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Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 58

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  4. Capítulo 58 - 58 Capitulo 59 Eso no me lo esperaba
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58: Capitulo 59: Eso no me lo esperaba 58: Capitulo 59: Eso no me lo esperaba Nyx observó a Jax, su mente táctica analizando la situación.

Era bueno.

Había identificado sus lealtades con una precisión alarmante.

Pero ella todavía tenía una carta que jugar: la jerarquía.

Fue entonces que la Vestigio felina intentó usar la cadena de mando.

—¿Y a la Maestra Viviana le gustaría saber que estás tomando la iniciativa y negociando con un agente imperiale?

—preguntó, su voz un ronroneo desafiante—.

Por lo que he oído, no le gusta que sus…

subordinados tomen sus propias decisiones.

Una sonrisa perezosa se dibujó en los labios de Jax.

—¿Subordinado?

Oh, no.

Te equivocas, gatita —dijo, su tono divertido—.

Viviana es el “martillo”.

Yo soy la “lanza”.

Somos colegas, no comandante y soldado.

El Gremio nos envió juntos porque ella es buena para hacer ruido y yo soy bueno para limpiar el desastre.

Y ahora mismo, estáis haciendo un desastre.

La amenaza de Nyx había fallado.

Antes de que pudiera pensar en otra táctica, el Vestigio Serpiente, que se había apoyado contra un árbol, decidió que la lealtad a un contrato no valía la pena si iba a morir en un claro olvidado.

—Yo solo seguía órdenes del Gremio —siseó la Serpiente, su voz llena de dolor y una clara intención de cooperar—.

Del Gremio Insecto.

Jax y Nyx se giraron para mirarlo.

—Mi misión era simple —continuó el Viperino, sabiendo que la información era su única moneda de cambio—.

Debía impedir los avances de cualquier agente imperial en Villaclara.

Retrasarlos.

Crear distracciones.

Asegurarme de que el equipo de la Federación llegara primero y tuviera acceso exclusivo a los activos.

Jax asintió, como si eso confirmara algo que ya sospechaba.

—¿Activos?

—preguntó, su mirada volviéndose a Nyx—.

¿En plural?

Nyx permaneció en silencio, su rostro una máscara de piedra.

Jax suspiró, claramente aburrido de la situación.

—Mira, no necesito que me lo digas.

Ya lo sé.

Estáis aquí por la mujer, “Valquiria”.

Y por el mago, “Ermitaño”.

—Señaló a la Serpiente—.

Él estaba aquí para detenerte a ti.

—Luego señaló a Nyx—.

Y tú, supongo, estabas aquí para asegurarte de que nadie se acercara a tu equipo de observación mientras hacían su trabajo.

¿Me equivoco?

El silencio de ambos agentes fue toda la respuesta que necesitó.

—Perfecto.

Ahora que todos estamos en la misma página y sabemos que todos mentimos, podemos empezar de verdad —dijo, su sonrisa desapareciendo—.

¿Qué sabes de ellos?

¿Qué ha averiguado el Imperio hasta ahora?

¿Y qué sabe la Federación que sea tan importante como para enviaros a vosotros dos?

Se sentó en una roca, apoyando la barbilla en la parte superior de su lanza.

—Hablad.

Tengo todo el día.

Por desgracia.

Nyx escuchaba, su mente corriendo a toda velocidad.

Estaba completamente superada.

No había forma de ganar.

La Federación, sin duda, había enviado a dos monstruos para hacer el trabajo: una hechicera capaz de demoler un pueblo entero y un lancero que parecía saberlo todo y que podía moverse más rápido que el pensamiento.

Su misión era la discreción, la observación.

Un enfrentamiento directo contra alguien de este calibre era un suicidio.

Y revelar información clasificada del Imperio era traición…

Aún no era el momento.

Solo le quedaba una opción.

Pero Nyx no se quedaría sin hacer nada.

En un instante, tomó su decisión.

Fingió relajarse por una fracción de segundo, bajando ligeramente sus dagas.

Y entonces, explotó.

Hacia la espesura del bosque.

Intentó correr.

Con su agilidad de Vestigio Aethel, se convirtió en un borrón de cuero oscuro, lanzándose hacia la línea de árboles.

Era increíblemente rápida, más rápida que cualquier humano normal.

Pero una mano se acercó mientras lo intentaba.

Fue un agarre.

La mano de Jax, que un instante antes estaba apoyada en su barbilla, simplemente se extendió.

Se movió con una calma casi perezosa, pero de alguna manera, cubrió la distancia que los separaba.

Y sus dedos se cerraron suavemente alrededor del tobillo de Nyx justo cuando ella saltaba.

El movimiento de ella se detuvo en seco en el aire.

Con un tirón casi casual, Jax la hizo girar y la depositó de nuevo en el suelo del claro, de pie, como si estuviera colocando una pieza de ajedrez.

Nyx se quedó allí, congelada, no por la fuerza del agarre, sino por el shock absoluto de la facilidad con la que él la había detenido.

Casi parecía que ni siquiera se había levantado de la roca.

—Segundo intento de huida —dijo Jax, su voz todavía tranquila, pero con un matiz de advertencia—.

No habrá un tercero.

Retiró la mano.

—Ahora —continuó, como si nada hubiera pasado—.

Como iba diciendo.

¿Qué sabe el Imperio sobre el mago?

Empecemos por ahí.

Y tú —dijo, mirando a la Serpiente—, te quedarás callado hasta que ella termine.

Tu turno vendrá después.

Nyx miró sus propias manos, luego al lancero que seguía sentado en la roca, mirándola con una paciencia aburrida.

Comprendió que no estaba atrapada por su fuerza.

Estaba atrapada por su abrumadora, imposible y perezosa habilidad.

La lucha había terminado antes de empezar.

Solo quedaba la negociación.

O, más exactamente, la rendición.

Derrotada.

Superada.

Nyx no tuvo más remedio que usar su última carta.

Aceptó su derrota con una gracia que sorprendió a Jax.

Bajó las dagas y las envainó lentamente.

—De acuerdo —dijo, su voz un ronroneo suave que había perdido todo su filo.

Levantó las manos en un gesto de rendición—.

Has ganado.

Con un movimiento fluido y felino, se acercó a Jax, fingiendo estar por darle lo que quería.

Se detuvo justo frente a la roca donde él estaba sentado, su rostro a la altura del de él.

—El Imperio cree que el mago, “Ermitaño”, es un…

—comenzó a decir, su voz volviéndose un susurro seductor.

Jax se inclinó ligeramente, genuinamente interesado en la información que estaba a punto de recibir.

Pero a mitad de sus palabras, ella hizo algo que causó un cortocircuito catastrófico en la mente del genio perezoso.

Se inclinó aún más, y con una rapidez que superó incluso sus reflejos, le dio un beso.

Fue un beso directo, inesperado y completamente desarmante que lo silenció a media palabra.

El cerebro de Jax, que podía procesar mil variables de combate en un segundo, se quedó en blanco.

Se quedó allí, sentado en la roca, completamente congelado por el shock, sus ojos verdes muy abiertos por la incredulidad.

Y ante su shock, Nyx aprovechó la oportunidad.

En el instante en que rompió el beso, no retrocedió.

Usó su proximidad, empujándolo suavemente hacia atrás sobre la roca, desequilibrándolo por una fracción de segundo.

Y en esa fracción de segundo, huyó.

Giró y corrió hacia el bosque, no como una presa asustada, sino como una sombra victoriosa.

Cuando Jax finalmente salió de su estupor, parpadeando, lo único que vio fue el último atisbo de la Vestigio felina desapareciendo entre los árboles.

Se quedó sentado allí, con una mano en sus labios, completamente desconcertado.

A su lado, el Vestigio Serpiente lo miraba con una expresión que era una mezcla de asombro y algo parecido al respeto por la táctica de su rival.

Jax miró a la Serpiente.

Luego miró al bosque vacío.

Luego de nuevo a sus propias manos.

Soltó un largo y profundo suspiro, no de ira, sino de pura y absoluta resignación.

—Vale —dijo al aire—.

Eso…

eso es nuevo.

Se había enfrentado a maestros de la espada, a magos de guerra, a bestias.

Pero nunca, en toda su perezosa y legendaria carrera, había sido derrotado de esa manera.

Y por primera vez en mucho tiempo, Jax, el Genio Perezoso, no pudo evitar sonreír.

Esto iba a ser mucho más interesante de lo que pensaba.

——————————————————— El laberinto de callejones de Villaclara era su elemento.

Mael lideraba el camino, seguido de cerca por Borin, Lyra y Elora.

Se movían con un propósito.

—No podemos volver a la posada —dijo Mael, su voz un susurro urgente mientras se detenían en una esquina—.

Es el primer lugar donde buscarán.

—¿Entonces qué hacemos?

—preguntó Borin, todavía resentido por la humillación—.

¿Nos vamos del pueblo?

—¡No!

—intervino Elora, su voz firme—.

No podemos.

Esos no eran simples matones del Gremio.

Eran…

profesionales.

Y están aquí por Elysia.

Y probablemente por Zain.

—Elora tiene razón —confirmó Lyra, sus ojos escudriñando cada sombra—.

Si nos vamos ahora, los dejamos solos.

Y les debemos demasiado para hacer eso.

Mael asintió, su decisión ya tomada.

—Tenemos que advertirles.

Corrieron directamente al taller de Zain.

Mael simplemente empujó la puerta y entraron, sus armas todavía en la mano, listos para un combate que, afortunadamente, no llegó.

Pero la escena que los recibió no fue la de un mago preparándose para la batalla.

Fue mucho más tranquila y, de alguna manera, mucho más alarmante.

El taller estaba en penumbra.

Al llegar, fueron recibidos por Lina.

Estaba sentada en la silla junto a la cama, y en su rostro había una expresión de profunda preocupación.

En la cama yacía Elysia.

Estaba pálida, inconsciente, y su respiración era superficial.

—¿¡Qué ha pasado!?

—exclamó Mael, corriendo hacia la cama.

—No lo sé —respondió Lina, su voz temblorosa—.

Se desmayo después de que Zain logrará, liberarla de lo que sea que la estaba poseyendo.

Mael miró a su alrededor, buscando al único hombre que podría tener respuestas.

No vio a Zain.

—¿Dónde está el mago?

—preguntó, su tono lleno de una nueva urgencia.

Lina señaló hacia la escalera de madera que subía al segundo piso.

—Arriba.

En su estudio.

No ha bajado desde que la trajimos aquí.

Dice que está buscando una forma de ayudar a Elysia.

Mael se giró hacia su equipo, su mente de líder trabajando a toda velocidad.

El peligro no solo estaba en las calles.

Estaba justo aquí.

—Borin, vigila la puerta principal.

Lyra, la parte trasera.

No dejes que nadie entre —ordenó.

Los dos asintieron y se movieron a sus puestos.

Luego, miró a Elora.

—Tú y yo —dijo, su mirada fija en las escaleras—, vamos a ver qué ha descubierto el mago.

La huida podía esperar por ahora.

La defensa acababa de empezar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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