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Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 62

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62: Capitulo 63: Nuevas órdenes 62: Capitulo 63: Nuevas órdenes El carruaje se movía en un silencio sepulcral por los caminos rurales que rodeaban Villaclara.

Dentro, el ambiente era gélido.

El Teniente Graves estaba sentado, con la espalda recta, mirando por la ventana sin ver realmente el paisaje.

Su rostro era completamente inexpresivo, una máscara de piedra que no revelaba nada.

Pero no estaba nada contento.

Y Elia, la Empatía, podía sentirlo.

Sentada frente a él, con el velo de nuevo sobre su rostro, sentía la emoción de su líder no como una rabia caliente, sino como un bloque de hielo.

Era una furia fría, controlada, la de un estratega cuyo plan meticuloso había sido saboteado por variables imprevistas.

En realidad, todos los miembros de la Unidad Cero podían sentirlo, cada uno a su manera.

Petra estaba inusualmente quieta, sabiendo que no era momento para sus bravuconadas.

Silas no jugueteaba con nada, sus manos perfectamente inmóviles.

E incluso Marcus había dejado de leer, su mirada fija en su superior.

El descontento del Teniente Graves era una fuerza de la naturaleza en sí misma.

La misión había sido un fracaso parcial.

Habían localizado a los objetivos, sí.

Pero habían perdido la ventaja táctica.

Su tapadera estaba comprometida, y la competencia había llegado, actuando con una audacia que rozaba la imprudencia.

Poco después, el carruaje redujo la velocidad y se detuvo frente a una imponente verja de hierro forjado.

Más allá, se extendía una propiedad bien cuidada que culminaba en una elegante mansión de piedra.

La mansión de Lord Tiberius, el terrateniente de estas tierras.

Su único contacto.

Bajaron del carruaje y fueron escoltados por los guardias personales de Tiberius al interior, a un estudio privado con paredes forradas de libros y una chimenea de mármol.

Lord Tiberius los esperaba, de pie, con una copa de vino en la mano.

—Teniente Graves —dijo con su habitual calma controlada—.

Un placer inesperado.

Asumo que su visita no es de carácter social.

Graves no perdió el tiempo en formalidades.

—Lord Tiberius —respondió, su voz tan fría como el acero—.

Tenemos un problema.

Un problema de seguridad de la información.

Se detuvo a unos metros de él, su mirada gris clavándose en la del noble.

—Tenía muchas preguntas para usted.

Preguntas sobre cómo dos agentes de alto nivel de la Federación obtuvieron la misma información clasificada que el Imperio, y cómo llegaron a mi objetivo al mismo tiempo que yo.

Hizo una pausa, dejando que el peso de la acusación implícita llenara la habitación.

—Pero creo que ya sé la respuesta.

Solo hay una fuente que ambos compartimos.

El informante que su sobrino contrató.

La “Araña”.

Quiero un nombre.

Quiero su ubicación.

Y quiero saber exactamente qué información le ha vendido a la Federación.

Ahora.

La guerra de espías ya no se libraba en las calles de Villaclara.

Acababa de entrar en el estudio de un Señor Imperial.

Y Graves no estaba de humor para jugar a la política.

Quería respuestas.

La acusación de Graves, fría y directa, resonó en el lujoso estudio.

Lord Tiberius no se inmutó.

Su lealtad al Imperio, aunque oculta bajo capas de neutralidad forzada por su posición en las Tierras Intermedias, era absoluta.

Había sido engañado, utilizado.

Y no se lo tomó a la ligera.

Dejó su copa de vino en la mesa.

—Teniente, le aseguro que mi intención nunca fue comprometer la seguridad de su misión —dijo, su voz tan gélida como la de Graves—.

El informante fue contratado bajo la presunción de exclusividad.

Un error que voy a rectificar de inmediato.

Se giró hacia uno de sus guardias personales que estaba en la puerta.

—Traedme a la “Araña” —ordenó—.

Estaba alojado en la habitación del ala oeste.

Traedlo aquí.

Ahora.

El guardia asintió y salió apresuradamente.

Esperaron en un silencio tenso.

Graves no se movió.

Petra tamborileaba los dedos en su brazo.

Marcus parecía aburrido.

Unos minutos después, el guardia regresó, sin aliento y con el rostro pálido.

—Mi Señor…

se ha ido.

Sus aposentos están vacíos.

Todas sus pertenencias han desaparecido.

Tiberius se tensó, una vena latiendo en su sien.

El espía no solo lo había traicionado.

Se había burlado de él.

Graves estaba por hablar, probablemente para expresar su extremo descontento con la situación, pero fue interrumpido.

Un suave zumbido, casi imperceptible, provino de una de las paredes de la biblioteca.

Todos se giraron.

Pegado a la moldura de madera, camuflado casi a la perfección, había un escarabajo iridiscente.

Y de él, surgió la voz neutra y sin emociones del espía.

“Un saludo, Lord Tiberius, Teniente Graves.

Si están escuchando esto, significa que ya se han dado cuenta de mi partida.” Graves y Tiberius miraron fijamente al insecto.

“Mi contrato con Lord Tiberius,” continuó la voz, “nunca especificó que no podía compartir la información ‘después’ de haber cumplido con mi parte.

Simplemente me comprometí a no trabajar para ambos bandos simultáneamente en la misma operación.

El contrato de mi sobrino terminó.

El suyo comenzó.

Y ahora, el de la Federación ha comenzado y suyo termino.

Todo en orden.” Hubo una pausa, y casi se podía sentir la sonrisa burlona en la voz del espía.

“Fue un gusto hacer negocios con usted, mi Señor.

Le deseo la mejor de las suertes en la carrera que está a punto de comenzar.

La necesitará.” ¡BANG!

Sin dudarlo un instante, el Teniente Graves desenfundó su revólver y disparó.

La bala atravesó la habitación y destrozó el escarabajo en una lluvia de quitina iridiscente y componentes rúnicos rotos, silenciando la voz a media palabra.

El eco del disparo se desvaneció, dejando un silencio atónito en el estudio.

Graves guardó su revólver, el cañón todavía humeando.

Su rostro era una máscara de fría determinación.

La información se había filtrado.

El juego de sombras había terminado.

Era hora de cambiar de táctica.

Se giró hacia su escuadrón, que ahora lo miraba con una atención absoluta.

—Nuevas órdenes —anunció.

Y todos se inclinaron para escuchar.

——————————————————— La noche había caído sobre Villaclara, pero dentro del taller de Zain, ninguna luz de estrella se filtraba.

Las persianas de metal seguían bajadas, sellando a sus ocupantes del mundo exterior.

El aire estaba cargado de una tensión silenciosa.

En la planta baja, Mael, Borin, Elora y Lyra intentaban acomodarse lo mejor posible en el espacio abarrotado.

Después de su fuga, habían decidido quedarse en el taller, el único refugio que conocían.

Ahora estaban atrapados, escondidos.

Salir era demasiado arriesgado.

Sabían que, por el momento, estarían a salvo, siempre y cuando Zain tuviera activado el complejo sistema de seguridad del taller.

Borin limpiaba su arma.

Lyra meditaba en un rincón.

Mael y Elora estudiaban un mapa de las Tierras Intermedias, susurrando posibles rutas de escape.

Mientras tanto, en la parte de arriba, en el estudio, la atmósfera era mucho más íntima, pero no menos tensa.

Lina estaba sentada en una silla, con las manos entrelazadas en el regazo.

Elysia estaba de pie junto a la ventana sellada, sosteniendo su espada renacida con ambas manos.

El metal, ahora de un negro mate, parecía absorber la luz de la lámpara mágica, y las venas, antes azules, ahora brillaban con un pulso púrpura oscuro y enfermizo.

Podía sentirlo, un frío constante que emanaba del arma, la presencia de Valak, atrapada pero consciente.

Pero el frío de la espada no era nada comparado con el que sentía Lina en su corazón.

Estaba muy angustiada.

Las palabras que Zain había dicho antes, su decisión de abandonar Villaclara, resonaban en su mente, cada una un golpe doloroso.

—No tienes por qué irte —dijo finalmente, rompiendo el silencio.

Su voz era apenas un susurro.

Elysia se giró, su mirada gris llena de una comprensión silenciosa.

—Él cree que es lo mejor —dijo Lina, sus ojos llenándose de lágrimas que se negaba a derramar—.

Cree que se va para protegernos.

Para protegerme a mí.

Pero no lo entiende.

Se levantó y comenzó a caminar por la pequeña habitación, su angustia demasiado grande para quedarse quieta.

—¿A dónde irá?

¿A esconderse en otro pueblo olvidado?

¿A vivir de nuevo como un fantasma?

¡Esa no es vida, Elysia!

¡Lo vi cuando llegó aquí!

¡Estaba…

vacío!

Aquí…

aquí ha vuelto a vivir.

Con Gunter, con los niños a los que cura, incluso con…

conmigo.

Se detuvo frente a Elysia, su voz temblando por la emoción.

—Sé que soy egoísta.

Sé que su presencia trae peligro.

Lo he visto.

Pero…

¿no puedo ser un poco egoísta?

¿No puedo desear que mi amigo, la persona que me salvó la vida, se quede?

Miró a Elysia, una súplica desesperada en sus ojos.

—Tú eres su amiga ahora.

Su…

camarada.

Él te escuchará.

Por favor, Elysia.

Convéncelo.

Dile que se quede.

Que lucharemos.

Juntos.

Elysia escuchó en silencio, el peso de la petición de Lina cayendo sobre ella.

Miró la espada corrupta en sus manos, un recordatorio constante del peligro que representaban.

Y luego miró el rostro de Lina, una imagen de la vida pacífica que estaban a punto de destruir o abandonar.

Se encontraba atrapada entre su lógica de guerrera, que le decía que la retirada táctica de Zain era la única opción sensata, y la súplica de una amiga que se negaba a renunciar a su hogar o alguien.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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