Crónicas del Dragón de Esmeralda - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 Capítulo 2 La fragilidad del cristal y la fuerza de la raíz
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2: Capítulo 2: La fragilidad del cristal y la fuerza de la raíz 2: Capítulo 2: La fragilidad del cristal y la fuerza de la raíz El amanecer en la aldea Velo de Piedra no traía esperanza, sino el recordatorio de las jerarquías.
Mientras el sol comenzaba a teñir de naranja las cumbres nevadas, Kai terminaba de sacar las últimas bandejas de pan de miel.
Sus manos, todavía calientes por el esfuerzo y por aquel extraño flujo de energía esmeralda de la madrugada, temblaban ligeramente.
El aroma dulce de la miel caramelizada llenaba el aire, pero para Kai, ese olor estaba contaminado por el rastro metálico de la ansiedad.
Había escondido los brotes marchitos y limpiado la mesa de madera con un vigor frenético, tratando de borrar cualquier evidencia de lo que había ocurrido.
Sin embargo, por mucho que tallara la madera, no podía borrar la sensación en sus propios huesos.
Se sentía…
más pesado.
Como si sus pies se hubieran hundido unos milímetros más en la tierra de lo que dictaba la lógica.
—¡Ya están aquí!
¡Endereza la espalda, pedazo de animal!
—Grog entró a la zona de horneado sudando a mares, con la túnica mal abrochada y una expresión de terror servil en el rostro.
Kai se colocó en un rincón, con la cabeza gacha, mientras la puerta principal de la panadería se abría de par en par.
No entró una persona, entró una presencia.
El aire de la habitación, saturado de humedad y harina, de pronto se volvió seco y sofocante.
El Joven Maestro Chen, del Clan de la Llama Blanca, cruzó el umbral.
Chen vestía túnicas de seda roja con bordados dorados que simulaban lenguas de fuego.
A su lado, dos escoltas con armaduras de cuero ligero mantenían sus manos sobre las empuñaduras de sus sables.
Chen no caminaba, parecía deslizarse, y cada uno de sus pasos dejaba una ligera marca de ceniza en el suelo.
Su Qi azul, refinado y ardiente, irradiaba de él como una estufa incandescente.
—El aroma es aceptable —dijo Chen, con una voz que sonaba como el crujir de la madera seca al quemarse—.
Pero espero que el sabor esté a la altura de la celebración de mi padre.
Si el pan está seco, Grog, te aseguro que este horno no será lo único que arda hoy en esta calle.
Grog se deshizo en reverencias, casi tocando el suelo con la frente.
—¡Por supuesto, Gran Maestro!
El pan ha sido preparado con la mejor miel del valle.
Mi ayudante…
—Grog señaló a Kai con un gesto despectivo—…
se ha asegurado de que el fuego no decayera en toda la noche.
Chen dirigió su mirada hacia el rincón donde estaba Kai.
Sus ojos, de un color ámbar poco natural, se entrecerraron.
Para un cultivador del nivel de Chen, alguien como Kai no era más que un objeto decorativo, una herramienta de carne y hueso.
Sin embargo, algo lo hizo detenerse.
—Tú —dijo Chen, dando un paso hacia Kai—.
Acércate.
Kai sintió que el aire se escapaba de sus pulmones.
Cada paso que daba hacia el joven maestro se sentía como caminar hacia una hoguera abierta.
El calor que emanaba de Chen era una bofetada de arrogancia.
—Muéstrame tus manos —ordenó el cultivador.
Confundido, Kai extendió sus palmas toscas y llenas de callos.
Chen las observó con asco, pero luego frunció el ceño.
Sus dedos, finos y pálidos, rozaron la piel de Kai.
En ese instante, una chispa de Qi de fuego saltó de Chen, quemando deliberadamente el dorso de la mano del panadero.
—¡Ah!
—Kai retrocedió, apretando los dientes para no gritar.
—Curioso…
—murmuró Chen—.
Tu piel es áspera, pero hay algo en tu pulso que me resulta…
molesto.
Es como si la tierra misma estuviera tratando de rechazar mi presencia a través de ti.
Pero eso es imposible.
Un gusano sin venas espirituales no puede albergar resistencia.
Chen soltó una carcajada burlona y, con un movimiento rápido, volcó una de las bandejas de pan recién horneado.
Las hogazas doradas rodaron por el suelo de tierra, cubriéndose de polvo.
—Este pan está sucio ahora —dijo Chen con crueldad—.
Como tú.
Recógelo con la boca y dáselo a los cerdos.
Quizás así aprendas cuál es tu lugar antes de que decida que tu panadería es un estorbo para la vista del clan.
Grog, en lugar de defender su trabajo, comenzó a reprender a Kai, obligándolo a arrodillarse.
La humillación era absoluta.
Kai sentía la mirada de los escoltas, la risa contenida de Chen y el desprecio de su propio maestro.
La rabia, una emoción que había enterrado profundamente durante años, comenzó a burbujear en su estómago.
Pero no era una rabia común.
Era una rabia que pesaba.
Pum…
Pum…
El latido regresó.
Esta vez no fue un susurro; fue un rugido silencioso que retumbó en sus talones.
Kai, arrodillado sobre la tierra, sintió cómo sus dedos se hundían en el suelo con una facilidad sobrenatural.
Bajo la superficie, las “raíces” invisibles que había visto en su visión respondieron a su furia.
“Mátalo”, pareció susurrar la tierra.
“Entiérralo bajo el peso de la montaña”.
De repente, el suelo bajo los pies de Chen comenzó a agrietarse.
No fue un terremoto, fue un movimiento quirúrgico.
Una raíz gruesa, de un color marrón metálico y veteada de verde esmeralda, brotó del suelo con la velocidad de una flecha, enredándose en el tobillo del joven maestro.
—¿¡Qué!?
—gritó Chen, perdiendo el equilibrio.
Su Qi de fuego estalló instintivamente, tratando de quemar la raíz, pero para su horror, el fuego no le hacía nada.
La raíz no era madera; era algo mucho más denso, algo que absorbía el calor y lo convertía en presión.
—¡Maestro Chen!
—Los escoltas desenvainaron sus sables, pero antes de que pudieran dar un paso, el suelo bajo ellos se volvió blando como arena movediza, atrapándolos hasta las rodillas.
Kai estaba en trance.
Sus ojos, normalmente castaños, emitían un fulgor verde que iluminaba la harina en el aire.
No era él quien controlaba la raíz; era la raíz la que usaba su cuerpo como ancla.
Sentía una conexión absoluta con cada piedra, cada grano de arena y cada cimiento de la aldea.
—¡Suéltame, escoria!
—rugió Chen, su rostro rojo de furia y miedo.
Invocó una bola de fuego masiva en su mano derecha y la lanzó directamente hacia el rostro de Kai.
En ese momento, Kai no se movió.
No tuvo que hacerlo.
Una pared de tierra y piedra compacta surgió del suelo frente a él, bloqueando el impacto como si la llama fuera un simple juguete.
La explosión llenó la panadería de humo y cenizas, pero Kai permaneció ileso.
El silencio que siguió fue sepulcral.
El humo se disipó lentamente, revelando a un Kai de pie, con los brazos extendidos y el aura verde retrocediendo lentamente hacia sus poros.
Las raíces volvieron a hundirse en el suelo, dejando solo grietas profundas como cicatrices en el suelo de la panadería.
Chen, liberado pero temblando, retrocedió hacia la salida.
Sus ropas de seda estaban desgarradas y su orgullo, hecho pedazos.
Miró a Kai con una mezcla de odio puro y un terror que no podía ocultar.
—Tú…
—susurró Chen—.
Has usado artes prohibidas.
El Clan de la Llama Blanca vendrá por ti.
No quedará ni una piedra sobre otra en este lugar.
Chen y sus escoltas huyeron de la panadería como animales asustados.
Grog, que se había escondido detrás de un saco de harina, salió temblando, mirando a Kai como si fuera un demonio recién salido del infierno.
—¿Qué has hecho?
—sollozó Grog—.
¡Nos has matado a todos!
Kai no respondió.
Miró sus manos, que aún conservaban un rastro de calor esmeralda.
Sabía que su vida como panadero había terminado en ese instante.
El mundo de la superficie ya no era seguro, pero por primera vez en su vida, no se sentía pequeño.
Se sentía como una montaña.
¿Podrá Kai escapar antes de que el Clan de la Llama Blanca regrese para ejecutarlo por usar un poder prohibido?
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