Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 47
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47: Capitulo 48: Algo se acerca 47: Capitulo 48: Algo se acerca Mientras Zain devoraba el almuerzo que Lina le había traído, ella se sentó frente a él, observándolo en silencio.
Pero su mente estaba en otra parte.
Desde su “sueño” en el cementerio, desde su encuentro con el Dios Protector de la Muerte, había estado teniendo experiencias curiosas.
Pequeñas cosas que no podía explicar.
El otro día, mientras ayudaba a su madre en la panadería, sintió una repentina y extraña “tristeza” proveniente de un jarrón de flores en la ventana.
Al mirarlas, se dio cuenta de que el agua se había acabado y que las flores empezaban a marchitarse, mucho antes de que fuera visible a simple vista.
Llenó el jarrón y, al día siguiente, las flores estaban erguidas de nuevo.
Y ayer, vio al viejo Elbert, el carpintero, caminando por la plaza.
Mientras todos los demás veían a un hombre mayor robusto, Lina sintió una “quietud” a su alrededor, una especie de fragilidad que la alarmó.
Se acercó y, con la excusa de llevarle un pastel, insistió en que volviera a casa y descansara, que parecía cansado.
Esa noche, el viejo Elbert cayó con una fiebre terrible.
Pero gracias a que Lina lo había hecho descansar y lo había abrigado, la enfermedad no fue tan grave como podría haber sido.
No era adivinación.
No veía el futuro.
Era una sensación.
Una afinidad con el ciclo de la vida, la enfermedad y el final.
Sabía cuándo una flor se estaba marchitando.
Sentía cuándo un anciano estaba a punto de enfermar.
Y usó esa extraña intuición para prevenir, en la medida de lo posible, la muerte de la flor o que el anciano se enfermara de gravedad.
Observaba a Zain comer, el genio caótico que había desafiado a la muerte por ella.
Y una pregunta, una que había estado rondando en su mente desde su experiencia, finalmente encontró el valor para salir.
Habló con una timidez inusual, su voz apenas un susurro.
—Zain…
Él levantó la vista de su sándwich, sorprendido por su tono serio.
—¿Sí?
—Tú…
tú que lo estudias todo, que conoces la magia y la ciencia…
—vaciló por un momento—.
¿Crees en los dioses?
La pregunta quedó suspendida en el aire del taller, tan inesperada como una explosión de calabaza, pero infinitamente más profunda.
El mago, el hombre de la lógica y la razón, se quedó en silencio, su sándwich a medio camino de su boca, mientras consideraba una de las pocas preguntas para las que no tenía una respuesta fácil.
—————————————————— Unos días antes.
El mundo era un vasto océano azul.
El sol de mediodía brillaba sobre las olas, y una brisa salada llenaba el aire.
Un robusto barco mercantil, con las velas de la Federación de Kith hinchadas por el viento, se dirigía con paso firme hacia uno de los bulliciosos muelles de la costa oeste.
Su bodega estaba llena de especias exóticas y sedas del sur, y su tripulación trabajaba con la eficiencia relajada de un viaje sin incidentes.
Nadie en la tripulación prestaba mucha atención a la “caravana de mercaderes” que habían contratado como pasajeros.
Parecían inofensivos.
Dentro de uno de los camarotes de pasajeros más grandes, cinco individuos descansaban, cada uno a su manera.
El más llamativo era el hombre sentado en una silla junto al único ojo de buey.
Era el Teniente Graves.
De aspecto cansado, como siempre, limpiaba metódicamente las piezas de su revólver con un paño aceitado, su movimiento preciso y experto.
La luz del sol que entraba por la portilla se reflejaba en el metal grabado.
De vez en cuando, sacaba un reloj de bolsillo de plata, comprobaba la hora y continuaba su trabajo con una calma imperturbable.
Frente a él, sentada en el suelo sobre unos cojines, estaba Elia, la “Empatía”.
Tenía los ojos cerrados y un fino velo de seda negra cubría su cabeza y rostro.
No era parte de su uniforme; era una herramienta personal que le traía calma, un filtro físico que la ayudaba a amortiguar el constante bombardeo de las emociones ajenas.
Comía con suavidad un pequeño trozo de pan, su única forma de bloquear las ansiedades de la ruidosa tripulación del barco.
En un rincón, roncando ruidosamente sobre una pila de cuerdas, estaba Petra, “Ariete”.
Incluso en el sueño, parecía una fuerza de la naturaleza contenida, su pecho subiendo y bajando con un poderío que hacía vibrar ligeramente el suelo de madera.
En la otra esquina, Silas, “Furtivo”, no estaba a la vista.
Pero si uno miraba de cerca, podía ver una ligera distorsión en el aire cerca de una pila de barriles, como el calor que se eleva del asfalto.
Estaba practicando su camuflaje, probablemente mientras intentaba averiguar cómo abrir uno de los barriles de vino sin que nadie se diera cuenta.
Y reclinado contra la pared, completamente ajeno a los demás, estaba Marcus, “El Erudito”.
Leía un pesado tomo encuadernado en piel, pasando las páginas con dedos manchados de tinta y murmurando críticas sobre la “prosa deplorable” del autor.1 Eran cinco personalidades problemáticas, contenidas en un pequeño espacio de madera.
Pero bajo la tranquila supervisión de Graves, eran la unidad de inteligencia más peligrosa del Imperio.
Su destino: un pequeño y olvidado pueblo en el interior.
Su misión: evaluar a dos anomalías que, sin saberlo, ya habían atraído la atención del mundo.
El Teniente Graves cerró su reloj de bolsillo con un suave y definitivo clic.
El sonido, aunque silencioso, fue como un trueno en el pequeño camarote.
Al instante, todo se detuvo.
El ronquido de Petra se cortó con un resoplido ahogado mientras se incorporaba, sus ojos parpadeando para enfocar.
La distorsión en la esquina se desvaneció, revelando a un Silas que parecía ligeramente culpable cerca de los barriles.
Marcus, el Erudito, suspiró con teatralidad y bajó su libro, mirando a Graves por encima de sus gafas.
Y Elia, bajo su velo, abrió los ojos.
—Atención —dijo Graves, su voz tranquila pero llenando la habitación.
Justo en ese momento, alguien llamó a la puerta del camarote.
No fue un golpe tímido, sino dos golpes firmes y seguros.
Toc, toc.
—Adelante —dijo Graves, que claramente lo esperaba.
La puerta se abrió y entró una mujer.
Cerró la puerta detrás de ella, moviéndose con una gracia felina y silenciosa que inmediatamente puso en alerta a Silas.
Era alta y esbelta, con la piel del color del bronceada y una mata de cabello oscuro y rizado cortado justo por encima de los hombros.
Vestía una armadura de cuero endurecido, práctica y sin adornos, con dos dagas de hoja curva en su cinturón.
Pero lo más llamativo eran sus ojos.
Eran de un ámbar intenso, y sus pupilas eran rendijas verticales, como las de un gato.
Era una Vestigio.
Una Aethel.
—Equipo —dijo Graves, sin levantarse—.
Os presento a Nyx.
Nuestra guía y contacto en los Territorios Intermedios.
Nyx asintió, su mirada ambarina recorriendo la habitación, evaluando a cada miembro del equipo con una rapidez depredadora.
Su mirada se detuvo en Petra (el músculo), luego en Marcus (el no combatiente), y finalmente en Silas (el otro profesional de las sombras), con quien intercambió una mirada de mutuo y cauteloso reconocimiento.
—Un placer conocer al famoso equipo del Teniente Graves —dijo, su voz era un ronroneo bajo y tranquilo, pero con un matiz de hierro que sugería que no se impresionaba fácilmente—.
He oído historias.
—Solo las aburridas, espero —respondió Graves con sequedad—.
Nyx.
Pónganos al día sobre la situación en la ruta a Villaclara.
La fase de descanso había terminado.
La misión estaba a punto de comenzar.
Nyx, la Vestigio, dio un paso adelante.
De una bolsa en su cinturón, sacó un cilindro de cuero sellado y se lo entregó a Graves.
—Aquí está todo lo que necesitan para su tapadera —dijo, su voz tranquila—.
Cartas de crédito de un gremio mercante de Kith, rutas seguras y un manifiesto de carga para “artefactos de cerámica Pre-Fractura”.
Es convincente.
Graves rompió el sello y sacó el pergamino enrollado, sus ojos grises escaneando rápidamente la información.
Asintió, satisfecho con la calidad del trabajo.
Entonces, la mujer continuó, su tono volviéndose serio, el de una guía que da una advertencia crucial.
—Pero hay un paso que no pueden saltarse.
Antes de dirigirse tierra adentro, antes de ir directos a Villaclara, deben pasar por el Registro de Mercaderes en el puerto.
Petra, que había estado estirándose, soltó un bufido de desdén.
—¿Papeleo?
¿Para qué necesitamos eso?
Nyx le dedicó una mirada ambarina y afilada.
—Porque ya no están en el Imperio, musculito.
Están a punto de entrar en territorio de la Federación.
Y a la Federación le encantan dos cosas: el dinero y los papeles que demuestran que les has dado tu dinero.
»Si intentan pasar por la Federación como una caravana sin los sellos y licencias adecuados, no enviarán soldados.
Enviarán a los recaudadores del Gremio.
Y creedme, son mucho más minuciosos.
Serán detenidos, su carga será confiscada y su tapadera se deshará antes de que hayan recorrido diez kilómetros.
Marcus, el Erudito, pareció intrigado.
—Una burocracia eficiente.
Fascinante.
—Para pasar sin problemas —concluyó Nyx—, tienen que actuar como lo que fingen ser.
Simples mercaderes.
Eso significa registrarse, pagar las tasas y obtener el sello.
Graves enrolló el pergamino y lo volvió a guardar en el cilindro.
No había duda en su rostro.
La discreción era primordial.
—Lo haremos según las reglas de la Federación —dijo, su voz no dejando lugar a la discusión.
Su mirada recorrió a su equipo—.
Sin excepciones.
Silas, mantén tus manos en tus bolsillos.
Petra, intenta no romper nada.
Marcus, no insultes la inteligencia de los funcionarios.
Y Elia…
mantente cerca.
Se volvió hacia Nyx.
—Gracias.
Su guía ha sido invaluable.
Nyx asintió, una leve sonrisa en sus labios.
—Buena suerte, Teniente.
Y un consejo: sonrían mucho.
A los Gremios les gusta que los mercaderes parezcan felices mientras pagan sus tasas.
Con esa última pieza de sabiduría cínica, se dio la vuelta y, tan silenciosamente como había llegado, salió del camarote, dejando a la Unidad Cero con su próxima e inesperada misión: una batalla contra la burocracia.
🙁
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