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Crónicas del Dragón de Esmeralda - Capítulo 17

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  3. Capítulo 17 - 17 Capítulo 17 El Ascenso de las Sombras Ferrosas
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17: Capítulo 17: El Ascenso de las Sombras Ferrosas 17: Capítulo 17: El Ascenso de las Sombras Ferrosas ​El aire en el túnel principal que conectaba las minas profundas con la superficie del desierto de salitre comenzó a vibrar con una intensidad que no era producto de las viejas máquinas de extracción.

Era el ritmo constante y pesado de tres mil corazones latiendo al unísono, guiados por la presencia esmeralda de Kai.

Los Nómadas de la Escoria, envueltos en harapos reforzados con placas de metal estelar y portando armas de desecho que ahora brillaban con una energía parásita de ámbar, marchaban en un silencio sepulcral tras su nuevo soberano.

​ Kai caminaba a la vanguardia, su figura recortada contra la penumbra de la caverna.

En su mano derecha, el mayal Quebrantacielos arrastraba su pesada maza de jade por el suelo de piedra, dejando a su paso un rastro de chispas y grietas profundas que parecían venas abiertas en la roca madre.

No necesitaba mirar atrás para saber que su ejército era leal; sentía el peso de sus sombras a sus espaldas como si fueran sus propios miembros, una extensión de su voluntad de hierro.

​ —Al final de este túnel está la libertad, pero también nos aguarda la muerte más violenta —advirtió Lyra, caminando al lado de Kai con sus mapas de runas apretados contra el pecho—.

La guarnición del Clan del Rayo controla la salida superior con puño de hierro.

Han construido torres de choque y tienen jinetes de tormenta patrullando las dunas día y noche.

Si salimos en desorden, nos masacrarán antes de que podamos respirar aire puro.

​ Kai no detuvo su marcha ni un solo instante.

Sus ojos dorados, ahora con pupilas verticales que recordaban a las de un reptil ancestral, estaban fijos en el punto de luz al final del corredor.

​ —Ellos creen que tienen el dominio del rayo, Lyra —respondió Kai, y su voz resonó con una vibración que hizo que pequeñas piedras cayeran del techo—.

Pero han cometido el error de olvidar que el rayo solo tiene poder cuando toca el suelo.

Y yo…

yo ya no soy un hombre que camina sobre la tierra.

Yo soy la tierra que los reclama.

​ Llegaron frente a la enorme compuerta de hierro reforzado que sellaba las minas, una barrera de diez metros de altura diseñada para resistir asedios externos y mantener a los parias bajo el control de la superficie.

Kai se detuvo y, por un segundo, el silencio fue absoluto.

​ Sin esfuerzo aparente, Kai levantó su brazo derecho.

El guantelete de jade se iluminó con una luz esmeralda tan intensa que las sombras de los nómadas se proyectaron gigantescas contra las paredes.

Golpeó la compuerta con la maza de la Quebrantacielos.

El sonido no fue el de un choque metálico; fue el rugido de un trueno profundo nacido del núcleo mismo del planeta.

La puerta de hierro, bendecida por monjes del Rayo para ser inamovible, se dobló como si fuera de papel, arrancada de sus bisagras milenarias por la pura presión gravitacional y lanzada hacia el exterior como un proyectil.

​ La luz cegadora del sol del mediodía inundó el túnel, hiriendo los ojos de aquellos que habían vivido décadas en la penumbra.

En la superficie, los soldados de la guarnición apenas tuvieron tiempo de levantar sus lanzas eléctricas antes de que la primera onda de choque los lanzara por los aires.

​ Kai emergió de la oscuridad, su figura envuelta en una neblina de vapor y Qi.

Tras él, los miles de nómadas surgieron como una marea de sombras hambrientas, un mar de metal oxidado que reclamaba su lugar bajo el sol.

El comandante de la guarnición, un hombre de armadura plateada montado sobre un grifo eléctrico, intentó reorganizar a sus hombres con un grito de guerra.

​ —¡Fuego de arco!

¡Reduzcan a esos parias y a su líder a cenizas vitrificadas!

—rugió, señalando a Kai con su espada de luz.

​ Doce torres de choque dispararon simultáneamente, convergiendo doce arcos de electricidad de alta potencia sobre la posición de Kai.

El calor fue tan extremo que la arena blanca a su alrededor se convirtió instantáneamente en vidrio líquido.

Pero cuando el humo se disipó, Kai seguía allí, inamovible.

Había clavado la maza de su arma en el suelo, convirtiéndose en el pararrayos más grande que el mundo hubiera visto jamás.

​ —Gracias por la energía —dijo Kai, y sus ojos brillaron con un fulgor eléctrico mezclado con un verde esmeralda sobrenatural.

​ Con un movimiento circular y violento, liberó la energía acumulada a través de las cadenas de la Quebrantacielos.

El rayo, ahora infundido con la densidad del metal estelar y la masa de la tierra, barrió las torres de choque con una precisión letal, sobrecargándolas hasta que estallaron en mil fragmentos de metralla.

Los soldados, viendo cómo su propia tecnología se volvía contra ellos con una furia divina, comenzaron a retroceder presas del pánico.

​ Los Nómadas de la Escoria no tuvieron piedad.

Se lanzaron sobre los restos de la guarnición con la rabia contenida de quienes han sido enterrados vivos durante generaciones.

La batalla no fue larga; fue una purga necesaria.

​ Al terminar, Kai se detuvo sobre la duna de sal más alta, observando el desierto que ahora estaba manchado con el rojo de la batalla y el gris del hierro.

Su mirada se dirigió hacia el horizonte lejano, donde las torres de la Capital del Firmamento se alzaban como agujas que intentaban perforar el mismo cielo.

​ —Ya no nos esconderemos más —declaró Kai a su ejército, y su voz fue llevada por el viento a través de toda la planicie—.

El Dragón de Esmeralda ha salido de su tumba.

Díganle al mundo que el precio del pan ha subido…

y que a partir de hoy, se pagará con las joyas de las coronas imperiales.

​ Lyra se acercó a él, guardando un mapa que acababa de actualizar con la ubicación de las ruinas de la Cuna de las Raíces, su siguiente destino místico.

—Kai, el Emperador ha sentido este temblor.

Los Inmortales de la Llama Blanca ya deben estar en camino.

Esta vez no enviarán soldados, enviarán monstruos.

​ —Que vengan —sentenció Kai, guardando la Quebrantacielos en su espalda—.

El suelo tiene mucha hambre, y ellos son el abono que esta tierra necesita para volver a ser verde.

​ ¿Podrá Kai liderar a su ejército de parias a través del desierto antes de que los Inmortales del Firmamento los intercepten, y qué secreto guarda la Cuna de las Raíces sobre el verdadero propósito del Corazón de Ámbar?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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