Crónicas del Dragón de Esmeralda - Capítulo 11
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- Capítulo 11 - 11 Capítulo 11 El peso de la corona de jade
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11: Capítulo 11: El peso de la corona de jade 11: Capítulo 11: El peso de la corona de jade La salida de la Gruta de los Suspiros se sintió como un segundo nacimiento.
Cuando Kai dio el primer paso fuera de la penumbra cristalina, el aire del bosque lo golpeó con una violencia que no esperaba.
Ya no olía a pinos y resina; el aire estaba saturado de ceniza, ozono y el rastro metálico de la sangre.
El cielo, antes azul y vasto, estaba surcado por nubes negras que ocultaban el sol, un recordatorio de que el Clan de la Llama Blanca no se había retirado tras la entrada del Anciano Ignis.
Lyra caminaba un paso detrás de él, observando la espalda de Kai con una mezcla de temor y esperanza.
El joven panadero ya no caminaba como un hombre; cada uno de sus movimientos tenía una cadencia telúrica, como si la montaña misma se desplazara con él.
—El bosque…
está muriendo —susurró Lyra, dejando caer su bolsa de pergaminos al ver el desastre.
Frente a ellos, lo que antes era un santuario de verdor ancestral era ahora un cementerio de troncos carbonizados.
Los Pinos de Hierro, que habían resistido tormentas durante siglos, yacían derribados como cerillas quemadas.
El suelo, que antes vibraba con vida, estaba cubierto por una costra de ceniza gris que asfixiaba las raíces.
Kai se detuvo frente al gran pino donde todo había comenzado.
Allí, apoyado contra el tronco renegrido, estaba el Protector.
Su cuerpo de corteza estaba hendido por cortes profundos de fuego azul, y su barba de líquenes se había convertido en un rastro de hollín.
Sus ojos esmeralda, antes brillantes, eran ahora apenas dos brasas mortecinas.
—Maestro…
—Kai se arrodilló a su lado, y al tocarlo, una onda de energía dorada fluyó desde el Corazón de Ámbar en su pecho hacia el anciano.
El Protector abrió los ojos lentamente, soltando un quejido que sonó como madera astillándose.
—Detente, Kai…
No desperdicies la esencia del dragón en un tronco viejo que ya ha cumplido su ciclo.
—Puedo curarte —insistió Kai, su voz temblando por primera vez desde que despertó su poder—.
La tierra tiene memoria, puedo reconstruir tus fibras.
El anciano puso una mano nudosa sobre el brazo de Kai.
Su tacto era frío.
—La tierra no reconstruye lo que ya ha dado su fruto.
Mira a tu alrededor.
El sacrificio del bosque fue el abono para tu despertar.
Si yo permanezco, tú seguirás siendo un aprendiz.
Para que el Dragón de Esmeralda vuele, las raíces viejas deben pudrirse y alimentar el suelo.
—El Clan de la Llama Blanca pagará por esto —dijo Kai, y el suelo bajo sus pies se agrietó en respuesta a su furia—.
No dejaré ni una piedra sobre otra en su ciudad central.
—La venganza es un fuego que consume al que lo porta —advirtió el Protector, tosiendo una nube de polvo gris—.
No busques destruir el cielo, Kai.
Busca fortalecer la tierra.
El mapa de Lyra no solo muestra poder; muestra responsabilidad.
Hay otros “corazones” esperando.
Si el Clan de la Llama Blanca controla los cielos, tú debes convertirte en el cimiento sobre el cual nada pueda caer.
El Protector cerró los ojos por última vez.
Su cuerpo no cayó, sino que comenzó a desintegrarse lentamente, convirtiéndose en una fina arena verde que el viento esparció por el claro devastado.
Donde cayó la arena, pequeños brotes de hierba, más brillantes y fuertes que los anteriores, comenzaron a perforar la ceniza.
Kai se puso de pie.
No hubo lágrimas, solo una determinación pétrea que emanaba de sus poros.
Se giró hacia Lyra, quien lo miraba con los ojos empañados.
—El mapa —ordenó Kai—.
¿Cuál es el siguiente punto?
Lyra extendió el pergamino, que ahora brillaba con una luz constante.
—Hacia el Este.
Las Tierras de la Salitre.
Dicen que allí el dragón dejó sus garras, enterradas bajo un mar de arena blanca.
Pero para llegar, debemos cruzar el territorio del Clan del Rayo.
Ellos son aliados de la Llama Blanca.
—Entonces cruzaremos —sentenció Kai.
En ese momento, un silbido agudo rasgó el aire.
Desde las alturas, tres flechas envueltas en electricidad cayeron en el claro, formando un triángulo de energía que atrapó a Kai y a Lyra en una jaula de rayos.
Un grupo de jinetes, montados en bestias aladas de plumaje plateado, descendió de las nubes.
Eran los exploradores del Clan del Rayo, la vanguardia del ejército que Ignis había convocado antes de su caída.
—¡Por orden del Emperador del Firmamento!
—gritó el líder de los jinetes, un hombre joven con una armadura de escamas eléctricas—.
¡Entreguen el artefacto de tierra y ríndanse, o serán reducidos a cenizas por el juicio del trueno!
Kai miró hacia arriba, pero no a los jinetes.
Miró al cielo oscuro y sintió el Corazón de Ámbar latir con una fuerza salvaje.
Extendió su mano derecha hacia el suelo y la izquierda hacia Lyra, protegiéndola.
—El juicio del trueno no tiene jurisdicción aquí —dijo Kai, y su voz resonó como si viniera de las entrañas del planeta.
Sin hacer ningún esfuerzo aparente, Kai tiró de su mano hacia arriba.
El suelo del claro, de miles de toneladas de peso, se elevó de golpe.
No fue un muro de tierra; fue una plataforma masiva que subió hacia el cielo como un proyectil, interceptando a los jinetes antes de que pudieran reaccionar.
El choque de la piedra contra las bestias aladas creó una onda de choque que disipó las nubes negras por un instante.
Los jinetes, desorientados por el hecho de que la tierra estuviera “atacando” el cielo, intentaron reagruparse, pero Kai ya no estaba en el suelo.
Había saltado, impulsado por una columna de roca, y ahora se encontraba a la altura de ellos.
—Ustedes nos enterraron una vez —dijo Kai mientras sus ojos brillaban con la luz de mil esmeraldas—.
Pero olvidaron que las raíces siempre encuentran el camino de regreso.
Con un movimiento circular de sus brazos, Kai invocó fragmentos de obsidiana del aire mismo, lanzándolos como proyectiles que cortaron las alas de las bestias y rompieron las armaduras eléctricas de los soldados.
En segundos, el cielo quedó limpio de enemigos.
Kai aterrizó suavemente junto a Lyra, quien apenas podía creer lo que acababa de presenciar.
Un cultivador de tierra luchando y dominando el aire.
Era una blasfemia para las leyes de la física espiritual.
—Vámonos —dijo Kai, guardando su daga —.
Tenemos mucho camino por delante y un contrato que cumplir con este mundo.
Se adentraron en el bosque, dejando atrás las ruinas de su pasado.
El panadero que soñaba con ser viral ahora era el centro de una tormenta que cambiaría el orden del imperio.
Las Crónicas del Dragón de Esmeralda no habían hecho más que empezar.
¿Qué desafíos aguardan en las Tierras de la Salitre y podrá Kai dominar la furia de su nuevo corazón antes de que su humanidad desaparezca por completo?
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