Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 53
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- Capítulo 53 - 53 Capitulo 54 La oscuridad y El fin de todo
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53: Capitulo 54: La oscuridad y El fin de todo 53: Capitulo 54: La oscuridad y El fin de todo En el instante en que Elysia/Valak cayó al suelo, la siguiente fase del plan se puso en marcha.
—¡Petra, ahora!
—gritó Marcus, el Erudito.
Ya no estaba mirando por su monóculo.
De una bolsa en su cinturón, le lanzó a Petra un objeto metálico, no más grande que una manzana.
Parecía un rompecabezas de latón, cubierto de runas y engranajes.
Petra lo atrapó al vuelo con una mano, su rostro una máscara de concentración.
Con un rugido, y sin dudarlo un instante, lo lanzó con todas sus fuerzas.
El artefacto voló por el aire, pasando justo por encima de un Valak que se estaba recomponiendo en el suelo, y aterrizó con un clic metálico en el suelo, justo detrás de él.
Valak se giró, su sonrisa demoníaca llena de fastidio.
—¿Más juguetes?
—¡Activar!
—gritó Marcus.
El artefacto se activó.
Con un zumbido agudo, se desplegó.
Finos filamentos de energía plateada salieron disparados de él, clavándose en el suelo y las paredes circundantes.
En menos de un segundo, una red de energía se tejió en el aire, formando una cúpula brillante, una jaula de luz pura que encerró por completo a la poseída Elysia.
El plan había funcionado.
El objetivo estaba contenido.
Desde el interior de la jaula de energía, Valak se puso de pie lentamente, sacudiéndose el polvo.
Observó las barras de luz crepitante que lo rodeaban.
Luego miró a Graves, que seguía apuntando con su revólver.
Miró a Petra, que jadeaba un poco por el esfuerzo.
Y miró a Marcus, que ahora tomaba notas con una satisfacción académica.
Y entonces, Valak volvió a reír.
Era una risa de genuino y absoluto deleite.
“Oh, esto es maravilloso,” dijo la voz distorsionada.
“Trampas.
Tácticas.
Artefactos.
Sin duda, me gustan las personas de este nuevo mundo.” Levantó una mano, las marcas negras en su piel pulsando con un poder oscuro.
Y con una calma aterradora, tocó una de las barras de energía de la jaula.
La luz plateada chisporroteó violentamente, pero en lugar de repelerlo, la energía oscura de su mano comenzó a…
consumirla.
La barra de luz se oscureció, volviéndose gris y sin vida, como el metal de la armadura de Elysia.
“Son juguetes muy entretenidos,” continuó, mientras la jaula comenzaba a fallar.
“Pero yo no soy un niño.” La trampa, la obra maestra de la tecnología del Imperio, estaba siendo desmantelada desde dentro por una fuerza que no obedecía a ninguna de sus reglas.
La jaula de energía parpadeaba, a punto de colapsar bajo el asalto consumidor de Valak.
La expresión de confianza de Graves y Marcus comenzó a flaquear.
Su mejor herramienta de contención, su plan perfecto, estaba fallando.
Fue entonces cuando se escuchó un sonido.
El alegre y solitario chirrido de un grillo.
Chirp.
Todos se quedaron helados.
Valak, que estaba a punto de romper la última barra de energía, detuvo su mano.
Miró hacia abajo.
En el suelo de la posada, a solo unos centímetros de la bota de Elysia, estaba Pepe el grillo.
Valak lo miró, confundido, una expresión de genuina perplejidad cruzando el rostro poseído de Elysia.
¿Un insecto?
Chirp-CHIRP.
Y luego, el grillo brilló.
Una luz dorada, pura y abrumadora, estalló desde el pequeño insecto, mucho más intensa que la luz plateada de la jaula.
Fue luz, una que parecía doblar el espacio y el tiempo a su alrededor.
Por un instante, la posada entera desapareció, reemplazada por un vórtice de luz dorada.
Y en el siguiente parpadeo, la luz se desvaneció.
Y tanto Valak, en el cuerpo de Elysia, como el pequeño grillo, habían desaparecido del lugar.
La jaula de energía, ahora sin nada que contener, se apagó con un gemido.
Los miembros de la Unidad Cero, Mael y su grupo, todos, se quedaron mirando el espacio vacío, en un silencio absoluto y atónito.
——————————————————— Con un destello de luz dorada, Elysia se materializó en medio de una habitación oscura, tropezando por la desorientación del viaje instantáneo.
Era el taller de Zain.
Pero no estaba como siempre.
Todas las persianas de metal estaban bajadas.
Y el suelo…
el suelo era un laberinto de círculos rúnicos interconectados, todos brillando con una luz plateada y fría.
En el centro de la habitación, de pie en el nexo de la red de runas, estaba Zain.
No parecía ni cansado ni asustado.
Sus ojos rojos, con las X de estrella moribunda brillando de nuevo, estaban fijos en ella con una intensidad glacial.
Pepe el grillo aterrizó suavemente en su hombro, habiendo cumplido su misión.
—Asi que tú eres Valak —dijo Zain, su voz con un doble eco resonando en la habitación sellada—.
O como sea que te llames.
Te pediría amablemente que salieras del cuerpo de mi amiga.
Valak miró a su alrededor, a la compleja red de poder en la que había sido atrapado.
“Un círculo de sellado…
Y magia de teletransporte activado por un familiar,” dijo, su voz llena de un nuevo y genuino interés.
“Eres mucho más de lo que pareces, pequeño mago.” —Siempre me lo dicen —respondió Zain—.
Pero este no es un simple círculo de sellado.
Es algo un poco más…
particular.
Levantó una mano, y las runas en el suelo brillaron con más fuerza.
El cuerpo de Elysia de repente se sintió increíblemente pesado, como si la gravedad se hubiera multiplicado por diez.
—Esto, mi indeseado invitado —explicó Zain con una sonrisa que no contenía ni una pizca de calor—, es un Círculo de Supresión de Entidades.
Diseñado específicamente para separar a parásitos etéreos de sus anfitriones.
Una de mis primeras creaciones.
Nunca había tenido la oportunidad de probarlo en un sujeto vivo.
Te agradezco la oportunidad.
“¡Un Círculo de Supresión!” La voz de Valak soltó una carcajada, un sonido distorsionado y lleno de una arrogancia milenaria.
“¿Crees que tus pequeños trucos de mortal pueden contener a un ser como yo?
¡He devorado mundos, he extinguido estrellas!
¡Este cuerpo es mío!” —Sí, sí, he leído tu currículum, es muy impresionante —lo interrumpió Zain, su tono completamente aburrido por el monólogo—.
Pero como te dije, esta es una prueba.
Y en toda buena prueba, hay múltiples variables.
Zain miró por encima del hombro del cuerpo poseído de Elysia, a la oscuridad cerca de la entrada del taller.
—Ahora —dijo, su voz clara y autoritaria.
Una figura emergió de las sombras.
No era un guerrero.
No era un mago.
Lina.
Su rostro estaba pálido, sus ojos llenos de miedo, pero también de una determinación inquebrantable.
Se acercó lentamente al círculo de runas, directamente hacia Elysia.
“¡Aléjate, mortal!” amenazó Valak, sintiendo algo extraño viniendo de esa chica, intenta levantar un brazo para atacarla, pero el poder del círculo lo hacía increíblemente lento y pesado.
“¡O te haré pedazos el alma!” Lina no se detuvo.
Ignorando las amenazas, se acercó y, con una valentía que sorprendió incluso a Zain, abrazó a la poseída Elysia.
Envolvió sus brazos alrededor del frío que emana su cuerpo, apoyando su cabeza en la espalda de su amiga.
No había poder en su abrazo, solo una calidez humana, una compasión pura y absoluta.
Y entonces, Lina susurró una oración.
Susurró al silencio.
A la paz.
Al final de todas las cosas.
—Padre del Final —susurró, su aliento formando una nube en el aire frío—.
Tu hija está atrapada en la oscuridad.
Está perdida en su propia mente.
Por favor…
tráela de vuelta a casa.
Y en ese instante, una nueva presencia llenó el taller.
Una calma profunda, un silencio que lo abarcaba todo.
El brillo de las runas de Zain pareció atenuarse, respetuosamente.
——————————————————— En el subconsciente de Elysia, donde Valak reinaba, la oscuridad infinita fue repentinamente cortada por una sombra.
Una figura envuelta en túnicas del color del crepúsculo apareció junto a ella, su presencia una isla de paz en el mar de desesperación.
El Dios Protector de la Muerte había llegado.
Y había venido a buscar a su campeona, atrapada en su propia mente.
“Has invadido mi jardín, pequeña sombra,” dijo la voz tranquila del dios, no a Elysia, sino a Valak.
“Y has intentado robar un alma que aún no está lista para el viaje.” El rostro sombrío de Valak, por primera vez, mostró algo que no era arrogancia.
La batalla por el cuerpo de Elysia había terminado.
La batalla por su alma acababa de comenzar.
El vacío del subconsciente de Elysia, que había sido el dominio absoluto de Valak, ahora tenía dos soberanos.
La oscuridad corrupta del Señor de los Demonios y la calma infinita del Dios de la Muerte.
El dios protector observó en silencio cómo la forma sombría de Valak lo miraba, su expresión una mezcla de ira y una rabia desafiante.
—Tú…
—siseó Valak, reconociendo la naturaleza de la entidad frente a él—.
Un dios de la rueda antigua.
No deberías estar aquí.
¡Este universo me pertenece!
La rabia pareció superar al miedo.
Valak se irguió, su forma sombría solidificándose, tratando de imponer su dominio.
—No importa —declaró, su voz resonando en la nada—.
Mira lo que somos.
¡Ambos somos fragmentos!
Ecos de nuestro verdadero poder, perdidos en un mundo que mató a sus propios dioses hace mucho tiempo.
La revelación quedó suspendida en el oscuro silencio.
—La diferencia —continuó Valak con una sonrisa cruel— es que yo elegí venir aquí.
Yo busqué este vacío de poder.
¡Y yo, Valak, Señor de los Demonios, me convertiré en su nuevo Dios!
¡Este mundo, y todos los que hay en él, se arrodillarán ante mí!
El Dios de la Muerte no respondió.
No se dignó a entrar en el debate.
Su propósito no era discutir con la ambición de una sombra.
Ignorando por completo al furioso demonio, el dios se giró.
Buscó a su campeona.
En la distancia, acurrucada y casi invisible en la oscuridad, había una pequeña luz temblorosa.
Elysia.
O lo que quedaba de su conciencia.
Una niña asustada, perdida en la pesadilla de su propio fracaso.
El Dios de la Muerte comenzó a caminar hacia ella, su presencia tranquila cortando la oscuridad como un barco que navega por un mar en calma.
Cada paso que daba era silencioso, deliberado.
Valak rugió de frustración al ser ignorado.
Lanzó zarcillos de pura oscuridad hacia el dios, intentando detenerlo, consumirlo.
Los zarcillos tocaron la túnica crepuscular.
Y simplemente…
se deshicieron.
Se convirtieron en polvo, en nada.
La oscuridad no puede tocar al fin de todas las cosas.
El dios no se inmutó.
Su atención estaba enteramente en la pequeña luz.
Había venido a cumplir una promesa.
Había venido a traer a su caballero de vuelta a casa.
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