Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 49
- Inicio
- Todas las novelas
- Crónicas de un mundo Roto
- Capítulo 49 - 49 Capitulo 50 Presente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
49: Capitulo 50: Presente 49: Capitulo 50: Presente Mientras el Maestro del Gremio movilizaba los recursos de la colmena, Jax y Viviana fueron conducidos a una lujosa suite en los pisos superiores de la sede del gremio.
Era un lugar para descansar antes de su arduo viaje.
Pero “descansar” significaba cosas muy diferentes para cada uno de ellos.
Viviana, incapaz de quedarse quieta, se sentó con las piernas cruzadas en el centro de una alfombra suave.
Cerró los ojos y comenzó a meditar.
Para ella, la meditación no era un ejercicio de calma, sino de enfoque.
Visualizaba su poder, la energía crepitante de la destrucción, como un sol furioso en el centro de su ser.
Estaba afilando su voluntad, puliendo su poder destructivo hasta que fuera tan afilado como su ambición.
Cualquier debilidad, cualquier distracción, debía ser incinerada.
Al otro lado de la habitación, Jax estaba haciendo algo sorprendentemente similar, aunque su método era mucho más mundano.
Estaba sentado en el borde de su cama, puliendo metódicamente el asta de madera de su larga lanza con un paño suave y aceitado.
No había runas en el arma, ni adornos.
Era una lanza simple, casi rústica, con una punta de acero afilada.
Pero la forma en que la manejaba, la forma en que sus manos se deslizaban por la madera con una familiaridad íntima, revelaba una conexión que iba más allá de la de un simple soldado con su herramienta.
Poco después, terminó.
Satisfecho, se recostó en la cama, con un brazo detrás de la cabeza.
Pero su mano nunca dejó la lanza; la apoyó a su lado, sus dedos descansando casualmente sobre el asta.
Eran uno solo.
Hubo un tiempo, hace mucho, cuando era solo un niño asustado aprendiendo a luchar, en el que había llegado a escuchar a su lanza.
No con palabras, sino con un susurro en su alma, una vibración que le decía cuándo moverse, cuándo parar, cuándo golpear.
Era una conexión, una resonancia que había perdido con el tiempo, ahogada por el cinismo y la pereza.
Pero a veces, en momentos de tranquilidad como este, si se concentraba lo suficiente, casi podía volver a sentirlo.
Cerró los ojos, no para dormir, sino para escuchar.
La maga se concentraba en el poder furioso de su interior.
El lancero escuchaba el silencioso latido de su arma.
Dos tipos muy diferentes de poder, a punto de ser desatados en el mismo e desprevenido pueblo.
——————————————————— Mientras Jax y Viviana se preparaban en su suite, una conversación mucho más silenciosa tenía lugar en la oficina privada del Maestro del Gremio.
El hombre corpulento estaba de pie junto a su ventana, mirando el bullicio del puerto.
—El transporte y la escolta estarán listos al amanecer —dijo, sin volverse—.
La Maestra Viviana es…
impaciente.
Asegúrate de que no haya retrasos.
Una sombra se desprendió de la esquina más oscura de la habitación, una esquina que un instante antes había parecido completamente vacía.
La figura que emergió no hizo ningún sonido.
Era alta y delgada, envuelta en una capa de cuero oscuro.
—Entendido, Maestro —respondió una voz que era un siseo bajo y rasposo.
—Tu verdadera misión comienza una vez que salgan del puerto —continuó el Maestro del Gremio—.
El Gremio no puede permitirse volar a ciegas.
La Maestra Viviana es nuestro martillo, pero un martillo sin ojos es inútil.
Tú serás nuestros ojos.
La figura dio un paso hacia un rayo de luz, revelando su rostro por un instante.
Era un Vestigio, pero no como Nyx.
Este tenía la piel pálida y sin vello, con una estructura ósea que recordaba sutilmente a la cabeza de una serpiente.
Sus ojos no tenían párpados visibles, y su lengua se movió rápidamente, probando el aire.
Era un Viperino, un linaje de Vestigios conocido por su sigilo y su afinidad con los venenos.
—Quiero que sigas a la caravana imperial —ordenó el Maestro del Gremio—.
No te enfrentes a ellos.
No dejes que te vean.
Simplemente observa.
Averigua quiénes son, cuáles son sus capacidades y qué descubren.
El Vestigio Viperino asintió.
—Y si se acercan demasiado a los activos principales…
¿a la guerrera y al mago?
El Maestro del Gremio se giró, una sonrisa astuta en su rostro.
—Entonces…
retrásalos.
Crea distracciones.
Causa problemas.
Asegúrate de que nuestro equipo llegue primero.
El Gremio Insecto siempre conoce los secretos antes que nadie.
Es la base de nuestro negocio.
El Viperino asintió de nuevo, retrocedió hacia las sombras y simplemente desapareció.
El Maestro del Gremio se quedó solo, mirando el puerto.
El Imperio había movido una pieza.
La Federación había movido dos.
Y él acababa de mover una tercera, una serpiente silenciosa en la hierba.
——————————————————— Villaclara, Presente.
La puerta de la posada “El Jabalí Risueño” se abrió de golpe, atrayendo la atención de los pocos clientes que tomaban una cerveza casi a media tarde.
Una mujer muy bien conocida ya por el pueblo de Villaclara entró, su presencia llenando el lugar.
Era Elysia.
No llevaba su armadura, sino su ropa de entrenamiento, y no venía sola.
Cargaba sin esfuerzo aparente a Borin por el cuello de su túnica con una mano, mientras con la otra arrastraba a un Mael que apenas podía mantenerse en pie.
Ambos hombres gemían de dolor, cubiertos de sudor y con la dignidad por los suelos, después de haber sido derrotados una vez más por Elysia con un simple palo de madera.
Los dejó caer sin mucha ceremonia en las sillas de su mesa habitual.
—Ay…
mi orgullo…
—murmuró Borin, desplomándose sobre la mesa.
Un mesero se acercó, ya acostumbrado a estas extrañas escenas.
—¿Lo de siempre, Señora Elysia?
—preguntó.
—Doble ración para ellos —ordenó Elysia, señalando a los dos guerreros derrotados—.
Un guiso alto en nutrientes.
Necesitan reponer fuerzas.
Y también para las chicas.
Se refería a Lyra y a Elora, que ya estaban sentadas en la mesa, esperando a sus compañeros.
En cuanto Elysia se sentó, ambas empezaron a regañar a los hombres.
—se los advertimos —dijo Elora, sin levantar la vista de su libro—.
Dijisteis: “Hoy es el día.
Hoy al menos conseguiremos darle un golpe”.
—Y así fue —añadió Lyra, su voz seca como el polvo—.
Con vuestras caras.
Cuando caísteis al suelo.
Mael y Borin solo pudieron gemir en respuesta a su orgullo tonto.
Elysia se sentó con ellos, su expresión seria pero no cruel.
Esperó a que el mesero trajera las jarras de agua y luego les dio sus palabras de apoyo, mezcladas con una crítica honesta sobre sus resultados.
—Habéis mejorado —comenzó, y los dos hombres se irguieron un poco—.
Vuestra coordinación es mejor.
Borin, estás aprendiendo a usar tu peso en lugar de solo tu fuerza.
Mael, tu juego de pies es más rápido.
Una chispa de orgullo apareció en los ojos de los jóvenes.
—Pero —continuó, y esa chispa se extinguió—, seguís luchando como si estuvieran en una justa.
Esperándo que vuestro oponente siga unas reglas.
Un demonio no tiene reglas.
Una bestia corrupta no tiene honor.
Atacáis lo que veis, no lo que no veis.
Se inclinó hacia adelante, su mirada gris clavándose en ellos.
—La batalla se gana aquí —dijo, tocándose la sien con un dedo—, no aquí —añadió, señalando sus brazos—.
Hasta que no entendáis eso, seguiréis perdiendo contra un palo de madera.
Los aventureros se quedaron en silencio, absorbiendo la dura pero valiosa lección.
La camaradería en la mesa era la de un equipo, forjada en el sudor y la derrota compartida.
Pero mientras compartían este momento de calma, una sombra se cernió sobre la entrada de la posada.
La puerta se abrió, y el sonido de las botas de un viajero sobre la madera silenció las conversaciones.
Todos se giraron para mirar.
En el umbral, recortado contra la luz del sol de la tarde, estaba un hombre.
Era alto, de aspecto cansado, con el cabello oscuro y unos ojos grises que parecían verlo todo.
Era el Teniente Graves o mejor dicho un simple mercader.
Y acababa de encontrar a uno de sus objetivos.
Este fue seguido por dos individuos más.
Una era una mujer corpulenta de cabello rojo fuego, cuya mera presencia parecía irradiar una energía inquieta.
El otro, un hombre mayor con gafas y el aire distraído de un erudito.
No hicieron una entrada dramática.
Pasaron casualmente por el lugar, sus miradas barriendo la sala común con una rapidez casi imperceptible antes de dirigirse a una mesa vacía en un rincón oscuro.
Se sentaron sin hacer mucho ruido, como viajeros cansados que solo buscan un momento de descanso.
El mesero se acercó para atenderlos, y ellos ordenaron bebidas en voz baja.
La mayoría de los clientes de la posada apenas se fijaron en ellos.
Eran solo otra pequeña caravana de mercaderes o viajeros de paso.
Pero Lyra, cuya vida como exploradora dependía de notar los detalles que otros pasaban por alto, sintió un ligero escalofrío.
Había algo en su calma, en la forma en que se sentaron (no relajados, sino en posiciones que cubrían todas las salidas), que no encajaba.
Elysia también los notó.
Su mirada se cruzó por una fracción de segundo con la del hombre de aspecto cansado.
No hubo hostilidad en su mirada, solo una tranquila y mutua evaluación.
Como dos depredadores reconociendo la presencia de otro en el mismo territorio.
Mael, Elora y Borin, sin embargo, estaban demasiado absortos en su propia fatiga y en la lección de Elysia como para prestarles atención.
La conversación en su mesa se reanudó, pero el ambiente en la posada había cambiado sutilmente.
Sin que nadie lo supiera, las piezas habían sido colocadas.
El equipo de Elysia, forjado en la amistad y el entrenamiento.
Y el equipo de Graves, unido por el deber y los secretos.
Dos grupos, sentados en la misma habitación, separados por apenas unos metros de suelo de madera.
Y en el centro de todo, un misterio que ambos bandos estaban desesperados por resolver.
El juego del gato y el ratón había comenzado, y ninguno de los ratones sabía todavía que estaba siendo cazado.
Pero nadie podria aver adivinado lo vendría después.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com