Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 72
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72: Capitulo 73: Conclusión 72: Capitulo 73: Conclusión Graves apretó el gatillo, pero el estruendo que siguió no provino de su revólver.
Vino de arriba.
Un silbido agudo rasgó el aire, seguido de un impacto devastador.
Un proyectil alquímico cayó del cielo con una precisión matemática, impactando justo a unos centímetros donde Jax estaba plantado.
¡BOOM!
La explosión de tierra y fuego lanzó al Demonio de la Lanza por los aires.
Voló varios metros hacia atrás, su cuerpo girando sin control, antes de aterrizar con una dureza brutal sobre el suelo, rodando hasta detenerse.
Se apoyó en su lanza para intentar levantarse, pero se tambaleó.
—¡Ahhhg!
—gritó la entidad, su voz distorsionada llena de una rabia infantil y asesina—.
¡Tramposos!
¡Sucios tramposos!
Miró hacia abajo.
Su pierna izquierda estaba torcida en un ángulo antinatural, el hueso casi expuesto, la carne desgarrada por la metralla.
Estaba prácticamente partida.
El cuerpo de Jax, por muy resistente que fuera, tenía límites.
¡BANG!
Graves no le dio tiempo para lamentarse.
Disparó.
El Demonio, movido por puro instinto de conservación, se lanzó a un lado, arrastrando su pierna inútil.
La bala se clavó en la tierra.
El Demonio giró su lanza como un molino de viento, bloqueando dos disparos más con un clang-clang de chispas metálicas.
Pero sabía que había perdido.
No podía moverse rápido con esa pierna.
No podía cerrar la distancia.
—¡Esto no se quedará así!
—rugió el Demonio, sus ojos blancos llenos de odio—.
¡Nadie rompe a mi amigo!
Sin otra opción, el Demonio se vio obligado a huir.
Usando la lanza como muleta y con una velocidad sorprendente para un lisiado, se lanzó hacia la espesura del bosque, desapareciendo en la oscuridad para lamerse las heridas y devolverle el control al dolorido Jax.
El silencio volvió al claro.
Graves bajó su arma humeante.
Levantó la mano izquierda e hizo una señal hacia la colina lejana.
Allí, entre los árboles, Marcus y Silas se pusieron de pie.
No habían huido.
Habían tomado una posición estratégica y habían armado un mortero portátil de asedio ligero.
Habían estado esperando el momento exacto en que el objetivo estuviera quieto para disparar.
—Blanco neutralizado —dijo Marcus, comenzando a desmontar el arma.
Graves asintió, satisfecho.
La misión estaba…
cumplida, dentro de lo posible.
Intentó dar un paso hacia ellos.
Pero sus piernas no respondieron.
El mundo se inclinó bruscamente.
El dolor en su costado, que la adrenalina había mantenido a raya, explotó con una furia repentina.
La herida invisible que Jax le había hecho era profunda, y había estado sangrando internamente todo este tiempo.
El Hombre Sin Miedo cayó al suelo, su revólver escapándose de sus dedos.
Su visión se volvió borrosa.
Lo último que vio antes de que la oscuridad lo reclamara fue a sus subordinados, los “problemáticos” miembros de la Unidad Cero, corriendo hacia él con una preocupación genuina en sus rostros.
La batalla había terminado.
Pero ambos bandos habían pagado un precio de sangre.
——————————————————— El golpe final no fue de dolor, sino de luz.
Y en esa luz, como cuentan la historias, Petra vio pasar su vida ante sus ojos.
Vio a sus padres, guerreros de los Puños Carmesí, mirándola con orgullo cada vez que derribaba un árbol con sus manos desnudas.
Recordó su primer combate real contra el campeón de su clan, la sangre en su boca y la euforia de saber que era especial.
Luego, las imágenes se aceleraron.
Se vio a sí misma como mercenaria, joven y temeraria, metiéndose en problemas con el Imperio por una pelea de bar que terminó con medio cuartel destruido.
Terminó arrestada, encadenada con grilletes de supresión en una celda oscura.
Fue entonces cuando la puerta se abrió y entró un hombre de mirada gris y uniforme impecable.
El Teniente Graves.
No le ofreció libertad, le ofreció un propósito.
—”Tienes un don para romper cosas” —le había dicho—.
“¿Por qué no rompes cosas para mí?” Ella aceptó.
Y pronto, su celda solitaria se llenó de gente.
Se unieron más personas a ella, formando la extraña familia de la Unidad Cero.
Vio a Elia, posiblemente su única amiga verdadera.
Petra siempre la vio como a su hermana mayor, alguien a quien debía proteger.
Elia era demasiado frágil para este mundo, y a Petra le gustaba ser su escudo.
Vio a Marcus, el viejo cascarrabias.
Él sí que sabía hacerla reír con sus insultos complicados que ella apenas entendía pero que sabía que eran ingeniosos.
Vio a Silas, su compañero de bebidas.
El único que podía seguirle el ritmo en una taberna y el único lo suficientemente loco para robarle las monedas a ella, es divertido perseguirlo.
Y vio al Teniente Graves.
Tenía un encanto particular.
No era cálido, pero era sólido.
Un líder por el que valía la pena sangrar.
Pero la visión se desvaneció.
La calidez de los recuerdos fue reemplazada por el frío del suelo y el peso aplastante de la realidad.
Petra parpadeó, la sangre nublando su visión.
Estaba tumbada boca arriba en el claro destrozado.
Su cuerpo, normalmente invulnerable a la magia, estaba cubierto de quemaduras y contusiones.
Sus nudillos negros estaban agrietados.
Y sobre ella, con una bota de tacón plantada firmemente en su pecho, estaba Viviana.
La Maga flotaba ligeramente, sus Nueve Anillos girando perezosamente a su alrededor, brillando con una victoria absoluta.
Había usado su Dominio Ambiental para saturar el aire de tanta magia que la capacidad de Petra para anularla se había visto desbordada.
La había ahogado en poder puro.
—Fascinante resistencia —dijo Viviana, mirando hacia abajo con una mezcla de desprecio y una pizca de curiosidad científica—.
Has aguantado más castigo que un golem de asedio.
Presionó un poco más con su bota, haciendo que Petra soltara un gemido ahogado.
—Pero al final, la carne siempre se rompe.
Y la magia…
la magia es eterna.
Petra intentó levantar un brazo, intentó invocar esa furia de los Puños Carmesí, pero sus músculos no respondieron.
Estaba completamente derrotada.
La Rompemagia había sido rota.
Viviana levantó su bastón, la punta brillando con una luz violeta letal.
—¿Alguna última palabra, bárbara?
—preguntó, lista para terminar lo que había empezado.
Petra tosió, escupiendo un poco de sangre a un lado.
Miró a la maga a los ojos y, con la poca fuerza que le quedaba, sonrió.
—Sí…
—graznó—.
Espero que…
mis amigos…
te den una paliza.
Viviana arqueó una ceja, preparándose para disparar.
Pero antes de que pudiera hacerlo, una voz conocida gritó desde la espesura.
—¡Viviana!
La voz no era una amenaza.
Era un graznido dolorido.
De entre los árboles destrozados por la tormenta mágica, emergió Jax.
O lo que quedaba de él.
El lancero estaba completamente destrozado.
Sus ropas estaban hechas jirones, su pierna izquierda colgaba en un ángulo inútil y se apoyaba pesadamente en su lanza como si fuera una muleta.
El “Demonio” se había retirado, dejando al genio perezoso lidiar con el dolor atroz de la realidad.
Justo detrás de él, el Vestigio Serpiente, Pentus, bajó de las ramas de un árbol con urgencia, aterrizando junto a Viviana.
—Maestra, tenemos problemas —siseó Pentus, ignorando a la derrotada Petra—.
Se acercan luces.
Muchas.
Antorchas y acero.
Es la guardia personal de Lord Tiberius.
Y traen caballería pesada.
Viviana frunció el ceño.
Enfrentarse a un equipo de espías era una cosa; masacrar al ejército privado de un noble local en su propio territorio era un incidente diplomático que ni siquiera el Gremio podría encubrir.
Miró a Petra, que yacía indefensa bajo su bota.
Podría matarla ahora.
Sería fácil.
Pero Viviana era, ante todo, pragmática.
Petra estaba rota.
El mensaje había sido entregado.
—Hoy tienes suerte, bárbara —dijo Viviana, retirando su pie.
Con un movimiento amplio de su mano, liberó una ola de magia gravitatoria.
No para atacar, sino para elevar.
Jax, que parecía a punto de desmayarse, y Pentus, fueron envueltos en un aura violeta y levantados del suelo.
Viviana se elevó con ellos.
—Nos vamos —declaró ella.
Sin mirar atrás, el trío de la Federación se disparó hacia el cielo nocturno, alejándose del claro y de la inminente llegada de los soldados, dejando a Petra sola en el silencio repentino.
Petra cerró los ojos, esperando el sonido de las botas de los guardias, esperando pensando en ser arrestada o rematada.
En su lugar, sintió una mano.
Era pequeña, suave y temblaba ligeramente.
Se posó en su hombro magullado con una delicadeza llena de preocupación.
Petra abrió un ojo hinchado.
Elia estaba allí.
La Empática tenía el rostro bañado en lágrimas, sus ojos rojos de tanto llorar, no había huido.
Se había quedado atrás, escondida, esperando su oportunidad.
—Te tengo, Petra.
Te tengo —sollozó Elia, sus manos brillando con una luz tenue de magia curativa básica, tratando desesperadamente de cerrar las heridas más graves—.
No te muevas.
Marcus y Silas…
ya vienen.
Te sacaremos de aquí.
Petra intentó hablar, pero solo salió un suspiro ronco.
Sintió el dolor de sus huesos rotos, el ardor de su piel quemada.
Pero por encima de todo eso, sintió la mano de su amiga.
En ese momento, tirada en el barro y derrotada, la indomable Petra se alegró.
No por haber sobrevivido.
Sino por saber, con certeza absoluta, que no estaba sola.
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