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Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 46

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  4. Capítulo 46 - 46 Capitulo 47 Un día normal
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46: Capitulo 47: Un día normal 46: Capitulo 47: Un día normal Ha pasado una semana.

El sol de la mañana brillaba sobre un Villaclara que era a la vez el mismo de siempre y fundamentalmente diferente.

El aire ya no olía a humo, sino a madera recién cortada y a la promesa de un nuevo comienzo.

En el lugar donde antes se alzaba la herrería, ahora había un bullicioso sitio de construcción.

Los aldeanos trabajaban codo con codo, levantando los cimientos de un nuevo edificio, más grande y más fuerte que el anterior.

En medio de esta organización, bajo un toldo improvisado que servía como su herrería al aire libre, se oía una voz familiar que ladraba órdenes.

—¡No, idiota!

¡Así no!

¡Estás enfriando el acero demasiado rápido!

¿Quieres que se quiebre?

¡Dale más aire!

¡Más!

¿Es que tus pulmones son del tamaño de un gorrión?

Gunter, el herrero, estaba regañando a uno de sus nuevos aprendices.

El aprendiz en cuestión era un hombretón con la cabeza rapada y un tatuaje de una calavera en el cuello, que soplaba torpemente un fuelle con una expresión de pánico concentrado.

Era Grol.

A su lado, su hermano Burk, con la cicatriz en el ojo, lijaba una plancha de metal con una delicadeza que contradecía su tamaño, sudando profusamente bajo la atenta mirada del maestro herrero.

Eran los Hermanos del Dolor.

O, mejor dicho, los antiguos Hermanos del Dolor.

Después de su humillante derrota y de ser encontrados medio inconscientes en un campo por una patrulla de guardias, se habían enfrentado a la justicia del pueblo.

Pero algo había cambiado.

La experiencia de ser controlados, de perder su propia voluntad, y luego de ser salvados indirectamente por las mismas personas a las que habían atacado, los había vuelto más humildes.

En lugar de ser expulsados o encarcelados, y tras una larga “charla” con Gunter, habían decidido cambiar sus vidas.

Se ofrecieron a trabajar gratis en la reconstrucción, y el herrero, viendo una oportunidad para conseguir mano de obra barata y quizás impartir algo de disciplina, los había tomado como sus aprendices.

Ahora, los dos matones que habían aterrorizado a la gente en los callejones pasaban sus días siendo aterrorizados por un herrero gruñón, aprendiendo el valor del trabajo duro y el miedo a un maestro insatisfecho.

Esta era la nueva normalidad de Villaclara.

Una donde los antiguos enemigos se convertían en aprendices, y donde las leyendas de otro mundo ahora eran parte del paisaje diario.

Y mientras Gunter les gritaba, no pudo evitar lanzar una mirada de reojo hacia la dirección en la que se encuentra un claro de entrenamiento cercano.

Sabía que la verdadera razón por la que el pueblo estaba a salvo no era por sus nuevos y torpes aprendices.

Era por la mujer de la armadura negra que, en ese mismo momento, estaba enseñando a los jóvenes aventureros el verdadero significado de la palabra “lucha”.

—————————————————— En un claro no muy lejos del pueblo, Mael yacía de espaldas sobre la hierba, completamente agotado, mirando el cielo azul mientras intentaba recuperar el aliento.

Cada músculo de su cuerpo protestaba.

Su momento de paz fue interrumpido bruscamente por una sombra que se cernía sobre él, seguida de un “¡Oof!” y el peso aplastante de un guerrero muy grande.

Borin, el corpulento aventurero, había sido lanzado justo encima de él.

—¡Quítate de encima, montaña con patas!

—se quejó Mael, intentando liberarse.

—No es mi culpa —gruñó Borin, rodando a un lado con un gemido—.

Es como intentar luchar contra un Toro Rojo.

La causa de su dolor estaba de pie en el centro del claro.

Era Elysia.

No llevaba su armadura ni su nueva y legendaria espada.

En su lugar, vestía una sencilla túnica de entrenamiento y sostenía nada más que un palo de madera liso.

Y con ese simple palo, los había estado desmantelando durante la última hora.

— levántense ahora —dijo, su voz tranquila pero firme—.

El enemigo no espera a que recuperen el aliento.

Mael se puso de pie con dificultad.

Durante su combate, en un momento de desesperación cuando Elysia había desarmado su estoque por quinta vez, había intentado despertar el poder que la diosa le había dado.

Había cerrado los ojos, concentrándose, suplicando esa calidez, esa fuerza.

Pero no había pasado nada.

Se había sentido tan impotente como siempre.

Fue entonces cuando recordó las últimas palabras de la diosa antes de que la visión se desvaneciera, unas palabras que se habían grabado en su alma.

“El poder que te otorgo no es para ganar.

Es para proteger.” De repente, lo entendió.

Estaba intentando usar el poder para satisfacer su propio ego, para demostrar que era fuerte, para “ganar” un combate de entrenamiento contra Elysia.

“Solo cuando luches por proteger y por lo que es justo, la luz te guiará.” La lección fue una revelación.

Se irguió, no con la arrogancia de un duelista, sino con la calma de alguien que ha encontrado un nuevo propósito.

—Otra vez —dijo Mael, su voz firme.

Elysia ladeó la cabeza, notando el sutil cambio en su postura.

Ya no era un joven desesperado por impresionar.

Era un guerrero que había encontrado su centro.

—Bien —respondió ella, y una casi imperceptible sonrisa de aprobación se dibujó en sus labios—.

Otra vez.

Se preparó.

Mael y Borin se prepararon.

El entrenamiento no había terminado.

Pero para Mael, la verdadera lección acababa de empezar.

No se trataba de cómo ganar una pelea.

Se trataba de por qué luchar.

——————————————————— A un lado del claro, bajo la sombra de un roble, la escena era mucho más pacífica.

Lyra y Elora estaban sentadas sobre una manta, disfrutando de un pequeño picnic de pan, queso y bayas mientras observaban el entrenamiento.

Sus reacciones a la escena eran tan diferentes como sus personalidades.

Elora no estaba simplemente mirando; estaba estudiando.

En su regazo, tenía un cuaderno de cuero abierto.

Con trazos rápidos y precisos de un carboncillo, dibujaba a Elysia, no como una figura heroica, sino como un diagrama anatómico, con flechas indicando sus pivotes y el centro de su equilibrio.

En otra página, había un dibujo detallado de la espada renacida, rodeado de anotaciones febriles sobre lo que había presenciado en la plaza.

“El Aura parece canalizarse a través de las ‘venas’ azules del metal.

¿Actúan como un circuito?

La ‘transformación’ de la armadura sugiere un control psiónico sobre la estructura molecular, no un hechizo de ilusión.

Posibilidad: el metal no es un elemento, es un constructo programable.

Necesito una muestra.

Preguntarle a Zain.” Para ella, Elysia no era una mentora.

Era el rompecabezas más fascinante que jamás había encontrado.

Lyra, por su parte, no estaba tomando notas.

Su atención estaba fija en Mael.

Vio su frustración inicial, su desesperación.

Y luego, vio el cambio.

Vio cómo su postura se enderezaba, cómo la desesperación era reemplazada por una calma resuelta.

Vio a su amigo, el líder a menudo inseguro al que había seguido por lealtad, encontrando un nuevo tipo de fuerza, una que no venía de los músculos, sino de su interior.

Y al verlo, sintió una oleada de algo que no esperaba.

Era orgullo.

Casi orgullosa, una pequeña y cálida sonrisa se formó en sus labios, oculta por el pañuelo que cubría la parte inferior de su rostro.

Y en sus mejillas, también ocultas, apareció un ligero tinte rosado.

Se dio cuenta de que, por primera vez, no estaba mirando a un chico que intentaba ser un líder.

Estaba mirando a un hombre que estaba empezando a convertirse en uno.

Y esa visión, por alguna razón, hizo que su corazón de exploradora misteriosa y reservada latiera un poco más rápido.

——————————————————— El sonido de los entrenamientos en el claro fue interrumpido momentáneamente por un conocido ¡FWOOM!

seguido de un humo violeta, proveniente del taller cercano.

Lyra y Elora ni siquiera se inmutaron.

Ya se estaban acostumbrando.

Dentro del taller, una nube de humo de color lavanda llenaba el aire.

Zain estaba sentado en el suelo, con el pelo chamuscado y el rostro cubierto de una fina capa de polvo morado.

Acababa de volver a causar una explosión en su laboratorio.

—¡Zain, por todos los cielos!

—exclamó una voz exasperada.

Lina estaba arrodillada frente a él, limpiándole la cara con un paño húmedo con la paciencia de una santa que trata con un niño particularmente problemático.

—¡Casi me das un susto de muerte!

¿Qué se supone que estabas haciendo esta vez?

—lo regañó de nuevo, su tono una mezcla de genuina preocupación y un cansancio mañanero.

—Estaba cerca, Lina.

¡Lo juro!

—respondió Zain, tosiendo un poco de polvo morado.

Su frustración no era por la explosión, sino por el fracaso del experimento—.

La teoría es sólida.

Si el Aura de Elysia es una manifestación de la fuerza vital, entonces, en teoría, debería ser posible replicar una versión diluida usando una matriz energética para catalizar la energía latente en la materia orgánica.

Señaló un charco de lo que antes había sido una calabaza, ahora convertida en un puré morado y burbujeante.

—Pero el recipiente de contención no pudo soportar la resonancia.

La energía se desbordó.

De nuevo.

Lina suspiró, terminando de limpiar el hollín de su mejilla.

—En lenguaje normal, Zain.

—Intenté darle “vida” a una calabaza y esta, de forma muy grosera, me explotó en la cara —resumió él con un resoplido.

Estaba intentando recrear otro de sus experimentos relacionados con el Aura de otro mundo de Elysia.

Desde que la había visto en acción, se había obsesionado.

No le bastaba con observarla; necesitaba entenderla, deconstruirla, replicarla.

Era el desafío científico definitivo.

Lina negó con la cabeza, una pequeña sonrisa formándose en sus labios a pesar de su exasperación.

—Un día de estos, te vas a convertir en una calabaza tú mismo —dijo, poniéndose de pie—.

Anda, levanta.

Te he traído el almuerzo.

Y esta vez, intenta comértelo antes de que intentes darle vida.

Zain la miró, luego miró su experimento fallido, y luego la cesta de comida que Lina había dejado en su escritorio ahora limpio.

Por un momento, el brillante académico, el mago de poder oculto, solo parecía un niño al que acababan de pillar haciendo un desastre.

Y con un suspiro de derrota, aceptó que, al menos por ahora, la ciencia tendría que esperar.

El almuerzo era más importante.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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