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Crónicas del Dragón de Esmeralda - Capítulo 34

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Capítulo 34: Capítulo 34: El Despertar de las Mareas y el Pacto de Granito

​El Santuario de Jade, erigido sobre las cenizas del Palacio del Firmamento, no solo era una fortaleza física; era el nuevo sistema nervioso del planeta. Kai permanecía inmóvil en el centro del recinto, con su conciencia expandida a través de las venas de obsidiana que ahora recorrían toda la capital.

A pesar de la victoria contra el Emperador, no había paz en el espíritu del Avatar. A través del Ojo del Abismo, podía sentir el desequilibrio elemental que su propia ascensión había provocado. Al hundir el Sol, había dejado el escenario libre para que las Aguas reclamaran lo que consideraban suyo por derecho ancestral.

​

—Sientes el cambio en la presión, ¿verdad? —la voz del anciano guardián cortó el silencio sepulcral del santuario—.

El Océano de Eter es un ser sintiente, Kai. No se rige por la lógica de los hombres, sino por el flujo y el reflujo. Durante mil años, el calor del Imperio evaporó sus fronteras. Ahora que el fuego se ha extinguido, el agua busca llenar el vacío.

​

—Lo siento en la costa —respondió Kai, y sus ojos plateados brillaron con una luz fría.

Las mareas están subiendo más allá de lo natural. No es una inundación, es una invasión coordinada. El Clan del Agua no viene a negociar; vienen a ver si el nuevo Soberano de la Tierra es tan sólido como parece.

​

Kai extendió su percepción hacia las Tierras del Ámbar. A cientos de kilómetros, podía sentir el rastro de Lyra y Meilin. La pequeña semilla de vida que era su hermana estaba empezando a vibrar en una frecuencia que le devolvía la esperanza. Sin embargo, su conexión se vio interrumpida por una vibración discordante proveniente del puerto principal de la capital.

​

Una flota de naves sumergibles, con cascos hechos de coral negro y propulsores que emitían una luz azul eléctrico, había roto la superficie a escasos metros de la muralla defensiva. En la proa de la nave capitana se erguía una figura envuelta en túnicas de seda líquida que parecían ondular incluso sin viento. Era la Sacerdotisa del Coral, la voz del Soberano de las Mareas.

​

—¡Avatar de Jade! —la voz de la mujer fue amplificada por el agua misma, resonando en cada rincón de la ciudad—.

¡El cielo ha caído y el ciclo del Sol ha terminado! ¡Por derecho de antigüedad, el mundo debe volver a ser un océano! ¡Retira tus murallas y permite que el Eter purifique estas tierras manchadas de ceniza!

​

Kai no se movió de su posición, pero su respuesta no necesitó de gritos. Simplemente golpeó el suelo con la base de su puño de jade. El temblor recorrió la plaza, subió por las murallas y se transmitió a través de la atmósfera.

​—Técnica del Abismo: La Voz del Continente —sentenció Kai.

​

Las palabras resonaron en la mente de cada tripulante de la flota del Este como si fueran el crujido de una montaña moviéndose.

—El agua tiene su lugar en las cuencas y los abismos —declaró Kai, y la tierra bajo las naves comenzó a elevarse, creando un dique natural que las dejó varadas en cuestión de segundos—. Pero el suelo que sostengo pertenece a los que caminan, no a los que nadan. Si el Soberano de las Mareas desea hablar, que camine sobre mi tierra, no que intente ahogarla.

​

La Sacerdotisa del Coral retrocedió, sorprendida por la precisión quirúrgica con la que Kai manipulaba la geografía. No era un simple despliegue de fuerza; era un dominio absoluto sobre la materia.

​Mientras tanto, dentro del santuario, el anciano guardián observaba a Kai con preocupación. Había notado que, bajo la armadura de jade del Avatar, una pequeña mancha de color rojo incandescente palpitaba en su pecho, justo donde el Emperador había sido absorbido.

​

—Kai, la advertencia que te di antes no fue en vano —dijo el anciano—. El parásito solar no está muerto. Se está alimentando de tu fatiga. Cada vez que usas el Ojo del Abismo para manipular la gravedad a gran escala, le abres una grieta a la conciencia del Emperador para que recupere su forma.

​

—Puedo controlarlo —dijo Kai, aunque una gota de sudor plateado recorrió su frente—. Si permito que el Clan del Agua invada, la guerra durará décadas. Debo detenerlos aquí, en la entrada.

​

—No puedes luchar en dos frentes, muchacho. Uno externo de agua y uno interno de fuego —advirtió el guardián—. Necesitas un aliado. Alguien que entienda las leyes del flujo tanto como tú entiendes las del granito.

​

En ese momento, una presencia inesperada se manifestó en las sombras del santuario. No era un enemigo, sino una figura que Kai reconoció por los registros de su memoria ancestral: era el Maestro de las Corrientes Subterráneas, un desertor del Clan del Agua que había vivido en las profundidades de la tierra durante siglos.

​

—El anciano tiene razón —dijo el recién llegado, cuya piel tenía un tono grisáceo y sus ojos eran completamente negros—. El Soberano de las Mareas no se detendrá ante un muro de piedra. Pero el agua no puede fluir si no hay un cauce. Si me permites unir mis canales a tus raíces, podemos crear un sistema de defensa que drene la fuerza de la flota enemiga sin necesidad de colapsar la costa.

​

Kai lo observó en silencio, analizando su Qi. Era una mezcla extraña de humedad y mineral. Era el equilibrio que Kai necesitaba.

—¿Por qué ayudarías a la superficie? —preguntó Kai.

​

—Porque si el Océano de Eter lo consume todo, no quedará oscuridad donde esconderse —respondió el desertor—. Además, quiero ver si el hombre que devoró al Sol es capaz de sobrevivir al abrazo del Mar.

​

Kai asintió lentamente. Extendió su mano y, por primera vez, no invocó el peso del Abismo, sino que abrió sus canales para recibir una energía ajena. El contacto fue como hielo entrando en sus venas, pero la mancha roja en su pecho pareció enfriarse momentáneamente.

​

Juntos, el Avatar de la Tierra y el Maestro de las Corrientes comenzaron a tejer un nuevo mapa rúnico bajo la ciudad. No era una muralla, sino un filtro; un pacto entre el granito y el agua que convertiría a la Capital en una fortaleza inexpugnable. Pero mientras Kai se concentraba en la defensa costera, no se dio cuenta de que, en las Tierras del Ámbar, un grupo de asesinos del Clan del Rayo —los restos del antiguo ejército imperial— había localizado el refugio de Meilin.

​

El peligro ya no era solo un duelo de dioses en la plaza; era una carrera contra el tiempo en múltiples frentes. La corona del mundo estaba rota, y cada fragmento intentaba cortarle las manos al nuevo soberano.

​

—Prepárate, Lyra —murmuró Kai hacia el vacío, esperando que su vibración llegara a su amiga—. Las mareas están subiendo, pero las raíces muerden profundo.

​

¿Podrá Kai sostener la estructura de la capital con su nuevo aliado mientras su hermana es asediada en la distancia, o la chispa del Emperador aprovechará este momento de división para reclamar el cuerpo del Avatar y desatar un segundo incendio celestial?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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