Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 70
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70: Capitulo 71: Un genio Vs un Profesional 70: Capitulo 71: Un genio Vs un Profesional —Tienes ojos de hombre muerto, imperial —murmuró Jax, sus nudillos blanqueándose sobre la madera de su lanza.
Graves por su parte tenía la mano en su revólver, el dedo acariciando el gatillo con una suavidad letal.
No respondió al insulto.
Solo calculó el ángulo, la velocidad del viento, la tensión muscular de su oponente.
El mundo se ralentizó para ambos lados.
El sonido del viento en los árboles desapareció.
El latido de sus corazones se convirtió en un tambor lento y pesado.
Todo podía terminar en un solo segundo.
Una bala en el cráneo.
Una punta de lanza en el corazón.
Y entonces, el tiempo se rompió.
¡BANG!
¡ZAS!
Ambos se movieron al mismo instante.
El revólver de Graves escupió fuego y plomo.
La lanza de Jax se convirtió en un rayo de plata.
Pero el destino tenía otros planes.
Jax, anticipando el disparo por el movimiento del tendón de Graves, giró la cabeza hacia la izquierda una fracción de segundo antes de la detonación.
La bala, imbuida de magia perforante, no le dio en la frente.
Le rozó la mejilla, dejando un corte fino y ardiente, y cortó un mechón de su cabello rojo antes de perderse en la noche.
Graves, leyendo el cambio de peso en los pies de Jax, se dejó caer sobre una rodilla en el último microsegundo.
La punta de la lanza, que iba dirigida a su garganta con una precisión aterradora, pasó silbando por encima de su cabeza, cortando limpiamente el cuello de su abrigo de cuero pero logro tocar la piel, dejando un corte poco profundo.
El primer ataque de ambos falló.
Jax terminó su estocada extendida, y Graves terminó en una posición agachada.
Ambos se quedaron congelados por un instante, en una pose casi estatuaria, dándose cuenta de la magnitud de lo que acababa de pasar.
No habían fallado por error.
Habían fallado porque el otro había sido igual de rápido, igual de letal.
Jax retiró su lanza y retrocedió un paso, tocándose la mejilla sangrante con el pulgar.
Miró la sangre, y su sonrisa perezosa regresó, pero esta vez era más afilada, más peligrosa.
—Vaya —dijo Jax—.
Parece que no eres solo un burócrata con un juguete ruidoso.
Graves se puso de pie lentamente, su rostro impasible ignorando la sangre de su cuello, aunque sus ojos grises brillaban con una nueva intensidad.
—Y tú —respondió Graves, amartillando de nuevo su revólver con un clic seco—, eres mucho más rápido que los informes.
El claro del bosque se convirtió en un torbellino de violencia calculada.
La batalla entre Jax y Graves se transformó en una partida de desgaste.
Graves disparaba con una precisión metódica, obligando a Jax a girar, bloquear y esquivar constantemente.
Jax, a su vez, usaba el alcance de su lanza para mantener a Graves a distancia, buscando una apertura que nunca llegaba.
Árboles fueron astillados por balas perdidas.
El suelo quedó marcado por los tajos de la lanza.
Y entonces, sucedió lo inevitable.
Graves disparó.
¡BANG!
Jax desvió la bala con el eje de su lanza.
Graves disparó de nuevo.
¡BANG!
Jax rodó por el suelo.
Graves apretó el gatillo por sexta vez.
Clic.
El sonido seco del percutor golpeando una cámara vacía resonó en el caos.
Su revólver se había quedado sin balas.
Los ojos de Jax brillaron.
Era el momento que había estado esperando, el intervalo de recarga.
—¡Te tengo!
—exclamó Jax.
Aprovechó el momento para atacar.
Con una explosión de velocidad, se lanzó hacia adelante, cerrando la distancia en un parpadeo.
Su lanza iba dirigida al hombro de Graves, un golpe destinado a incapacitarlo y terminar la pelea.
Jax estaba seguro de su victoria; un tirador sin balas era un hombre muerto.
Pero el Hombre Sin Miedo no era ningún perezoso.
Y definitivamente, no era un soldado de un solo truco.
Graves no intentó retroceder para recargar.
No mostró pánico.
En cambio, hizo lo contrario a lo que Jax esperaba: dio un paso hacia adelante, entrando directamente en la guardia del lancero, inutilizando la ventaja de alcance del arma larga.
Jax abrió los ojos con sorpresa.
Estaba demasiado cerca.
Graves soltó su revólver (que quedó colgando de su correa de seguridad) y sus manos quedaron libres.
Con un movimiento fluido y brutalmente eficiente, esquivó la punta de la lanza de Jax por milímetros, dejando que el arma pasara inofensivamente sobre su hombro.
Luego, su mano izquierda se cerró como una garra de acero sobre la túnica de Jax, agarrando su brazo, mientras su mano derecha se enganchaba bajo la axila del lancero.
Usando el propio impulso del ataque de Jax en su contra, Graves giró sus caderas y tiró.
No hubo magia.
No hubo talento divino.
Fue una técnica de combate cuerpo a cuerpo militar perfecta.
Jax sintió que el mundo giraba.
Sus pies se separaron del suelo.
Fue lanzado por encima del hombro de Graves en un arco perfecto.
¡PUM!
El impacto fue tremendo.
Jax fue azotado contra el suelo con una fuerza que le sacó todo el aire de los pulmones.
Su espalda chocó contra las raíces de un árbol, y su lanza salió volando de su mano, rodando lejos de su alcance.
Graves se quedó de pie sobre él, respirando con dificultad pero manteniendo su postura perfecta.
Jax, aturdido y dolorido, miró hacia arriba desde el suelo, tratando de entender cómo había perdido la ventaja tan rápido.
Esta era la pequeña diferencia entre un genio y un profesional.
El genio dependía de su herramienta y de su don.
El profesional era la herramienta.
Graves no necesitaba balas para ser peligroso; todo su cuerpo era un arma forjada por la disciplina del Imperio.
—Lección número dos —dijo Graves, mirando al lancero caído—.
Un arma vacía no significa un soldado desarmado.
Graves no le dio a Jax ni un segundo para recuperarse del impacto.
Aprovechando que el lancero estaba sin aire y en el suelo, el Teniente se movió con la eficiencia de una máquina.
Se deslizó detrás de él y rodeó el cuello de Jax con su brazo, cerrando una llave de estrangulamiento perfecta.
Jax reaccionó con el pánico de alguien que nunca se ha visto en esa situación.
Soltó un gruñido ahogado e intentó liberarse.
Arañó el brazo de Graves, pataleó, trató de girar su cuerpo.
Pero fue en vano.
Graves era muy bueno.
Demasiado bueno.
Su agarre era como un cepo de hierro.
No usaba solo fuerza; usaba apalancamiento y peso.
Cada movimiento que Jax hacía para escapar, Graves lo contrarrestaba ajustando la llave, cortando el flujo de sangre al cerebro del genio perezoso poco a poco.
—Ríndete…
—susurró Graves al oído de Jax, su voz tranquila a pesar del esfuerzo físico—.
O duerme.
Tú eliges.
Jax no respondió, apretando los dientes, su visión empezando a oscurecerse en los bordes.
Era una batalla de voluntades silenciosa y brutal en el suelo del bosque.
——————————————————— Mientras ambos tenían un enfrentamiento de aguante físico, en otro lugar del bosque, la batalla era de puro espectáculo y destrucción.
Petra estaba haciendo lo mejor posible para acercarse a Viviana, pero era como intentar correr a través de una tormenta de meteoritos.
Viviana, flotando segura dentro de su “Dominio Ambiental”, desataba el infierno.
Rayos de fuego, esquirlas de hielo y ondas de fuerza concusiva llovían sobre la Rompemagia sin cesar.
Petra corría, saltaba y rodaba, usando los árboles como cobertura temporal hasta que estos explotaban en astillas bajo el bombardeo.
¡ZAS!
Un rayo cayó justo donde Petra pisaba.
¡FWOOSH!
Un muro de fuego la obligó a cubrirse.
¡CRACK!
Estacas de hielo se estrellaron contra sus brazos cruzados.
Sus guanteletes negros desviaban los peores hechizos, disipando la magia al contacto, pero eran demasiados.
Un rayo le rozó el hombro, quemando su piel.
Una esquirla de hielo se clavó en su muslo.
No le daban ni una oportunidad de cerrar la distancia para usar sus puños.
Cualquier otro guerrero habría sentido desesperación.
Cualquier otro habría huido.
Con la sangre corriendo por su brazo y el olor a muerte llenando sus pulmones, el corazón de Petra no sentía miedo.
Se emocionaba.
El ritmo salvaje de su corazón aceleró, bombeando adrenalina pura.
Sus ojos brillaban con una alegría feroz.
Hacía tiempo que no encontraba a alguien que la obligara a esforzarse tanto, alguien que no cayera con el primer golpe.
Los ataques de Viviana no le daban ni una oportunidad.
Cada vez que Petra lograba avanzar un metro, la magia de Viviana la empujaba dos metros hacia atrás.
Su piel estaba quemada, su ropa humeante, y sus nudillos negros vibraban por la constante absorción de energía.
Cualquier otra persona habría huido aterrorizada o habría muerto hace minutos.
Pero esto solo hizo que el corazón de Petra se emocionara más.
Se limpió la sangre de una ceja partida y se echó a reír, una risa salvaje que se escuchó por encima del estruendo de los hechizos.
No sentía miedo.
Sentía éxtasis.
Por fin, un oponente que no se rompía a.
Por fin, una magia tan densa que podía sentirla en los dientes.
Petra bajó la cabeza y cargó de nuevo, directa hacia el infierno elemental, dispuesta a recibir mil golpes con tal de conectar uno solo.
—¡SÍ!
—rugió Petra, aplastando una bola de fuego con su puño desnudo—.
¡Más fuerte, bruja!
¡Hazlo más difícil!
Para la tribu de los Puños Carmesí, el dolor no era una advertencia.
Era la confirmación de que estabas vivo.
Y Petra nunca se había sentido más viva que ahora, bailando al borde de la muerte contra una diosa de la destrucción.
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