo…

No lo entiendo del todo pero…

Reflexionó sobre esas palabras.

No como una guerrera, sino como alguien que había visto la enfermedad y la vejez.

Como alguien que se sentaba en un cementerio y hablaba con los que se habían ido.

No le parecían aterradoras.

Le parecían…

tranquilas.

—A veces me pregunto cómo sería eso —susurró a las piedras—.

Abrazar el final.

No con miedo, sino…

con paz.

Como quedarse dormido después de un largo día.

Cerró los ojos por un momento, disfrutando de la fresca brisa nocturna.

No buscaba poder.

No buscaba respuestas.

Solo buscaba un poco de paz en un mundo que de repente se había vuelto muy complicado.

Y en esa quietud, sintió que algo respondía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo