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Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 73

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  4. Capítulo 73 - 73 Capitulo 74 Órdenes del principe
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73: Capitulo 74: Órdenes del principe 73: Capitulo 74: Órdenes del principe Esa noche, bajo el manto de estrellas que cubría los Territorios Intermedios, Villaclara volvió al silencio.

En el lugar donde una vez hubo un taller lleno de humo de colores y libros desordenados, ahora solo quedaba un cuadrado de tierra vacía.

Un mago misterioso, una caballero de otro mundo y un pequeño grupo de aventureros se habían ido sin decir adiós.

Se llevaron consigo sus risas, sus espadas y el peligro que los perseguía, dejando atrás solo el eco de su presencia.

A las afueras del pueblo, el bosque recuperaba su calma tras la tormenta.

Dos bandos, los más letales del continente, se habían enfrentado sin un claro vencedor.

El suelo estaba quemado, los árboles astillados, pero el premio que ambos buscaban se había desvanecido.

Días después, en los archivos de la Inteligencia Imperial, se archivó un documento sellado.

El reporte oficial declaraba que este había sido el primer fracaso en el inmaculado historial del Teniente Graves.

La misión de vigilancia había terminado en desastre.

Sin embargo, hubo un prisionero.

La Vestigio Nyx, traicionada por sus propios sentidos, fue arrestada y puesta bajo custodia imperial de alta seguridad.

Se desconocía la fecha para su juicio, o si alguna vez vería la luz del día de nuevo.

Por parte de la Federación, el orgullo también había sufrido un golpe.

Por primera vez en su carrera, la Maestra Viviana y el legendario Jax habían tenido que escapar de un conflicto.

Y por primera vez en la historia del Gremio Insecto, la Federación regresaba a casa sin haber conseguido nada valioso en una misión.

Solo magulladuras y preguntas sin respuesta.

Villaclara estaba en paz, ignorante de lo cerca que había estado de la aniquilación total.

La vida volvía a su curso normal.

Pero su historia no terminó ahí.

En la pequeña habitación de una panadería, con el olor a levadura y harina en el aire, una joven panadera se arrodillaba junto a su cama.

Lina entrelazó sus manos y cerró los ojos.

No sabía por qué sentía ese vacío en el pecho, ese hueco con forma de persona que le dolía al respirar.

Los recuerdos eran borrosos, como un sueño que se escapa al despertar.

Pero su alma sabía lo que su mente había olvidado.

Le rezaba a un dios nuevo, al Padre del Final, no por ella, sino por la seguridad de alguien.

—Protégelo —susurró a la oscuridad, una lágrima solitaria corriendo por su mejilla—.

Donde quiera que esté…

protégelo.

Rezaba por la seguridad de alguien que ella no recordaba, pero que su corazón, en su terca y silenciosa rebeldía, le decía que algún día, tal vez, podría recordar.

Y lejos, muy lejos de allí, en un taller que viajaba a través de la realidad hacia la Ciudad Corazón, un mago de ojos rojos sintió, por un breve instante, una calidez inexplicable en su pecho ——————————————————— La sede principal del Cuartel de Inteligencia del Imperio Solariano era un monumento a la eficiencia y al control.

Paredes de piedra gris, estandartes perfectamente alineados y un silencio que no era de paz, sino de disciplina estricta.

En la oficina de la Capitana Karina, la luz fría de la mañana iluminaba una escena tensa.

El Teniente Graves estaba de pie frente al escritorio, en posición de firmes.

Su uniforme, normalmente impecable, había sido reemplazado por uno nuevo, pero la rigidez de su postura delataba las vendas apretadas que ocultaban la herida en su costado, cortesía del Demonio de la Lanza.

Su rostro estaba pálido, más ojeroso de lo habitual, pero sus ojos grises mantenían su frialdad característica.

Acababa de terminar su informe verbal.

No hubo excusas.

No hubo adornos.

—…Objetivos perdidos.

La Unidad Cero sufrió daños moderados.

El agente encubierto “Nyx” ha sido identificado como traidor y está bajo custodia a la espera de interrogatorio.

La interferencia de la Federación fue…

significativa.

La Capitana Karina cerró la carpeta que tenía sobre la mesa con un sonido seco.

Se levantó y caminó alrededor del escritorio, deteniéndose frente a su mejor agente.

—Es la primera vez en cinco años que escucho la palabra “fracaso” asociada a tu nombre, Graves —dijo ella.

No había ira en su voz, solo una evaluación clínica.

—Subestimé las variables, Capitana —admitió Graves—.

El poder del objetivo “Ermitaño” excede los parámetros de un mago de Nivel 4 dado que desapareció sin dejar casi nada para rastrear.

Y el objetivo “Valquiria”…

es una fuerza de combate para la que no tenemos protocolos estándar.

Solicito permiso para reorganizar la Unidad y perseguirlos.

Marcus ha rastreado su firma energética.

Sé cómo encontrarlos.

Karina negó con la cabeza lentamente.

—Permiso denegado.

Graves parpadeó, la única señal de su sorpresa.

—¿Capitana?

—Mírate, Teniente.

Estás pálido.

Estás herido.

Y por primera vez, veo algo en tus ojos que me preocupa más que el fracaso: obsesión.

—Karina se cruzó de brazos—.

Has sido relevado temporalmente del servicio activo.

Se te ordena descansar y recuperarte hasta que los sanadores del cuerpo certifiquen tu aptitud, posiblemente un mes.

Graves rompió la postura de firmes, dando un paso adelante, impulsado por una urgencia poco característica.

—¡Con el debido respeto, Capitana, no necesito descanso!

¡Necesito terminar la misión!

Si les damos tiempo, desaparecerán en el submundo de las Tierras Intermedias.

Son una amenaza para la seguridad nacional, y no somos los únicos consientes de lo que son capaces.

¡Me niego a quedarme en una cama mientras ellos…!

—¡Teniente!

—la voz de Karina fue un latigazo—.

Esto no es una sugerencia.

Es una orden directa de tu superior.

El silencio volvió a caer en la habitación.

Graves apretó la mandíbula, luchando contra su instinto de desobedecer.

Karina suspiró, suavizando un poco su postura.

Se dirigió de nuevo a su escritorio y tomó algo de un cajón cerrado con llave.

Era un sobre de papel grueso, color crema, sellado con cera púrpura y el emblema del Sol Real.

—Además —dijo Karina, extendiéndole el sobre—, aunque quisiera enviarte de vuelta al campo, ya no está en mis manos.

Tu fracaso ha llamado la atención de alguien mucho más arriba en la cadena alimenticia.

Graves tomó el sobre.

El sello real brillaba bajo la luz.

—¿Qué es esto?

—preguntó.

—Una citación —respondió Karina, con una mezcla de respeto y disgusto—.

Del Príncipe Adrian.

Graves sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con su herida.

El Príncipe Adrian.

El segundo en la línea de sucesión.

Conocido por su intelecto brillante, su encanto superficial y su absoluta falta de respeto por los procedimientos militares.

—¿El Príncipe?

¿Por qué querría verme a mí?

—Porque leyó tu informe, Graves.

Y a diferencia del Consejo de Guerra, que está furioso…

él lo encontró “fascinante”.

—Karina se volvió hacia la ventana—.

Dice que el palacio es muy aburrido últimamente.

Y desea escuchar, de primera mano, la historia del hombre que se enfrentó a “demonios” y magos y sobrevivió para contarlo.

Graves miró la carta en su mano.

—Quiere verte en el palacio —concluyó Karina—.

Inmediatamente.

Y al Príncipe no se le dice que no, ni siquiera si estás desangrándote.

Graves guardó la carta en su chaqueta.

Su misión de caza había terminado.

Ahora, estaba a punto de entrar en un campo de batalla mucho más peligroso: la corte real.

Graves salió de la oficina de la Capitana, cerrando la pesada puerta de roble tras de sí.

El pasillo del Cuartel de Inteligencia estaba desierto, un túnel de piedra fría y ecos distantes.

Con un movimiento lento, ignorando el pinchazo de dolor en su costado, rompió el sello púrpura del sobre y leyó con calma la carta del Príncipe.

La caligrafía era elegante, excesiva, llena de florituras innecesarias que contrastaban con la orden directa que contenía.

“Al Teniente Graves, el hombre que miró al abismo y parpadeó.

He oído historias de un pueblo en llamas, de una mujer de acero y de un mago que rompe la realidad.

Mi hermana dice que son amenazas.

Yo digo que son…

novedades.

Y estoy terriblemente falto de novedades.

Preséntese en mis aposentos privados esta noche, después de la cena.

Y traiga a su equipo.

A todos ellos.

Quiero ver a los ‘juguetes rotos’ que sobrevivieron a tal encuentro.

No me decepcione.

El aburrimiento es un crimen capital en mi corte.

—Adrian.” Graves suspiró, doblando la carta y guardándola.

“Juguetes rotos”.

Así es como la realeza veía a sus soldados de élite.

Se frotó el puente de la nariz.

Reunir a la Unidad Cero nunca era una tarea sencilla, y menos después de una derrota.

Hizo un recuento mental rápido.

Silas estaba suelto por algún lado.

Graves ni siquiera se molestó en buscarlo.

Probablemente estaba “adquiriendo” suministros no autorizados en la despensa de los oficiales o robando cubiertos de plata para calmar sus nervios.

Aparecería cuando oliera problemas o alcohol.

Marcus, el Erudito, se había encerrado en los Archivos Prohibidos en cuanto pusieron un pie en la base.

Estaba obsesionado.

Buscaba frenéticamente información sobre lo que fuera esa “cosa” oscura que había tomado el cuerpo de la Valquiria.

Graves sabía que no sacaría al viejo de allí hasta que tuviera una teoría sólida o lo arrastraran fuera.

Así que solo quedaban Petra y Elia para ver su estado.

Graves se dirigió a la enfermería del ala este, reservada para operaciones especiales.

Al entrar, el olor a antiséptico y ungüentos mágicos llenó sus fosas nasales.

En una de las camas, Elia dormía profundamente, su rostro pálido y sereno.

El choque psíquico de sentir a dos supuestos dioses y un demonio al mismo tiempo sumado al estrés de la batalla, la había dejado exhausta.

Sentada en una silla junto a la cama de Elia, estaba Petra.

La Rompemagia tenía un brazo en cabestrillo y parches de ungüento sobre las quemaduras que le había dejado la magia de Viviana.

Pero no estaba descansando.

Estaba apretando una pelota de goma con su mano sana, una y otra vez, con tanta fuerza que parecía que iba a explotar.

Su mirada estaba fija en la pared, llena de una frustración ardiente.

Al ver entrar a Graves, Petra se detuvo.

—Jefe —gruñó ella—.

Dime que tenemos una misión de revancha.

Dime que vamos a volver a buscar a esa bruja de pelo azul.

Graves se acercó a la cama de Elia, comprobando sus constantes vitales antes de mirar a Petra.

—No exactamente —dijo Graves, sacando la carta del Príncipe—.

Pero vamos a entrar en un nido de víboras diferente.

Despierta a la niña, Petra.

Y busca a los otros dos.

Petra frunció el ceño, confundida.

—¿A dónde vamos?

Graves se alisó el uniforme, preparándose para la política, el único campo de batalla donde su revólver no servía de nada.

—Al Palacio Real.

El Príncipe quiere que le contemos un cuento antes de dormir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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