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Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 54

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  4. Capítulo 54 - 54 Capitulo 55 No estás sola
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54: Capitulo 55: No estás sola 54: Capitulo 55: No estás sola El Dios de la Muerte caminó a través del paisaje mental de Elysia, y con cada paso, era testigo de su vida.

El subconsciente de ella, ahora abierto y vulnerable, se proyectaba a su alrededor.

Durante su caminata, vio sus recuerdos.

Vio a una niña pequeña, con el cabello rubio ceniza, entrenando con una espada de madera más grande que ella, su rostro lleno de una determinación feroz.

Vio a una joven caballero, arrodillada, recitando el juramento de la Orden del Alba, sus ojos grises brillando con una fe inquebrantable.

Vio sus pérdidas.

Vio la caída de Sir Gideon, su mentor, y sintió el eco del grito de rabia y dolor de ella.

Vio a sus amigos caer uno por uno en la última batalla, cada rostro una herida fresca en su alma.

Vio sus miedos.

El miedo a no ser lo suficientemente fuerte.

El miedo a defraudar a aquellos que confiaban en ella.

Y el miedo más profundo de todos: el miedo a estar sola.

Y vio su nuevo camino.

Vio la extraña calma del juego de ajedrez con el mago.

Vio la sonrisa genuina de la chica del pan.

Vio el respeto en los ojos de los jóvenes aventureros a los que entrenaba.

Vio los pequeños y frágiles brotes de una nueva vida, de un nuevo propósito.

El dios lo vio todo.

Vio a la guerrera, a la comandante, a la mentora, a la superviviente.

Pero Elysia no veía nada de eso.

A medida que el dios se acercaba, ella no lo veía a él.

Acurrucada en su pequeño nido de desesperación, solo veía el fracaso.

Revivía una y otra vez el último momento de la batalla.

Veía las miradas de sus compañeros de la Orden del Alba, no con orgullo, sino con una acusación silenciosa.

Fallaste.

Veía la decepción en el rostro de su Rey, el hombre al que había jurado proteger con su vida.

Fallaste.

Estaba atrapada en un bucle de su propia culpa, una prisión construida con los ladrillos de su honor roto.

—Lo siento…

—susurraba en la oscuridad, las lágrimas fantasmales recorriendo su rostro—.

Lo siento mucho…

El Dios de la Muerte finalmente llegó hasta ella.

Se detuvo, una figura de calma infinita frente a una tormenta de dolor auto infligido.

No ofreció palabras de consuelo.

No le dijo que no había sido su culpa.

En lugar de eso, se arrodilló frente a ella, bajando a su nivel.

Y con un gesto lleno de una compasión ancestral, extendió una mano sombría, no para tocarla, sino para mostrarle algo que sostenía en la palma.

No era un arma.

No era un símbolo de poder.

Era un recuerdo.

Uno que ella había olvidado.

No era una gran batalla o un momento de gloria.

Era una tarde soleada en un jardín, hace mucho tiempo.

En el recuerdo, Elysia vio a una niña pequeña, no mayor de seis años, con el mismo cabello rubio ceniza que ella, pero recogido en dos coletas torcidas.

La niña reía, un sonido puro y cristalino, mientras perseguía a una mariposa.

Era su hermana pequeña.

El recuerdo la golpeó con la fuerza de un golpe físico.

La había encerrado tan profundamente en su corazón que casi había olvidado su rostro.

Lilia.

La razón por la que había levantado una espada por primera vez.

La razón por la que había luchado toda su vida.

Y lo primero que había perdido.

Revivió el horror de ese día.

El ataque al pueblo.

El grito de su hermana.

Y su propia incapacidad, su impotencia de niña, para hacer nada mientras los demonios se la llevaban.

Fue ese día cuando juró.

Juró que se volvería tan fuerte que nunca más permitiría que algo así volviera a pasar.

Juró proteger a todos, para que ninguna otra hermana tuviera que perder a la suya.

Su juramento a la Orden, su devoción al Rey…

todo había nacido de esa promesa.

El recuerdo se desvaneció, dejando solo el dolor sordo y familiar en el lugar donde antes había estado.

“Has pasado tu vida luchando para evitar que otros sufran la pérdida que tú sufriste,” dijo la voz tranquila del dios a su lado.

“Has llevado su carga sobre tus hombros.” Levantó la vista hacia la figura crepuscular.

“Pero te has olvidado de la lección más importante que ella te enseñó,” continuó el dios.

En su palma, apareció otro recuerdo.

La pequeña Lilia, después de haberse caído y raspado la rodilla.

Estaba llorando.

Pero entonces, la Elysia de diez años se había acercado, la había ayudado a levantarse y le había dado un abrazo.

Y la pequeña Lilia había dejado de llorar, consolada por la simple presencia de su hermana.

“No fue tu fuerza lo que la consoló,” susurró el dios.

“Fue tu presencia.

Tu amor.” El dios finalmente la miró, y por primera vez, Elysia sintió que la veía de verdad, no a la comandante, sino a la niña rota que había dentro.

“Tu fracaso no fue perder la batalla, Elysia.

Tu fracaso fue creer que tenías que llevar la carga sola.

Has protegido a otros.

Ahora, es hora de que dejes que otros te protejan a ti.” Extendió su mano, una oferta silenciosa en la oscuridad.

“No estás sola.

El mago te espera.

La chica del pan reza por ti.

Los jóvenes guerreros te admiran.

Tus nuevos amigos…

te necesita.

Y te están esperando.” “Vuelve con ellos.” Elysia miró la mano extendida.

Y por primera vez desde que había caído en este mundo, vio un camino, no hacia la victoria o la redención, sino simplemente…

hacia adelante.

Lentamente, levantó su propia mano temblorosa hacia la del dios.

La mano de Elysia se extendió, a punto de tocar la calma y la promesa ofrecida por el Dios de la Muerte.

La luz en ella comenzaba a brillar de nuevo, más fuerte.

Pero Valak tenía otros planes.

Con un rugido de furia, la forma sombría del Señor de los Demonios se abalanzó.

Ignoró al dios, sabiendo que no podía herirlo, y se dirigió a su única presa, a su anfitrión.

Se puso al lado de la cabeza de Elysia, que seguía arrodillada, y la tomó con sus manos sombrías.

Era una invasión mental.

Forzó a Elysia a mirarlo a sus ojos ardientes, atrapándola en su mirada de pura malicia.

Y empezó a lanzar su veneno.

—¡No lo escuches, niña tonta!

—siseó, sus palabras eran insultos y verdades a medias, diseñadas para romper su espíritu—.

¿’Tu nueva familia, amigos’?

¡Son insectos!

¡Mortales débiles de un mundo sin importancia que ni siquiera saben tu verdadero nombre!

La imagen de Lina y Mael así como las personas del pueblo apareció, borrosa, en la mente de Elysia.

—¿Crees que te “necesitan”?

¡Te temen!

Eres un monstruo para ellos, un presagio de la guerra y la destrucción que dejaste atrás.

¡Les trajiste tu fracaso a su pacífico y patético mundo!

La imagen de la plaza en llamas destelló ante sus ojos.

—¡Y tu hermana!

—continuó Valak, su voz volviéndose una burla cruel—.

¿Crees que estaría orgullosa?

¡La perdiste!

¡Igual que perdiste a tu mentor, a tus amigos, a tu rey!

¡Todo lo que tocas, se convierte en cenizas!

¡Ese es tu legado!

La mano extendida de Elysia comenzó a temblar, la luz en ella vacilando.

—¡Ya nada importa!

—declaró el demonio, su rostro sombrío llenando toda la visión de Elysia—.

¡No hay un hogar al que volver!

¡No hay un juramento que cumplir!

¡Aethelgard ha caído!

¡Tu mundo está muerto!

¡Y tú…

tú no volverás!

¡Te quedarás aquí, en esta oscuridad, conmigo, y verás cómo convierto este nuevo y brillante mundo en una pira funeraria!

El ataque fue brutal.

Despiadado.

Y estaba funcionando.

La duda, el arma más poderosa de Valak, se hundió profundamente en el corazón de Elysia.

Su luz comenzó a apagarse de nuevo.

La desesperación la reclamaba.

El Dios de la Muerte observaba, su rostro sombrío impasible.

Sabía que esta no era su batalla.

No podía luchar contra las dudas de ella.

Solo ella podía.

La oscuridad de Valak estaba a punto de consumir la última chispa de esperanza de Elysia.

Su voluntad se resquebrajaba.

Y fue entonces cuando una nueva luz penetró en la negrura.

No era la luz de la propia Elysia.

No era la calma del Dios de la Muerte.

Era un rezo.

Puro.

Sincero.

Proveniente de un joven que acababa de ser tocado por la luz.

En el mundo exterior, en medio del caos de la posada, Mael, que había sido derribado, se puso de rodillas.

Ignoró sus propias heridas.

Ignoró el caos a su alrededor.

Cerró los ojos y, con toda la sinceridad de su corazón, rezó.

No pidió fuerza para él.

No pidió la victoria.

Rezó por ella.

Por Elysia.

“Diosa de la Luz,” pensó, sus palabras una súplica silenciosa.

” No sé lo que está pasando con Elysia…

pero te pido que no la abandones.

Ella me mostró el camino.

Ella es mi ejemplo a seguir.

Dale tu fuerza.

Dale tu esperanza.

Por favor…

guíala de vuelta a la luz.” Su fe, nueva y sin pulir, pero absolutamente pura, actuó como un faro.

Y la diosa respondió.

En el subconsciente de Elysia, un rayo de luz dorada y cegadora atravesó la oscuridad.

La luz, era una presencia, una calidez incondicional que envolvió a Elysia, protegiéndola del veneno de Valak.

La Diosa de la Luz, a través de la fe de su nuevo y joven guerrero, había llegado a la mente de Elysia.

“No estás sola, hija mía,” resonó su voz de campanas doradas.

Valak gritó, de dolor, de furia, mientras era cegado por la luz.

La conexión mental que tenía con Elysia se rompió lentamente.

Fue repelido, una sombra huyendo de un amanecer inesperado.

La mano de Elysia, ahora bañada en luz dorada, finalmente tomó la mano tranquila y sombría del Dios de la Muerte.

El dios la miró, y por primera vez, una pizca de algo que casi podría llamarse humor entró en su voz tranquila.

“Te has tardado, lucesita” dijo mirando a la diosa de la Luz Elysia, su espíritu ahora renovado por la calma de la Muerte y protegido por la fe de la Luz, se puso de pie.

Y juntas, las tres fuerzas —la Caballero, la Luz y la Muerte— se giraron para enfrentarse a la Sombra que retrocedía.

La batalla por el alma de Elysia no había terminado.

Pero el campo de batalla acababa de nivelarse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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