Crónicas del Dragón de Esmeralda - Capítulo 12
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- Capítulo 12 - 12 Capítulo 12 Las Tierras de la Salitre y el rastro de la garra
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12: Capítulo 12: Las Tierras de la Salitre y el rastro de la garra 12: Capítulo 12: Las Tierras de la Salitre y el rastro de la garra El cambio de paisaje fue tan abrupto como una bofetada.
Tras dejar atrás los restos carbonizados del bosque sagrado, Kai y Lyra cruzaron la cordillera de los Dientes de Granito para encontrarse con una llanura blanca que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
No era nieve; era sal.
Las Tierras de la Salitre eran un desierto mineral donde la vida parecía haber sido erradicada por un sol implacable y un suelo que se negaba a retener una sola gota de agua dulce.
Kai se detuvo en el borde de la planicie.
El aire aquí era seco y picante, dejando un sabor amargo en la lengua.
Notó que su Qi esmeralda, que antes fluía como savia líquida, se volvía un poco más denso y pesado.
—La sal es el enemigo de la raíz —advirtió Lyra, cubriéndose la boca con un pañuelo humedecido—.
Aquí el suelo no es fértil, Kai.
Es estéril.
Ten cuidado, porque si intentas invocar el poder del bosque en este lugar, la sal podría corroer tus canales de energía.
Kai cerró los ojos y conectó su conciencia con el suelo bajo sus pies descalzos.
Sintió una resistencia que no había experimentado antes.
La tierra aquí no era acogedora; era dura, quebradiza y carecía de la vibración vital de las selvas.
Sin embargo, en lo más profundo, bajo las capas de salitre, sintió un eco familiar.
—El dragón también caminó por aquí —susurró Kai, y sus ojos brillaron con una luz dorada—.
La sal no es más que una cicatriz.
Y bajo las cicatrices, siempre hay fuerza.
Caminaron durante horas.
La reverberación del sol sobre el blanco infinito empezaba a afectar la visión de Lyra, pero Kai caminaba con una seguridad absoluta.
Se dirigía hacia una formación de rocas bajas que emergían del desierto como costillas de un gigante enterrado.
Según el mapa de ámbar, ese era el lugar donde la “Garra del Este” había quedado grabada en la piedra.
De pronto, Kai se detuvo y extendió un brazo para frenar a Lyra.
—Escucha.
El silencio del desierto fue roto por un sonido sibilante, como miles de cristales rozando entre sí.
De entre las dunas de sal, surgieron criaturas que parecían hechas de vidrio y arena: Escorpiones de Salitre.
Sus caparazones brillaban con una blancura iridiscente y sus colas terminaban en aguijones que goteaban un ácido capaz de disolver el metal.
—¡Son bestias espirituales de rango bajo, pero atacan en enjambre!
—gritó Lyra, preparando su daga de runas.
Eran cientos.
Se movían con una velocidad aterradora, rodeándolos en un círculo perfecto.
El líder del enjambre, un escorpión del tamaño de un carruaje, emergió del centro con sus pinzas chasqueando en un ritmo amenazante.
—No malgastes tu energía, Lyra —dijo Kai, dando un paso adelante.
Inspiró profundamente, usando la “Respiración de la Raíz” que había perfeccionado bajo tierra.
Esta vez, no buscó la suavidad de la madera, sino la dureza del mineral.
El Qi que emanó de su cuerpo no fue de un verde brillante, sino de un tono esmeralda oscuro, casi negro.
—Si la tierra es estéril, la convertiré en mi arma —sentenció.
Kai golpeó el suelo con la palma de su mano.
La onda de choque no levantó polvo; fragmentó la costra de sal.
Cientos de estacas de sal pura, endurecidas por el Qi de Kai hasta alcanzar la resistencia del diamante, brotaron del suelo como una explosión controlada.
Los escorpiones fueron empalados instantáneamente por el mismo suelo que habitaban.
El líder del enjambre intentó saltar sobre Kai, lanzando una estocada con su aguijón ácido.
Kai simplemente levantó su mano derecha y atrapó el aguijón con sus dedos.
El ácido siseó al contacto con su piel broncínea, pero no dejó ni una marca.
Con un movimiento seco, Kai partió el aguijón y hundió su puño infundido en ámbar en el centro del caparazón de la criatura.
El escorpión gigante estalló en una nube de cristales finos.
El resto del enjambre, al ver que su líder había sido destruido sin esfuerzo, se enterró de nuevo en el salitre, huyendo de la presencia abrumadora de Kai.
—Tu control…
está evolucionando —dijo Lyra, guardando su daga con manos temblorosas—.
Has usado el elemento del enemigo contra él mismo.
Eso es algo que solo los Grandes Maestros de los clanes superiores logran hacer.
—El Protector dijo que debía ser el cimiento —respondió Kai, mirando hacia las rocas distantes—.
Un cimiento no elige dónde se construye; simplemente sostiene lo que sea necesario.
Llegaron a las rocas al atardecer.
Allí, grabada en una pared de basalto que había resistido la erosión, estaba la huella.
Era una garra de tres dedos, inmensa, que parecía haber sido quemada en la piedra con una presión divina.
Al acercarse, el Corazón de Ámbar en el pecho de Kai comenzó a vibrar con una frecuencia dolorosa.
Kai puso su mano sobre la huella.
De inmediato, una visión lo asaltó.
Vio al dragón luchando no contra hombres, sino contra la sed misma de este lugar.
Vio cómo el dragón sacrificó una de sus garras para crear un acuífero profundo, una reserva de agua que permitiera que el mundo siguiera latiendo bajo la sal.
“Reclama la garra”, susurró una voz ancestral en su mente.
“Reclama el derecho de herir para sanar”.
El basalto comenzó a agrietarse.
De la huella surgió una esencia de metal y tierra que se envolvió alrededor de la mano derecha de Kai, formando una especie de guantelete orgánico hecho de escamas de jade y hierro negro.
—Siento…
el peso de la justicia —dijo Kai, cerrando el puño.
El aire a su alrededor se comprimió por la pura presión de su Qi.
—¡Kai, mira arriba!
—gritó Lyra de repente.
En el horizonte, donde el sol se ponía, una flota de barcos de arena del Clan del Rayo se acercaba a toda velocidad.
Las velas de seda plateada brillaban con electricidad estática.
Esta vez no eran exploradores; era una legión completa.
—Nos han seguido por el rastro de energía que dejaste al pelear con los escorpiones —dijo Lyra, con el pánico reflejado en su rostro —.
Son demasiados, Kai.
¡Incluso para ti!
Kai miró su nuevo guantelete de jade.
Sintió la conexión con el acuífero profundo, con la garra del dragón y con la rabia contenida de la tierra estéril.
—Ellos traen el trueno —dijo Kai, mirando a la legión que se acercaba—.
Pero yo soy el único que tiene los pies en la tierra.
Lyra, prepárate.
Mañana a las seis de la mañana, cuando el sol despunte sobre el salitre, este desierto conocerá su primer terremoto en mil años.
¿Podrá Kai enfrentar a una legión entera en un terreno que no le favorece, y qué secreto guarda el acuífero que el dragón protegió con su propia garra?
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