Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 44
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- Capítulo 44 - 44 Capitulo 45 Fragmento de lo divino 2
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44: Capitulo 45: Fragmento de lo divino (2) 44: Capitulo 45: Fragmento de lo divino (2) En dos planos de existencia separados pero paralelos, un joven guerrero lleno de un nuevo propósito y una joven soñadora llena de una nueva comprensión hicieron la misma pregunta.
—¿Quién…
quién eres, de verdad?
—preguntó Mael, su voz llena de asombro—.
¿Y qué es este lugar?
“Soy la que da la vida,” respondió la voz de la Diosa de la Luz en su mente, su tono resonando con el poder de la creación.
“Soy la primera chispa en el corazón de una estrella y el último aliento de esperanza en la oscuridad.
Soy la guía por el buen camino.
Y este…
este es mi santuario.” La luz dorada del lugar pareció intensificarse, revelando imágenes fantasmales en el aire: visiones de héroes pasados, de actos de sacrificio, de momentos de pura y desinteresada bondad.
“Un lugar donde los recuerdos de valor y los ecos de la compasión son resguardados,” explicó la diosa.
“Una biblioteca de almas, cuyas historias son la herencia que les doy a los próximos defensores de la luz.
Y ahora, pequeño, tu historia ha comenzado a escribirse aquí.” ——————————————————— Al mismo tiempo, bajo el árbol infinito de hojas plateadas, Lina hizo su propia pregunta.
—No entiendo —susurró, su voz llena de una calma que nunca antes había conocido—.
¿Qué eres?
¿Y qué es este árbol?
“Soy el que guía a los vivos al descanso eterno,” respondió la voz tranquila del Dios Protector de la Muerte.
“El jardinero al final del camino.
El pastor que protege a sus almas de la oscuridad que hay en cada ser, la desesperación que busca devorarlas en su último momento.” La figura sombría posó una mano suave en el tronco del inmenso árbol.
“Y este árbol que cuido es el Árbol de las Almas.
El árbol de la reencarnación.
Sus raíces beben del pozo del olvido, y sus hojas susurran los nombres de los que volverán.
Es un ciclo.
Y es un lugar que solo aquellos que han aceptado verdaderamente su propia muerte pueden ver.
Es por eso que estás aquí, niña.
Porque ya has estado en paz con tu final.” El dios se giró hacia ella, y por un instante, las sombras de su rostro parecieron retroceder, revelando unos ojos que no eran ni oscuros ni aterradores, sino llenos de una profunda y antigua tristeza y una compasión infinita.
“Tú viste la puerta.
Por eso puedes escucharme.
Y por eso puedes ver sus recuerdos y sentir sus sentimientos, los de aquellos que han pasado por mi jardín.” Dos ofertas.
Dos caminos.
Uno forjado en la luz brillante del valor.
El otro, en la tranquila paz de la aceptación.
Y en dos lugares más allá del mundo, Mael y Lina, sin saberlo el uno del otro, tomaron su decisión.
—————————————————— En la posada, la preocupación de Elora finalmente superó su paciencia.
Se estaba haciendo muy tarde.
—No me gusta esto —le dijo a Lyra—.
Voy a…
—Yo iré —la interrumpió Lyra, poniéndose de pie.
Su instinto le decía que era mejor que fuera ella.
La exploradora salió de la cálida luz de la taberna y se adentró en la noche fresca, dirigiéndose al claro de entrenamiento.
Se movía con su habitual sigilo, una sombra entre las sombras.
Encontró a Mael exactamente donde Borin había dicho que estaría.
Estaba de pie en el centro del claro, bañado por la luz de la luna.
Pero no estaba entrenando.
Simplemente estaba quieto, mirando a la nada, con una expresión extraña y serena en su rostro.
Lyra se acercó en silencio.
—Mael —dijo, su voz baja y tranquila—.
Elora estaba preocupada.
Es tarde.
El joven se giró lentamente en su dirección.
Por un momento, Lyra esperó ver al mismo chico frustrado e inseguro que había dejado la posada horas antes.
Y, a primera vista, no hubo un cambio significativo.
Seguía siendo Mael, con su cabello oscuro y sus ojos serios.
Pero entonces, él le sonrió.
No fue su habitual sonrisa nerviosa o forzada.
Fue una sonrisa genuina, tranquila y llena de una confianza que ella nunca le había visto.
Y cuando habló, hubo una leve calidez en su voz, una resonancia suave que parecía calmar el aire nocturno a su alrededor.
—Tienes razón, Lyra.
Es hora de volver a casa.
Lyra lo estudió, sus agudos ojos de exploradora tratando de descifrar el cambio.
No podía señalarlo.
No había un aura brillante, ni un cambio físico evidente.
Pero algo en su interior, algo fundamental, se había asentado.
Se había calmado.
El chico que había ido al bosque buscando la fuerza de un héroe había regresado.
Pero había encontrado algo mucho más profundo en su lugar.
Había encontrado la fe.
—————————————————— El mundo regresó a Lina con la misma suavidad con la que se había ido.
En un parpadeo, estaba de nuevo sentada en la hierba del cementerio, el aire nocturno fresco en sus mejillas.
Las lápidas de sus abuelos estaban frente a ella, silenciosas y familiares.
El árbol infinito y la figura crepuscular habían desaparecido.
Se quedó allí por un momento, el silencio del cementerio ahora lleno de un nuevo tipo de paz.
No se sentía asustada ni confundida.
Se sentía…
Tranquila.
Se levantó, recogió su cesta vacía y, con una última mirada a las tumbas, comenzó el corto camino de regreso a casa.
Cuando entró en la panadería, la cálida luz del interior y el olor a pan y a hogar la recibieron.
Sus padres la estaban esperando para cenar, sus rostros una mezcla de alivio y una leve reprimenda por su tardanza.
—¡Lina!
¡Por fin!
—dijo su madre—.
Estábamos a punto de enviar a tu padre a buscarte.
¿Dónde te habías metido?
Lina se giró para mirarlos.
Y en su rostro, tenía su típica y cálida sonrisa.
La misma sonrisa que le habían visto todos los días de su vida.
Pero era diferente.
La sonrisa parecía desprender una calma y una paz casi abrumadoras.
Era una serenidad tan profunda, tan compasiva, que silenció las palabras de sus padres.
De repente, la tensión del día, la preocupación por el incendio, el miedo por su hija…
todo pareció desvanecerse en presencia de esa tranquilidad.
Se miraron el uno al otro, sin saber qué decir.
Su hija parecía la misma, pero el aura a su alrededor…
había cambiado.
Lina simplemente se acercó y le dio un beso en la mejilla a su padre y un abrazo a su madre.
—Lo siento, he tardado —dijo, su voz suave y tranquilizadora—.
Estaba…
poniendo mis pensamientos en orden.
Sus padres no hicieron más preguntas.
Simplemente la abrazaron de vuelta, sintiendo una extraña sensación de paz que no podían explicar.
La chica que había ido al cementerio buscando consuelo había regresado.
Pero había traído consigo un fragmento de la quietud del descanso eterno.
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