Crónicas del Dragón de Esmeralda - Capítulo 15
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- Capítulo 15 - 15 Capítulo 15 El Pacto de la Sangre y el Hierro
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15: Capítulo 15: El Pacto de la Sangre y el Hierro 15: Capítulo 15: El Pacto de la Sangre y el Hierro La oscuridad en las entrañas de la mina no era un vacío, sino una entidad densa que parecía presionar contra los pulmones con el peso de milenios de silencio.
Para Kai, sin embargo, el entorno era una sinfonía de vibraciones sutiles.
Sus ojos, ahora permanentemente infundidos con el Qi esmeralda, percibían las vetas de minerales que corrían por las paredes de basalto como arterias brillantes, latiendo con una energía telúrica que solo un heredero del Dragón de Esmeralda podría comprender.
Los tres Nómadas de la Escoria permanecían en un semicírculo perfecto, como estatuas de metal oxidado.
Sus armas, forjadas con huesos metálicos de criaturas olvidadas, zumbaban con una estática parásita que consumía el poco oxígeno disponible en la cámara.
El líder, un hombre cuya piel parecía una costra de azufre y cicatrices, dio un paso al frente.
Su lanza de hierro negro apuntaba directamente al Corazón de Ámbar que brillaba en el pecho de Kai.
—Dices que vienes por derecho de sangre —siseó el nómada, y su voz sonó como el roce de dos placas de acero—.
Pero en las profundidades, la sangre es solo un líquido que se seca antes de tocar el suelo.
Aquí solo sobrevive lo que es más duro que la roca.
Si de verdad eres el soberano de la tierra, demuéstralo donde la luz no se atreve a entrar.
El hombre señaló con un gesto brusco un pozo vertical que parecía devorar la luz.
Un aire cálido, denso y nauseabundo ascendía desde allí, cargado de partículas metálicas que centelleaban como luciérnagas venenosas en la penumbra.
—Baja al Nivel Nueve.
Trae un fragmento de Hierro Estelar en Bruto y quizás, solo quizás, reconozcamos tu autoridad antes de que el “Aliento del Abismo” convierta tus pulmones en estatuas de salitre.
—¡Es una sentencia de muerte!
—protestó Lyra, dando un paso adelante con su daga de runas en alto—.
El Nivel Nueve es una zona de colapso elemental.
Ni siquiera los generales del Clan del Rayo se atreven a bajar allí sin armaduras de sellado de grado místico.
El vapor metálico petrifica los canales de Qi en cuestión de segundos.
Kai miró hacia el abismo.
No sintió miedo, sino una atracción gravitacional casi magnética.
El Corazón de Ámbar comenzó a latir con una frecuencia armónica que sincronizaba con el calor ancestral que emanaba de las profundidades.
—La piedra no puede herir a la piedra, Lyra —dijo Kai, su voz resonando con una calma gélida que hizo que los nómadas retrocedieran un paso por puro instinto—.
Quédate aquí.
Si estos parias intentan algo, recuerda que yo controlo el techo de esta cámara…
incluso desde el fondo del mundo.
Sin previo aviso, Kai se dejó caer al vacío.
La caída fue un torbellino de sensaciones brutales.
Kai no intentó frenar con las manos; en su lugar, expandió su Qi hacia afuera, creando un campo de repulsión gravitatoria contra las paredes del pozo que ralentizaba su descenso de forma controlada.
A medida que bajaba, la temperatura subió drásticamente, pasando de un calor sofocante a un fuego invisible que parecía querer derretir sus propios huesos.
El aire se volvió de un color violeta oscuro, saturado de esencias minerales tóxicas que habrían incinerado los órganos de cualquier humano común.
Al tocar el fondo, el suelo crujió bajo su peso.
Kai se encontró en una caverna de obsidiana natural, donde el techo estaba cubierto de cristales de azufre que goteaban como lágrimas de fuego.
En el centro, incrustado en una columna de basalto puro, un fragmento de metal plateado emitía pulsaciones de una luz gélida que cortaba la neblina tóxica: era el Hierro Estelar.
Pero el mineral no estaba desprotegido.
De las sombras líquidas de la obsidiana emergió una criatura que parecía una pesadilla de geometría y metal: un Devorador de Vetas.
Era una bestia de seis patas hecha de metal fundido y sombras sólidas, cuyos ojos eran dos carbones ardientes de puro odio elemental.
Al rugir, el sonido no fue orgánico, sino el chirrido ensordecedor de dos placas de acero colisionando a gran velocidad.
La bestia cargó con una velocidad que desafiaba su inmensa masa metálica.
Kai no esquivó.
Activó su guantelete de jade y, en lugar de golpear al monstruo, golpeó el aire denso frente a él.
Usando la densidad de los vapores metálicos, creó una barrera de presión hidrostática que detuvo el impacto de la bestia en seco, haciendo que la caverna entera temblara.
—Estás hecho de la misma materia que yo pretendo gobernar —sentenció Kai, con una mirada dorada que parecía perforar la esencia del monstruo.
Cerró su puño y aplicó la técnica prohibida de “Resonancia Interna”.
No buscaba romper el caparazón de la criatura desde el exterior, sino hacer vibrar el hierro en su cuerpo hasta que perdiera su cohesión molecular.
El Devorador de Vetas se sacudió violentamente; sus extremidades empezaron a fragmentarse y a derretirse bajo la presión vibratoria de Kai.
Con un movimiento final y preciso, Kai extendió su mano y arrancó el Hierro Estelar directamente de la roca madre.
En ese instante, una conexión mística se formó.
La frialdad estelar del metal y el calor volcánico del Corazón de Ámbar se fusionaron en su dantian, desbloqueando un conocimiento ancestral grabado en sus genes: “El Tacto del Siderúrgico”.
A partir de ese momento, el metal ya no sería un obstáculo para él, sino una extensión maleable de su propia voluntad.
Cuando Kai ascendió de nuevo, emergiendo del pozo envuelto en una neblina de vapor esmeralda y sosteniendo en alto el metal que brillaba con la intensidad de una estrella capturada, el silencio en la cámara superior fue absoluto.
Los Nómadas de la Escoria, viendo al joven que debería haber muerto convertido en un avatar de la profundidad, cayeron de rodillas al unísono, golpeando el suelo con sus frentes en señal de sumisión total.
—El soberano ha regresado —murmuró el líder con la voz quebrada por el asombro—.
Las profundidades son tuyas…
y nuestras vidas también.
Kai miró a Lyra y luego a su nuevo ejército de parias.
El humilde panadero de la aldea había quedado atrás para siempre; el forjador de imperios acababa de despertar.
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