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Crónicas del Dragón de Esmeralda - Capítulo 1

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  3. Capítulo 1 - 1 Capítulo 1 El latido entre la harina
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1: Capítulo 1: El latido entre la harina 1: Capítulo 1: El latido entre la harina Dicen las leyendas que, hace milenios, el mundo no estaba gobernado por los cielos, sino por las raíces.

Criaturas colosales de escamas esmeralda se enroscaban en el núcleo del planeta, manteniendo el equilibrio de las montañas y los valles.

Pero el hombre es una criatura olvidadiza.

Con el tiempo, los ojos se volvieron hacia las nubes, buscando el Qi etéreo, y las antiguas raíces fueron enterradas bajo capas de desprecio y polvo.

​ En la aldea Velo de Piedra, esa leyenda no era más que un cuento para asustar a los niños.

Aquí, la única verdad era el Qi azul.

​Kai hundió los puños en la masa de centeno con una fuerza que rozaba la desesperación.

El calor del horno de piedra, una mole de granito negro que parecía devorar la luz de la madrugada, era su único compañero.

A sus dieciocho años, su piel estaba marcada por quemaduras de harina caliente y sus músculos se habían forjado no en campos de entrenamiento, sino cargando sacos de grano de cincuenta kilos.

​ —Amasar, levar, hornear.

Amasar, levar, hornear —susurró Kai, como un mantra para no perder la cordura—.

Un ciclo sin fin para alimentar a quienes me llaman basura.

​La puerta de la panadería se abrió con un estruendo, dejando entrar el aire gélido de la montaña.

Era el Maestro Grog, un hombre cuya barriga competía en tamaño con su mal genio.

​ —¡Muévete, muchacho inútil!

—bramó Grog, golpeando la mesa de madera con un bastón—.

El Clan de la Llama Blanca ha pedido cien hogazas de pan de miel para su banquete de mediodía.

Si no están listas, te lanzaré al horno yo mismo.

​Kai no levantó la vista.

Sabía que cualquier respuesta terminaría en un golpe.

El Clan de la Llama Blanca era la élite; jóvenes maestros que podían invocar fuego con un chasquido de dedos, mientras que él apenas podía encender una vela con pedernal.

​ —Estarán listas, Maestro —respondió Kai con voz monótona.

​ —Más te vale.

El joven maestro Chen vendrá a recogerlas.

Si ve una mota de ceniza en la corteza, nos cortará la cabeza a ambos.

Aunque la tuya no valga ni un cobre podrido.

​Grog se retiró soltando una carcajada áspera.

Kai se quedó solo una vez más, pero algo en el ambiente había cambiado.

El silencio de la panadería se volvió denso, casi sólido.

​ Fue entonces cuando sucedió.

​Al principio, fue un cosquilleo en las plantas de sus pies descalzos.

Kai pensó que era el cansancio, pero la sensación creció hasta convertirse en una vibración rítmica que subía por sus piernas.

No era un temblor externo; era como si el suelo mismo estuviera intentando comunicarse con él.

Un latido profundo, pesado y ancestral.

Pum…

Pum…

Pum…

​Kai se detuvo, con las manos aún hundidas en la masa elástica.

La vibración se intensificó al contacto con la madera de la mesa.

De repente, la realidad pareció rasgarse.

​Bajo sus dedos, la masa no se sentía como harina y agua.

Se sentía como…

tejido vivo.

Por un segundo, sus ojos se cerraron y una visión lo golpeó con la fuerza de un martillo: bajo la aldea, bajo las montañas y los ríos, vio una red infinita de raíces gigantescas, cubiertas de musgo y escamas esmeralda, que se retorcían en la oscuridad.

Eran el sistema circulatorio del mundo, y por un instante, él era parte de ellas.

​Un calor abrasador estalló en sus antebrazos.

Kai ahogó un grito mientras veía cómo unas finas líneas de luz verde comenzaban a reptar bajo su piel, como si pequeñas raíces buscaran un camino hacia su corazón.

El aroma en la habitación cambió; ya no olía a pan horneado, sino a tierra fértil después de una tormenta milenaria, a vida pura y salvaje.

​La madera de la mesa de amasar comenzó a crujir.

Pequeños brotes verdes, imposibles en una madera muerta hace años, empezaron a nacer de las grietas, envolviendo sus muñecas.

​ —¿Qué es esto…?

—jadeó Kai, asustado.

Intentó apartar las manos, pero la energía lo mantenía anclado al suelo.

Sentía que la montaña entera lo estaba observando a través de sus pies.

​ El Qi azul que todos en la aldea buscaban era como el viento: volátil y ligero.

Pero esto…

esto era como el granito.

Era una fuerza que no pedía permiso, que reclamaba su lugar.

​ El brillo esmeralda se intensificó hasta cegarlo.

En ese momento, la voz de su maestro volvió a escucharse desde el pasillo, acercándose con pasos pesados.

​—¡Kai!

¿Por qué hay tanto humo?

¡Si quemas el pedido te mataré!

​Con un esfuerzo de voluntad supremo, Kai tiró de sus manos hacia atrás, rompiendo la conexión.

Los brotes verdes se marchitaron instantáneamente y la luz esmeralda se hundió bajo sus poros, dejando tras de sí un rastro de calor residual.

Sus manos temblaban, cubiertas de una mezcla de harina y un sudor que brillaba con un tono inusual.

​ Cuando Grog entró, Kai ya estaba de espaldas, fingiendo limpiar la mesa con frenesí.

Su corazón martilleaba contra sus costillas como un tambor de guerra.

El brillo se había ido, pero la sensación de poder…

esa pesadez divina en sus venas, permanecía.

​ No era un cultivador del cielo.

Era algo que el mundo no había visto en eones.

​Se quedó mirando la masa, sintiendo que algo dentro de él se había roto para siempre…

o quizás, finalmente se había conectado con la verdadera fuente de la vida.

​ ¿Qué fue ese brillo verde y por qué se siente tan diferente a la energía de los demás?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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