Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 61
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61: Capitulo 62: Irse?
61: Capitulo 62: Irse?
En el campo de batalla de su mente, Elysia seguía luchando contra los fantasmas de sus fracasos.
La imagen de la capital de Aethelgard en llamas se repetía una y otra vez, cada fantasma de sus compañeros caídos susurrando su nombre con decepción.
Valak se deleitaba con su agonía, su forma sombría fortaleciéndose con cada gota de desesperación de ella.
Estaba perdiendo.
La calma del dios y la luz de la fe eran escudos, pero no podían ganar la guerra por ella.
Y entonces, algo cambió.
Un nuevo elemento entró en la ecuación.
No fue una luz dorada ni una calma crepuscular.
Fue una sensación de calor intenso, una energía plateada y purificadora que parecía emanar de los mismos cimientos de su ser.
Y escuchó un grito.
Un grito puro y lleno de rabia.
Fue el grito de dolor de Valak.
Elysia levantó la vista.
La forma sombría del Señor de los Demonios ya no se burlaba.
Se retorcía.
Zarcillos de una luz plateada y brillante, idéntica al fuego que Zain habia demostrado antes, se enroscaban a su alrededor, saliendo de la nada.
Valak empezó a arder.
Un fuego anormal, intenso con una llama fría que no quemaba la oscuridad, sino que la deshacía.
Su forma sombría chisporroteaba y se disolvía en los puntos donde la luz plateada lo tocaba.
“¿¡Qué es esto!?” rugió, su voz ya no era de triunfo, sino de shock y agonía.
“¡Esta energía!
¡No pertenece a los dioses!
¡Es mortal!” Miró a Elysia, sus ojos ardientes llenos de una nueva y terrible comprensión.
“¡El mago!” siseó.
“¡Ese maldito mago mortal!” La intrusión externa se había convertido en un asalto total.
Zain, guiado por Elora, había sintonizado su poder con el Aura de Elysia.
Y ahora, estaba usando esa conexión como un conducto para inyectar su fuego purificador directamente en el corazón del demonio, atacando la misma raíz de su existencia en este plano.
Elysia observaba, atónita, cómo su némesis, el ser que había destruido su mundo, era consumido por el poder de su nuevo y extraño amigo.
El dios y la diosa le habían dado el escudo para resistir.
Pero el mago le estaba entregando la espada para contraatacar.
El fuego plateado de Zain consumía a Valak, deshaciendo su forma, purgando su esencia corrupta del alma de Elysia.
La victoria parecía inminente.
Pero Valak no se rendiría tan fácilmente.
No era un simple demonio; era un Señor, un ser de voluntad y poder milenarios.
Envuelto en llamas plateadas, miró más allá de Elysia, más allá de los dioses.
Su conciencia se extendió a través del vínculo, y por un instante, vio directamente al mago, a Zain, con sus ojos en X brillando en el taller.
Vio el poder mortal que lo estaba deshaciendo.
Y tomó una decisión.
“No importa,” dijo, su voz ya no era un rugido, sino un siseo de pura y desafiante voluntad.
“Pueden quemar mi sombra.
Pueden expulsarme de este cuerpo.
Pero no pueden destruirme.” “Yo soy yo.” Y entonces, con un último y desesperado acto de poder, Valak hizo algo que nadie podría haber predicho.
No contraatacó a Zain.
No intentó destruir a Elysia desde dentro.
Se lanzó hacia fuera.
Reunió toda la esencia corrupta que le quedaba, toda su voluntad, y la arrancó del alma de Elysia.
Por un instante, el subconsciente de ella quedó libre, limpio.
Pero con sus últimas fuerzas, Valak se auto-encerró en el único otro lugar al que estaba vinculado.
El único otro objeto que contenía la esencia de otro mundo.
Se encarceló a sí mismo en la espada de Elysia.
——————————————————— En el taller, la luz plateada que emanaba de Zain alcanzó su punto máximo.
Elora gritó, sintiendo un cambio violento en el flujo de energía.
—¡Algo está pasando!
¡La corrupción!
¡Se está moviendo!
Zain lo vio.
Vio la mancha oscura de Valak ser arrancada del Aura de Elysia.
Y la vio lanzarse, hacia la firma energética más cercana y compatible: la espada renacida que yacía sobre la mesa.
—¡No!
—gritó Zain.
Pero era demasiado tarde.
La espada y la armadura, que habían estado recuperando lentamente su brillo, de repente reaccionaron.
Un pulso de oscuridad visible emanó del fragmento original y se disparó a través del circuito de energía de Zain, convergiendo en la espada principal.
Las venas azules de la hoja, que habían empezado a brillar de nuevo, se tiñeron de un púrpura oscuro y enfermizo.
El metal gris tormenta se oscureció, volviéndose de un negro mate que no reflejaba la luz, sino que la devoraba.
Un aura de malicia pura y tangible emanó del arma.
El circuito de Zain se sobrecargó y explotó en una lluvia de chispas.
Los cristales se agrietaron.
Elora fue lanzada hacia atrás por la onda de choque.
Zain se quedó de pie, jadeando, las X en sus ojos desvaneciéndose mientras observaba el arma.
La crisis había terminado.
El parásito había sido extraído del alma de Elysia.
Se había salvado.
Pero el fragmento del Señor de los Demonios no había sido destruido.
Ahora vivía en su espada.
El fuego plateado en los ojos de Zain se desvaneció, dejándolo jadeando por el esfuerzo.
La conexión con la mente de Elysia se cortó.
Corrió escaleras abajo, llegando al taller justo a tiempo para ver a Lina ayudando a una Elysia recién despertada a sentarse en la cama.
La caballero estaba pálida y agotada, pero estaba consciente.
Las marcas negras habían desaparecido por completo de su piel.
—¿Valak?
—preguntó Zain, su voz urgente.
—Se ha ido —respondió Elysia, tocándose la cabeza como si le doliera—.
De mi mente.
Pero…
puedo sentirlo.
En la espada.
Es como una astilla de hierro en mi alma.
Se había recuperado, pero la crisis estaba lejos de terminar.
En ese momento, Mael, Borin, Lyra y Elora entraron corriendo, sus rostros una mezcla de alivio al ver a Elysia despierta.
Con Elysia despierta, Mael creyó que era buen momento para hablar sobre los dos grupos que llegaron a villaclara.
—¡Zain, están por todas partes!
—dijo Mael sin aliento—.
Dos grupos.
Unos se hacen llamar “mercaderes”.
Los otros, “agentes del Gremio”.
¡Han tomado el control de la posada!
Lina se unió a Zain y a los cuatro aventureros en el centro del taller.
La euforia de haber salvado a Elysia fue rápidamente reemplazada por la fría realidad de su nueva situación.
Comenzaron a discutir sobre los recién llegados.
—Sabía que este día llegaría —dijo Zain, pasándose una mano por el pelo—.
Sabía que atraeríamos la atención.
Pero no esperaba que tanto el Imperio como la Federación llegaran tan pronto.
Y al mismo tiempo.
—¿Qué hacemos?
—preguntó Borin, su mano en la empuñadura de su arma—.
¿Luchamos?
—No podemos —respondió Elora, su voz temblorosa pero firme—.
El mago de la Federación, la mujer de pelo azul…
pude sentir su poder desde la distancia no lo oculta.
Es un Nivel 5, quizás más.
Y el otro grupo…
son profesionales.
No son simples matones.
Zain asintió, su rostro sombrío.
—Ella tiene razón.
Un enfrentamiento directo es lo que quieren.
Quieren que mostremos nuestro poder para poder medirlo.
Y si un enfrentamiento a gran escala ocurre aquí, en Villaclara…
—hizo una pausa, su mirada perdiéndose en los recuerdos de los libros de historia que había leído.
No se lo perdonaría.
—No sería la primera vez —continuó Zain, su voz bajando a un tono grave que silenció a todos—.
No sería la primera vez que la Federación y el Imperio, en uno de sus muchos “conflictos fronterizos”, hacen desaparecer por “accidente” una porción del mapa.
Un pueblo, un valle…
borrado.
“Un lamentable accidente en el fragor de la batalla”, lo llamarían en los tratados.
La horrible verdad de sus palabras cayó sobre ellos.
Su presencia había convertido a Villaclara en un objetivo militar.
Cada hombre, mujer y niño de este pueblo estaba ahora en la línea de fuego de una guerra que no era la suya.
Zain miró a Lina, cuyo rostro se había quedado pálido por el miedo.
Y en ese momento, supo lo que tenía que hacer.
No había elección.
—No podemos quedarnos —dijo, su voz final—.
No podemos luchar aquí.
La única forma de proteger a Villaclara es irnos.
——————————————————— En la posada El silencio en la mejor habitación de “El Jabalí Risueño” era más pesado que el plomo.
Viviana estaba de pie junto a la ventana, su espalda rígida como una vara de acero, mirando la plaza ahora vacía.
Había pagado una suma exorbitante de dinero al dueño de la posada y al jefe de la guardia local.
Por los daños que ella había causado, aunque su mayoría fuera culpa del grupo del imperio.
Era un soborno, simple y llanamente, para mantenerlos callados y asegurarse de que el “incidente” fuera reportado como un simple ” pleito de aventureros y mercaderes”.
Estaba furiosa.
Frente a ella, en el centro de la habitación, dos figuras estaban arrodilladas en el suelo de madera.
Jax estaba arrodillado con los brazos en alto, en una postura de castigo que parecía más ridícula que penitente.
Su rostro mostraba una expresión de aburrimiento total.
A su lado, arrodillado de la misma manera, estaba el Vestigio Serpiente.
Estaba magullado, herido y completamente aterrorizado por la maga furiosa que caminaba frente a él.
—Incompetentes —siseó Viviana, su voz crepitando con energía mágica contenida.
Estaba regañando duramente a Jax—.
¡Los dos!
Se giró para encarar a su perezoso compañero.
—Se suponía que tenías que detenerlos.
¡Controlarlos!
¡Esa era tu única y simple tarea!
¡Y en lugar de eso, montas un espectáculo en medio de la calle, revelas tu fuerza a cualquiera que estuviera mirando y luego simplemente…
¡los dejas ir!
Jax suspiró, un sonido largo y sufrido.
—Eran cuatro.
Y yo soy uno.
Y, lo más importante, era antes del almuerzo y la siesta.
Mis términos de contrato son muy claros respecto al combate pre-almuerzo.
—¡Tu contrato dice que obedezcas mis órdenes!
—replicó ella, su puño cerrándose, una pequeña llama violeta parpadeando en sus nudillos.
—No —corrigió Jax con una calma exasperante—.
Mi contrato dice que “asegure el éxito de la misión”.
Y causar una masacre en medio del pueblo por cuatro aventureros de bajo nivel no entraba en la definición de “éxito”.
Además, eran amigos de la Valquiria.
Herirlos habría complicado la negociación.
La lógica de él era impecable, lo que solo la enfurecía más.
Se suponía que ella tenía el control, pero Jax lo había arruinado todo.
Y peor aún, los malditos imperiales, los supuestos “mercaderes”…
—¡Se han ido!
—dijo, golpeando la pared con el puño.
La pared no se rompió, pero una red de finas grietas negras apareció en la madera, como quemaduras de un rayo—.
¡Mientras tú jugabas a ser un filósofo pacifista, ese molesto hombre del imperio y su circo de monstruos se escaparon!
¡Quién sabe a dónde!
Se dio la vuelta, respirando hondo, tratando de controlar su ira.
No perdería el tiempo buscándolos.
Eran espías.
Sabían cómo desaparecer.
Perseguirlos era un desperdicio de energía.
—Olvídalos.
Por ahora —dijo, su tono volviéndose frío y calculador—.
Los imperiales son un problema secundario.
El objetivo principal sigue aquí.
La Valquiria.
Y el Ermitaño.
Se giró hacia el tembloroso Vestigio Serpiente.
—Tú.
¿Dónde vive el mago?
La serpiente, ansiosa por complacer, le dio la dirección exacta del taller.
Viviana sonrió, una sonrisa que no contenía ni una pizca de calor.
—Bien.
Parece que tendremos que hacer una visita a domicilio.
Jax.
—¿Sí, querida?
—respondió él, todavía de rodillas.
—Levántate —ordenó—.
Vas a venir conmigo.
Y esta vez, si te pido que golpees algo…
—Lo golpearé, lo golpearé —la interrumpió él con un suspiro—.
Pero solo si es estrictamente necesario.
Y preferiblemente, después de una buena cena.
Viviana lo ignoró.
Su objetivo estaba claro.
Si los testigos no venían a ella, ella iría a la fuente.
Y esta vez, no habría política.
Solo poder.
Gruñido Después de un buena cena.
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