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Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 45

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  4. Capítulo 45 - 45 Capitulo 46 Fragmento de lo divino 3
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45: Capitulo 46: Fragmento de lo divino (3) 45: Capitulo 46: Fragmento de lo divino (3) En un lugar que no estaba en ningún mapa de Theronis ni de Aethelgard, un lugar que simplemente era, existía un pequeño campo de flores.

Flores de mil colores y formas, algunas brillantes como estrellas, otras oscuras como el terciopelo de la noche, crecían en una hermosa armonía.

En el centro del campo, dos figuras estaban sentadas una frente a la otra, compartiendo un silencio cómodo.

Una era la entidad de luz dorada, cálida y radiante.

La otra, la figura de sombras tranquilas, serena y pacífica.

La Diosa de la Luz y el Dios Protector de la Muerte.

O, más exactamente, los fragmentos de ellos que habían logrado cruzar.

Fue la Luz quien habló primero, su voz mental como el sonido de campanas distantes.

“El tuyo es una elección…

inesperada, Viejo Amigo.

La chica del pan.

Tiene un corazón amable, pero no el de una guerrera.” La Muerte no se giró.

Su voz era como el susurro del viento entre las hojas plateadas de su árbol.

“Y el tuyo es predecible, Dadora de Vida.

Un joven soldado lleno de fuego y dudas.

Siempre te han gustado los corazones rotos que puedes ayudar a reparar.” Una risa melodiosa llenó el campo.

“Es cierto.

Pero él tiene el potencial de ser un faro brillante.

Su fe, aunque nacida de la admiración por la caballero, es sincera.

Arde con pureza.” “La chica no tiene fe,” respondió la Muerte con calma.

“Tiene algo mucho más raro.

Aceptación.

Y una compasión que no juzga.

No necesitará blandir un arma en mi nombre.

Su propósito será sostener una mano al final del camino.

Un propósito, creo, mucho más difícil.” La Luz se quedó en silencio por un momento, considerando las palabras.

“Nuestra caballero ha agitado las aguas de este mundo.

No esperaba que su juramento creara una grieta tan…

resonante.” “Este mundo está herido,” dijo la Muerte.

“La ‘Fractura’ de la que hablan sus mortales.

Dejó cicatrices profundas, no solo en la tierra, sino en el velo entre realidades.

Es por eso que pudimos escucharla.

Por eso pudimos cruzar, aunque sea de esta forma tan limitada.” La Luz pareció suspirar, su brillo dorado atenuándose un poco.

“Somos débiles aquí.

Trozos.

No podemos protegerla directamente, como lo última vez.

Estos nuevos campeones…

tendrán que ser nuestros ojos y nuestras manos.” “Lo serán,” aseguró la Muerte.

“La chica ya es amada.

El chico pronto será respetado.

A través de ellos, quizás podamos ofrecer un poco de equilibrio a este lugar roto.” Se quedaron en silencio de nuevo, observando su jardín de recuerdos.

“Ella es fuerte, nuestra caballero,” dijo la Luz finalmente, su voz teñida de una preocupación casi maternal.

“Pero está sola.” “No,” respondió la Muerte, su voz tranquila y segura.

“Ya no lo está.” Y en el campo de flores más allá del tiempo y el espacio, los dos fragmentos divinos esperaron, observando las nuevas velas que acababan de encender en un mundo oscuro y desconocido.

—————————————————— Se quedaron en silencio de nuevo, observando su jardín de recuerdos.

El Dios de la Muerte se giró, su mirada sombría pareciendo atravesar su propio plano de existencia para observar el mundo de Theronis, no sus habitantes, sino sus cimientos, sus leyes rotas.

Poco después, soltó un comentario muy suyo, una declaración de empatía teñida de una tristeza infinita.

“Siento pena por él.” La Diosa de la Luz supo de inmediato a quién se refería.

No a Mael, ni a Lina o a Elysia.

Ni a ningún mortal.

“¿Aún sigue ahí?” preguntó ella, su voz perdiendo parte de su brillo.

“Sí,” respondió la Muerte.

“Aferrándose.

Sosteniendo los hilos rotos.

Es el único que evita que la Fractura vuelva a abrirse por completo.

Un dique hecho de un alma contra un océano de caos.” El peso de esa revelación llenó el campo de flores.

La precaria paz de Theronis no se mantenía por la política de los imperios ni por la fuerza de sus ejércitos, sino por el sacrificio continuo de un único ser.

La Diosa de la Luz estuvo de acuerdo, su propia voz un susurro de compasión.

“Nosotros pedimos a nuestros campeones que luchen, que inspiren, que protejan.

Pero lo que él hace…

soportar una carga así, solo, en el silencio…

es un tipo de sacrificio que ni siquiera nosotros podemos comprender del todo.” “Y algún día,” concluyó la Muerte, su voz resonando con la certeza del final de todas las cosas, “ese dique se romperá.

Y este mundo necesitará toda la luz que pueda encontrar.” La conversación terminó.

El propósito de su llegada a este mundo se había vuelto mucho más claro.

No estaban aquí solo por curiosidad o por una caballero perdida.

Estaban aquí para prepararse.

Para el día en que la Fractura se abriera de nuevo.

——————————————————— La conversación terminó, pero su atención conjunta permaneció fija en el mundo herido.

Los dioses miraron más allá.

Sus sentidos divinos se extendieron, más allá de su jardín de paz, más allá de la superficie del mundo de los mortales, de sus pueblos y sus imperios.

Se hundieron en las raíces mismas de la realidad de Theronis, siguiendo los hilos de la magia hasta que encontraron la cicatriz principal, el nexo de poder caótico que era La Fractura.

Y en el corazón de esa herida, en un lugar que no era un lugar, lo encontraron.

O lo que quedaba de él.

Era una silueta de voluntad pura, arrodillada en un vacío de caos crepitante.

Hilos de energía rota y salvaje, los mismos bordes de la Fractura, estaban agarrados en sus manos etéreas.

El ser entero vibraba con un esfuerzo inimaginable, un esfuerzo eterno por mantener unidos los bordes de la realidad, por evitar que la herida se abriera de par en par y devorara todo.

Un ser solitario en una prisión autoimpuesta, cuyo único propósito era aguantar.

Y entonces, por primera vez en incontables eras, algo cambió.

La solitaria silueta, sintiendo su presencia, se agitó.

Lentamente, levantó su “cabeza”.

Y les devolvió la mirada.

A través de la conexión momentánea que habían forjado, no solo los vio a ellos, a los dos fragmentos divinos que habían llegado a su mundo.

Vio lo que ellos veían.

Vio la llama dorada que acababa de encenderse en el corazón de un joven guerrero en un claro del bosque.

Vio la tranquila luz plateada que comenzaba a florecer en el alma de una chica de pueblo en un cementerio.

Vio el poder de dos mundos, de la vida y de la muerte, manifestándose de nuevo.

Y en esa mirada, que atravesó el tejido mismo de la realidad, no había palabras.

Solo una pregunta silenciosa y un profundo y abrumador alivio.

Después de tanto tiempo, ya no estaba solo.

La Diosa de la Luz y el Dios Protector de la Muerte sintieron su esperanza, la primera que esa alma solitaria había sentido en siglos.

Y en la quietud de su dominio, le respondieron con un único pensamiento unificado.

Una promesa.

“Pronto.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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