Crónicas del Dragón de Esmeralda - Capítulo 31
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- Capítulo 31 - 31 Capítulo 31 El Sacrificio del Jade y el Silencio de la Tierra
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31: Capítulo 31: El Sacrificio del Jade y el Silencio de la Tierra 31: Capítulo 31: El Sacrificio del Jade y el Silencio de la Tierra El Palacio del Firmamento ya no era una estructura de piedra y oro; se había convertido en un reactor de Qi descontrolado.
Las venas de las paredes brillaban con un rojo incandescente que amenazaba con vaporizar no solo a los rebeldes, sino a los millones de ciudadanos inocentes que vivían en los distritos inferiores.
El Emperador, en su locura final, se había convertido en el centro de una supernova en miniatura.
—¡Es inútil, Kai!
—gritó Lyra desde la entrada del salón, mientras sus manos sangraban al intentar sostener un escudo de Qi frente a los nómadas—.
¡La energía está por encima del nivel de ruptura!
¡Si el núcleo estalla, el cráter se verá desde el espacio!
Kai miró al monarca, quien reía mientras su propia piel se convertía en luz pura.
Kai sabía que no podía apagar ese incendio con fuerza bruta.
Tenía que ofrecerle a esa energía un lugar donde ir, un sumidero lo suficientemente profundo para contener la furia de un sol moribundo.
—Técnica Suprema del Abismo: El Abrazo del Mundo Silencioso —susurró Kai.
Kai soltó la Quebrantacielos.
Ya no necesitaba un arma física.
Abrió sus brazos y, por primera vez, permitió que el Ojo del Abismo, el Corazón de Ámbar y la Raíz del Rayo se fusionaran completamente en su pecho.
Su cuerpo empezó a resquebrajarse, revelando una luz plateada que no era luz, sino pura masa gravitacional.
—¿Qué estás haciendo?
—rugió el Emperador, cuya voz empezaba a distorsionarse por la curvatura del espacio alrededor de Kai.
—Te voy a dar lo que siempre quisiste, Emperador —dijo Kai, y cada palabra suya hacía que las columnas del palacio se doblaran—.
Querías que todo el mundo mirara hacia arriba para verte.
Ahora, todo el mundo te va a olvidar en lo más profundo del olvido.
Kai no atacó al Emperador.
Se atacó a sí mismo.
Invirtió su propio centro de gravedad, convirtiendo su cuerpo en un agujero negro místico.
El salón entero empezó a ser succionado hacia el pecho de Kai.
Los muebles de oro, las estatuas de mármol y, finalmente, el Qi solar del Emperador empezaron a ser drenados hacia el vacío que Kai había creado en su propio ser.
—¡No!
¡Soy el sol!
¡No puedo ser consumido por la tierra!
—gritó el monarca mientras su luz era estirada y deformada, entrando en el pecho de Kai como hilos de fuego capturados por una araña de jade.
El dolor en los canales de Qi de Kai era indescriptible.
Sentía como si estuviera tragando lava y estrellas.
Su piel de jade se tornó de un color obsidiana, y sus ojos plateados empezaron a sangrar una esencia oscura.
Sin embargo, no cedió.
Usó las raíces de la tierra para anclarse al núcleo del planeta, distribuyendo el calor del impacto a través de miles de kilómetros de roca subterránea.
De repente, con un estruendo que se sintió como un gemido del planeta mismo, el Palacio del Firmamento implosionó.
No hubo una explosión hacia afuera; hubo un colapso hacia adentro.
En un segundo, la estructura más alta del mundo desapareció, dejando solo un agujero perfecto y liso en el suelo de la plaza, un abismo que llegaba hasta las raíces del mundo.
Cuando el polvo se asentó, el silencio fue absoluto.
El sol imperial se había apagado.
El Emperador había desaparecido, succionado hacia las profundidades por el sacrificio de Kai.
Lyra corrió hacia el borde del cráter, gritando el nombre de Kai.
En el fondo, sobre una pequeña saliente de roca que aún no se había desmoronado, yacía un cuerpo.
Kai estaba allí, pero ya no brillaba.
Su piel estaba quemada, su guantelete de jade estaba hecho pedazos y su respiración era un hilo casi imperceptible.
A su lado, el anciano guardián apareció de la nada, colocando una mano sobre la frente del joven panadero.
—Ha cumplido el pacto —dijo el anciano con tristeza—.
Ha salvado la ciudad, pero el precio del Abismo es alto.
Ha consumido su Qi, su fuerza y casi toda su esencia vital.
—¿Está…
muerto?
—preguntó Lyra, cayendo de rodillas.
—No —respondió el guardián mientras una pequeña chispa esmeralda volvía a brillar en el pecho de Kai—.
Pero el hombre que conocías ha muerto.
Lo que queda aquí es el Avatar de la Tierra, y ahora, el mundo debe decidir si está listo para lo que viene después del fin de los dioses.
En la distancia, el primer amanecer real —un sol natural, no imperial— empezó a asomar por el horizonte.
Por primera vez en mil años, la luz no le pertenecía a un hombre, sino al cielo.
¿Podrá Kai recuperar su humanidad ahora que se ha convertido en el contenedor de la furia solar, y qué nuevas amenazas surgirán de las cenizas de un imperio que ha quedado sin cabeza?
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