Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 69
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- Capítulo 69 - 69 Capitulo 70 El hombre sin miedo
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69: Capitulo 70: El hombre sin miedo 69: Capitulo 70: El hombre sin miedo El silencio en el montículo fue total.
Graves y Marcus, dos de los agentes más competentes del Imperio, habían sido superados en su propio juego de sigilo.
Graves recuperó la compostura al instante, su rostro volviendo a ser una máscara inexpresiva.
Lentamente, bajó la mano, indicándole a Marcus que no hiciera ningún movimiento brusco.
—Nyx —dijo Graves, su voz tranquila, aunque sus ojos grises eran duros como el acero—.
¿Qué significa esto?
Nyx se encogió de hombros, un gesto felino y casual que no ocultaba la amenaza de los guerreros que la respaldaban.
—Los planes cambian, Teniente.
Una sonrisa amarga y sin humor se dibujó en los labios de Graves.
Se rio un poco, un sonido seco y corto.
—Un doble agente —dijo, más para sí mismo que para ella, mientras las piezas del rompecabezas encajaban en su sitio—.
Justo antes de partir del Imperio, los altos mandos hablaban de una posible filtración en las operaciones de los Territorios Intermedios.
Un “Gato Fantasma” que vendía secretos a la Federación.
Miró directamente a Nyx.
—Nunca esperé que fueras tú.
Ha sido un honor trabajar contigo, de verdad.
Pero debo preguntar: ¿acaso el Imperio no te ha tratado de buena forma todo este tiempo?
Te pagamos bien.
Te dimos acceso.
Confianza.
La expresión de Nyx se endureció.
La calma profesional desapareció, reemplazada por un fuego frío y antiguo.
—¿El mismo Imperio?
—respondió, su voz un siseo bajo y peligroso—.
¿Estamos hablando del mismo Imperio que, hace cien años, declaró a los Vestigios una “raza impura” y una “amenaza para la estabilidad genética”?
Dio un paso adelante, y sus guerreros se movieron con ella, un solo organismo depredador.
—¿El mismo Imperio que masacró a los de mi especie en las Llanuras del Ocaso, que quemó nuestros bosques ancestrales y nos arrebató todas nuestras tierras?
¿El mismo que nos cazó, nos esclavizó y nos dejó al borde de la extinción, obligando a los pocos que quedamos a vivir como espías, ladrones y parias en las sombras de vuestra gloriosa civilización?
Se detuvo a solo unos metros de él, sus ojos ambarinos brillando con el dolor de generaciones.
—Oh, sí, Teniente.
El Imperio me ha tratado de “buena forma”.
Me ha pagado con el oro que acuñaron de las minas que robaron de mi pueblo.
—Una sonrisa triste y llena de odio apareció en su rostro—.
Yo no trabajo para la Federación.
La Federación me paga.
Y yo uso su dinero para un solo propósito: asegurarme de que el Imperio Solariano arda hasta los cimientos.
El enfrentamiento ya no era entre agentes.
Era entre un soldado leal a su nación y la última superviviente vengativa de la de ella.
Nyx esperaba miedo.
Esperaba súplicas, o quizás un intento desesperado de justificar las atrocidades del Imperio.
Pero Graves no se inmutó.
Sabía que un traidor no necesita una razón tan grande, ni una justificación histórica, para apuñalar por la espalda.
En su mundo, la traición era una moneda corriente.
En todos sus años de servicio, nunca tuvo miedo.
Ni siquiera cuando casi muere en las trincheras del Norte, ni cuando su unidad anterior fue masacrada en una emboscada mágica.
Por eso, en los informes clasificados del Imperio, a Graves lo apodaban “El Hombre Sin Miedo”.
No porque fuera valiente, sino porque su capacidad para sentir terror se había cauterizado hacía mucho tiempo.
Miró a los ojos ambarinos de la Vestigio, evaluando sus opciones con la frialdad de un jugador de póquer.
—Entonces, Nyx —dijo, su voz monótona—.
¿Piensas matarme aquí mismo?
¿Una ejecución en el bosque para saciar tu sed de venganza?
Nyx sonrió, mostrando sus dientes afilados.
—Oh, no, Teniente.
Eso sería demasiado rápido.
Y un desperdicio.
Te dejaré vivo.
Te entregaré a la Federación.
Y ellos…
ellos te quitarán toda la información que tengas, capa por capa, hasta que no quede nada más que un cascarón vacío, aún no puedo decir lo mismo del resto.
Era la respuesta que Graves esperaba.
La codicia por la información siempre superaba a la sed de sangre.
—Ya veo —dijo Graves.
Con un movimiento lento y deliberado, sacó su reloj de bolsillo de plata.
Nyx se tensó, pero al ver que solo era un reloj, no atacó.
Graves miró la hora.
—Sincronización perfecta —murmuró.
Su pulgar presionó un pequeño botón oculto en el lateral del reloj.
Y con un movimiento rápido de muñeca, lo arrojó al aire, directamente hacia el grupo de Vestigios.
El reloj giró, brillando bajo la luna.
Nyx lo siguió con la mirada, confundida.
—¿Un soborno?
Pero antes de que el reloj tocara el suelo, se activó.
El mecanismo interno vibró y el reloj comenzó a soltar un sonido.
Para Marcus y Graves, era apenas un zumbido agudo, casi imperceptible, como el de un mosquito lejano.
Pero para Nyx y sus guerreros Aethel, cuyos oídos habían evolucionado para escuchar el paso de un ratón a cien metros, fue como si una granada hubiera estallado dentro de sus cráneos.
Fue el sonido más repugnante, agudo y doloroso del mundo.
Una frecuencia ultrasónica diseñada específicamente para sobrecargar los sentidos mejorados de los semi-humanos.
—¡AAAAHHH!
—gritó Nyx, llevándose las manos a las orejas, cayendo de rodillas mientras el mundo le daba vueltas por el dolor cegador.
Detrás de ella, los otros Vestigios se retorcían en el suelo, incapacitados por la agonía sónica.
Graves miró a la mujer caída, su expresión inalterable.
—Nunca confíes en tus sentidos, Nyx —dijo, recogiendo su cañón sónico con la ayuda de Marcus—.
A veces, son tu mayor debilidad.
La trampa se había roto.
Y el Hombre Sin Miedo, una vez más, había encontrado una salida donde no la había.
El sonido ultrasónico del reloj seguía incapacitando a los Vestigios, retorciéndose en el suelo entre gritos de agonía.
Graves y Marcus tenían la ventana perfecta para retirarse o acabar con ellos.
Marcus ya estaba desmontando el cañón sónico para transportarlo.
Pero el destino, en forma de acero y madera, tenía otros planes.
Un silbido agudo cortó el aire desde las copas de los árboles, seguido inmediatamente por un estruendo ensordecedor.
¡CRASH!
El cañón sónico que Marcus estaba asegurando explotó en una lluvia de engranajes, cristal y metal retorcido.
Una lanza se había clavado justo en el núcleo del mecanismo, atravesándolo y anclándolo al suelo con una fuerza devastadora.
La onda de choque tiró a Marcus hacia atrás.
Graves ni siquiera parpadeó ante la explosión.
Miró los restos humeantes de su mejor arma y suspiró con esa calma gélida que lo caracterizaba.
—Supongo que perdimos nuestra oportunidad —dijo Graves, ignorando por completo a Nyx y a los Vestigios que seguían gritando en el suelo.
Ya no eran la amenaza.
Levantó la vista hacia las ramas oscuras.
Una figura descendió del cielo.
No flotó como un mago, cayó con el peso de un meteorito controlado.
Jax aterrizó con un impacto pesado justo al lado de su lanza, sus botas levantando tierra.
Se irguió lentamente, sacudiéndose una hoja del hombro.
Su expresión perezosa había desaparecido, reemplazada por una mirada de concentración letal.
Y no venía con las manos vacías.
En su mano izquierda, colgando por el cuello de su túnica como un gato callejero atrapado, estaba Silas.
El maestro de las ilusiones y el sigilo estaba golpeado, con un ojo morado y apenas consciente.
—Lo siento, Teniente…
—murmuró Silas con voz débil, la vergüenza clara en su tono—.
Él…
él encontró al real.
Entre todas las copias…
simplemente supo dónde estaba.
Jax soltó a Silas, dejándolo caer a los pies de Graves.
Luego, agarró su lanza y la arrancó de los restos del cañón con un movimiento fluido, apuntando la punta de acero hacia el pecho del oficial imperial.
—Tus trucos de luz son molestos, mercader —dijo Jax, su voz tranquila pero cargada de amenaza—.
Y tus juguetes son ruidosos.
Graves miró a su subordinado caído, luego a su arma destruida y finalmente al hombre que tenía delante.
—Silas es el mejor ilusionista del Cuerpo de Inteligencia —dijo Graves, analizando a su oponente—.
Encontrar su posición física en medio de una proyección múltiple requiere sentidos que van más allá de la vista.
Graves sacó su revólver, no con prisa, sino con la certeza de quien sabe que la diplomacia ha terminado.
—Te llaman el Genio Perezoso —continuó Graves, amartillando el arma—.
Pero veo que cuando te despiertan, te conviertes en algo muy diferente.
Jax sonrió, una sonrisa que recordaba al niño bajo la lluvia con una lanza ensangrentada.
—Solo soy alguien que quiere terminar su trabajo para poder irse a dormir.
El Demonio de la Lanza y el Hombre Sin Miedo estaban frente a frente.
Sin trucos.
Sin ilusiones.
Solo acero, pólvora y voluntad.
Graves no apartó la vista de Jax ni por un segundo.
Con un movimiento sutil de su mano izquierda, le hizo una señal cortante a Marcus.
El mensaje era claro: Limpia el tablero.
Marcus, entendiendo la urgencia, sacó un puñado de esferas metálicas y las arrojó a los pies de Nyx y los Vestigios que aún se retorcían por el dolor sónico.
Las esferas estallaron en una espuma alquímica de endurecimiento rápido, atrapándolos contra el suelo como moscas en una telaraña gris.
Luego, cargó con el inconsciente Silas sobre su hombro y comenzó a retirarse hacia la espesura.
Jax no interfirió.
Vio a Marcus irse y calculó la distancia y el gasto de energía.
Perseguir al viejo y al ladrón requería demasiado esfuerzo, y su verdadero interés estaba parado justo frente a él.
Se concentró en Graves.
Había algo en la mirada del Teniente.
No era solo la falta de miedo.
Era esa frialdad calculadora, esa autoridad sin emociones que parecía juzgar y descartar todo lo que no fuera útil.
Le recordó, con una claridad dolorosa, a los ojos de su padre la noche en que mató a su hermana.
Esa similitud le irritó bastante.
La apatía de Jax se agrietó, dejando ver el fuego que ardía debajo.
—Tienes ojos de hombre muerto, imperial —murmuró Jax, sus nudillos blanqueándose sobre la madera de su lanza.
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