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Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 64

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  4. Capítulo 64 - 64 Capitulo 65 Te Quiero a mi lado
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64: Capitulo 65: Te Quiero a mi lado 64: Capitulo 65: Te Quiero a mi lado El eco del portazo se desvaneció, dejando un silencio denso e incómodo en el taller.

Los aventureros se movieron y se miraron unos a otros, sin saber qué hacer o decir.

Vieron a Zain, el genio misterioso, el hombre que había desatado un poder increíble, simplemente de pie, con una mano en la mejilla enrojecida, completamente desconcertado.

—Bueno…

eso ha sido inesperado —murmuró Borin, rompiendo el silencio.

—Quizás…

¿quizás deberíamos darle un minuto?

—sugirió Mael, sintiéndose completamente fuera de lugar.

Fue Elysia quien se movió.

Se acercó a Zain, sus pasos silenciosos.

Él ni siquiera pareció notar su presencia, su mente todavía intentando procesar la reacción ilógica y violenta de Lina.

Elysia se detuvo frente a él.

No le ofreció consuelo.

No lo criticó.

Simplemente le dijo la verdad.

—Por una vez en tu vida, deja de pensar como un mago.

La frase fue directa, sin adornos, pero cargada de una comprensión que lo golpeó más fuerte que la bofetada.

Ella no estaba hablando de lógica o estrategia.

Estaba hablando de humanidad.

De los lazos que él se negaba a admitir que había forjado.

Zain bajó lentamente la mano de su mejilla.

Miró a Elysia, y en sus ojos grises vio un reflejo de su propio dilema: el deber contra el deseo, la lógica contra el corazón.

Y entonces, lo entendió.

Entendió la furia de Lina.

No estaba enfadada porque se fuera.

Estaba enfadada porque él había tomado la decisión por ella, tratándola como una “variable a proteger” en lugar de una persona, una amiga.

Había vuelto a cometer el mismo error de tratar a la gente como problemas que resolver.

Sin decir una palabra más, Zain se giró y corrió hacia la puerta.

La abrió de un tirón y salió a la noche fría, tras de Lina.

Dejando atrás a un grupo de aventureros muy confundidos y a una caballero que, por primera vez, había ganado una batalla no con una espada, sino con unas pocas y bien elegidas palabras.

——————————————————— Lina corría.

No sabía a dónde iba, simplemente corría, las lágrimas que se había negado a derramar en el taller ahora corrían libremente por sus mejillas.

Corrió sin rumbo fijo por las calles oscuras y silenciosas de Villaclara, su corazón roto en un millón de pedazos.

Sus pies la llevaron, casi por instinto, a la plaza central.

Estaba vacía, bañada por la pálida luz de la luna.

Las tiendas estaban cerradas, los puestos, recogidos.

El silencio era total.

Solo estaba ella.

Llegó al centro de la plaza y sus fuerzas la abandonaron.

Se dejó caer de rodillas sobre las frías piedras, su cuerpo sacudido por sollozos ahogados.

Se sentía sola.

Se sentía aterrorizada.

Y se sentía traicionada.

En su desesperación, rezó.

No a un dios que no conocía, sino a la única presencia que le había ofrecido consuelo.

“Por favor,” pensó, sus manos apretadas en puños sobre su regazo.

“Padre del Final…

por favor.

Solo quiero un poco de paz.

Duele demasiado.” Y en la quietud de su mente, escuchó su suave voz, no como un trueno, sino como el murmullo del viento nocturno.

“Puedo darte calma, pequeña,” dijo la voz tranquila del dios.

“Puedo aliviar tu dolor.

Pero…” Lina sintió una ola de serenidad, una paz fría que comenzó a apagar el fuego de su angustia.

Las lágrimas se detuvieron.

Su respiración se calmó.

“…solo será momentáneo,” continuó la voz.

“Soy el guía al final del camino, no el sanador de las heridas del viaje.

El corazón que está roto…

solo puede ser sanado por la persona a la que pertenece.” La calma no era una solución.

Era un respiro.

Una oportunidad para pensar.

“Tú eres quien debe sanar tu propio corazón, Lina,” concluyó el dios.

Lina levantó la cabeza, las lágrimas secándose en sus mejillas.

El dolor seguía ahí, un nudo sordo en su pecho, pero la desesperación se había ido.

Entendió.

No podía depender de los dioses ni de los magos para arreglarlo.

Tenía que encontrar su propia fuerza.

—Lina.

Una voz la llamó desde el otro lado de la plaza.

Se giró y vio a Zain, de pie en la entrada de la calle, su silueta recortada por la luz de la luna.

Estaba sin aliento, y en su rostro había una expresión que ella nunca había visto antes.

No era curiosidad.

No era sarcasmo.

Era culpa, ¿arrepentimiento?.

Y en ese momento, en la plaza vacía bajo las estrellas, la verdadera conversación, la que importaba, estaba a punto de comenzar.

Zain observó desde la distancia cómo Lina se ponía de pie de nuevo, la fuerza volviendo a su postura.

Vio cómo se secaba las lágrimas con un gesto decidido.

Y por primera vez en su vida, se sintió completamente atrapado de una forma que la magia no podía resolver.

No había un hechizo para sanar un corazón roto.

No había una ecuación para descifrar la lógica del dolor.

Su plan seguía siendo, en su mente, impecable.

Abandonar Villaclara era la única variable que garantizaba la supervivencia del pueblo.

Necesitaba un lugar seguro donde pudiera ayudar a Elysia con su problema con Valak, un problema que requería una investigación intensa y peligrosa.

Huir era lógico.

Era necesario.

Pero frente a él estaba Lina.

La variable ilógica.

La anomalía emocional que rompía todos sus cálculos.

Para Zain, ella había sido una amiga indispensable.

La que se aseguraba de que comiera.

La que toleraba sus explosiones y su sarcasmo.

La constante amable en su vida de aislamiento autoimpuesto.

Pero no entendía su forma de actuar ahora.

Él sabe que las despedidas duelen.

Lo había leído en los libros y lo había vivido, aún sea un poco.

Era una reacción humana estándar.

Pero no creía, no podía creer, que él fuera tan importante para ella como para que reaccionara de esa forma.

Con esa furia.

Con ese dolor.

Se acercó lentamente, sus pasos resonando en la plaza silenciosa.

—Lina —dijo, su voz más suave de lo habitual.

Ella no se giró.

Siguió de espaldas a él, mirando hacia la fuente en el centro de la plaza.

—¿Por qué?

—preguntó Zain, su pregunta era genuina, la de un científico que se enfrenta a un fenómeno que no puede explicar—.

Mi plan…

protege el pueblo.

Te protege a ti.

Es la única solución.

—¿La única solución?

—respondió ella, su voz ahora tranquila, pero con un filo de acero—.

¿Huir?

¿Otra vez?

La palabra “otra vez” lo golpeó.

—No sé de qué huyes, Zain —continuó Lina, girándose finalmente para encararlo.

Sus ojos estaban rojos, pero ya no lloraba—.

No me importa.

Pero sé una cosa.

Huir es lo que haces.

Te escondes en tu taller.

Te escondes detrás de tus libros y tu sarcasmo.

Y ahora, quieres esconderte en otro pueblo, en otro lugar olvidado.

Dio un paso hacia él.

—Me abofeteaste —dijo Zain, su lógica intentando encontrar un punto de anclaje en la conversación.

—Sí —respondió ella sin dudarlo—.

Porque eres un idiota.

Crees que me duele que te vayas.

Y sí, duele.

Duele mucho.

Pero me enfada que creas que somos tan débiles que no podemos luchar a tu lado.

Que decidas por nosotros.

Que nos trates como a niños a los que hay que proteger, en lugar de como a las personas que te acogieron cuando llegaste aquí como un extraño.

Se detuvo frente a él, su mirada intensa y llena de una verdad que él no quería oír.

—Me preguntaste por qué.

Por qué reaccioné así —dijo, su voz bajando a un susurro—.

Es porque te quiero, Zain, te quiero a mi lado.

Y esa…

esa es mi razón para no dejarte huir solo.

La confesión quedó en el aire frío de la noche, simple, directa y absolutamente devastadora para el mundo lógico de Zain.

Él se quedó allí, sin palabras, su mente incapaz de procesar la nueva y abrumadora variable.

Lina vio la confusión en su rostro.

La vio y entendió.

Entendió que él nunca lo había visto.

Al principio, su relación había sido simple.

Él era el héroe, el mago misterioso que le había salvado la vida.

Y ella siempre estaría en deuda por eso.

Su cuidado, la comida que le llevaba, su preocupación…

todo comenzó como una forma de pagar esa deuda.

Pero con el tiempo, a medida que el misterioso salvador se convertía en el excéntrico Zain, el bicho raro del pueblo, comenzó a verlo de otra manera.

Vio al hombre detrás del genio.

Vio al niño solitario que se escondía detrás del sarcasmo.

Vio la bondad en los pequeños actos que él creía que nadie notaba.

Empezó a ver a Zain como algo más que un amigo.

Y se enamoró de él.

Nunca tuvo el valor para decirle directamente lo que sentía.

¿Cómo podía?

Él vivía en un mundo de ecuaciones arcanas y teorías complejas.

Ella era solo la hija del panadero.

Así que esperó.

Tenía la esperanza de que él, el hombre que podía ver lo invisible, se diera cuenta eventualmente.

Que un día, levantaría la vista de sus libros y la vería a ella.

Pero ahora, con la calma que le había otorgado el dios y el dolor de su inminente partida, esa esperanza se había hecho añicos.

Ya no había tiempo para indirectas ni para esperar.

—No espero que lo entiendas, Zain —dijo, su voz ahora suave, teñida de una triste resignación—.

Probablemente no puedes.

Pero no puedes pedirme que me quede quieta y te vea desaparecer, pretendiendo que no significa nada.

Se acercó un paso más, su mano extendiéndose y tocando la marca roja que su bofetada había dejado en su mejilla.

—No somos piezas en tu tablero, que puedas sacrificar para “proteger”.

Somos tus amigos.

Tu…

familia.

Y las familias no se abandonan.

Luchan juntas.

Retiró la mano.

—Así que ahí está.

Tu “anomalía emocional”, explicada —dijo, usando sus propias palabras en su contra—.

Ahora, ¿qué vas a hacer, mago?

¿Vas a seguir con tu plan lógico y romper el corazón de la única persona que te ha querido incondicionalmente?

Ella lo miró a los ojos, con lágrimas.

—¿O vas a dejar, por una vez en tu vida, de huir…

y empezar a luchar por algo que no sea un misterio o un libro?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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