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Crónicas del Dragón de Esmeralda - Capítulo 29

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  3. Capítulo 29 - 29 Capítulo 29 La Rebelión de las Sombras de Jade
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29: Capítulo 29: La Rebelión de las Sombras de Jade 29: Capítulo 29: La Rebelión de las Sombras de Jade ​El aire en el túnel de las cloacas místicas ya no era solo tóxico; ahora estaba cargado de una presión gravitacional tan densa que los restos de metal de las armaduras imperiales esparcidos por el suelo empezaron a doblarse sobre sí mismos.

Kai permanecía suspendido a pocos centímetros del círculo de obsidiana, con sus ojos plateados emitiendo una pulsación rítmica que parecía sincronizarse con el núcleo del planeta.

La energía del Ojo del Abismo se entrelazaba con las vetas de jade de su brazo, creando un patrón de luz negra y esmeralda que recordaba a las nebulosas más profundas del firmamento.

​ Lyra, que apenas lograba mantenerse en pie ante tal despliegue de poder, observaba a Kai con una mezcla de alivio y un temor reverencial.

El hombre que había rescatado de las cenizas de una panadería ya no estaba allí; en su lugar, se erguía una entidad de equilibrio absoluto entre la materia y el vacío.

​ —Kai…

—susurró ella, cubriéndose los ojos ante el resplandor—.

Tu Qi…

está alterando la estructura misma de la realidad.

Si no lo controlas, colapsarás este sector entero antes de que podamos salir.

​ Kai descendió lentamente hasta que sus botas tocaron el suelo, y la presión disminuyó instantáneamente, aunque el aire seguía vibrando con una estática pesada.

Miró sus manos, sintiendo cómo los billones de hilos de información del Ojo del Abismo se asentaban en su mente.

Podía ver a través de las paredes, podía sentir el flujo de Qi de cada ciudadano de la capital arriba, y sobre todo, podía ver las grietas estructurales y espirituales del Imperio.

​ —No voy a colapsar el sector, Lyra —dijo Kai, y su voz tenía una profundidad resonante que parecía provenir de todas las direcciones a la vez—.

Voy a convertir esta ciudad en una prisión para sus propios carceleros.

​ Kai extendió su mano hacia el techo.

No invocó rocas ni generó explosiones.

Simplemente cerró el puño.

A kilómetros de distancia, en la superficie de la Ciudad del Firmamento, el pánico se desató.

Los grandes obeliscos de Qi azul que alimentaban las luces, los escudos y los lujos de la nobleza empezaron a vibrar fuera de fase.

El Ojo del Abismo le había dado a Kai la capacidad de ver los “nodos de anclaje” de la ciudad, y él acababa de cortarlos.

​ —Técnica del Abismo: El Gran Silencio —sentenció.

​ De repente, la capital se sumió en una oscuridad absoluta.

Los motores místicos se detuvieron, los ascensores de cristal se congelaron en mitad de su ascenso y las pantallas gigantes que proyectaban la propaganda del Emperador se desvanecieron.

La ciudad que nunca dormía había sido cegada por el hombre que vivía en sus sombras.

​ —Este es nuestro momento —dijo Kai, volviéndose hacia los nómadas, quienes habían recuperado el aliento tras el combate —.

El Emperador cree que la luz es su fuerza, pero en la oscuridad, la tierra es la única que conoce el camino.

Marcharemos hacia la Plaza de la Ascensión.

Ya no nos infiltraremos; les daremos una guerra que no pueden ver venir.

​ El grupo comenzó a avanzar por los túneles, pero ahora no corrían.

Kai caminaba al frente, y a cada paso que daba, las raíces de madera petrificada surgían del suelo para formar rampas y puentes que aceleraban su paso.

El anciano guardián los seguía en silencio, con una sonrisa enigmática en su rostro marchito.

Sabía que el ritual había tenido éxito, pero también sabía que el Ojo del Abismo tenía un precio que Kai aún no había pagado del todo.

​ Mientras subían hacia los niveles superiores, se toparon con un batallón completo de la Llama Blanca que intentaba descender a las cloacas con linternas químicas.

Los soldados, confundidos por el apagón total, entraron en pánico al ver dos esferas plateadas —los ojos de Kai— brillando en la oscuridad absoluta del túnel.

​ —¡Fuego a discreción!

—gritó el comandante imperial, disparando su lanza de plasma.

​ El disparo de energía pura viajó por el pasillo, pero antes de llegar a Kai, se detuvo en seco.

El aire frente a él se distorsionó, creando un pequeño horizonte de sucesos que absorbió el plasma como si fuera agua evaporándose.

​ —Vuestro fuego pertenece al cielo, y aquí abajo, el cielo no tiene jurisdicción —dijo Kai.

​ Con un gesto despreocupado de su mano, Kai invirtió la gravedad en el pasillo.

Los soldados imperiales, con sus pesadas armaduras de platino, fueron lanzados violentamente hacia el techo.

Antes de que pudieran reaccionar, Kai hizo que el suelo de piedra se extendiera hacia arriba, envolviéndolos en capullos de granito que los inmovilizaron por completo, dejando solo sus cabezas fuera para que pudieran presenciar su avance.

​ —No perdáis el tiempo con ellos —ordenó Kai a los nómadas—.

Guardad vuestra fuerza para lo que nos espera en la superficie.

​ Al llegar a la compuerta que conectaba con el Distrito de los Ministerios, Lyra se detuvo.

Podía sentir el Qi de miles de soldados moviéndose arriba en el caos de la oscuridad.

​ —Kai, en cuanto abramos esta puerta, el Emperador sabrá exactamente dónde estamos.

Usará el poco Qi que le queda en sus reservas personales para atacarnos con todo lo que tiene —advirtió ella, revisando su daga.

​ —Lo sé —respondió Kai, colocando su mano de jade sobre el mecanismo de cierre de la compuerta—.

Y eso es exactamente lo que quiero.

Si está concentrado en mí, no podrá ver cómo las mismas cimientos de su palacio están empezando a rebelarse.

​ Con un esfuerzo de voluntad, Kai no abrió la puerta; la desintegró a nivel atómico.

El grupo emergió a la superficie, en medio de la gran plaza.

La vista era dantesca: una ciudad bañada solo por la luz de las estrellas y el resplandor plateado que emanaba de Kai.

Los ciudadanos observaban desde sus ventanas, aterrorizados, mientras el “panadero maldito” caminaba hacia el Palacio del Firmamento con una hermana inconsciente a la espalda y un ejército de sombras tras de él.

​ Desde lo alto del balcón principal del palacio, una luz dorada empezó a parpadear.

El Emperador había salido a su encuentro.

Su presencia era como un segundo sol, pequeño pero intensamente concentrado, que luchaba por recuperar el control de la noche.

​ —Has cometido un error irreparable, semilla de barro —la voz del Emperador retumbó, cargada de un Qi tan puro que hizo que los nómadas más débiles cayeran de rodillas—.

Has apagado mi ciudad, pero has encendido mi paciencia.

Verás cómo tus raíces se queman bajo el verdadero calor de la divinidad.

​ Kai levantó la Quebrantacielos, y el metal plateado del Ojo del Abismo recorrió la cadena, haciendo que el arma pareciera un cometa oscuro.

​ —Tu ciudad estaba construida sobre un cementerio, Emperador —replicó Kai, y a su alrededor, el suelo de la plaza empezó a resquebrajarse, revelando que miles de raíces gigantescas estaban envolviendo los pilares del palacio—.

Yo no he apagado tu ciudad.

Solo he dejado que el mundo deje de fingir que te obedece.

​El enfrentamiento final estaba a punto de comenzar.

Kai sabía que esta batalla no se ganaría solo con fuerza, sino con la visión que el Ojo le otorgaba.

Podía ver el punto exacto en el corazón del Emperador donde la luz se volvía sombra, y ese era el lugar donde clavaría su raíz.

​ ¿Podrá Kai sostener el asalto de un dios que ahora lucha con la desesperación de un soberano herido, o la inmensidad del poder del Abismo terminará por devorar la poca humanidad que le queda a nuestro protagonista?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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