Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 63
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63: Capitulo 64: La decisión correcta?
63: Capitulo 64: La decisión correcta?
Elysia escuchó la súplica de Lina, y supo que la joven no estaba hablando solo de amistad.
El dolor en sus ojos, la desesperación en su voz…
lo delataban todo.
Era algo más profundo, un amor no confesado que temía perder para siempre.
Pero Elysia no sabía qué responder.
Era una comandante, o al menos lo era.
Y sabía mejor que nadie que, en este momento, sus posibilidades en una lucha directa eran increíblemente desfavorables.
Estaban atrapados en un pueblo rodeado por dos equipos de agentes de élite de las mayores potencias del continente.
La retirada era la única opción lógica.
La única opción que garantizaba la supervivencia.
Abrió la boca para intentar explicarle esto a Lina, para intentar hacerle entender la cruda realidad de su situación.
Fue entonces cuando la espada habló.
Una fisura de energía púrpura recorrió la hoja de metal negro, y de ella, se formó una boca grotesca, hecha de sombras y luz corrupta.
Los labios se movieron, y una voz, la misma voz macabra y burlona que había salido de su propia garganta, resonó en el silencioso estudio.
“Oh, qué conmovedor,” dijo Valak, su voz goteando un sarcasmo venenoso.
“La pequeña ratoncita de pueblo, suplicando por amor.
Qué patéticos sois los mortales.
Vuestros insignificantes sentimientos…
siempre es su mayor debilidad.” Lina gritó, retrocediendo aterrorizada, su rostro una máscara de puro horror al ver el arma hablar.
Elysia reaccionó por puro instinto, su mano apretando la empuñadura con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos, como si intentara silenciar a la bestia que sostenía.
“¿’Lucharemos’?
¿’Juntos’?” continuó la espada, deleitándose con el miedo de Lina.
“¡No tienes nada que ofrecer, niña!
Eres un peso muerto.
Un peso que arrastrará a tu precioso mago al fondo del abismo.
Si él fuera inteligente, te abandonaría sin mirar atrás.” La boca sombría se giró, o al menos dio esa impresión, para “mirar” a Elysia.
“Y tú, caballero…
¿realmente vas a escucharla?
¿Vas a dejar que los sentimientos de una niña dicten tu estrategia?
Te he visto luchar.
Te he visto comandar.
Sé que entiendes la lógica de la guerra.
Sacrificar una pieza para salvar al rey.
Y ella…
ella es la pieza más sacrificable de todas.” Las palabras de Valak eran crueles, calculadas y terriblemente lógicas.
Eran un veneno diseñado para explotar la propia mentalidad de comandante de Elysia, para enfrentar su lógica de guerrera contra los nuevos y frágiles lazos que había comenzado a formar.
La espada se había convertido en algo más que un arma corrupta.
Se había convertido en la voz de la duda más oscura de Elysia.
El veneno de las palabras de Valak llenó el estudio, diseñado para sembrar la discordia y la duda.
Pero la reacción de Elysia no fue la que el demonio esperaba.
En lugar de vacilar, su mirada se endureció.
—Cállate —dijo Elysia, su voz baja y llena de furia .
Miró la boca grotesca en su espada—.
No me conoces.
Y tus palabras no tienen ningún peso sobre mí.
La boca sombría soltó una risa seca y sibilante.
“¿Que no te conozco?
¡Pequeña tonta, he vivido en tu alma!
¡He visto tus miedos más profundos!
Sé que una parte de ti, la comandante, está de acuerdo conmigo.
La lógica es innegable.” “Pero no importa,” continuó Valak, su tono volviéndose más serio, casi conspirador.
“Te guste o no, ahora estamos unidos.
Esta hoja es nuestro nexo.
Y tarde o temprano, nuestras almas tendrán un duelo de voluntad final.
Solo la más fuerte ganará.
Pero por ahora…” La energía púrpura de la espada parpadeó, y la voz de Valak se volvió un susurro urgente.
“…nuestra única prioridad es sobrevivir.
Y para eso, tenemos que alejarnos de ese mago.” —¿Tienes miedo de él?
—preguntó Elysia, notando el cambio en el tono del demonio.
“¡No soy un tonto!” espetó Valak.
“Jamás pensé que un simple mortal pudiera blandir un poder tan…
purificador.
No sé qué es, y no me arriesgaré a averiguarlo de nuevo.
Por eso entré en la espada.
Fue la única opción.” La boca sombría pareció sonreír de nuevo, una sonrisa de chantaje.
“El Aura de tu alma está conectada a esta hoja.
Estamos intrínsecamente ligados.
Si el mago intenta ‘purgarme’ de nuevo, si yo sufro daños, la onda de choque te afectará a ti también.
Corres el riesgo de morir junto conmigo.
Nuestra supervivencia es mutua, caballero.
Recuerda eso.” Lina, que había estado observando aterrorizada, finalmente encontró su voz.
El miedo fue reemplazado por una oleada de lealtad protectora.
—¡Eso no pasará!
—declaró, dando un paso adelante—.
¡Zain encontrará la forma!
¡Encontrará una manera de curarte, Elysia!
¡Sin hacerte daño!
La boca de la espada se giró para “mirar” a Lina, su tono volviéndose condescendiente y burlón una vez más.
“¿Ah, sí, ratoncita?” dijo Valak.
“¿Y cómo lo hará, si tiene a un escuadrón de espías imperiales y a dos de los mejores agentes de la Federación persiguiéndolo?
¿Cómo encontrará el tiempo para investigar, para experimentar, cuando estará demasiado ocupado huyendo para salvar su miserable vida?, tengo un buen oído sabes” La pregunta de Valak, fría y terriblemente lógica, cayó en el silencio del estudio, aplastando la esperanza de Lina bajo el peso de la cruda realidad.
El plan de huida de Zain ya no era solo una opción estratégica.
Según el demonio que ahora vivía en la espada de Elysia, era su única oportunidad de sobrevivir.
——————————————————— El aire de la noche era frío contra el rostro de Zain mientras flotaba silenciosamente sobre los tejados de Villaclara.
Una simple corriente ascendente de aire controlado lo mantenía suspendido, una sombra entre las sombras.
Estaba haciendo un último reconocimiento.
Necesitaba asegurarse, antes de tomar la decisión final, de que el peligro no era inmediato.
Que los imperiales y los de la Federación no iban a quemar el pueblo en mitad de la noche.
La noche, por ahora, estaba tranquila.
Las calles estaban vacías, la mayoría de las luces apagadas.
Sus oponentes eran profesionales.
No actuarían precipitadamente.
Posiblemente no harían un movimiento importante hasta mañana por la mañana.
Tenía tiempo.
Apenas, pero lo tenía.
Aterrizó en la cima de la pequeña colina del cementerio, el punto más alto cerca del pueblo.
Desde allí, cerró los ojos y comenzó a recitar un hechizo uno de detección.
Un pulso de energía arcana, casi imperceptible, se extendió desde él, como la onda de un sonar.
No buscaba pensamientos, buscaba firmas energéticas específicas.
Pronto, las localizó.
Un grupo de cinco auras distintas, disciplinadas y controladas, brillaban débilmente desde una sola ubicación: la mansión de Lord Tiberius.
Los imperiales se habían reagrupado allí.
Y otras dos auras, una una furiosa hoguera de poder y la otra un estanque de calma profunda, pulsaban desde la posada del centro del pueblo.
Los dos miembros de la Federación.
Estaban exactamente donde esperaba que estuvieran.
Contenidos, por ahora.
Con la información confirmada, Zain se giró en dirección a su taller.
La estructura era una silueta oscura contra el cielo estrellado.
Podía sentir la red de runas que lo protegía, una barrera invisible pero potente.
—Bien.
El sistema de seguridad aún funciona —dijo para sí mismo.
Era su última línea de defensa.
Su jaula.
Y pronto, su arca.
Mientras descendía la colina, la conversación que había tenido con los demás resonaba en su mente.
Su lógica le gritaba que la huida era la única opción.
Arrancar el taller de la realidad y desaparecer en la inmensidad de Theronis.
Era el plan más seguro.
El más racional.
Pero entonces, pensó en el rostro de Lina, suplicándole que se quedara.
Pensó en Gunter y en los aldeanos, reconstruyendo la herrería.
Pensó en Mael y su grupo, dispuestos a luchar por un pueblo que apenas conocían.
Su lógica, por primera vez en mucho tiempo, estaba en guerra con algo más.
Algo que no podía cuantificar ni analizar.
Llegó a la puerta de su taller, el lugar que pronto podría dejar atrás para siempre.
Antes de entrar, se detuvo.
Miró hacia las estrellas, como si buscara una respuesta en su brillo silencioso.
Huir significaba la seguridad.
Quedarse significaba la guerra.
Huir significaba abandonar a la única persona que lo había tratado como un ser humano antes de que llegara Elysia.
Quedarse significaba arriesgar la vida de esa misma persona.
No había una opción correcta.
No había una solución perfecta.
Con un suspiro que pareció llevarse todo el peso del mundo, Zain entró en el taller.
Era hora de tomar una decisión.
——————————————————— Zain volvió al taller.
El aire en el interior estaba cargado de una tensión silenciosa.
Elysia y Lina estaban bajando del segundo piso, sus rostros sombríos.
Los aventureros, alertados por su regreso, subieron desde sus puestos de vigilancia improvisados.
—Reuníos todos —dijo Zain, su voz tranquila pero con un peso de finalidad que captó la atención de todos.
Se congregaron en el centro de la planta baja.
Zain, Lina, Elysia, Mael, Borin, Lyra y Elora.
Un extraño y heterogéneo grupo unido por la crisis.
Zain los miró a todos, uno por uno.
Mael y su equipo, listos para la acción.
Elysia, cuya calma exterior ocultaba la tormenta en su interior y en su espada.
Y Lina, cuyos ojos lo miraban con una mezcla de miedo y una esperanza desesperada.
Tomó aire.
—He tomado una decisión —anunció—.
Los imperiales están en la mansión de Lord Tiberius.
Los de la Federación, en la posada.
Están contenidos por ahora, pero no durará.
No podemos arriesgar una batalla en este pueblo.
Soltó la bomba, su voz tan clínica como si estuviera dando un diagnóstico.
—La mejor opción, la única opción lógica para garantizar la seguridad de Villaclara, es que abandonemos el pueblo.
Esta noche.
Los aventureros intercambiaron una mirada.
No les gustaba la idea de huir, pero entendían la lógica.
Asintieron, aceptando a regañadientes la decisión de su líder de facto.
—Es una retirada táctica —dijo Mael, más para convencerse a sí mismo—.
Tiene sentido.
Elysia no dijo nada.
Simplemente miró a Lina, anticipando su reacción.
La esperanza en el rostro de Lina se hizo añicos.
Se desmoronó, reemplazada por una expresión de incredulidad y un profundo dolor.
Lentamente, se acercó a Zain.
Él la observó, esperando lágrimas, esperando súplicas.
No recibió ninguna de las dos.
¡ZAS!
Le dio una bofetada.
El sonido agudo y resonante llenó el taller, sorprendiendo a todos.
La cabeza de Zain se giró por la fuerza del golpe, una marca roja comenzando a aparecer en su mejilla.
Se giró lentamente para mirar a Lina, sus ojos rojos muy abiertos por el shock.
—Eres un idiota —dijo Lina, su voz temblando, no de tristeza, sino de una furia nacida del dolor—.
Un completo y absoluto idiota.
Su rostro estaba lleno de una decepción tan profunda que era más afilada que cualquier espada.
Y con eso, se dio la vuelta, caminó hacia la puerta, la abrió y salió del taller, cerrándola con un golpe seco que resonó como una sentencia final.
Se había ido.
Y el plan perfecto y lógico de Zain acababa de hacerse pedazos contra una pared de emoción humana que nunca podría haber predicho.
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