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Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 68

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  4. Capítulo 68 - 68 Capitulo 69 así nació un demonio
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68: Capitulo 69: así nació un demonio 68: Capitulo 69: así nació un demonio El pulso que Petra envió a través de la tierra no fue una simple vibración.

Fue canalizado y amplificado por los guanteletes de metal negro que llevaba.

Eran una obra maestra creada por Marcus, el Erudito.

No eran mágicos; eran “antimágicos”.

El metal absorbía la energía anuladora de Petra y le permitía proyectarla a distancia.

Gracias a esos guanteletes, envió una onda de anulación mágica directamente hacia Viviana.

En el aire, Viviana sintió el impacto como un golpe físico.

Su escudo crepitó y se desvaneció.

Su hechizo de levitación falló, y cayó de golpe al suelo, aterrizando con dureza pero recuperando el equilibrio.

Y lo peor de todo, los Nueve Anillos de la Destrucción que giraban a su alrededor comenzaron a parpadear y a desvanecerse.

Sintió su magia tambalearse, su conexión con el océano de poder ambiental cortada, ahogada por la presencia de la mujer que tenía delante.

Petra sonrió.

La tenía.

La hechicera estaba en tierra, su magia neutralizada.

Pero Petra que observaba a la Maga a distancia, cometió un error.

A lo largo de la historia, se han creado innumerables formas de desarmar a un mago: artefactos como los guanteletes, armas rúnicas, armaduras encantadas o incluso la misma naturaleza de una Rompemagia.

Pero los magos también se adaptan.

Y mejoran.

Viviana sintió que perdía su conexión con la magia ambiental, la fuente de todo su poder.

Y en lugar de entrar en pánico, hizo lo que cualquier mago de élite haría.

Recurrió a su entrenamiento.

Comenzó a recitar un encantamiento.

Las palabras eran complejas, antiguas, y las pronunció con una velocidad y una precisión impecables.

Era un hechizo legendario, uno que se enseñaba solo a los magos de más alto nivel como contramedida definitiva.

Un hechizo creado por el mismísimo Anciano Thoron, el Pilar de la Adivinación, el hombre que podía ver todas las amenazas posibles.

El hechizo capaz de proteger a un mago de las armas anti-magos.

— Dominio Ambiental —dijo Viviana, la última palabra resonando con poder.

Y entonces, todo cambió de nuevo.

El aire alrededor de Viviana se distorsionó.

Una cúpula invisible pero palpable de puro poder se expandió desde ella.

Dentro de esa cúpula, la sensación de “anulación” de Petra desapareció, reemplazada por una concentración de magia ambiental tan densa que era casi líquida.

Viviana había creado una conexión artificial y forzada con la magia del entorno.

Había creado su propio “océano” privado, un ecosistema mágico cerrado que le permitía usar su magia sin miedo a ser “apagada” por los artefactos o por la rara condición de esa mujer.

Los Nueve Anillos de la Destrucción volvieron a brillar a su alrededor, más intensos, más furiosos que antes.

Levantó la vista hacia Petra, y la sonrisa en su rostro ya no era de arrogancia.

Era una sonrisa depredadora, la de un tiburón que acaba de atraer a su presa a sus propias aguas.

—Mi turno —dijo.

La batalla no había terminado.

Solo se había vuelto mucho más peligrosa.

——————————————————— Jax se movía entre las ilusiones de Graves, su lanza en la mano.

Para un observador externo, podría parecer perdido, acorralado.

Pero en su interior, Jax estaba completamente en calma.

Rodeado de enemigos que no eran reales, su mente se deslizó hacia un lugar muy, muy lejano.

Jax fue criado en una familia noble, la Casa Joxson, conocida en toda la Federación por una sola cosa: su dominio con la espada.

Eran una familia de espadachines legendarios.

Cada niño nacía con una hoja en la mano.

Jax fue el segundo hijo en nacer.

Como dictaba la estricta tradición de su casa, solo el primer hijo varón podía heredar el título y convertirse en la siguiente cabeza de la familia.

Su hermana mayor, Elizabeth, había nacido primera, pero había nacido mujer.

Y eso, para su padre, era un defecto imperdonable.

A ella no le gustó mucho ser puesta de lado solo por eso.

Pero nunca culpó a Jax.

Siempre lo cuidó, protegiéndolo de la ira de su padre.

Ella sabía que Jax no se merecía su odio.

Ese odio se lo merecía su padre, quien siempre la vio como menos, a pesar de que ella era, con mucho, la más talentosa de los dos con la espada.

Un día, en el undécimo cumpleaños de Jax, su hermana le hizo un regalo.

No fue una espada de entrenamiento finamente elaborada.

Fue una lanza.

Larga, simple, de madera de fresno, con una punta de hierro.

—Las espadas son para los duelistas —le dijo, su sonrisa siempre un poco triste—.

Pero la lanza…

la lanza es para los soldados.

Un espadachín lucha por su propio honor.

Se que no te gusta la espada así que pensé que talvez la lanza sea más de tu tipo, feliz cumpleaños Jax.

Al padre de Jax no le gustó nada.

Vio la lanza como un insulto, una desviación de la tradición.

Esa noche, su hermana y su padre tuvieron una seria discusión.

La discusión se convirtió en un desafío.

Y el desafío, en un duelo en el campo de entrenamiento familiar.

Su padre no tuvo piedad.

Jax observó, escondido, cómo el hombre desarmaba y humillaba a su propia hija.

Vio cómo su padre, en un último golpe de furia, le atravesaba el hombro con su espada, dejándola al borde de la muerte.

—Que sirva de lección contra la insubordinación —dijo el padre, y ordenó a sus sirvientes que no la ayudaran.

Jax observó, impotente, cómo su hermana perdía la vida lentamente en el barro, bajo una lluvia fría y torrencial, mientras él lloraba en silencio desde las sombras.

A la mañana siguiente, Jax se despertó en su habitación.

No recordaba cómo había llegado allí.

La lanza que su hermana le había regalado estaba apoyada contra la pared.

Y estaba cubierta, desde la punta hasta la base, con la sangre de su padre.

Nunca supo exactamente qué pasó esa noche.

Nunca supo si fue él, en un ataque de furia y dolor, o si, como a veces sospechaba en sus sueños más extraños, la propia lanza había cobrado su venganza.

Desde ese día, se convirtió en el “Demonio de la Lanza”, el prodigio que había aniquilado a su propia familia.

Y odió la lucha.

Odió la violencia.

Odió el esfuerzo.

Se convirtió en el genio perezoso.

Todo para asegurarse de que el demonio que despertó esa noche…

nunca volviera a despertar.

——————————————————— La voz de Graves resonó a su alrededor.

—Ríndete, Jax.

No tienes a dónde ir.

Jax abrió los ojos.

El recuerdo se desvaneció, pero la calma que le traía, la calma del ojo de un huracán, permaneció.

Miró a las ilusiones que lo rodeaban.

Miró las pistolas que le apuntaban.

Y por primera vez en mucho tiempo, sonrió.

Una sonrisa genuina.

—¿Rendirme?

—dijo, su voz perdiendo toda su pereza—.

Amigo.

Levantó su lanza.

—No tienes ni idea de con quién estás hablando.

La sonrisa tranquila de Jax fue la única señal.

Antes de que las ilusiones pudieran procesar el cambio en su comportamiento, él se movió.

¡BANG!

¡BANG!

¡BANG!

Múltiples disparos resonaron en el bosque casi al unísono.

Pero Jax ya no estaba donde había estado.

Esquivó.

Se convirtió en un borrón rojo y borroso, moviéndose entre los árboles con una fluidez que parecía desafiar las leyes del movimiento.

Las balas de las ilusiones se hundieron inofensivamente en la tierra y los troncos de los árboles.

Sabía que no podía arriesgarse a recibir la bala real; entre las falsas, había una que era letal.

Y no tenía forma de saber cuál era.

Bailaba en medio del fuego cruzado, su lanza no era un arma, sino una extensión de su cuerpo, usándola para desviar ramas, para impulsarse, para mantener un movimiento constante e impredecible.

Mientras tanto, a unos cien metros de distancia, oculto en una posición elevada y segura, el verdadero Graves observaba la escena a través de unos binoculares.

No estaba preocupado.

La trampa de las ilusiones no estaba diseñada para matar a Jax.

Estaba diseñada para distraerlo.

Para mantenerlo ocupado.

Junto a él, Marcus, el Erudito, había terminado de ensamblar un dispositivo sobre un trípode.

No era un arma sutil.

Era un cañón.

Un tubo largo y delgado de metal oscuro, cubierto de runas de enfoque y condensadores de cristal que zumbaban con energía acumulada.

Graves bajó los binoculares.

—Está en posición.

La danza lo ha llevado exactamente a donde queríamos —dijo con calma.

Marcus ajustó la mira del cañón, apuntando no a Jax, sino a un punto vacío en el bosque donde sabía que Jax estaría en el siguiente segundo.

—Cañón de Disrupción Sónica, listo y calibrado —informó Marcus, su tono el de un científico a punto de realizar un experimento crucial—.

A esta distancia y con esta potencia, la onda de choque debería ser suficiente para incapacitar a un mamut adulto.

Debería dejarlo inconsciente sin causarle daño permanente.

—Bien, si lo llevamos vivo al imperio está misión no será en vano —dijo Graves, levantando una mano—.

A mi señal.

Observó a Jax moverse, una exhibición de habilidad casi divina.

Por un momento, sintió una punzada de respeto de guerrero.

Era una pena tener que acabar con un talento así de una manera tan…

impersonal.

—Prepárate…

—dijo, viendo a Jax esquivar otro disparo y dirigirse directamente a la zona de impacto designada.

—¡Fueg…!

—gritó Graves.

Marcus estaba a punto de activar el cañón.

Pero entonces, una nueva voz, una que no debería haber estado allí, habló desde justo detrás de ellos.

—Yo no haría eso si fuera tú.

Graves y Marcus se quedaron helados.

Lentamente, se giraron.

Apoyada contra un árbol, con los brazos cruzados y una expresión de aburrimiento total, estaba una mujer alta de piel bronceada y ojos felinos.

Nyx.

Y no estaba sola.

Detrás de ella, emergiendo silenciosamente de las sombras del bosque, había al menos una docena de otras figuras.

Más Vestigios Aethel.

Todos con dagas curvas desenvainadas, sus ojos de gato brillando en la penumbra.

La trampa de Graves acababa de ser atrapada por una trampa mucho más grande.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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