Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 74
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Capítulo 74: Capitulo 75: Un poco de burocracia
Lejos de los barracones de inteligencia, en la sala del Consejo Privado del Palacio, el ambiente era sofocante, cargado de dudas y tensión política.
El Rey Gradan Solaris, estaba sentado en su trono. Era un hombre grande, con una barba grisácea y una corona que parecía pesar demasiado sobre su cabeza.
A su derecha, de pie y atento, estaba el Príncipe Adrian. A su izquierda, sentada con elegancia y un cuaderno de notas en su regazo, la Princesa Livia.
Frente a ellos, los Sabios de la Corte, hombres y mujeres ancianos con túnicas bordadas en oro, discutían con voces monótonas y preocupadas.
—Las cosechas en el sector sur están por debajo de lo esperado, Su Majestad —decía uno con voz temblorosa—. Y los Duques de la Frontera están reteniendo los impuestos de nuevo. Alegan que necesitan los fondos para “seguridad local”.
El Rey Gradan se frotó la sien. Sabía lo que eso significaba. No era seguridad. Era sedición silenciosa.
—Hay una creciente falta de fe en la Corona —intervino otro sabio, más joven y ambicioso—. Los gremios mercantes y los políticos de la facción reformista están ganando más y más poder e influencia en el Senado. Dicen que el Imperio se ha estancado. Que necesitamos un cambio.
Adrian reprimió un bostezo, ganándose una mirada severa de su hermana. Para él, todo esto era ruido. Política aburrida de hombres viejos que temían perder sus sillas.
—Suficiente —retumbó la voz del Rey Gradan, silenciando la sala—. Lidiaremos con los Duques más tarde. Ahora, pasemos al asunto que ha puesto nervioso a mi servicio de inteligencia. La Federación. Y esos dos… individuos en los Territorios Intermedios.
El ambiente cambió. El aburrimiento desapareció. Los sabios se miraron entre sí, barajando papeles.
—El informe de la Unidad Cero es… inquietante, Majestad —dijo el Gran Magistrado Orlon, un hombre con ojos codiciosos—. La Federación envió a la Maestra Viviana y al lancero Jax. Un movimiento agresivo. Pero fueron repelidos.
—No por nosotros —matizó Livia suavemente—, sino por el caos que generaron los objetivos.
—Exacto —dijo Orlon, dando un paso al frente, con un brillo fanático en los ojos—. Y es ahí donde reside la oportunidad. Si es verdad que ese mago, “Ermitaño”, posee un Nivel de Flujo de 4 o superior… y si domina la magia espacial… ¡Sería el arma definitiva para el Imperio!
Orlon levantó las manos, emocionado.
—Debemos buscarlo. Ofrecerle lo que quiera. Oro, títulos, laboratorios. Si lo unimos al Imperio, la Federación no se atreverá a desafiarnos. Él podría ser la clave para restaurar la fe en la fuerza de la Corona.
—¡Es una locura! —intervino otro sabio, una mujer anciana llamada Seraphina—. ¡Habéis leído el informe de su personalidad! Ese hombre no sigue a nadie y neutralizó a un noble local. Es inestable. Peligroso. No es un arma que se pueda enfundar. Si lo traemos aquí, podríamos estar invitando a la destrucción a nuestra propia casa. Debería ser declarado enemigo del estado y eliminado a distancia.
El debate estalló. Unos veían un recurso invaluable para recuperar el poder político. Otros veían una amenaza existencial que debía ser purgada.
El Rey escuchaba, su rostro inescrutable.
Adrian, observando el caos, sonrió levemente. Se inclinó hacia su hermana y susurró:
—¿Ves, Livia? Todos quieren al juguete. Pero nadie se pregunta si el juguete quiere jugar con ellos.
—Silencio, Adrian —susurró ella de vuelta, aunque sus ojos violetas mostraban que estaba de acuerdo—. Papá va a hablar.
El Rey Gradan levantó la mano, y el silencio cayó de nuevo. La decisión final sobre el destino del ermitaño y la Valkyria estaba a punto de ser tomada por el hombre más poderoso del este.
El Rey Gradan se puso de pie. El movimiento fue lento, pesado, pero cargado con la autoridad de quien ha gobernado durante décadas. El silencio en la sala del consejo fue instantáneo. Los sabios bajaron la cabeza, y hasta el Príncipe Adrian dejó de sonreír.
—Basta —retumbó la voz del Rey, resonando en las paredes de piedra—. Escucho vuestras disputas sobre poder y ambición, y me pregunto si estáis ciegos.
Caminó hacia el gran mapa estratégico colgado en la pared. Con una mano callosa, trazó la línea de las fronteras del norte y el este.
—No es momento de pelear por un solo individuo, por muy poderoso que sea —declaró Gradan con severidad—. Nuestros exploradores informan de movimientos en las fronteras. Y lo que es peor, los informes de ataques de Bestias Corruptas se han triplicado en el último mes. La Fractura está inquieta. El mundo está sangrando, y vosotros queréis que envíe a mis mejores hombres a perseguir fantasmas en un pueblo olvidado.
Se giró para encarar a la sala.
—No puedo, y no voy a desperdiciar recursos vitales del Imperio en una búsqueda absurda de dos vagabundos. Mis legiones se concentrarán en proteger a nuestros ciudadanos y asegurar nuestras fronteras. Esa es mi prioridad.
Un murmullo de descontento recorrió a la facción de Orlon, los que querían usar a Zain como arma. El Rey levantó una mano para detenerlos.
—Sin embargo —dijo, sus ojos brillando con una astucia política—, entiendo el riesgo que representa un mago no regulado de tal calibre. Si es una amenaza, debe ser controlado. Pero no es nuestra responsabilidad controlarlo.
Miró a su hija, la Princesa Livia, que asintió imperceptiblemente, entendiendo a dónde iba su padre.
—La magia tiene sus propias leyes. Y sus propios guardianes.
—Preparad el informe completo de la Unidad Cero —ordenó el Rey—. Selladlo con el emblema real. Y enviadlo por mensajero rápido a la Academia Independiente de las Artes Arcanas.
Los sabios jadearon.
—Que Lady Althea y sus Archimagos se encarguen de sus propios perros descarriados —concluyó el Rey con frialdad—. Si ese “Ermitaño” es un producto de su enseñanza, es su deber disciplinarlo. Nosotros nos lavamos las manos.
Con esa sentencia final, el Rey Gradan dio por terminada la sesión y salió de la sala, seguido por sus guardias.
La sala se vació lentamente. El Príncipe Adrian se quedó rezagado, mirando el mapa.
—La Academia… —murmuró con una sonrisa divertida—. Papá acaba de lanzar al ratón directamente a la boca del gato más grande y viejo del continente.
—Es una jugada inteligente —dijo Livia, cerrando su cuaderno—. Si la Academia lo caza, nos libramos de un problema sin gastar oro ni soldados. Y si fallan… bueno, entonces sabremos que realmente vale la pena preocuparse.
—Pobre mago —dijo Adrian, aunque su tono no tenía nada de lástima—. Creía que tenía que esconderse del Imperio. Ahora tendrá que esconderse de sus propios maestros.
Adrian se ajustó la capa de seda.
—Vamos, hermana. Tengo una cita con un Teniente herido y su equipo de desastres. Quiero escuchar los detalles jugosos antes de que la Academia convierta toda esta historia en un aburrido informe académico.
La maquinaria del Imperio había girado. La caza militar se había detenido, pero una amenaza mucho más personal y antigua acababa de ser activada.
Zain había escapado de los soldados. Pero pronto descubriría que no se puede escapar de los profesores.
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Lejos de las montañas y fortalezas de piedra del Imperio, la capital de la Federación de Kith se alzaba brillante junto al mar. Era una ciudad de mármol blanco, canales de agua cristalina y cúpulas de vidrio que reflejaban el sol. Aquí, el poder no residía en un solo trono, sino en el dinero, la influencia y el voto.
En la cúspide de la Torre del Consejo, una estructura que parecía desafiar la gravedad con su arquitectura de cristal, se encontraba la Cámara de los Cuatro Vientos.
Viviana estaba de pie en el centro de la sala. Su bastón de cristal, recientemente adquirido, descansaba a su lado, y aunque mantenía la cabeza alta con su habitual orgullo, sus nudillos estaban blancos por la tensión.
Frente a ella, sentados alrededor de una mesa semicircular de madera de teca pulida, estaban los Cuatro Líderes de la Federación.
No eran reyes ni generales. Eran los gobernantes elegidos por el pueblo (o al menos, por los gremios más ricos que representaban al pueblo).
Maestro Gideón (Comercio): Un hombre obeso y enjoyado, cuyos ojos calculaban el valor de todo lo que veían.
Lady Seris (Magia y Artefactos): Una mujer elegante y fría, representante de los intereses arcanos y académicos.
General Thorg (Defensa y Mercenarios): Un veterano lleno de cicatrices que representaba a los ejércitos privados y gremios de lucha.
Madre Lysandra (Agricultura y Recursos): Una mujer mayor de aspecto severo que controlaba el suministro de alimentos de la nación.
El Maestro Gideón dejó caer el informe de Viviana sobre la mesa. El sonido resonó en la sala acústicamente perfecta.
—Un informe… colorido, Maestra Viviana —dijo Gideón, su voz untuosa—. Explosiones, supuestos demonios, intervenciones imperiales y una retirada estratégica. Y sin embargo, la columna de “Ganancias” está vacía.
—No fue una retirada —corrigió Viviana bruscamente—. Fue una reevaluación táctica ante la pérdida del objetivo.
—Semántica —gruñó el General Thorg—. El hecho es que el Imperio estaba allí. Y tú los dejaste escapar. A todos.
Lady Seris se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con interés intelectual.
—Olviden al Imperio por un momento. Centrémonos en los activos. Este “Ermitaño” y la “Valquiria”. Según tu descripción, sus niveles de poder alteraron los instrumentos de medición locales.
Los cuatro comenzaron a lanzar preguntas, sus voces superponiéndose.
—¿Son agentes imperiales no registrados?
—¿Es la tecnología de la mujer exportable?
—¿Viste sus rostros? ¿Conoces su identidad real?
Viviana apretó los dientes. Odiaba los interrogatorios.
—No —respondió con firmeza, cortando el ruido—. El mago se ocultaba en su taller. La mujer desapareció antes de poder verla. Sus nombres, “Zain” y “Elysia”, son probablemente alias. No hay registros de ellos en ninguna base de datos de la Federación. Son fantasmas.
Un murmullo de descontento recorrió la mesa. Gastar recursos para perseguir fantasmas era algo que los líderes de la Federación detestaban.
—Entonces, ¿qué nos traes, Viviana? —preguntó Madre Lysandra con dureza—. ¿Historias de miedo? ¿Excusas? Si no sabes quiénes son, no podemos rastrearlos. Las Tierras Intermedias son vastas.
Viviana sonrió. Era una sonrisa afilada, la de alguien que se ha guardado un as bajo la manga para el momento justo.
—No sé quiénes son ellos —admitió Viviana—. Pero cometieron un error de principiantes. Se llevaron mascotas.
Sacó un segundo pergamino de su túnica y lo lanzó sobre la mesa. Se desenrolló, mostrando cuatro bocetos detallados.
—Estos cuatro aventureros huyeron con ellos. Se han unido a su grupo. Y a diferencia del mago y la caballero, estos cuatro no son fantasmas. Son ciudadanos registrados.
Señaló los dibujos con su dedo índice, una uña pintada de violeta golpeando el papel.
—Mael. Borin. Lyra. Elora. Todos miembros registrados del Gremio de Aventureros, con licencias activas y, lo más importante, con un historial. Sabemos de dónde son. Sabemos quiénes los entrenaron. Y sabemos a dónde es probable que vayan si necesitan esconderse.
Los ojos de los líderes se iluminaron. Eso cambiaba las cosas. Ya no buscaban una aguja en un pajar. Buscaban a cuatro personas con papeles y antecedentes.
—Si encontramos a los aventureros —dijo Gideón, sonriendo con codicia—, encontramos a los objetivos.
—Exacto —confirmó Viviana—. No necesitamos cazar al mago directamente. Solo tenemos que tirar de la correa de sus nuevos y estúpidos amigos.
El General Thorg asintió, satisfecho.
—Bien. ¿Cuál es tu propuesta, Maestra?
—Emitir una “Orden de Recuperación” de Nivel Rojo a través de la red del Gremio de Aventureros —dijo Viviana sin dudarlo—. Poner una recompensa por su captura, vivos. Si están en las Tierras Intermedias, tarde o temprano tendrán que entrar en una ciudad, buscar suministros o contactar con un gremio. Y cuando lo hagan…
—…la red se cerrará sobre ellos —terminó Lady Seris.
Los cuatro líderes intercambiaron miradas y asintieron. La moción estaba casi, aprobada.
Viviana recogió su bastón. Había convertido su fracaso en una cacería humana a escala continental. El Imperio podía tener sus espías, pero la Federación tenía el oro. Y en este mundo, el oro tenía más ojos que cualquier dios.
Los cuatro líderes parecían estar a punto de sellar la orden, cuando una mano pesada y llena de cicatrices golpeó la mesa, deteniendo el proceso.
Fue el General Thorg.
—No —gruñó, su voz rasposa como dos piedras frotándose—. No podemos hacer tal cosa.
Viviana se giró hacia él, la incredulidad pintada en su rostro.
—¿Por qué no? —exigió saber—. Es la forma más rápida. Tenemos los nombres, tenemos los rostros. La red del Gremio de Aventureros es vasta. Los encontrarían en días.
Thorg negó con la cabeza lentamente, y los otros tres miembros del consejo, tras un momento de reflexión, parecieron entender la gravedad de lo que el General implicaba. Sus expresiones de triunfo se tornaron en muecas de preocupación política.
—Siéntate, Viviana —dijo Lady Seris con frialdad—. Eres brillante con la magia, pero tu memoria política es deficiente.
El Maestro Gideón se inclinó hacia adelante, entrelazando sus dedos enjoyados.
—Déjame explicártelo en términos de costo y beneficio. Para emitir una “Orden de Recuperación de Nivel Rojo” sobre miembros registrados, debemos proporcionar una causa al Gremio de Aventureros Central. Debemos decirles qué crimen han cometido.
—Son testigos de una operación fallida —replicó Viviana.
—Exacto —intervino Madre Lysandra—. Testigos de que fuerzas de la Federación y del Imperio lucharon abiertamente en las Tierras Intermedias.
Viviana se quedó en silencio. Empezaba a ver el problema.
—Técnicamente —continuó Thorg—, violamos el Tratado de Neutralidad de los Territorios al desplegarte a ti y a Jax allí. Si emitimos una orden de búsqueda oficial, el Gran Maestre del Gremio de Aventureros querrá saber por qué la Federación está cazando a sus propios miembros. Investigarán. Y si descubren que rompimos el tratado…
—…sería catastrófico —concluyó Gideón—. El Gremio de Aventureros ha estado en muy malos términos con la Federación durante el último año, desde la disputa por los impuestos de las mazmorras del sur. Están buscando cualquier excusa para sancionarnos, para subir sus tarifas o, peor aún, para negarnos contratos.
El peso de la realidad política cayó sobre la sala. La Federación dependía de los aventureros para la escolta de caravanas, la limpieza de monstruos y la exploración. Si el Gremio se volvía en su contra, la economía de la Federación se paralizaría.
—No podemos tocar a esos cuatro aventureros oficialmente —dijo Thorg—. Al menos, no a través de su propio Gremio. Nos arriesgamos a una guerra diplomática que no podemos permitirnos ahora que el Imperio está moviendo fichas.
Viviana apretó su bastón con fuerza. La burocracia y la política volvían a atarle las manos.
—Entonces, ¿qué? —preguntó, conteniendo su frustración—. ¿Los dejamos ir? ¿Dejamos que los únicos hilos que nos conectan con el objetivo desaparezcan porque tenemos miedo de ofender a un grupo de mercenarios glorificados?
—No —dijo Lady Seris, una sonrisa sutil y peligrosa curvando sus labios—. Simplemente significa que no podemos usar el martillo público. Necesitamos usar un bisturí privado.
Gideón asintió, sus ojos brillando con malicia.
—Si no podemos usar el Gremio de Aventureros… usaremos a los que el Gremio desprecia.
Viviana levantó una ceja. —¿Estás sugiriendo…?
—Contratistas externos —dijo Gideón—. Cazarrecompensas sin licencia. Asesinos. Gente que no hace preguntas y que no reporta a ningún Gran Maestre.
Se volvió hacia Viviana.
—Jax conoce sus rostros. Tú conoces sus firmas mágicas. No emitiremos una orden oficial. Tú, Maestra Viviana, dirigirás una partida de caza “no oficial”. Encuentra a esos aventureros. Hazlos hablar. Y luego… asegúrate de que el Gremio de Aventureros nunca encuentre los cuerpos para quejarse.
Viviana sonrió. Esto le gustaba más. Sin reglas. Sin tratados. Solo caza.
—Entendido —dijo—. Consideradlo hecho.
La Federación no podía usar la ley. Así que usarían el crimen.
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Lejos de la sala del consejo, en una habitación privada de sanación del Gremio, el aire olía a medicina fuerte y a ungüentos con olor a menta.
Jax estaba tumbado en una cama con sábanas suaves y acolchadas, con su pierna izquierda elevada y envuelta en un grueso capullo de vendas impregnadas de ungüentos alquímicos. El dolor era un latido sordo y constante, pero su mente estaba en otro lugar.
Estaba recordando el bosque. El sonido del disparo. Y, sobre todo, los ojos del hombre que lo había vencido.
Ese oficial imperial, Graves… tenía la misma mirada. Esa frialdad calculadora, esa ausencia de miedo, esa disposición a sacrificar cualquier cosa, incluso su propio cuerpo, para lograr un objetivo.
Le recordaba a su estúpido padre. Y ese recuerdo hacía que la bilis le subiera a la garganta.
Jax sabía que era un prodigio. Un “genio de la lanza”. Pero en la soledad de esa habitación, admitió una verdad que nunca diría en voz alta: no tenía un historial perfecto de victorias. Había perdido antes.
Había perdido contra su hermana cuando entrenaba con la espada, y también contra otros maestros y magos expertos cundo era mucho más joven e inexperto.
Y ahora, había perdido contra un hombre sin magia que simplemente fue más astuto que él.
La puerta de la habitación se abrió con un golpe, sacándolo de sus pensamientos oscuros.
Viviana entró como un vendaval, su túnica ondeando. No parecía importarle que él estuviera herido; su mente estaba fijada en la nueva misión.
—¡Arriba, Jax! —exclamó, caminando de un lado a otro de la habitación—. Tenemos luz verde. Bueno, más bien luz “negra”. Vamos a cazar a esos aventureros nosotros mismos. Sin reglas del Gremio. Sin burocracia.
Se detuvo al pie de su cama, mirándolo con impaciencia.
—Prepara tu lanza. Partiremos tan pronto como esa pierna sea funcional. Necesito que estés listo para moverte rápido.
Jax la miró desde la almohada, luego miró su pierna destrozada, y soltó un suspiro largo y cansado.
—Entonces será mejor que te pongas cómoda, Viviana —dijo con calma.
Viviana frunció el ceño. —¿De qué estás hablando? Los sanadores del Gremio son los mejores. Unos días, una semana a lo sumo…
—Fue un impacto directo de artillería, Vivi —la cortó Jax, señalando las vendas—. El hueso no solo se rompió, se astilló. Y la magia curativa no puede acelerar el crecimiento del hueso tan rápido sin dejarme cojo de por vida.
Jax se recostó, cerrando los ojos.
—El sanador jefe lo dejó claro. No podré caminar sin muletas, y mucho menos pelear contra una guerrera, hasta dentro de un mes.
—¿¡Un mes!? —gritó Viviana, su rostro enrojeciendo de frustración—. ¡En un mes podrían estar en cualquier parte! ¡Podrían cruzar el océano!
Jax se encogió de hombros, sin abrir los ojos.
—Entonces esperemos que les guste el turismo. Porque no me voy a mover de esta cama hasta que mi pierna deje de parecer un rompecabezas.
Viviana soltó un grito de pura rabia y salió de la habitación dando un portazo que hizo temblar las ventanas.
Jax se quedó solo en el silencio. Un mes.
Tenía un mes para sanar. Un mes para pensar. Y un mes para prepararse para el momento en que volvería a encontrarse con el hombre de la mirada gris.
La carrera había comenzado, pero para la Federación, acababa de ser puesta en una pausa forzosa. Y esa pausa le daría a los fugitivos la única cosa que el dinero no podía comprar: tiempo.
¡Excelente! Empezar con una descripción atmosférica y llena de historia es la mejor manera de situar al lector en este nuevo escenario. Establece la escala de la ciudad y su importancia en el mundo antes de reintroducir a nuestros héroes.
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En el centro geográfico de las Tierras Intermedias, donde las rutas comerciales del este y el oeste se entrelazan como las arterias de un cuerpo vivo, se alza la
Ciudad Corazón.
No es una ciudad común. Es una metrópolis vertical, construida desafiando la gravedad sobre y alrededor de una serie de gigantescos pilares de roca natural que se elevan desde un cañón profundo. Puentes de piedra y acero conectan los distritos, y dirigibles y bestias voladoras llenan el cielo.
Es un lugar de ruido, dinero, oportunidades y peligros, fundado hace apenas doscientos años sobre las ruinas de algo mucho más antiguo que nadie se atreve a excavar.
Su historia está llena de misterios, pero hay un capítulo reciente que cada habitante conoce, una cicatriz de orgullo en la memoria de la ciudad: El Asedio de los Gigantes.
Ocurrió hace diez años. Las tribus de Gigantes de las Montañas Espinosas descendieron, no para saquear, sino para reclamar. Según sus cánticos, la Ciudad Corazón había sido construida sobre sus tierras ancestrales sagradas.
Fue una guerra brutal. Las murallas convencionales no servían de nada contra rocas del tamaño de casas lanzadas por seres de diez metros de altura. La ciudad estaba a punto de caer, de ser aplastada y devuelta al polvo.
Pero la ciudad sobrevivió. No gracias a un ejército, sino gracias a una sola mujer.
Fue el día en que Lady Althea, el Pilar de la Abjuración y Rectora de la Academia, demostró por qué es considerada una de las magas más poderosas de la historia.
Se dice que se paró en la torre más alta del distrito central. Durante tres días y tres noches, sin comer ni dormir, mantuvo una barrera de luz dorada que cubrió la ciudad entera. Las rocas de los gigantes se hacían polvo contra su escudo. Sus gritos de guerra fueron silenciados por su voluntad inquebrantable. Ella sola resistió el peso de una montaña cayendo sobre ella, protegiendo a millones de almas hasta que los refuerzos de los Gremios pudieron hacer retroceder a los gigantes.
Hoy, la Ciudad Corazón sigue en pie, más fuerte y rica que nunca, un monumento a la neutralidad armada y al comercio desenfrenado.
Y en algún lugar de sus laberínticas calles, entre el vapor de las máquinas y el brillo de los cristales mágicos, un nuevo edificio ha aparecido “misteriosamente” en un callejón olvidado del Distrito Bajo.
Ha pasado un mes desde la huida de Villaclara.
Y para los nuevos residentes de la ciudad, la vida de fugitivos acaba de convertirse en una vida de negocios.
Final del primer volumen.
Gracias por ver está historia, nos vemos luego.
🙂
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com