Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 59
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59: Capitulo 60: Recordar como sanar 59: Capitulo 60: Recordar como sanar Mael y Elora subieron por la crujiente escalera de madera.
El estudio del segundo piso era aún más caótico que el taller de abajo.
Pergaminos, libros abiertos y extraños artefactos cubrían cada superficie.
El aire olía a magia y a la frustración de una investigación estancada.
En el centro de la habitación, encontraron a Zain.
Estaba inclinado sobre una mesa de trabajo, iluminado por una lámpara mágica que proyectaba sombras danzantes en su rostro.
Molía ingredientes en un mortero con una mano mientras con la otra pasaba frenéticamente las páginas de un antiguo libro encuadernado en cuero.
No parecía un archimago de poder oculto.
Parecía un médico desesperado que se estaba quedando sin tiempo.
Estaba rodeado de remedios fallidos y teorías descartadas.
Viales con pociones que no habían funcionado.
Círculos rúnicos dibujados con tiza que no habían producido ningún efecto.
Y libros.
Docenas de libros, todos abiertos en secciones sobre supresión de entidades, venenos del alma y parásitos etéreos.
Cuando Mael llegó dónde Zain, lo vio en un estado que nunca antes había presenciado.
Zain parecía impotente.
La calma, el sarcasmo, la confianza de un mago…
todo había desaparecido.
En su lugar, había una cruda y desnuda frustración.
—Nada —murmuró Zain para sí mismo, sin notar que habían entrado—.
No hay precedentes.
La corrupción demoníaca es una cosa, ¡pero esto!
Es un tunel, una infección ontológica ligada a su propia existencia.
¡No puedo curar algo que es parte de ella!
Golpeó el libro cerrado con el puño, un raro estallido de ira.
—Zain —dijo Mael en voz baja.
El mago se sobresaltó y se giró, sus ojos rojos, cansados y sin las marcas en forma de X, fijos en ellos.
—¿Qué?
¿Ha empeorado?
—preguntó, su voz llena de una urgencia desprovista de su habitual compostura.
—No.
Sigue igual —respondió Mael—.
Pero tenemos problemas.
El pueblo está lleno de agentes.
Un grupo posiblemente del Imperio.
Y otro, de la Federación.
Casi no arrestan.
La noticia, que normalmente habría puesto a Zain en modo de alerta táctica, apenas pareció registrarse.
Simplemente se pasó una mano por el pelo, una expresión de total agotamiento en su rostro.
—Que vengan —dijo con un tono amargo—.
No importa.
Nada de eso importa si no puedo estabilizarla.
Señaló el fragmento roto de la espada original de Elysia, que descansaba sobre un cojín de terciopelo en el centro de la mesa.
—Su fuerza vital, su Aura, está ligada a este metal.
Y el metal se está muriendo.
Se está desvaneciendo de esta realidad.
Y se la está llevando con ella.
He intentado darle energía, he intentado transmutarlo, pero no responde a nada de lo que hago.
Es como intentar revivir un cadáver.
Se dejó caer en una silla, la primera vez que Mael lo veía verdaderamente derrotado.
—No lo sé, Mael —admitió, su voz apenas un susurro—.
Por primera vez en mi vida, he encontrado un problema que no puedo resolver, pero que debo resolver.
Elora, que había estado observando en silencio, se acercó a la mesa.
Sus ojos de maga no veían solo un trozo de metal moribundo.
Veían un rompecabezas.
—Quizás…
—dijo en voz baja, atrayendo la atención de ambos hombres—.
Quizás estás intentando usar el tipo de energía equivocado.
La voz tranquila de Elora cortó la atmósfera de desesperación en el estudio.
Zain y Mael se giraron para mirarla.
—¿A qué te refieres?
—preguntó Zain, su tono era el de un maestro que escucha a un estudiante, una mezcla de escepticismo e interés.
Elora dio un paso adelante, su timidez habitual reemplazada por la confianza de una erudita en su propio campo.
Señaló el fragmento de metal moribundo.
—Dijiste que su Aura está ligada a este metal.
Y la armadura y la espada también están ligadas a ella, ¿verdad?
—Sí, es un sistema simbiótico —confirmó Zain, impaciente—.
¿Adónde quieres llegar?
—Pues —continuó Elora, eligiendo sus palabras con cuidado—, recordé lo que nos contó Gunter.
Dijo que la nueva espada no fue “reparada”.
Dijo que fue “convencida para que volviera a crecer”.
Los ojos de Zain se abrieron ligeramente al comenzar a ver la lógica en su razonamiento.
—Usaste el peto de su armadura, que contenía su Aura residual, como una “plantilla” o una “matriz de resonancia” —dijo Elora, citando casi textualmente las palabras de Zain y Gunter les había dicho cuando preguntaron por más detalles —.
El metal líquido recordó su forma y se curó a sí mismo.
Miró directamente a Zain, su pregunta era a la vez simple y profunda.
—¿Y si intentas repararla de la misma forma?
Zain se quedó en silencio.
La idea era tan absurdamente simple que no se le había ocurrido.
Había estado tratando el fragmento como un sistema aislado, un motor que se había quedado sin combustible.
Había intentado “recargarlo” desde el exterior con su propia magia.
Pero no se le había ocurrido intentar que se “curara” a sí mismo usando el resto del sistema como catalizador.
—El resto de la armadura…
—murmuró Zain, su mente corriendo a toda velocidad, las piezas del rompecabezas encajando en su sitio—.
La firma energética del conjunto completo…
podría actuar como un molde, un recordatorio de su estado original y estable.
Podría forzar al fragmento a…
realinearse.
¡A recordar!
Se puso de pie de un salto, la desesperación en su rostro reemplazada por una nueva y febril oleada de excitación científica.
—¡Elora, eres una genio!
¡Una completa y absoluta genio!
—exclamó, corriendo hacia una estantería y comenzando a sacar extraños artefactos de cristal—.
¡Es arriesgado!
¡Podría desestabilizar todo el conjunto si fallo!
¡Pero es la única teoría lógicamente sólida que tenemos!
Se giró hacia Mael, su energía renovada contagiando la habitación.
—¡Necesito el resto de la armadura!
¡Y la espada!
¡Traedlo todo aquí arriba!
¡Ahora!
Mael, que apenas había seguido la conversación teórica, entendió la orden.
Asintió y salió corriendo del estudio.
Por primera vez, había una pizca de esperanza en el aire.
No provenía de un archimago legendario, sino de la lógica tranquila de una joven maga que se había atrevido a sugerir que, a veces, para curar una herida, no necesitas forzar una cura, sino simplemente recordarle al cuerpo cómo estar sano.
Mael salió corriendo del estudio, sus botas resonando en las escaleras de madera.
La esperanza, una emoción que había estado ausente, ahora era palpable.
En la habitación, Zain se movía con una velocidad febril, colocando los artefactos de cristal en un patrón preciso alrededor de la mesa de trabajo donde descansaba el fragmento moribundo.
Pero entonces, se detuvo.
Miró los cristales, luego sus propias notas, y una sombra de duda cruzó su rostro.
Se dio la vuelta y se acercó a Elora, que se había quedado en silencio, asombrada de que su idea realmente hubiera funcionado.
Zain tomó sus manos.
Su gesto fue tan repentino e inesperado que ella se sobresaltó.
Él la miró directamente a los ojos, su habitual sarcasmo y su arrogancia académica completamente ausentes.
En su lugar, había un rostro serio, concentrado, y una vulnerabilidad que pocas veces le había mostrado a alguien.
La intensidad de su mirada hizo que las mejillas de Elora se sonrojaran de un rojo brillante.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
—Tu teoría es brillante —dijo Zain, su voz baja y seria—.
Pero mi especialidad es la Destrucción a gran escala y la transmutación Intermedia.
Esto…
esto es diferente.
Es delicado.
Requiere una sintonía fina con las fluctuaciones energéticas, una sensibilidad que yo…
no poseo de forma natural.
Hizo una pausa, y lo que dijo a continuación fue quizás la admisión más difícil que jamás había hecho.
—Tú sí.
Pude verlo cuando analizaste la situación.
Tienes una afinidad natural para la magia de resonancia.
Para la teoría de sistemas.
Apretó suavemente sus manos.
—No puedo hacer esto solo.
Si sobrecargo el sistema, podría destruir la armadura y a ella con ella.
Necesito a alguien que pueda ‘leer’ el flujo.
Que me diga cuándo empujar, cuándo tirar.
Que actúe como mi guia.
Su mirada roja, normalmente vacía o llena de fervor científico, ahora contenía una súplica.
—Por favor —dijo—.
Ayúdame.
Para Elora, que siempre se había considerado una simple estudiante, una maga de nivel modesto, escuchar esas palabras del hombre al que consideraba un genio casi inalcanzable fue más abrumador que cualquier batalla.
No fue una orden.
No fue una petición de un superior.
Fue la solicitud de un igual.
Con el corazón latiéndole en la garganta y un nuevo sentido de propósito que nunca había conocido, la joven maga asintió.
—Te ayudaré —dijo, su voz apenas un susurro, pero llena de una nueva y firme determinación.
En ese momento, Mael y Borin entraron de nuevo en el estudio, cargando con cuidado las piezas de la armadura negra y la espada renacida.
El equipo más extraño que Theronis había visto estaba a punto de intentar un milagro.
——————————————————— Mientras el equipo de rescate arcano se reunía en el estudio del piso de arriba, una batalla mucho más silenciosa se libraba en la planta baja.
Afuera, Borin y Lyra habían reanudado sus puestos de vigilancia.
La adrenalina de la fuga había sido reemplazada por una tensión larga y agotadora.
Cada sombra que se movía, cada sonido en la calle, era una amenaza potencial.
Su misión ahora era simple: ganar tiempo.
Dentro, junto a la cama, Lina cuidaba a Elysia.
Había mojado un paño y le limpiaba la frente sudorosa.
Observaba la lucha silenciosa que se reflejaba en el rostro de la caballero: el ceño fruncido, los murmullos incomprensibles, los repentinos escalofríos.
Se sentía tan impotente como Zain se había sentido antes.
Pero no estaba sin esperanza.
Cerró los ojos y, en la quietud de su mente, oró.
No con palabras grandilocuentes, sino con una simple y sincera petición.
No rezaba por un milagro o una intervención divina.
Rezaba al Dios Protector de la Muerte, no como un suplicante, sino como alguien que pide a un viejo amigo que cuide de otro.
“Por favor,” pensó, su mano sosteniendo la de Elysia.
“Dale paz.
Dale la calma para que pueda encontrar su camino.” ——————————————————— Mientras tanto, en el campo de batalla de su propia mente, Elysia estaba librando esa batalla.
El vacío oscuro había sido reemplazado.
Ahora estaba de pie en las ruinas humeantes de la capital de Aethelgard.
El cielo era rojo, el aire olía a cenizas y los fantasmas de sus compañeros caídos la rodeaban, sus ojos vacíos llenos de una acusación silenciosa.
Frente a ella estaba Valak.
Ya no era una sombra imponente.
La intervención de los dioses lo había debilitado, lo había herido.
Su forma parpadeaba, inestable, pero su odio era más concentrado, más puro.
Y no estaba solo.
Estaba usando la propia culpa de Elysia como un arma.
—¿Ves, caballero?
—siseó, su voz haciendo eco en las ruinas—.
Este es tu verdadero legado.
Fracaso.
Muerte.
El fantasma de Sir Gideon dio un paso adelante, su rostro una máscara de decepción.
“Nos fallaste, Elysia.” —Has traído tu fracaso a este nuevo mundo —continuó Valak—.
Ese herrero.
El niño.
Ese pueblo pacífico.
Arderán, igual que ardió tu hogar.
Y será por tu culpa.
La batalla se libraba con palabras, con recuerdos, con desesperación.
Elysia estaba de pie, sola, rodeada por los fantasmas de su pasado y las profecías de un futuro terrible.
Pero algo era diferente.
La abrumadora desesperación que la había paralizado antes ya no estaba.
La calma que le había ofrecido el Dios de la Muerte era un ancla en la tormenta.
La luz de la fe de Mael era un escudo invisible.
No estaba luchando por la victoria.
Estaba luchando por aguantar.
Estaba librando una batalla consigo misma, con un Valak no muy contento que ahora se daba cuenta de que su presa ya no estaba indefensa.
La semilla de corrupción que había plantado luchaba contra una nueva y extraña inmunidad, forjada en la fe y la amistad.
La guerra de desgaste por el alma de Elysia estaba en su punto más crítico.
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