Crónicas del Dragón de Esmeralda - Capítulo 26
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- Capítulo 26 - 26 Capítulo 26 El Descenso del Juicio Celestial
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26: Capítulo 26: El Descenso del Juicio Celestial 26: Capítulo 26: El Descenso del Juicio Celestial La mano de luz solar, una manifestación colosal del Qi divino del Emperador, descendía desde el firmamento con la parsimonia de un castigo inevitable.
Su tamaño era tal que la sombra proyectada sumió a la capital entera en un eclipse artificial de color carmesí.
En la cima de la Torre del Sol, Kai sostenía con fuerza la Quebrantacielos, sintiendo cómo el edificio entero crujía y se retorcía bajo la presión gravitacional de la técnica enemiga.
El aire, saturado de partículas de luz sólida, comenzó a quemar los pulmones de quienes aún respiraban en la cúspide.
—¡Kai!
¡Tenemos que salir de aquí ahora mismo!
—el grito de Lyra llegó desde el piso inferior, amplificado por el eco de los cristales estallando a su alrededor—.
¡El oxígeno se está convirtiendo en fuego místico!
¡Si esa mano hace contacto, no quedarán ni las cenizas!
Kai miró hacia el cielo ensangrentado.
El calor era tan extremo que las placas de jade de su brazo izquierdo empezaron a emitir un vapor esmeralda, una señal de que su propio Qi estaba llegando al punto de ebullición.
Sabía que no podía detener aquella manifestación divina con fuerza bruta, pero la tierra siempre le había enseñado que la mejor forma de sobrevivir a un impacto no es resistir, sino fluir.
—Técnica Prohibida de la Raíz: Transmutación de Sismo —rugió Kai, clavando su mayal en el núcleo central de la torre.
En lugar de atacar la luz descendente, Kai canalizó todo su Qi híbrido —el peso absoluto de la tierra y la furia inestable del rayo robado— directamente hacia los pilares de carga de la estructura.
No buscaba estabilizar el edificio; buscaba acelerar su colapso de forma quirúrgica.
La Torre del Sol no cayó hacia un lado como un árbol talado; se hundió sobre sí misma como un pistón gigante hundiéndose en el lodo.
El impacto de la mano del Emperador golpeó el vacío que la torre acababa de dejar apenas un segundo antes.
La explosión resultante fue de una magnitud apocalíptica, nivelando tres distritos militares completos y convirtiendo el mármol de las calles en vidrio líquido.
Sin embargo, Kai y su grupo, protegidos por la inercia del descenso y una cúpula de granito reforzado con campos de repulsión eléctrica, ya estaban penetrando en los niveles más profundos y olvidados de la ciudad.
Emergieron de entre los escombros humeantes en las cloacas místicas, un laberinto de túneles colosales por donde corría el Qi de desecho del Imperio como un río de brea luminiscente y tóxica.
Kai depositó a Meilin, aún inconsciente y pálida, sobre un lecho de raíces que invocó rápidamente para aislarla de la humedad corrosiva.
Sus manos temblaban violentamente; el esfuerzo de mover una estructura de miles de toneladas mientras era aplastado por la voluntad de un dios lo había dejado al borde del colapso espiritual.
—¿Están todos bien?
—preguntó Kai, su voz apenas un susurro rasposo que denotaba el daño en sus cuerdas vocales.
Lyra asintió, aunque su rostro estaba manchado de hollín y sangre, y su túnica de cartógrafa estaba reducida a jirones.
Los nómadas supervivientes se agruparon a su alrededor en la penumbra del túnel, mirando a Kai no como a un líder, sino con una devoción religiosa.
Habían sobrevivido al toque directo del Emperador del Firmamento, una hazaña que ningún mortal en la historia conocida podía contar.
De repente, una figura emergió de las sombras más densas del túnel, donde el Qi de desecho formaba una neblina violácea.
No era un soldado, ni un autómata imperial.
Era un anciano encapuchado que portaba un báculo hecho de madera de sauce blanco, el material legendario que, según los mitos, formaba las raíces primordiales del mundo.
Su sola presencia hizo que el aire tóxico de las cloacas se purificara y que el río de brea se calmara instantáneamente.
—Has hecho lo imposible, joven Dragón —dijo el anciano, y su voz tenía el peso de los siglos—.
Has humillado al sol en su propio cenit.
Pero al hacerlo, has despertado a una deidad que no conoce la derrota y que ahora no descansará hasta borrar tu linaje de la existencia.
El Emperador no enviará más generales ni príncipes.
Él mismo descenderá al campo de batalla.
—¿Quién eres y cómo has llegado hasta aquí?
—preguntó Kai, poniéndose en guardia y forzando a su guantelete de jade a brillar, a pesar de su agotamiento extremo.
—Soy el último guardián de la Cuna de las Raíces, aquel que ha esperado en la oscuridad mientras el cielo se volvía tiránico —respondió el anciano, bajando su capucha para revelar unos ojos que no tenían pupilas, sino que reflejaban el interior de la tierra—.
He venido a decirte que, para salvar a tu hermana y al mundo, el Corazón de Ámbar no es suficiente.
Es solo el motor.
Necesitas la dirección.
Necesitas despertar el Ojo del Abismo, el tercer fragmento del poder ancestral que se encuentra oculto en el único lugar donde el orgullo del Emperador le impide mirar: bajo su propio trono.
Kai miró hacia el techo de piedra, como si sus ojos pudieran atravesar los kilómetros de roca y metal hasta alcanzar la sala del trono imperial.
El plan original de escapar había muerto con la caída de la torre.
Ahora, la única forma de sobrevivir era volver al corazón de la bestia.
—Entonces volveremos —sentenció Kai, y por primera vez, una chispa de luz plateada, una energía nacida de las estrellas y la profundidad, brilló permanentemente en sus pupilas—.
Pero esta vez, no entraremos por las grietas.
Esta vez, haremos que el cielo mismo tema mirar hacia abajo.
¿Podrá Kai infiltrarse en la cámara más protegida del Imperio mientras su cuerpo se desmorona por el uso de técnicas prohibidas, y qué precio exigirá el Ojo del Abismo para otorgarle la visión necesaria para derrotar a un dios?
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