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Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 56

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56: Capitulo 57: Negociamos un poco 56: Capitulo 57: Negociamos un poco Viviana solo resopló, un sonido de puro desdén.

Claramente, no era una tonta.

No se tragó ni por un segundo la historia del “humilde mercader”.

Reconoció la disciplina en la postura de Graves, la calidad del artefacto que acababa de desactivar Marcus y la energía contenida en la mujer de cabello rojo.

Eran soldados.

Imperiales, sin duda.

Su primer instinto, el que siempre la guiaba, fue la aniquilación.

Podría incinerar a estos espías imperiales antes de que pudieran parpadear.

Podría reducir la posada a cenizas y resolver el problema con el poder puro que tanto se enorgullecía de poseer.

Pero sabía que no podía.

No aquí.

No ahora.

Destruir sin pruebas a lo que era claramente una unidad de operaciones especiales enviada por el Imperio, por muy encubierta que estuviera, sería un acto de guerra.

Un acto que rompería la frágil tregua y que el Gremio, y por extensión la Federación, no le perdonarían.

Sus acciones tenían consecuencias políticas, una verdad frustrante que siempre la irritaba.

Así que, en lugar de lanzar una bola de fuego, jugó al juego de Graves.

—Artefactos, ¿eh?

—dijo Viviana, su voz goteando sarcasmo mientras entraba en la posada, sus botas haciendo un ruido decidido sobre la madera—.

Qué coincidencia.

Nosotros también estamos aquí por un…

“artefacto” muy particular.

Uno de un poder considerable, según nuestros informes.

Se detuvo en el centro de la habitación, su mirada violeta recorriendo a los miembros de la Unidad Cero, uno por uno.

—Supongo que tendremos que asegurarnos de que la “negociación” sea justa —continuó, una sonrisa afilada en sus labios—.

Después de todo, a la Federación no le gusta que el Imperio monopolice los mercados.

Sería…

malo para el libre comercio.

Jax, que había entrado perezosamente detrás de ella, se apoyó contra el marco de la puerta rota, su lanza en la mano, pareciendo medio dormido.

Pero sus ojos verdes, ahora abiertos, no se perdían un solo detalle.

No miraban a Graves, sino a Petra.

Medía a la única otra amenaza física real en la habitación.

La línea había sido trazada en la arena.

Graves había establecido las reglas del juego: eran “mercaderes”.

Viviana acababa de aceptar esas reglas, convirtiendo la misión de vigilancia en una competición directa.

Ambos bandos sabían la verdad.

Ambos bandos sabían que el otro sabía.

Pero mientras la farsa se mantuviera, la paz, por muy frágil que fuera, también lo haría.

Mael y su grupo, atrapados en medio, se miraron unos a otros, dándose cuenta de que acababan de pasar de ser interrogados por un grupo de espías a ser el premio en una guerra fría silenciosa entre las dos mayores potencias del continente.

Y la “mercancía” que todos querían, la caballero de otro mundo, ni siquiera estaba en la habitación.

——————————————————— Mientras la guerra fría se declaraba en el interior de la posada, la guerra caliente se libraba en las sombras del exterior.

¡Shh-chak!

Nyx se agachó y rodó, el metal rozando el aire justo donde su cuello había estado un segundo antes.

Un par de cuchillas curvas, con forma de colmillos de serpiente y goteando un veneno de brillo aceitoso, se clavaron en la pared de madera del carro donde ella se apoyaba.

Esquivó el ataque por puro instinto felino.

El agente Viperino del Gremio Insecto era increíblemente rápido.

—Te mueves bien, gatita —siseó la Serpiente desde las sombras de un callejón cercano.

—Y tú peleas sucio, reptil —respondió Nyx, sus propias dagas curvas en un agarre inverso, sus ojos ambarinos brillando en la penumbra.

Dentro de la caravana, la situación era muy diferente.

Elia, la Empática, se había acurrucado en un rincón, con los brazos alrededor de la cabeza.

La llegada de las nuevas mentes, la había golpeado como un maremoto psíquico.

Estaba en pánico.

No por el miedo, sino por la abrumadora cacofonía de las múltiples presencias de poder que habían llegado.

Sentía la fría y disciplinada calma de su teniente, una roca de control.

Sentía la furia contenida de Petra, un volcán a punto de entrar en erupción.

Sentía la arrogancia intelectual de Marcus.

Pero ahora, a eso se le sumaba un nuevo torrente.

Sentía el orgullo ardiente y la furia destructiva de Viviana, una hoguera que amenazaba con consumirlo todo.

Y sentía a Jax.

Esto era lo más extraño.

Era como un estanque profundo y en calma.

Parecía dormido en la superficie, pero debajo, sentía una profundidad, una fuerza tranquila y aterradora que era completamente diferente a la de los demás.

Eran demasiadas emociones.

Demasiadas auras de poder chocando en un solo lugar.

Era como intentar escuchar un susurro en medio de un terremoto.

Su cabeza palpitaba.

Su velo no era suficiente.

Necesitaba silencio.

Se concentró, intentando filtrar el ruido, intentando centrarse en la única tarea que Graves le había encomendado: vigilar el estado mental de la “Valquiria”.

Pero cuando intentó buscar esa señal, ese “agujero” frío que había sentido antes, se encontró con que ya no estaba.

En su lugar, sintió algo nuevo.

Algo que no debería estar allí.

Sintió una calidez.

El ardor de una luz dorada y cálida.

Y el silencio de una paz fría, tan profunda y antigua como las estrellas.

Dos nuevas presencias.

Desconocidas.

Y en ese momento, Elia se dio cuenta de la verdad.

La situación en Villaclara iba más allá de simples individuos.

Era un punto de convergencia de poderes que el Imperio ni siquiera sabía que existían.

——————————————————— El tenso silencio en la posada fue roto por Viviana.

Su sonrisa afilada se ensanchó, y sus ojos violetas brillaron con una astucia depredadora.

Graves había empezado el juego de la política, pero ella estaba a punto de demostrar que conocía las reglas mucho mejor.

—”Negociación”, dices, mercader —comenzó, su tono dulce y venenoso—.

Una negociación tan “enérgica” que requirió el uso de una jaula de contención ilegal de grado militar.

Marcus se tensó.

El artefacto, obviamente, no era algo que un simple mercader pudiera poseer.

—Y una negociación —continuó Viviana, su mirada pasando por encima de los cuatro aventureros— que ha dejado a estos jóvenes visiblemente aterrorizados y a uno de ellos, herido.

Se giró, no hacia Graves, sino hacia el dueño de la posada y los pocos aldeanos que observaban con la boca abierta.

—Como agente juramentada del Gremio de Mercaderes de la Federación de Kith, y en cumplimiento de los Acuerdos de Territorios Libres, tengo el deber de investigar cualquier acto de coerción comercial o secuestro —declaró, su voz resonando con una autoridad oficial—.

Y esto, amigos míos, parece un claro caso de intimidación y detención ilegal.

Usó eso a su favor, con la excusa de un arresto a los cuatro aventureros, amparándose en las complejas leyes de los Territorios Intermedios.

No estaba atacando a los imperiales.

Estaba “protegiendo” a los locales.

Era una jugada maestra.

Se volvió hacia Mael y su grupo.

—Jóvenes.

Están bajo la protección del Gremio.

Serán detenidos por su propia seguridad, mientras investigamos a estos…

“mercaderes”.

Graves vio la trampa al instante.

Si se oponía, estaría admitiendo que no eran mercaderes y que su interés en los aventureros no era comercial, revelando su tapadera.

Si no se oponía, perdería el acceso a su única fuente de información.

Viviana lo había acorralado políticamente.

—Jax —ordenó Viviana, su tono ahora imperioso.

Jax, que se había apoyado perezosamente contra el marco de la puerta, suspiró como si le hubieran pedido mover una montaña.

—Sí, sí.

Arrestar a los aventureros —dijo con total falta de entusiasmo—.

Qué emocionante.

Sin rechistar, aceptó las órdenes de Viviana.

Con una lentitud exasperante, se enderezó y caminó hacia los aventureros.

Justo en ese momento, un par de guardias locales, alertados por el ruido, llegaron a la posada.

—¿Qué está pasando aquí?

—preguntó el jefe de la guardia.

—Asuntos del Gremio —respondió Viviana, mostrándole una insignia—.

Estos mercaderes son sospechosos de coerción.

Estos aventureros son testigos.

Serán puestos bajo nuestra custodia.

Ayuden a mi colega.

Los guardias, intimidados por la insignia y la presencia de la maga, asintieron torpemente y se unieron a un Jax completamente desinteresado para “arrestar” a un Mael y a un Borin que estaban demasiado confundidos para resistirse, Elora y Lyra tampoco se resistieron.

Viviana se volvió hacia Graves, una sonrisa de triunfo total en su rostro.

—Ahora, “mercader” —dijo—.

¿Por qué no nos sentamos y tenemos una larga, larga charla sobre el tipo de “artefactos” que comercia?

Había ganado la primera ronda.

Y lo había hecho sin lanzar una sola bola de fuego.

Graves se quedó en silencio por un momento, su mente procesando la velocidad y la eficiencia con la que su operación acababa de ser desmantelada.

Estaba completamente acorralado.

La jugada de Viviana había sido impecable.

Había usado la ley como un garrote y lo había golpeado con él en público.

Cualquier movimiento agresivo por su parte ahora sería visto como una admisión de culpa y una agresión contra la autoridad del Gremio.

El Teniente Graves, el hombre que controlaba a la unidad de inteligencia más problemática del Imperio, no tuvo más opción que negociar.

—Parece que ha habido un malentendido, Maestra Viviana —dijo, su voz volviendo a su tono de mercader cansado, aunque la sonrisa había desaparecido.

Era una retirada táctica, y ambos lo sabían—.

Quizás podamos discutir esto con más calma.

Mientras tanto, al otro lado de la sala, Jax, con la ayuda de los dos guardias locales, procedía con el “arresto”.

La escena era casi cómica en su falta de urgencia.

—¡No pueden hacer esto!

—protestaba Mael, tratando de razonar con un Jax que parecía a punto de quedarse dormido de pie—.

¡No hemos hecho nada malo!

—Las leyes del Gremio son muy claras, chico —dijo Jax con un bostezo—.

Y mis órdenes también.

Ahora, camina.

Me gustaría terminar con esto antes de mi siesta.

—¡Soltadme!

—gruñó Borin, aunque no se resistió con fuerza, sabiendo que sería inútil—.

¡Cuando la Señora Elysia se entere de esto…!

Elora, sin embargo, estaba en silencio, su mente de maga analizando la situación, dándose cuenta de que eran peones en un juego mucho más grande.

Lyra, como siempre, permanecía callada, sus ojos observando cada detalle, memorizando los rostros, buscando una oportunidad, una debilidad.

Fueron conducidos fuera de la posada, cada uno con diferentes protestas, dejando a la Unidad Cero a solas con sus nuevos y muy astutos rivales.

Viviana observó cómo se los llevaban.

Luego, se sentó en la silla que Kael había dejado vacía, justo enfrente de Graves.

—Ahora que los…

“testigos” están a salvo —dijo, apoyando su bastón de cristal en la mesa—, hábleme de sus “artefactos”, mercader.

Graves se sentó también, una señal de su rendición temporal.

El juego había cambiado.

Ya no era una misión de vigilancia encubierta.

Se había convertido en una negociación hostil en territorio enemigo.

Y había perdido su activo más importante.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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