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Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 51

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  4. Capítulo 51 - 51 Capitulo 52 El Que Empezó Todo
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51: Capitulo 52: El Que Empezó Todo 51: Capitulo 52: El Que Empezó Todo (Esta escena transcurre al mismo tiempo que los contecimientos en la posada) El aire en el taller de Zain estaba cargado, de una tensión intelectual.

Estaba sentado frente a Lina, su pluma rascando furiosamente el pergamino mientras ella, con paciencia, terminaba de contarle su experiencia.

—…y simplemente…

se sentía en paz —concluyó Lina, describiendo su visión bajo el árbol infinito—.

No era aterrador.

Era…

tranquilo.

Y desde entonces, he tenido estas…

sensaciones.

Zain dejó de escribir.

Se reclinó en su silla, mirando sus notas.

“¿Árbol de la Reencarnación?”.

“¿Afinidad con el concepto del final?”.

“¿Sentir la ‘inquietud’ en los enfermos?”.

Estaba escuchando un fantástico cuento de hadas.

Y lo estaba documentando con la seriedad de un informe de campo.

—Fascinante —dijo Zain, su tono era el de un biólogo que acaba de escuchar a alguien describir un unicornio—.

Una alucinación inducida por el estrés postraumático, probablemente desencadenada por el ambiente del cementerio y los eventos antes de eso, que ha creado una especie de histeria somática.

Una hipersensibilidad psicológica a los signos de decadencia.

Lina frunció el ceño.

—¿Histeria?

Zain, te digo que fue real.

—”Real” es un término subjetivo, Lina —replicó él, volviendo a sus notas—.

Lo que experimentaste fue, sin duda, real para ti.

Pero atribuirlo a una deidad literal del “descanso eterno” de otro plano dimensional…

es una conclusión que carece de evidencia empírica.

—¿Y lo de Mael?

—preguntó ella—.

¡Me contó que el también tuvo una visión!

—La histeria colectiva es un fenómeno bien documentado —dijo Zain con aire de suficiencia.

Estaba siendo exasperante.

Estaba tomando sus experiencias profundas y transformadoras y reduciéndolas a notas a pie de página en su investigación.

Lina suspiró, sintiendo que estaba hablando con una pared.

—No esperaba que lo entendieras.

Solo quería…

contártelo.

Zain levantó la vista de sus notas, y por un momento, el mago vaciló, dejando ver a un amigo, aunque fuera uno torpe.

—Lo aprecio, Lina.

De verdad —dijo, su tono un poco más suave—.

Y no descarto tus datos.

Simplemente, los clasifico como “anómalos, de origen no verificado”.

Se levantó y se dirigió a una de las mesas de trabajo, donde descansaba el fragmento original de la espada de Elysia, el trozo de la hoja rota que no habían usado en la reparación.

—Si hay “poderes divinos” en juego, la evidencia no estará en los sentimientos, sino en los artefactos —dijo, cogiendo su lupa arcana—.

La conexión de Elysia con sus supuestas “deidades” es la única variable tangible que podemos medir.

Si su poder ha cambiado, este metal…

Se detuvo.

Acercó la lupa al fragmento de metal.

A través de la lente encantada, no vio el habitual y sereno pulso azul del Aura de Elysia.

Vio algo más.

Las líneas de energía en el interior del metal estaban…

parpadeando.

Se contraían y se atenuaban, como el pulso de un hombre moribundo.

El brillo azul estaba siendo consumido por una oscuridad interior, una especie de corrupción que no era púrpura, sino de un gris muerto.

—¿Zain?

—preguntó Lina, preocupada por su repentino silencio.

—No puede ser…

—murmuró Zain, su rostro palideciendo—.

La estructura energética se está…

desintegrando.

Es como si estuviera sufriendo una necrosis entrópica a nivel cuántico.

Está cambiando…

muriendo.

Y en ese instante, su cerebro de genio conectó los puntos con una claridad aterradora.

El vínculo psiónico.

La armadura como extensión de la voluntad.

El Aura como manifestación de la fuerza vital.

No eran sistemas separados.

Estaban intrínsecamente conectados.

Si la fuente de su poder, el vínculo de su existencia en este mundo, el metal de su tierra natal, estaba muriendo…

—Oh, no —susurró Zain, sus ojos muy abiertos por el horror.

Se giró bruscamente, a punto de gritarle a Lina que tenían que encontrar a Elysia de inmediato.

Pero fue demasiado tarde.

En ese preciso momento, desde la dirección de la plaza, escucharon el primer grito de pánico.

Pero fue entonces cuando dos cosas sucedieron al mismo tiempo.

Primero, un grito ahogado de Lina llamó su atención.

No estaba mirando a Zain, sino a la esquina del taller.

Zain siguió su mirada.

Y lo que vio confirmó su peor temor.

La espada renacida de Elysia, que ella había dejado apoyada contra la pared, y las piezas de su armadura que estaban en el suelo…

estaban cambiando.

El gris tormentoso de la hoja y el negro profundo de la armadura empezaron a tornarse de un color más opaco, más ceniciento.

Perdían su brillo, su vitalidad, como una planta que se marchita ante sus ojos.

Las finas líneas azules que normalmente pulsaban con una luz suave ahora eran apenas visibles, parpadeando débilmente como las últimas brasas de un fuego moribundo.

El metal estaba muriendo.

Y se llevaba la esencia de Elysia con él.

Y lo segundo que pasó fue aún más extraño.

Lina se llevó una mano a la cabeza, sus ojos muy abiertos, su rostro pálido.

—Lo siento…

—susurró, su voz temblorosa.

—¿Lina?

¿Qué sientes?

—preguntó Zain, acercándose a ella, temiendo que estuviera teniendo algún tipo de ataque.

—Un susurro…

—dijo ella, su mirada perdida—.

Un susurro que ya había escuchado antes.

En mi sueño.

Zain se quedó helado.

—¿Qué dice?

—preguntó, su mente científica luchando contra la terrible posibilidad.

Lina cerró los ojos, concentrándose.

—Dice…

—su voz era apenas audible—.

“Una luz…

se está apagando, la oscuridad está llegando.” En ese preciso instante, desde la dirección de la plaza, el primer grito de pánico atravesó el aire, seguido de más, creando un coro de terror que se extendía por todo Villaclara.

Zain y Lina se miraron, el horror reflejado en los ojos del otro.

La crisis en la posada y el descubrimiento en el taller no eran eventos separados.

Eran dos caras de la misma y terrible moneda.

La heroína del pueblo, la caballero de otro mundo, se estaba muriendo.

Y el Dios de la Muerte, a través de su nueva y reacia oyente, acababa de anunciarlo.

——————————————————— (De vuelta en la posada, momentos después del colapso de Elysia) El caos estalló en la posada.

—¡Necesita un sanador!

¡Ayuda!

—gritó Mael, intentando acercarse a Elysia, que se había desplomado en su silla, tosiendo violentamente.

Él y Borin intentaron ayudarla, ponerla de pie.

Pero en el momento en que sus manos tocaron sus hombros, ocurrió una escena de terror.

¡VWOOM!

Una onda de choque visible, no de luz o de fuerza, sino de pura oscuridad y desesperación, salió despedida del cuerpo de Elysia.

No fue un ataque intencionado; fue un espasmo, un reflejo de la agonía que sentía por dentro.

Mael, Borin y Elora, que estaban más cerca, fueron lanzados hacia atrás como si los hubiera golpeado una ola invisible.

No los hirió físicamente, pero los golpeó con una sensación de frío abrumador y una desesperanza tan profunda que les robó el aliento.

Tuvieron que retroceder, sus rostros pálidos por el shock.

—¿Qué…

qué fue eso?

—jadeó Mael desde el suelo.

Observaron con horror cómo el cuerpo de Elysia comenzaba a cambiar.

En su piel visible, en su cuello y en sus manos, empezaron a crecer finas líneas negras, como grietas en la porcelana.

Eran marcas de energía oscura, idénticas a las que habían visto en las bestias corruptas, pero en lugar de ser púrpuras, eran de una negrura absoluta.

La corrupción no la estaba atacando desde fuera.

Estaba naciendo desde dentro.

Al otro lado de la sala, en la mesa del rincón, el Teniente Graves ya estaba en movimiento.

La situación había pasado de “vigilancia” a “crisis de nivel alto”.

—¡Petra, prepara una barricada!

¡No dejes que nadie se acerque!

—ordenó.

La Rompemagia asintió, volcando su pesada mesa de madera para crear una barrera improvisada—.

¡Marcus, analiza el fenómeno!

¡Quiero saber qué es esa energía!

Graves activó su comunicador rúnico, su rostro una máscara de fría urgencia.

—Elia, ¿me recibes?

¿Puedes sentir esto?

¡Dame una lectura psiónica del objetivo!

Hubo un momento de estática.

Pero la voz que respondió no fue la de la empática.

Fue el ronroneo bajo y tenso de Nyx.

“Teniente,” dijo la voz de la Vestigio, y había una nota de genuina alarma en ella.

“La Empatía está fuera de combate.

Se desmayó.” Graves se quedó helado.

—¿Qué?

¿Cómo?

“Justo antes de que todo estallara.

Dijo…

dijo que sentía un ‘vacío’.

Un ‘agujero’ donde debería haber un alma.

Y luego…

simplemente se desplomó.” Graves miró a la mujer que ahora se retorcía en su silla, rodeada por un aura de desesperación palpable.

La energía que emanaba de ella era tan potente, tan antinatural a la vida, que había noqueado a su telépata a distancia.

Su mente de estratega llegó a una conclusión aterradora.

No estaban observando a un objetivo enfermo.

Estaban observando una bomba.

——————————————————— El mundo exterior se había desvanecido.

El dolor, la tos, los gritos de sus nuevos amigos…

todo se había disuelto en silencio.

Elysia flotaba en un espacio vacío.

Una nada negra y sin fin que era a la vez fría y opresiva.

No había arriba ni abajo, ni luz ni sonido.

Era el olvido.

El lugar al que la habían amenazado con enviar.

Pero no estaba sola.

Una voz resonó en el vacío.

No era una voz que oyera con sus oídos, sino una que sentía en cada fibra de su ser, un veneno que se deslizaba directamente en su alma.

“Elysia.

Caballero-Comandante de la Orden del Alba.” La voz era macabra, burlona y terriblemente familiar.

Era una voz que odiaba desde lo profundo de su alma, una voz que había perseguido sus pesadillas desde la caída de su reino.

Una figura comenzó a tomar forma en la oscuridad frente a ella.

Hecha de sombras y de los bordes rotos de sus propios recuerdos.

Cuernos curvos.

Ojos que ardían con una luz maliciosa.

Una sonrisa cruel.

Era Valak, el Señor de los Demonios.

—¿Sorprendida de verme, pequeña caballero?

—dijo la aparición, su voz goteando un falso consuelo—.

No deberías.

¿Realmente pensaste que te dejaría escapar tan fácilmente?

Elysia intentó moverse, invocar su Aura, sacar su espada.

Pero no tenía cuerpo.

No tenía poder.

Aquí, en su propio subconsciente, era impotente.

—¿Qué…

qué es esto?

¿Dónde estoy?

—logró “pensar”, su voz un eco en la nada.

—Estás en casa —respondió Valak con una risa cruel—.

O, más exactamente, en la semilla de tu hogar que planté dentro de ti.

¿Creíste que mi último ataque fue un simple hechizo de destierro?

¡Qué ingenua!

Fue un regalo.

Una pequeña parte de mi esencia.

Una semilla de corrupción vinculada a tu propia alma a través de tu preciosa armadura.

Imágenes destellaron en la mente de Elysia: la esfera de antimateria golpeándola, la sensación de ser desgarrada.

—Mientras tu voluntad fuera fuerte, mientras tu conexión con este nuevo mundo fuera débil, mi regalo permanecería latente —explicó el demonio, rodeándola como un tiburón—.

Pero has empezado a echar raíces aquí, ¿no es así?

Has encontrado…

amigos.

Un propósito.

Has empezado a olvidar.

Y a medida que tu viejo mundo se desvanece, el vínculo con tus compañeros caballeros, tu existencia, se debilita.

Se detuvo frente a ella, su rostro fantasmal a centímetros del de ella.

—Y a medida que se debilita, mi semilla crece.

Se alimenta de tu fuerza vital.

Te consume desde dentro.

La corrupción que combatiste toda tu vida…

ahora eres tú.

El Señor de los Demonios extendió una mano sombría.

—Pronto, no quedará nada de la noble Elysia.

Solo un cascarón.

Una puerta de entrada.

Y a través de ti, mi influencia finalmente tocará este nuevo y virgen mundo.

La desesperación, más fría y profunda que cualquier herida física, comenzó a inundar a Elysia.

Estaba atrapada.

Y su propio cuerpo se estaba convirtiendo en el arma de su mayor enemigo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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