Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 50
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- Capítulo 50 - 50 Capitulo 51 Sangre
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50: Capitulo 51: Sangre 50: Capitulo 51: Sangre Mientras Graves, Petra y Marcus establecían su puesto de observación dentro de la posada, la operación continuaba en el exterior.
Aparcada discretamente al final de la calle, había una caravana de mercaderes, aparentemente normal.
Dos caballos cansados mascaban heno en silencio.
Pero dentro del carro principal, cubierto por una lona gruesa, dos personas esperaban órdenes.
Eran Elia, la “Empatía”, y Silas, el “Furtivo”.
Y no estaban solos.
Apoyada contra la rueda del carro, afilando una de sus dagas curvas con una piedra de afilar, estaba Nyx, la Vestigio felina.
Un ligero clic sonó desde un pequeño comunicador rúnico que Silas sostenía en la mano.
Era la señal de Graves: “Objetivo localizado.
Procedan con la vigilancia secundaria”.
Silas sonrió, sus ojos brillando con anticipación.
—Bueno, parece que me toca —dijo en un susurro, guardando el comunicador—.
Empezaré con mi parte.
Iré a buscar al “brillante”…
digo, al mago.
Y observaré.
Se preparó para deslizarse fuera del carro.
—Ten cuidado, Silas —dijo Elia, sin abrir los ojos.
Estaba sentada en el suelo del carro, con su velo negro sobre la cabeza, ya en un estado de meditación—.
Las emociones en este pueblo…
son complicadas.
Hay una capa de gratitud y esperanza, pero debajo…
mucho miedo.
Y secreto.
—El miedo y los secretos son mi especialidad, querida —respondió Silas con una sonrisa pícara.
Y con eso, se deslizó por la parte trasera del carro y desapareció, fundiéndose con las sombras del atardecer como si nunca hubiera estado allí.
Elia permaneció con los ojos cerrados, comenzando a expandir su poder con cuidado, no para leer pensamientos, sino para sentir el flujo emocional de la posada desde la distancia, actuando como un sistema de alerta temprana.
Nyx, que había estado observando en silencio, se acercó a la parte trasera del carro.
No entró, pero su presencia era una promesa de protección.
—¿Estás bien?
—preguntó Nyx, su voz un ronroneo bajo.
—Lo estaré —respondió Elia—.
Mientras no haya…
demasiados gritos.
La felina asintió y se quedó a su lado, una guardiana silenciosa.
Tenía sus propias órdenes de Graves: proteger a la activo más vulnerable del equipo.
La red se estaba tejiendo alrededor de Villaclara.
El martillo y el erudito estaban dentro, observando.
El ladrón estaba en las calles, cazando.
Y la empática vigilaba desde fuera, protegida por una depredadora.
Cada pieza de la Unidad Cero estaba en su lugar.
——————————————————— El mesero se acercó a la mesa de la esquina, dejando tres jarras de cerveza y un plato de carne asada.
—Aquí tienen.
Si necesitan algo más, solo tenéis que gritar —dijo con una sonrisa antes de retirarse.
Mientras el mesero se alejaba, Marcus, el Erudito, que había estado jugueteando con algo bajo la mesa, hizo un gesto casi imperceptible.
—La la barrera silenciosa está activa —murmuró, su voz apenas un susurro.
Con cuidado, había activado un pequeño dispositivo rúnico pegado a la parte inferior de la mesa.
No silenciaba por completo sus voces, pero las distorsionaba, convirtiendo cualquier conversación en un murmullo ininteligible para cualquiera que estuviera a más de un metro de distancia.
Era seguro hablar.
—Bien hecho, Marcus —dijo Graves en voz baja.
Tomó un sorbo de su cerveza, sus ojos grises nunca dejando de observar la mesa de Elysia.
Petra, que había estado mirando fijamente al otro grupo con una intensidad depredadora, no pudo contenerse más.
—Entonces, ¿es ella?
—preguntó, su voz un retumbo bajo que el dispositivo luchaba por enmascarar—.
¿La mujer de la armadura negra de la que hablan los informes?
¿La que partió la bestia y los edificios?
—Los informes preliminares y la descripción coinciden —confirmó Graves con calma—.
Objetivo primario, designación: “Valquiria”.
La mirada de Petra se desvió hacia Elora, que estaba enfrascada en una animada discusión teórica con Mael sobre su entrenamiento.
—¿Y la otra?
¿La joven maga?
—continuó Petra—.
¿Ella es la segunda anomalía?
Graves negó con la cabeza.
—Negativo.
La maga es local.
Una aventurera de bajo nivel, probablemente Nivel 7.
Interesante por su asociación con los objetivos, pero no es una prioridad.
»El objetivo secundario —dijo Graves, y su mirada se desvió de Elysia al pueblo, como si pudiera ver a través de las paredes hasta el taller—, es el mago, “Ermitaño”.
Silas se está encargando de la vigilancia inicial.
Petra pareció decepcionada.
—Así que solo la Valquiria es una amenaza de combate.
Y está sentada ahí, comiendo guiso.
No parece tan dura.
Graves dejó su jarra en la mesa con un suave golpe, un sonido que hizo que Petra se callara al instante.
—Nuestras órdenes son claras —dijo, su voz fría y afilada—.
Observar.
Evaluar.
No iniciar contacto.
No provocar.
La “Valquiria” neutralizó a dos matones entrenados sin usar su arma y desmanteló una bestia corrupta de clase-gamma en segundos.
Subestimarla es el último error que cometerás.
Su mirada recorrió a sus dos subordinados.
—Esta no es una misión de fuerza bruta.
Es una misión de inteligencia.
Y vamos a llevarla a cabo con la precisión que indica el manual, no con la sutileza de un…
—miró a Petra— …ariete.
¿Entendido?
Petra asintió a regañantes, aunque sus ojos nunca dejaron de medir a la tranquila guerrera al otro lado de la habitación.
Para ella, no era una misión.
Era un desafío.
Y estaba ansiosa por ver quién se rompería primero.
——————————————————— Al otro lado de la habitación, Elysia podía sentirlo.
Era una sensación familiar, como el cosquilleo en la nuca antes de una emboscada.
Una mirada.
Intensa, persistente, evaluadora.
Venía de la mujer de cabello rojo en la mesa del rincón.
Elysia no era ajena a ese tipo de miradas.
No le dio mucha importancia.
De hecho, casi le provocó una sonrisa melancólica.
Le recordaba a una vieja amiga de su orden.
A Brienne, “la Indomable”.
Una guerrera tan fuerte como una montaña y el doble de terca.
Brienne siempre la había mirado así, con esa misma mezcla de desafío y respeto, siempre intentando provocarla para un duelo amistoso, para probar su fuerza contra la de la Caballero-Comandante.
Una amiga que había muerto en los muros de la capital, dando su vida por su reino.
El recuerdo fue una punzada, un dolor sordo y familiar en su pecho.
Apartó la mirada de la mesa del rincón, dejando que la mujer de rojo la observara todo lo que quisiera.
Ya no tenía la energía para tales rivalidades.
En su lugar, se giró para mirar al grupo que tenía delante.
Vio a Mael, que ahora hablaba con pasión sobre la nueva técnica de bloqueo que ella le había enseñado.
Vio a Borin, que se reía de un chiste, su rostro todavía magullado pero lleno de vida.
Vio a Elora, corrigiendo a Mael en un punto teórico, y a Lyra, observando a todos en silencio con una pequeña sonrisa oculta.
Eran jóvenes.
Inexpertos a sus ojos.
Llenos de un potencial que apenas empezaban a comprender.
Los miró con nostalgia.
Por un momento, no estaba en una posada de Villaclara.
Estaba de nuevo en el gran comedor de la fortaleza de la Orden del Alba, después de una victoria, rodeada de sus caballeros.
Escuchando sus alardes, sus risas, sus quejas.
Viendo sus rostros, tan llenos de vida y de un futuro que el Rey Demonio les había robado.
Una sensación agridulce la invadió.
Se sentía vieja.
Se sentía como una reliquia de una guerra olvidada, sentada entre los niños de un verano que ella nunca había conocido.
Pero mientras los veía reír, se dio cuenta de algo.
Quizás este era su nuevo propósito.
No liderar un ejército en una gran guerra.
Sino asegurarse, en este pequeño y tranquilo rincón del universo, de que estos jóvenes tuvieran la oportunidad de crecer y de reír un día más.
Era un deber más pequeño.
Pero quizás, de una forma que aún no entendía, era igual de importante.
Una pequeña y casi imperceptible sonrisa se dibujó en los labios de Elysia, una expresión de melancolía y una nueva y extraña paz.
Quizás este era su nuevo propósito.
Entonces…
¡Latido!
Fue una sensación.
Un único y poderoso latido fuera de ritmo en su pecho, como si su corazón hubiera sido golpeado por un martillo invisible.
Un mareo repentino la asaltó.
El ruidoso comedor de la posada pareció alejarse, los sonidos distorsionándose como si estuviera bajo el agua.
El mundo se inclinó sobre su eje.
Y luego, una tos fuerte y espasmódica le subió por la garganta, incontrolable.
Se cubrió instintivamente la boca con las manos, doblando su cuerpo hacia adelante, tratando de sofocar el sonido.
La animada conversación en la mesa se detuvo al instante.
—¿Elysia?
—preguntó Mael, la preocupación borrando la sonrisa de su rostro—.
¿Estás bien?
—Señora Elysia, ¿se ha atragantado?
—dijo Borin, inclinándose hacia ella con torpeza.
Elysia no pudo responder.
La tos sacudió todo su cuerpo, una, dos veces.
Finalmente, el espasmo pasó, dejándola sin aliento y con el pecho dolorido.
Lentamente, se enderezó.
—Estoy…
estoy bien —dijo, su voz ronca y débil.
Pero cuando Elysia bajó las manos de su boca, el corazón de todos en la mesa se detuvo.
Sus manos estaban cubiertas de sangre.
Un rojo oscuro y vibrante que contrastaba terriblemente con la palidez de su piel.
Se quedó mirando la sangre en sus propias manos, su mente de guerrera luchando por comprender.
No había sido herida.
No había sido envenenada.
Esto…
esto venía de dentro.
Al otro lado de la habitación, en la mesa del rincón, el Teniente Graves dejó su jarra.
Su expresión seguía siendo neutral pero más alerta.
Petra se inclinó hacia adelante, su instinto de lucha gritándole que algo estaba terriblemente mal.
Marcus se ajusto las gafas para mirar mejor.
El juego del gato y el ratón se había detenido antes de empezar.
La misión de vigilancia seguía en pie más alerta que antes.
La Valquiria, el objetivo invencible, el monstruo de poder desconocido…
Estaba sangrando.
Y nadie, ni siquiera ella, sabía por qué.
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